Rumiaciones

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Una vuelta
a Claudio Bertoni...

Mientras hojeaba uno de los tres libros de Claudio Bertoni (uno es una antología) que tengo cerca y me detuve en uno de sus poemas que desde hacía varias semanas me había estado dando vueltas en la cabeza...

Por pura casualidad

Fui a ver a Bruno

salí a comprar unas empanadas y

entré a una iglesia en Manuel Montt

había un ataúd

y adentro estaba Rodrigo Lira.¹

Claudio Bertoni
Harakiri (2004)

...se me ocurrió que él y Karmelo Iribarren podrían llegar a ser buenos amigos.

Están separados por trece años de edad —Bertoni es del 46; Iribarren del 59— y vienen de muy diferentes orígenes sociales; pero los une esa desenvoltura ágil que les permite no tomarse demasiado en serio y usar las palabras como quien se toma una cerveza mientras conversa, de esto y de lo otro...

Sí; con amigos.

Tanto uno como el otro, con sus poemas que bien puede que los leamos hacia la tarde o la noche, nos cuenta qué les pasó esa mañana:



...he decidido

no volarme hoy tampoco

la tapa de los sesos.


Nunca se sabe, con la vida,

me he dicho.

Karmelo Iribarren
A vivir (fragmento)

¿Y quién no podría tomarse una cerveza o un tinto después de eso y desaforadamente celebrar la obligación de seguir viviendo?

No, no me llevo a engaño.

Karmelo y Bertoni son también profundamente diferentes. Bertoni, más oscuro, más hosco, hasta amargo a veces, y juvenilmente, más cachondo.

Universitarias

Se ven tan sexys

Mordiendo sus carnets

Mientras buscan

En sus chaucheras

Con qué pagar el pasaje.

El tamaño de la verdad (2008)

Cachondez con una buena dosis de ternura, claro.

Hoy día

Si me preguntaran

Cuáles son los ojos más lindos

Que he visto en mi vida

Diría que los de la niña

Que puso mi compra

En una bolsa de supermercado

En Quilpué.

El tamaño de la verdad

Siento una profunda soledad, en estos poemas de Bertoni.

Siento que en ellos hay un angustioso, infructuoso, anhelo por abrazar al otro (más bien a la otra).

Siento que hay ahí un deseo que se queda parado en el aire, colgando de la brocha.

Una intención muda; una palabra que no termina de salirle por la boca.

Un gesto truncado; un ademán inconcluso en medio de la nada.

Así, en suspenso; sin llegar nunca a completarse.

Otros dos del mismo libro.



Estaba en un paradero

Me bajé y estuve a su lado

Hasta que tomó su micro.


A más

No puedo aspirar.

10 minutos



Obrero culiao

Se me sienta al lado

En vez de la cosita.

Que subió detrás de él.

Maldito sea

...and yet, and yet.

Al mismo tiempo, en los poemas de Bertoni siento una profunda generosidad (Bertoni comparte su vida conmigo) y un profundo buen humor, un estoicismo sin mayores aspavientos.

De nuevo, recordándome a Iribarren, Bertoni se ríe de sí mismo, sin tomarse sus pequeñas desgracias como una gran tragedia.

Sólo como la vida... y, entonces, vuelvo a pensar en esa cerveza juntos.

Uno más en este mood...

Así, como si estuviéramos escuchando a Monk o al Davis de mediados de los sesenta.



Acuérdate

Que se te cayó un fósforo

Y no lo recogiste

Para cuando se te acaben

Y busques uno con desesperación.

Sorpresa

Eso de la soledad bien podría decirse que es una soledad elegida. Una soledad similar, en lo de solitario y contemplativo (en su caso, la actitud que le permite —o le fuerza— escribir) a la de los anacoretas.

El Claudio Bertoni real; el de carne y hueso, no sólo el yo de sus poemas, decidió un buen día apartarse del mundo e irse a vivir, con lo mínimo indispensable, a una pequeña casucha (el antiguo trastero en el patio de la casa de sus padres) en Concón, una localidad costera cercana a Valparaíso.

Claudio Bertoni en su casucha de Concón
Foto: Luis Poirot
El País, 2 de agosto de 2017.

Soledad elegida, la de Bertoni; pero también una soledad, un recogimiento, un enroscarse sobre sí mismo, obligado.

Un recogerse sobre sí mismo para escapar, a su manera, del dolor de la ruptura, luego de décadas de convivencia, con la que desde los años de la adolescencia fue su pareja, la también poeta y artista gráfica, Cecilia Vicuña.

En varias entrevistas con diversos medios, Bertoni habla extensamente acerca de su vida, centrándose especialmente en los años de la secundaria y en sus primeros pasos universitarios y luego en sus viajes y estadías en Londres y en París...y, como corolario de todo ello, el profundo impacto, que todavía rebervera su vida, de aquella ruptura. Como un punto de entrada, sugiero darle un buen vistazo a la entrevista sostenida con Leila Guerriero aparecida en el diario madrileño El País el 2 de agosto de 2017.

Tal dolor está angustiosa y, me atrevo a decir, bellamente expresado en el largo poema —carta— incluido en el libro Sentado en la cuneta. Una carta, publicado primero en 1999, y reeditado recientemente con una vuelta a su versión original en 2015.

Una carta como pocas, aunque sospecho que más de uno o de una desearía haberse atrevido a así desnudarse y sin pudor alguno ciegamente escribirla.

Una carta de recriminación y desdén que, sin remilgos ni recatos, ni falsas dignidades, no hace nada para ocultar por dónde le sangra la herida.

En una clave musical diferente y con una música de fondo en la que Doris Day canta el qué será (pero con el sentido de conjetura del castellano en el futuro de indicativo), Sentado en la cuneta comienza así:

Qué será de la Ernestina

y de la dulce Alicia qué será


y del Gordo y

del Flaco Valenzuela

¡Qué será!


y del Cachoto

y del Práctico Pantruca

y del Ángel Face

y de la Pati

tan calientita

tan chiquitita

tan “paquita” como diría la Erna

y sobre todo tan deseadita por todos nosotros

en su negro suéter nocturno...

Sentado en la cuneta

Así continúa Bertoni por varias decenas de páginas en esta variación del ubi sunt de las “Coplas a la muerte de su padre” del Jorge Manrique que aprendimos en el colegio —él en el Liceo Alemán de Santiago, yo y Luis con los hermanos lasallanos de Temuco, Rodrigo con los maristas, también en Santiago...

... en un momento en que a ninguno de nosotros se nos pasaba por la mente, en un momento en que no podíamos ni remotamente vislumbrar que algún día nosotros daríamos imaginariamente una vuelta alrededor de esas lejanas salas de clases del colegio o de la universidad y entonaríamos nuestro propio ubi sunt como, de hecho, con este poema Bertoni a ti y a mí nos invita a hacerlo.

Aquí voy con el mío.



Qué será del Sobaco Ilustrado

y de la dulce e ingenua Anita qué será


y del Guatón Bahamonde y

del “Cachupín” Díaz

¡Qué será!


¡Qué habrá sido de la Eliana!

¡Qué será!


y del Tuerca

y de la Myriam

y del Snoopy

y del Cóndor

¡Qué será!


y de la Carmen Gloria

tan tan ella misma

con su eterna sonrisa calentona

tan desenvuelta

con su playera azul marino tan tan ajustada

y siempre tan sin nada debajo...


Con mucho de su idiolecto tan personal y tan de los sesenta, Bertoni continúa, repito, así por cientos de líneas, de versos.

La inmensa mayoría son acerca de él y sólo de él; no cabe duda.

Pero leyéndolos lentamente, con cuidado y atención, más de uno (o de una) encontrará un eco difuminado de su propia historia, de sus propias idioteces y barrabasadas, de sus propias miradas a las musarañas; de sus propias aventuras imaginarias.

Sin ir más lejos, yo también fui un filatelista avezado con un catálogo de la SOCOPO y todo; aunque a mí, lo confieso, las variaciones de los cuatro filigranas en aquellos bellos y simples sellos chilenos de hasta mediados del siglo XX me tenían sin mayor cuidado y sólo llegaba a la diferencia entre con o sin.

¿Con o sin?

Tanto en esos días, tantas elecciones u opciones se limitaban, dolorosamente, a elegir entre con o sin.

Encima de todo eso, encima del con o sin, en Claudio Bertoni están además los asuntos —¿o es uno solo?— de Dios y de la muerte.

Se me ocurre pensar que Bertoni es un escritor católico.

Escritor católico, no porque vaya a misa los domingos (con seguridad hace mucho tiempo que no lo hace) ni porque lea obsesivamente a Thomas Merton..., sino como un escritor católico escéptico a la manera de Unamuno.

Un escritor católico que en su lucha con Dios se queda corto —a ese lado de la barrera.

Así, casi que no cree en Él.

Pero quiere creer... con la consecuencia de que para Bartoni, como lo fue para Unamuno, ese Dios católico todavía es un problema.

Un asunto existencial; de relación y de presencia.

De trascendencia y de olvido.

A Bertoni le preocupa, le hace un nudo en el estómago, si no en el alma, cuán efímera y fugaz es la perdurabilidad de nuestra memoria.

Como contraataque, Bertoni despliega su anhelo por otra Memoria —así con M mayúscula— más... perdurable y eterna.

Afortunadamente Bertoni es el poeta que vive ahí, cerca, en esa casucha a la vuelta de la esquina.

A diferencia de don Miguel, Bertoni no nos endilgará una larga y trabajosa novela sobre un cura ateo a la manera de San Manuel Bueno, mártir, sino un simple poema —“Qué pasa”— relativamente largo en el que se pregunta qué pasará con todas esas pequeñas cosas que inevitablemente pasarán al olvido desde Charlie Parker, la poesía y Bach hasta la capacidad de sorprenderse por una gota de agua...

...junto a otros poemas breves que bien son también ¿y por qué no? un par de resignados chistes tristes.

Venga esa cerveza entonces.

Dios mío

Ojalá que existas

Pero si no existes

Te rezo igual


(Como dicen

Tribilín y Pascal:

You never know).

El tamaño de la verdad

Qué pasa

si no hay Dios

si no hay una memoria que guarde todo esto

...

si la historia de la humanidad pasa y nada ni nadie

recuerda nada

si la poesía pasa

si la historia del pensamiento pasa

...

si Bach pasa

si Charlie Parker y el blues pasan

...

si yo paso

si tú pasas y todo pasa y no queda ni una huella

en ninguna parte de todo esto que pasa

...

si levantarse pasa

...

si conmoverse pasa

...

si cada gota de agua de cada ola pasa

si cada reflejo en la esfera o lágrima de cada una de esas

gotas también pasa

...

entro a la verdulería Manantial toco unos limones y la

voz de Nat King Cole me susurra al oído “Estas son las

mañanitas que cantaba el Rey David”

y olvido caminar y olvido pensar y olvido

comprar

y salgo y tomo una micro a Viña miro el mar que pasa

y nadie supo sabrá ni sabe que pasa lo que ignoro que

digo que dicen que alguien dice o dijo alguna vez que

pasaba o pasa.

El tamaño de la verdad (fragmentos)

Cada vez que escribo

Cada vez que escribo

dios con d minúscula

el Dios con D mayúscula

me da un coscacho.

Harakiri

Vale.

No pasa nada.

... y, claro.

Ahí está la otra palabra castellana con M mayúscula y claro que van juntas.

No es una pura casualidad que en el judaísmo —donde no hay promesa de resurrección ni de vida eterna— la frase tradicional de condolencias por la muerte de algún ser querido sea una terrenal aspiración a un recuerdo: «que su memoria sea una bendición».

El recordar, que es un trabajo, es nuestra obligación: conservar su memoria en la nuestra.

Memoria con m minúscula, porque no nos queda otra.

Eso es lo que hay, eso es lo que tenemos.

¿...y Bertoni?

No es tanto de la muerte —así, con minúscula (dejemos la con mayúscula para otra rumia)— de la que habla Bertoni, sino de eso mucho más directo y concreto, inevitable e inescapable, que es el morirse.

Tres poemas tomados del mismo libro:

El tamaño de la verdad

La verdad

Es que un día

Viene la muerte

Y tenemos que morir.


La verdad más grande eso sí.

Es que no queremos morir.


Aunque la verdad

Más grande de todas

Sea que morimos igual.

De tripas corazón

Me preocuparía

Si viviéramos para siempre

Pero como sabemos lo que sabemos

Me muero de la risa.


Me tuerzo y me refuerzo

Pero me muero de la risa.

Epicuro

Uno vive eternamente

Porque vive

Hasta el último instante

Que vive.

Vale.

Saint Paul, 14 de abril de 2024

¹ Nacido en 1949, Rodrigo Lira, uno de los más destacados poetas de su generación, se suicidó a los 32 años de edad el 26 de diciembre de 1981.


Además de los libros en papel constante y sonante que puedes encontrar en tu librería local si vives en un país hispano hablante, hay varios libros de Claudio Bertoni disponibles en formato digital.
La Antología editada por Lumen es un muy buen recurso para tener una visión panorámica de su obra.
El volumen El tamaño de la verdad de Cuarto Propio es un libro estupendo.
Sentado en la cuneta / Una carta de Alquimia Ediciones (con poemas no incluidos en la Antología de Lumen) es sobrecogedor por su fuerza y desenvoltura.
También de Lumen es el texto autobiográfico Cabro chico.
Que tengas una muy buena lectura; de cualquier forma como lo leas, Claudio Bertoni es siempre una lectura gratificante y enriquecedora.

Saint Paul, 2 de mayo de 2024


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