Rumiaciones

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Numancia, Allende...
y varios otros suicidios

Numancia (1880)
Alejo Vera (1834–1934)
Foto: Dominio público

El famoso cuadro de Frida Kahlo (1939) que representa la autodefenestración desde un rascacielos neoyorkino de Dorothy Hale o el de Rubens (1612) que muestra la muerte de Séneca no son ni de lejos los únicos que muestran gráficamente un suicidio. Ahí tenemos, entre varios otros, el de Alejo Vera, colgando del Prado... o guardado en algún lugar de la Diputación Provincial de Soria, mostrando el suicidio colectivo de los habitantes de Numancia que resistían el asedio de los romanos.

Entra la Fama, vestida de blanco y dice:

...

Hallo sólo en Numancia todo cuanto

debe con justo título cantarse,

y lo que puede dar materia al llanto

para poder mil siglos ocuparse:

la fuerza no vencida, el valor tanto,

digno de prosa y verso celebrarse;

mas, pues desto se encarga la memoria,

demos feliz remate a nuestra historia.

Así culmina la tragedia “La Numancia” (1585) de Miguel de Cervantes quien, además de escribir el Quijote, siempre soñó, sin nunca lograrlo, llegar a ser un dramaturgo de éxito como lo era su rival Lope de Vega. Aunque sus divertidos y agudos entremeses continuaron —y continúan— representándose en las tablas de los escenarios, sólo “La Numancia” gozó y goza de cierta limitada acogida entre el público y los estudiosos del Siglo de Oro, siendo los románticos alemanes —Schlegel y Goethe— los primeros que la rescataron del olvido.

“La Numancia” es una obra patriótica.

Cuenta la historia del cerco a la ciudad celtíbera de Numancia por parte del ejército romano alrededor del año 133 aEC según fue narrado, primero, por el historiador Tito Livio (59 aEC – 17 EC) y por una larga cadena de otros historiadores, de cronistas y de poetas, después. Una historia (con hache minúscula) en la que, como es de esperar, se van amalgamando los hechos registrados en los archivos con las leyendas populares mezcladas con mitología.

Como buen poeta y novelista al sesgo, siempre un poco a la contraria, Cervantes se basa menos en las historias oficiales y más en los relatos populares de las leyendas y de los romances, incluyendo en su obra a personajes que, si alguna vez existieron en la vida real, hacía largo tiempo que habían muerto cuando llegaron a Numancia los romanos.

Nada de eso importa, lo esencial en que su tragedia culmina con la decisión de los numantinos, superados varias veces en número, de no rendir nada ni a nadie a los romanos, suicidándose colectivamente como lo muestra el cuadro de Alejo Vera, reproducido en los manuales de los libros de historia usados en algún tiempo en las escuelas.

P. ¿Desmayaron los numantinos ante un enemigo tan superior como el que los acometió enviado por Roma?

R. Numancia no desmayó, y antes de que los romanos formalizaran el cerco fueron acuchillados y destrozados, sin conseguir dominar aquellas peligrosas alturas.

P. ¿Qué hicieron los romanos ante la heroica resistencia de los numantinos?

R. Cuando ya los numantinos se hallaban muy debilitados, fueron acometidos por un nuevo ejército de 60.000 hombres que llegaron a las órdenes de Escipión Emiliano.

P. ¿Qué partido tomaron los numantinos a la llegada de Escipión Emiliano?

R. Acosados por el hambre y faltos de todo recurso, los numantinos trataron inúltilmente de negociar la paz; en lugar de rendirse, mataron a sus mujeres e hijos, dieron fuego a la ciudad, y luchando murieron todos después de quince meses de sitio.

Saturnino Calleja
Nociones de Historia de España (1914)

Tomado del texto del libro de historia usado por mi padre en su escuela de Anguiano a mediados de los 20... del siglo pasado.

Si la honra era importante para los españoles —y españolas— del Siglo de Oro, también lo era la fama —el deseo de preservar su buen nombre para una posteridad eterna— y de ahí que a la larga lista de personajes en la tragedia de Cervantes se añada en la última escena precisamente la intervención de la dama vestida de blanco, prometiendo la memoria.


mas, pues desto se encarga la memoria,

demos feliz remate a nuestra historia.

Entre varias otras, el asunto del suicidio colectivo en lugar de entregarse a un ejército enemigo está presente también en la historia del sitio de Masada (72 – 73 EC) en la que un grupo de la resistencia judía prefiere el suicidio frente a la inminente derrota a manos del ejército romano que los asedia.

El tema de “La Numancia” de Cervantes es el heroísmo, claro. Pero tan importante como ello es la presencia de un personaje protagonista colectivo —más que al joven Bariato quien luego se negarse a entregar las llaves de la ciudad a Escipión, el general romano, se arroja desde la torre— a quienes se recuerda es a los numantinos y numantinas. Es ese protagonista colectivo quien se juega por defender su libertad asediada por el inmensamente superior en número ejército enemigo, rebelándose frente a una muerte y una derrota ciertas.

No he leído aún Allende y el museo del suicidio, la más reciente novela de Ariel Dorfman (está en mi larga lista de semi urgencias), pero su título y lo que he leído estos días sobre su trama y sus circunstancias, más otras de las noticias de prensa en agosto y septiembre recién pasados, es lo que afirmó todo este deseo de escribir estas notas sobre el suicidio.

Veamos adónde llego.

Por ahí, sobreviviente entre los recovecos del hipotálamo (en esa parte que tiene que ver con las emociones: tristeza, odio, miedo...), debe de quedar algo de la noción de pecado (ni judíos ortodoxos a ultranza ni cristianos conservadores admiten suicidas en sus cementerios); lo otro debe de ser una buena cantidad de machismo y de agresión... No soy neurólogo, vaya uno a saber.

Sin duda por una insconsciente reminiscencia judeo–cristiana, el suicidio aun entre alguna gente librepensadora, o progresista o de izquierdas, tiene mala reputación. Les parece que es un acto censurable, cuando no de cobardes. Siento que no es así. Intuyo (todavía estoy pensando, estudiando) que el suicidio puede ser muchas cosas diferentes, o varias de ellas a la vez, pero nunca un acto inmoral o de cobardía.

Espero leer algún día Allende y el museo del suicidio y enterarme así cuál es la conclusión del Dorfman–personaje al final de su búsqueda. Mientras tanto creo que esta mala reputación, más alguna que otra consideración estratégica, explicaría la fantasiosa versión difundida por Castro acerca de un Salvador Allende muriendo en combate batiéndose sub metralleta en mano contra los militares facciosos que atacaban La Moneda ese once de septiembre, rechazando Castro así la que yo considero igualmente heroica, valiente, rebelde —y más creíble— decisión de Salvador Allende y suicidarse, en lugar de dejarse ser humillado por una manga de generales traidores y rastreros.

El sicolólogo Enrique Echeburúa escribe en El País (19 de mayo del 2023) que quien se suicida no quiere tanto dejar de vivir como dejar de sufrir; es una reacción extrema frente a una situación presente, actual; pero creo que bien podría ser también una anticipación a una probable situación futura cercana o lejana. De otra manera, creo, que cuando no un acto de desesperado descontrol —locura si quieres llamarlo así—, el suicidio es un acto de rebeldía... ante el destino, ante la justicia o la injusticia, ante la fuerza del otro que nos acosa. Quien así se suicida se rebela; es una forma de retomar el control... aun en el caso en el que la tal rebelión sea en contra de algo justo.

Sí, estoy hablando de eso. Creo que, con todo lo que me gusta y admiro casi todo lo que dice o hace, la frase añadida de Gabriel Boric en el funeral de Guillermo Tellier fue una frase estúpida con la que no ganó nada y perdió su buen poco. Yo que, como bien saben mis amigos, he pronunciado infinidad de frases estúpidas en mi vida, fácilmente reconozco una cuando la leo o escucho.

Puede ser que tal rebeldía, como la del brigadier general Hernán Chacón Soto, el torturador y asesino convicto de Víctor Jara, con mucha razón nos moleste y nos irrite. Su corte de manga nos frustra y nos causa indignación por birlar una justicia que una vez más se nos esquiva y que se nos niega, ahora ya —con su muerte— en forma definitiva. ¡Hijo de puta! (con el perdón de las trabajadoras sexuales y el recuerdo de su madre). Pero no dejó de ser un acto rebelde con el que, de acuerdo a su torcida lógica y oscura obcecación y cerril fanatismo, buscó afirmar su libertad,
...su libertad de matarse por mano propia,
...su libertad de deleznable ruin torturador y asesino.

Una vuelta más: Thelma and Louise

Thelma y Louise; detrás, los pacos (the cops); delante, el precipicio.

La trama de Thelma and Louise (1991) de Ridley Scott con un guion de Callie Khouri bien puede que esté sobrecargada y que sea absurda, exagerada... (preposterous) como bien lo escribió Terrence Rafferty en su reseña del 26 de mayo del año de su estreno en la revista The New Yorker. También es cierto que los 32 años de distancia se le notan y no siempre para bien.

Al mismo tiempo, como el mismo Rafferty la describió entonces, Thelma and Louise es —todavía hoy— una magnífica historia del camino (road movie).

Como varias otras películas en su género —la primera que se me viene a la cabeza es Easy Ryder (1969), dirigida por Dennis Hopper, con el mismo Dennis Hopper como protagonista acompañado por Peter Fonda y Jack Nicholson— Thelma and Louise termina mal.

O quizás no.

Thelma and Louise termina esplendorosamente bien de la única manera como podía terminar.

Thelma and Louise hubiera sido una película horrorosamente sentimental y falsamente consoladora, si Thelma (Geena Davis) y Louise (Susan Sarandon) hubiesen podido aceptar y recibir la —dudosa— posible ayuda y socorro de Hal (Hervey Keitel).

La auto inmolación de Thelma y Louise es la única manera de terminar independientemente su camino.

La única manera de afirmar rotundamente su puta —sagrada— libertad.

[Última escena. Thelma y Louise han detenido su carrera.
Los pacos están detrás de ellas; el precipicio, al frente.]

Thelma: OK, then listen; let's not get caught.

Louise: What're you talkin' about?

Thelma: Let's keep goin'!

Louise: What d'you mean?

Thelma: Go. [Con su cabeza señala hacia adelante.]

Louise: You sure?

Thelma: Yeah.

[Louise pisa el acelerador y arranca.]

Vale.


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