Rumiaciones

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Una vuelta a Quevedo
de la mano de Juan Goytisolo
y de Isabel Allende

Juan van der Hamen y León, Francisco de Quevedo

Foto: Dominio público.

De estar vivo hoy, Francisco de Quevedo echaría de menos a Franco y militaría en VOX, el partido ultraderechista de Santiago Abascal.

De la escuela secundaria —del bachillerato— seguramente recordamos haber leído El Buscón en ese librito de la editorial Aguilar, colección Crisol, con letras pequeñísimas en papel biblia de tapas rojas con ilustraciones de Daniel Urrabieta Vierge en el que también venían los Sueños (y que a 53 años de distancia todavía hoy yo conservo). De la novela, no cabe duda que recordamos a ese malvadísimo y avaro Dómine Cabra que literalmente casi mata de hambre al pobre Pablos quien sólo se salva por los pelos cuando el padre de su amo los rescata a ambos. También seguramente recordaremos la salvaje novatada en Alcalá en la que sus graciosos condiscípulos lo cubren de escupitajos y luego defecan en su cama.

Recordemos, por si lo hemos olvidado, que la novela termina con el estrepitoso fracaso de su protagonista... y con su consiguiente moraleja: quienes nacen sin virtud ni honra —y Pablos era hijo de un ladrón y de una morisca hechicera— por más que mala o buenamente se esfuercen no podrán alcanzarlas por sí mismos.

Probablemente Quevedo, quien al parecer terminó su novela hacia 1604 haciéndola circular en forma manuscrita entre sus amigos (se publicó por primera vez sin su expresa autorización en 1624), la concibió principalmente como un ejercicio de estilo: sátira, juegos de palabras y caricaturesco retrato social.

Pero su opinión sobre la España de fines del siglo XVI y comienzos del XVII está también ahí y es bien clara: para Quevedo, quien provenía de una injundiosa familia patricia de Cantabria y de la nobleza castellana, las aspiraciones de las clases bajas por superar su estatus, ejemplificadas por Pablos, son una afrenta al orden social... establecido por Dios y el estúpido, ingenuo y bobo Pablos termina derrotado.

¿Qué otra cosa podía merecer a los ojos de su creador?

Mirándolo de arriba abajo con profundo desprecio, Quevedo termina su novela castigando la insolencia insólita de su personaje. Brillante, de inteligencia precoz dice Wikipedia, instruido en la cultura de los clásicos greco–latinos, agudo y bueno para los chistes; como Luciano, ingenioso con las palabras graciosas... imagino a Quevedo campechano y hasta generoso con sus amigos que celebraban su talento; cruel, amargo, mordaz y calumnioso con aquellos —como Góngora y Juan Ruiz de Alarcón— a quienes consideraba sus enemigos.

En sendos sonetos, se reía y se burlaba tendenciosamente de la grande nariz aguileña del primero (insinuando que era judío), otras veces le cargaba la etiqueta de afeminado homosexual. En otros sonetos, Quevedo se burlaba también del pelo rojo y de la joroba de Juan Ruiz de Alarcón. Todo ello a pesar de su propia cojera (pie equino) y miopía.

De aire aristocrático y burlón con quienes consideraba inferiores socialmente, es fácil imaginar a Quevedo como aquellos señores de grandes estancias del Sur de Chile o de los cortijos sevillanos que se burlan de las simplezas y de las supuestas ignorancias de sus campesinos; como los momios que se burlaban y contaban chistes sobre los ministros obreros de Allende.

Sabedor de que su fortuna y poder residía en el señorío nobiliario y en la tenencia de la tierra, Quevedo odiaba el creciente poder del mercado y del dinero. A su manera un anticapitalista, odiaba a los bancos y a los prestamistas de quienes más y más dependía el Imperio. Por lo mismo denostaba el trabajo, anticipando la lastimosa figura del don Lope Garrido de la Tristana de Pérez Galdós, reeditada luego por Buñuel en su película con el mismo nombre. En la columna del haber, dejemos asentado que denostaba también la avaricia.

Campeón de la Contrarreforma, embajador, funcionario de la Corona con Felipe III y Felipe IV, Calderón estaba desengañado del mundo palaciego, amargo con el ya claro comienzo de la decadencia de España. Decidido a defenderla, Quevedo veía enemigos por todas partes: en los moriscos y en las moriscas; en los judíos conversos, en los alemanes y en los holandeses; en los venecianos. Obsesionado por la limpieza de sangre, fue un furioso antisemita tanto en lo religioso como en lo étnico–político–social–económico, y —avant la lettre— fue islamófobo, homófobo y, a pesar de sus muchos poemas de amor, también misógino:

Así escribe Quevedo en La hora de todos:

«Considera [a la mujer] padeciendo los meses y te dará asco, y cuando esté sin ellos, acuérdate que los ha tenido, y que los ha de padecer, y te dará horror lo que te enamora, y avergüénzate de andar perdido por cosas que en cualquier estatua de palo tienen menos asqueroso fundamento.»

La hora de todos (1699)
Citado por Juan Goytisolo en Disidencias (1977)

Yup... los menstruos.

...y es por aquí, sin embargo, el camino por donde siguiendo a Goytisolo y volviendo a los escupitajos y a la caca del Buscón, podemos acariciar un sentido posible de la inclusión del cuerpo y sus secreciones: lágrimas, suspiros, sudor, vómito, sangre, menstruos, mocos, esputos, semen, aguas, orina, pus, pedos, mierda... en sus poemas, cuentos y novelas, aunque tal sentido sea a contrapelo: la develación y afirmación del cuerpo.

Antes de seguir con Quevedo, exploremos un rizo sobre un episodio de La casa de los espíritus de Isabel Allende.

En una lectura reciente de la novela de Allende, me detengo en el capítulo 11: “El despertar:”

Han pasado ya un par de días desde el comienzo de la toma de la universidad. Junto a la mezcla de aburrimiento, el miedo a los carabineros y el hambre, Alba comienza a preocuparse, porque sus dolores de vientre le indican que muy pronto le llegará la regla...

«Dos horas después Alba sintió entre las piernas una viscosidad tibia y vio sus pantalones manchados de rojo. La invadió una sensación de pánico. Durante esos días el temor de que eso ocurriera la atormentó casi tanto como el hambre. La mancha en sus pantalones era como una bandera. No intentó disimularla. Se encogió en un rincón sintiéndose perdida. Cuando era pequeña, su abuela le había enseñado que las cosas propias de la función humana son naturales y podía hablar de la menstruación como de la poesía, pero más tarde, en el colegio, se enteró de que todas las secreciones del cuerpo, menos las lágrimas, son indecentes.»

«...las cosas propias de la función humana son naturales y podía hablar de la menstruación como de la poesía...»
Ya debe de haberse dicho muchas veces que la censura a la expresión de las funciones del cuerpo corre paralela con la escisión cuerpo / no cuerpo. Falsa dualidad que falsifica la unicidad del ser.

Sin embargo, en contra del pánico de Alba en la toma de la universidad, no hay secreciones indecentes en La casa de los espíritus. La narradora —que al final de la historia descubrimos que es la misma Alba— hablará sin remilgos ni eufemismos y con todo desparpajo de... lágrimas, suspiros, sudor, vómito, sangre, menstruos, mocos, esputos, semen, aguas, orina, pus, pedos, caca y de mierda... Sin ser la primera en hacerlo, Isabel Allende no se ruboriza con ninguna de estas excreciones...

Tampoco, a diferencia de Quevedo, le dan asco.

Allende y Clara del Valle están del mismo lado de Juan Goytisolo cuando éste, siguiendo a Bataille, escribe y yo parafraseo, quitando y añadiendo por mi cuenta:

«...frente a una ideología ... que hace abstracción del ser de carne y hueso y lo sustituye con una entelequia, [recordamos] que el hombre es un animal que engulle, orina, esputa y defeca ... lo que, lejos de rebajarle, contribuye a preservar su conciencia de existir...

...así la expresión explícita de las funciones excretoras del ser de carne y hueso devienen ... un último reducto de resistencia en contra del estigma que las censura. Expresión que, en contra de esta censura que oblitera, diluye y enrarece al cuerpo, lo afirma y materializa.»

Vuelvo a otro fragmento de la novela de Allende, éste presente en el capítulo IV en el episodio en el que Blanca conoce por primera vez a quien será luego su amante, Pedro Tercero García:

Isabel Allende no se detiene aquí, también incluye la pus y el olor a carne podrida cuando describe a doña Esther Trueba.
La casa de los espíritus y las secreciones del cuerpo” sería un buen título para un artículo a añadirse a los muchos que se han escrito sobre esta novela.

«...Blanca se quitó la ropa y salió corriendo desnuda con Pedro Tercero. Jugaron entre los bultos, se metieron debajo de los muebles, se mojaron con besos babosos, masticaron el mismo pan, sorbieron los mismos mocos, y se embetunaron con la misma caca, hasta que, por último, se durmieron abrazados bajo la mesa de comedor.»

Vale: fin del rizo...

Sería una buena cosa averiguar con precisión cuándo fue que el lenguaje de las secreciones del cuerpo comenzó a ser socialmente limitado en nuestra cultura judeo–cristiana occidental a las lágrimas y a los suspiros. Mientras tanto, recuerdo que en uno de sus artículos reunidos en Essais critiques Roland Barthes se refería a Voltaire como a uno de los «últimos escritores felices». Seguro que otro escritor feliz fue François Rabelais (1483 a 1494 – 1553): anclado entre la tradición goliardesca del mercado medieval y un primer Renacimiento, luchando contra la católica supresión —censura, ocultamiento— de la fisicalidad del cuerpo, sus héroes Gargantúa y Pantagruel podían tanto reírse como peerse hasta las lágrimas.

Lágrimas y pedos, dos secreciones corporales una tras otra... así como están los pedos en este otro soneto de Quevedo... aunque aquí tengan un signo diferente del que podrían tener en Allende:


El poema:

Preste Juan: el Preste Juan fue un legendario (muy probablemente ficticio) emperador de Etiopía. Se nombra para ponderar riqueza, poder, etc.
acedo: ácido, agrio
tudescos: alemanes; alude a la guardia alemana de los Austrias
gregüescos: calzones, calzoncillos
arcas: en este contexto, nalgas
cuescos: pedos ruidosos


La voz del ojo que llamamos pedo

(ruiseñor) de los putos, detenida,

da muerte a la salud más presumida,

y el propio Preste Juan le tiene miedo.


Mas pronunciada con el labio acedo

y con pujo sonoro despedida,

con pullas y con risas da la vida,

y con puf y con asco, siento quedo.


Cágome en el blasón de los monarcas

que se precian, cercados de tudescos,

de dar la vida y dispensar las Parcas.


Pues en el tribunal de sus gregüescos,

con aflojar y comprimir las arcas

cualquier culo lo hace con dos cuescos.

Francisco de Quevedo
La voz del ojo que llamamos pedo

Aunque con puf y con asco, en éste y en otros de los poemas llamados “satíricos y jocosos” y sin que nos olvidemos del Buscón, Quevedo recuperaba ese vocabulario que rehusando negar nuestra animalidad contribuye grandemente a permitirnos, a contra marcha del mismo Quevedo, apoderarnos nosotr@s de nuestro ser como lo que somos: cuerpo... y nada más (ni menos) que cuerpo.

A Francisco de Quevedo se le considera uno de los grandes poetas, novelistas, dramaturgos, polemistas y moralistas del llamado Siglo de Oro —junto a Garcilaso, a Cervantes, a Lope de Vega, a Calderón, a Fray Luis de León, a Teresa de Jesús, a Ruiz de Alarcón, a Góngora, a sor Juana, a Juan de Valdés, a Boscán, a Fernando de Rojas, a Juan de la Cruz, a Tirso...

Continuó en la corte de Felipe IV donde se desempeñaba como secretario del rey, un cargo al que hoy llamaríamos asistente o consejero. Terminó mal. En 1639 fue arrestado y confinado por tres años en el convento de San Marcos en León. Nunca se le acusó de nada, pero su detención se debía a las sospechas de haber tenido confidencias con los franceses. Dado su cargo, tener confidencias con los franceses en el siglo XVII, sería equivalente a que en The West Wing de Aaron Sorkin, Toby Ziegler (Richard Schiff) almorzara regularmente con agentes de la KGB en un restaurante de Washington.

Dejado finalmente en libertad en 1643, Quevedo murió poco más de un año después, en 1645, más desengañado y enrabiado que nunca.


Desde La Torre


Retirado en la paz de estos desiertos

con pocos, pero doctos, libros juntos,

vivo en conversación con los difuntos

y escucho con mis ojos a los muertos.


Si no siempre entendidos, siempre abiertos

o enmiendan, o fecundan mis asuntos;

y en músicos callados contrapuntos

al sueño de la vida hablan despiertos.


Las grandes almas que la muerte ausenta,

de injurias de los años, vengadora

libra, ¡oh don Iosef!, docta la emprenta.


En fuga irrevocable huye la hora;

pero aquélla el mejor cálculo cuenta

que en la lección y estudios nos mejora.


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