Rumiaciones

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...una tortilla de patatas,
Pedro Almodóvar y Memoria

Tortilla de patatas
Foto: Licencia Adobe.

A menudo en las películas del manchego Pedro Almodóvar aparece un personaje o bien comiendo o bien trabajando en la cocina preparando la comida. Un gazpacho (al que se le añade una buena cantidad de somníferos) en Mujeres al borde de un ataque de nervios y una paella en La flor de mi secreto, aunque en ésta cuando finalmente llega Paco (Imanol Arias), el marido regañón y supuesto principal comensal, la paella ya está fría y entonces el desagradecido marido de Leocadia (Marisa Paredes) la rechaza.

No es demasiada sorpresa entonces que entre los artefactos de utilería de las películas de Almodóvar aparezca a menudo también un enorme cuchillo carnicero el que, como en Volver, lo mismo sirve para cortar tomates como para apuñalar de muerte a otro Paco (Antonio de la Torre), cuando éste se le echa encima a Paula (Yohana Cobo), su hijastra.

En Madres paralelas la violencia presente aparece por el abandono, por el forzado olvido y la negación de la Historia impuestos por el franquismo. Sí, que no nos quepa ninguna duda. En Madres paralelas la política y la Historia tienen un papel predominante.

Pero también aquí cocinamos.

Janis (Penélope Cruz), una madre soltera cuarentona e hija de una madre jipi y drogadicta muerta hace años de una sobredosis, le enseña a hacer una tortilla de patatas a otra madre soltera, Ana (Milena Smit), quien recién se asoma, si acaso, a su veintena, hija de una madre aun muy viva, actriz, algo egoísta y ensimismada.

La escena de la tortilla de patatas comienza hacia el minuto 57 de la película y, con esos siempre eternos colores vibrantes de Almodóvar, incluye la receta casi completa:

« ...ahora las lavas, muévelas, les quitas la arenilla... lo más importante es el grosor... »

Continúan con la tarea mientras Janis le ofrece un trabajo a Ana... y cuando ella ya ha aceptado, volvemos a la tortilla... justo en el momento en que Janis le da vuelta y terminamos de cocinarla por el otro lado. Ya está.

Hacer una tortilla de patatas no es lo único que Janis le enseña a Ana.

Le enseña además sobre la Memoria Histórica que así como tampoco de las recetas de cocina tradicionales, ni en su casa ni en la escuela, Ana no se ha enterado.

Esa ignorancia es uno de los temas de la película.

Mención aparte del corto La voz humana (2020), Madres paralelas (2021) apareció inmediatamente después de Dolor y Gloria (2019)..., es decir, estamos siendo testigos de un Almodóvar, quien este 25 de septiembre pasa ya los 74 años de edad, bien asentado en una nueva etapa de su vida como director y guionista.

Muy lejos está ya esa primerísima etapa en la que entre otras películas memorables Almodóvar rodó Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) con una cámara super ocho, un presupuesto de menos de tres mil dólares y con la que sorprendió y escandalizó a casi todo el mundo...

... y mientras en Dolor y Gloria disfrutamos viendo ese esplendoroso beso en la boca que se dan Antonio Banderas y Leonardo Sbaraglia (Salvador y Federico) al despedirse ahora después de pasar un rato recordando el pasado tras no haberse visto por más de treinta años... (desde los tiempos de la movida)...

...podemos recordar a un Antonio Banderas muchísimo más joven escandalosamente haciendo el amor entonces con Eusebio Poncela en La ley del deseo (1987)... y pensar en cómo ha pasado el tiempo.

Pensar en cuánto Pedro Almodóvar nos ha educado en estos 45 años desde Folle, folle, fólleme Tim...! (1978).

Ahora el beso de Antonio Banderas y Leonardo Sbaraglia no escandaliza ni sorprende a nadie. No nos escandaliza, no nos pone incómodos, no nos sonroja.

... bueno, vale, entiendo.
Sé que personas como Santiago Abascal en España o José Antonio Kast en Chile y sus seguidores y seguidoras probablemente todavía se ofendan con ese beso tan normal y dulce de Dolor y Gloria, pero... eso es otro cantar.

La movida, recordémoslo, fue el tiempo en el que Almodóvar filmaba con presupuestos muy reducidos, en compañía de actores y, sobre todo, de actrices que eran además sus amigas, quienes a menudo trabajaban por muy poco dinero o gratis.

Más que sólo un trabajo, era una diversión; más que sólo un oficio, era un modo de vida; una forma de activismo. En buena parte, se trataba de desafiar, de molestar y de provocar al espectador; épater le bourgeois en esa España recién posfranquista llevado a la potencia diez. Fue en ese tiempo —desde el 78 hasta mediados de los 80— en el que Almodóvar —quien nunca tuvo un entrenamiento formal en una escuela de cine— poco a poco aprendió su oficio.

Desde mediados de los 80, sus películas ganaron en estructura formal. Sin dejar de ser provocativas, parecían menos bulliciosas, menos sincopadas; sin nunca alejarse del melodrama, la trama parecía menos disparatada. Aunque aún recibían una clasificación N-17 en Estados Unidos, eran recibidas por un público más amplio y no sólo por un semi marginal underground contestatario.

Con ello, Almodóvar comenzaba a ganar más dinero, claro, al mismo tiempo en que pasaba de la comedia estridente y estravagante al drama serio.

He leído en algún lugar (no recuerdo dónde) que algunos de sus seguidores de la primera época estaban desolados: terminada la movida, Almodóvar se había aburguesado.

Mmm. No tan rápido.

Aunque ciertamente la serie de películas almodovorianas que comienzan a aparecer a mediados de los 90 —La flor de mi secreto (1995) y Carne trémula (1997)— son de un caminar más lento, el aguijón, el golpe al pecho del espectador, el desafío a la mirada y el gusto por los colores brillantes (y el melodrama) estaba y sigue intacto.

Cierto, Almodóvar no quiere ya molestar o insultar gratuitamente, como alegre y desparpajadamente lo hacía antes, a fines de los setenta. Su público ha crecido; eso es cierto (también su cuenta corriente en el banco; eso ya lo he dicho).

Señal, por una parte, de cuánto Almodóvar ha cambiado desde Folle... Folle... y desde Pepi, Lucy, Bom...

Pero también es señal de cuánto el público ha cambiado desde los escandalosos Banderas y Poncela de La ley del deseo hasta ahora.

Un cambio que tiene muchas causas, claro...

Ciertamente, una de estas causas es que hubo un cine de la movida.

Nuestro mejor entendimiento de las diferencias y variaciones sexuales en los últimos cuarenta años tiene muchas causas por supuesto... Una de ellas fue el cine de Almodóvar.

La sociedad cambió; Almodóvar también.

En el proceso, Almodóvar se fue creando su propio público.

Sin embargo, en España al menos, Madres paralelas fue motivo de escándalo. Escándalo menor, sin duda, pero de todas maneras, como en los viejos tiempos almodovarianos de la movida, Madres paralelas creó controversia. Controversia entre los conservadores, claro; molestos ahora no ya tanto o no ya tan sólo por el sexo lésbico de Janis y Ana, sino por la Historia (ésa con letra mayúscula).

¿Qué hacer cuando el sexo y el amor en tus películas ya no escandalizan a casi nadie?

¿Qué hacer para sacudirles la modorra a tus espectadores?

Pues habla de otra verdad todavía incómoda.

Haz que tus personajes hablen de política.

Haz que tus personajes hablen de la memoria.

Que tus personajes caven una fosa y des–cubran esqueletos.

Los conservadores se escandalizarán.

Yup.
Después de ochenta años,
después de cincuenta años,
en España o en Chile,
hablar de desaparecidos todavía es un escándalo controvertido.

Razón de más para tener que seguir haciéndolo.

¿Por qué Janis le enseña a hacer una tortilla de patatas a Ana en Madres paralelas?

Quizás porque es la tapa favorita de Almodóvar
o quizás
más probablemente
porque más que el gazpacho
más que el jamón serrano
más que el bacalao a la riojana
más que el cochinillo asado
más que el pulpo á feira
o que las gambas al ajillo

la tortilla de patatas es el más español de los platos tradicionales.

Quizás el mensaje
el alegato
de Madres paralelas
entonces
es que así como no hay nada más español que enseñarle a una hija a hacer una tortilla de patatas también lo es enseñarle sobre la memoria.

Así como no hay nada de ajeno en una tortilla de patatas, tampoco lo hay en querer des–cubrir las fosas cubiertas por las fuerzas de la censura y de la represión y la tenacidad del olvido.
Aprender de una y de la otra es lo que nos hace españoles.


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