Rumiaciones

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Mi nombre y mi bisabuelo

No conocí a ninguno de mis abuelos. Mi abuelo paterno, un tal Casimiro Soto Rueda, murió en Anguiano 36 años antes de mi nacimiento, es decir, cuando mi padre apenas se acercaba a cumplir los cuatro años de edad, por lo que tampoco él tenía muchos recuerdos. A lo más, me decía, a veces lo veía como una figura borrosa perdido en la niebla de su infancia. Mi padre sí me contaba historias de mi bisabuelo, un tal Román Rueda Guerrero de quien heredé el nombre. Román era el padre de mi abuela Primitiva..., llamada así, por haber sido la primera en nacer de dos gemelas; a la segunda, claro, con mucha imaginación le pusieron por nombre Secundina, pero ésta murió a los pocos meses de nacer.

No es mucho lo que recuerdo de las historias que mi padre me contaba acerca de mi bisabuelo Román. Sé que era diestro en tocar la bandurria. Sé que se llamaba a sí mismo un buen católico, pero que no le gustaban ninguno de los curas del pueblo a los que insultaba con largueza y ellos se vengaron más de una vez multándolo por blasfemia.

A su muerte, mi abuela quemó todo lo que había en aquel baúl con el fin de deshacerse «...para siempre de lo que había traído a la familia tantas desgracias.»

Sé que había peleado en el lado perdedor (conservador y regionalista) de la Tercera Guerra Carlista (1872-1876) —me lo imagino ataviado con una inmensa boina roja— de la que conservaba un baúl lleno de papeles, de cintas, de estandartes y de banderas, más dos piernas para siempre estropeadas para el trabajo de la finca por lo que había cedido legalmente —con escrituras y todo— la propiedad de cinco trozos de terreno que juntos sumaban cerca de 8 acres más un pajar a su hija Primitiva y a su yerno Casimiro a cambio de la promesa de velar de por vida por su salud, proporcionarle techo y comida en su casa del barrio de Cuevas en Anguiano y asegurarle medio litro de vino diario.

Mi padre, que era el menor de tres hermanos y una hermana, se encargaba cada mañana de vestirle y de calzarle. Luego lo acompañaba cruzando el puente Madre de Dios desde Cuevas a la taberna del pueblo situada a la orilla del camino en el barrio de Mediavilla. Allí se quedaba mi bisabuelo casi todo el día, viendo pasar a las gentes camino al trabajo y charlando con otros de los parroquianos de la taberna que iban o venían.

Algunos de esos parroquianos, agradados por su charla, ocurrencias e ironías, añadían por su cuenta un poco más de vino a su medio litro diario. Así, el camino de vuelta a casa era con frecuencia más entretenido que el de la mañana, con Román —mi bisabuelo— lanzando improperios contra curas y santos a diestra y siniestra.

En una de esas muchas vueltas a casa, pasado ya el puente de Madre de Dios, Román murió literalmente en los brazos de mi padre; no sabía él si de un infarto o de un derrame, pero a menudo me repetía que sus últimas palabras fueron algo así como:

«Sujétame, chiquillo, que me caigo.»

Pan y vino


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