Rumiaciones

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Cynthia Rimsky camina al origen

Rimsky, Cynthia; Poste Restante

Poste Restante / Correspondencia sobrante: servicio de correos que almacena en sus sedes las cartas que llegan a tales lugares sólo con el nombre del destinatario, el cual debe recogerlas por su cuenta.

¿Es posible encontrar el origen?
¿O el origen es como las máscaras de identidad de las que hablaba José Donoso?

«Lo que hay detrás del rostro de la máscara nunca es un rostro. Siempre es otra máscara. Las máscaras son tú, y la máscara que hay detrás de la máscara también eres tú y así sucesivamente y con todas las otras.»

Pilar Donoso
Correr el tupido velo

La hija / el hijo; la nieta / el nieto de emigrantes se para frente a un mapa y busca con su dedo índice el lugar pequeñito del que vinieron huyendo del caos o de la miseria y/o con una mano por delante y otra por atrás; con una maletita de cartón atada precariamente con hilo de sisal morado, sus padres o sus abuelos.

Majaderamente habrá escuchado una y otra vez historias, cuentos, leyendas teñidas de una casi ingenua dulce nostalgia, o quizás hayan sido historias de persecución, de violaciones calladas narradas con la voz queda y la vista desviada; narraciones de miedos, de monstruos y de fantasmas.

Quizás haya escuchado todas esas letanías y rapsodias con ojos húmedos, redondos y abiertos.

Quizás no.

Quizás todo haya sido un largo insoportable aburrimiento.

No importa cómo haya sido; de todas maneras esa hija, ese hijo, esa nieta, ese nieto siempre habrá sabido que su origen —ese remoto origen— no estaba en el suelo que pisaba, sino en uno lejano y extraño; afuerino... con el sabor de no ser completamente de allí que daba cuenta de eso de que a sus compañeras y compañeros en el patio del recreo sus apellidos, sus acentos o sus emparedados les sonaran, les parecieran raros.

Un día cualquiera esa hija, ese hijo, esa nieta, ese nieto decide hacer un viaje.

Un viaje al origen.

Pero tal como ocurre con el verdadero rostro de Donoso, el origen parece ser siempre inalcanzable.

Quizás porque ya no existe, quizás porque se ha transformado y hecho irreconocible, destruido, muerto... o porque detrás del lugar al que llegaste en tu viaje, en tu peregrinación hubo otra migración anterior, otra huida, otra diáspora; otros olvidos.

No importa tu esfuerzo.

El lugar al que llegaste ya no es el que fue el de tu padre o de tu madre; o el que fue el de tu abuelo o de tu abuela. La llegada al origen es una ilusión, una estación más, un sueño.

Ulanov es un pequeño lugar al lado de la línea férrea en el distrito Khmelnitsky de la region de Vínnitsa en Ucrania; el censo de 2001 le señala cerca de 3000 habitantes. De acuerdo al sitio web sobre la historia de las comunidades judías en Ucrania, en 1897 Ulanov —entonces un shtetl— contaba entonces poco más de 2000 habitantes, la inmensa mayoría, claro, judíos.

Poste restante (2010) de Cynthia Rimsky (Santiago, 1962) es el relato de un viaje desde Santiago (Santiago de Chile, seamos precisos) hasta Ulanov, Ucrania.

Mejor, Poste restante es un diario de viaje; cual navegante, Poste restante es su bitácora: está escrito desde esa perspectiva temporal, no como una memoria ulterior, sino que, paso a a paso, desde el presente inmediato que se asoma expectante hacia el futuro cercano.

No será un viaje directo.

La viajera, a quien la narradora/autora describe a menudo en tercera persona llamándola indistintamente la turista, la viajera, la visitante, la chilena —como Ulises— hace un largo periplo que la lleva a Londres, a Israel, a Egipto, a Chipre, a Rodas y a Turquía, antes de llegar hasta su destino/origen; desde donde sigue luego hasta Praga, Polonia, Austria, Eslovenia, antes de regresar a Santiago... justo cuando ya se le acaba el dinero.

Es un viaje al origen, porque fue allí, en Ulanov, donde nació su abuelo paterno antes de emigrar a Santiago de Chile como lo hicieron, desde otros lugares de Europa del Este, sus otros antepasados judíos asentándose todos finalmente —¿fin de un periplo?— en un barrio cercano a la Avenida Independencia.

Poste Restante, Portada

Lo que gatilla el comienzo del viaje es el hallazgo inesperado de un pequeño ( 11,5 por 9 centímetros) álbum de fotografías en un mercado persa santiaguino. Las fotografías de 6 x 8,5 centímetros mostraban a una familia en vacaciones; alguien había escrito a lápiz la siguiente inscripción: “Plivitce in Jezersko / Rimski / Vrelec / Bled”.

Su apellido es Rimsky... ¿No podría ser Rimski una escritura defectuosa de su nombre?

O, al revés, ¿no podría ser un cambio efectuado por un funcionario de inmigración chileno así como Cohen se transforma en Kohen, así como Levy en Levi?

¿No podría ser que Rimsky hubiese sido alguna vez Rimski?

¿No podría ser que éste fuese un álbum de su familia?

Cualquier impulso es bueno para iniciar finalmente un viaje, sobre todo uno en el que seguramente ya se ha estado pensando por un buen tiempo. Rimsky / Rimski coge sus bártulos, su mochila con ruedas, algo de ropa, un par de libros..., su pasaporte y sus cheques de viajero. Rimsky / Rimski coge un avión que la lleva primero al aeropuerto de Heathrow y se va convirtiendo en turista, en viajera, en visitante, en peregrina...

Para describir y comprender lo antes desconocido que va encontrando en su camino, y como otros navegantes antes que ella (como Colón en su Diario de a bordo), la viajera recurre —por comparación— a lo ya conocido:

“En el centro de Tel Aviv existe un barrio ... que hace pensar en un melancólico pueblo del norte de Chile o Polonia...”

“...los habitantes de Tel Aviv comparan su ciudad con Nueva York, más se parece al Santiago de los años setenta...”

La turista, la visitante, la viajera, necesariamente percibe el mundo que encuentra en su camino con los ojos y la mirada que lleva de antemano.

Así, aunque el viaje de la visitante, de la viajera se abre a un descubrimiento, es un aprendizaje sobre la marcha; y como tal, es un aprendizaje inestable y provisorio; otro punto de partida al que eventualmente deberá regresar y sopesarlo.

Mientras tanto, todo es cosa de seguir adelante; el tiempo apremia. La bitácora exige la continuación del viaje.

La viajera, la turista, la visitante... anticipémosnos y digamos también, la paseante, lleva en su mochila tres libros: Las flores del mal de Charles Baudelaire, el diccionario de Lengua Española de Tareas Escolares de Zig Zag y Cuadernos de pensamiento de Walter Benjamin, un volumen que ha sido editado con diversos contenidos —y títulos— en España y en Argentina, y con diversos contenidos y títulos también en inglés y en su alemán original.

La intersección entre el furiosamente antisemita Baudelaire y el judío Benjamin la encontramos en la figura del flâneur, a quien Baudelaire lo describió como el poeta explorador de la moderna ciudad a mediados del siglo XIX, y a quien Benjamin lo hizo objeto de estudio crítico sociológico a comienzos del siglo XX precisamente en su libro póstumo sobre Baudelaire.

Una primera definición del flâneur es peyorativa; el flâneur no es mucho mejor que un vago..., lo que es mucho peor que ser un vagabundo.

El flâneur es también un ocioso con suficiente tiempo libre que, mezclándose con la multitud, se pasea por la ciudad observándola con los ojos atentos...
fijándose en los transeuntes que pasan a su lado
en sus ropas y en sus ademanes
en sus prisas y en sus lentitudes
en las rotiserías y en los mercados de frutas y de verduras
en los menús de los restaurantes al aire libre
en las librerías de viejo
en las letras, colores y lenguas de los letreros
en las ropas colgadas de los balcones
en el empedrado de las calles
en los gatos callejeros
en los grafitis
en las cacas de perro
en las faldas y en los zapatos de las mujeres
en los sombreros de los hombres
en los pregones de los comerciantes callejeros
en las basuras acumuladas en los bordillos
en los mendigos
en las trabajadoras y trabajadores sexuales
en los uniformes de los guardias y de los porteros
en las texturas y en los colores de las fachadas de los edificios
en los perfumes, los aromas, los odores de las calles...

Así el flâneur deambula, se pasea por la ciudad descubriéndola; haciéndola suya.

Ahí aparece el rasgo positivo de este flâneur explorador.

Le Flâneur
Paul Gavarni, 1842

Dice Baudelaire:

[Para el flâneur] la multitud es su elemento, como el aire para los pájaros y el agua para los peces. Su pasión y su profesión le llevan a hacerse una sola carne con la multitud. Para el perfecto flâneur, para el observador apasionado, es una alegría inmensa establecer su morada en el corazón de la multitud, entre el flujo y reflujo del movimiento, en medio de lo fugitivo y lo infinito. Estar lejos del hogar y aun así sentirse en casa en cualquier parte, contemplar el mundo, estar en el centro del mundo, y sin embargo pasar inadvertido...

No de otra manera parece ser el viaje de nuestra... flâneuresse, para quien, a medida en que avanza su periplo, el viaje al origen, el viaje hasta Ulanov, parece más y más una excusa, un accidente que le permite simplemente pasearse por el mundo y conocerlo...

En otra de las entradas de Poste restante, Cynthia Rimsky escribe:

“Bowles, Potocki, Maupassant, Gide viajaron para abrir ventanas y descubrir mundos no sólo geográficos sino imaginarios”.

Los franceses Maupassant y Gide son de sobra conocidos por una pluralidad de otras razones y no me detendré aquí en ellos.

Sobre Jan Potocki (1761 – 1815) quiero recordar que es el etnólogo, lingüista y viajero polaco, citado varias veces por Todorov y conocido principalmente ahora por su novela gótica (con fantasmas, castillos encantados y telarañas), picaresca (con un héroe vagabundo) y cervantina (con historias dentro de las historias dentro de las historias...) Manuscrito encontrado en Zaragoza a la que, como esas novelas que se leen profundamente de a pedacitos y con los pelos de punta, bien vale la pena regresar en más de una ocasión.

Me rezago más en Paul Bowles (1910 – 1999), el compositor, autor y traductor estadounidense expatriado por más de cincuenta años en la ciudad marroquí de Tánger, conocido principalmente por su novela de 1949 The Sheltering Sky, ambientada en el Sahara y centrada en el desafortunado viaje de sus protagonistas, Port Moresby y su mujer Kit, acompañados por su amigo Tunner, neoyorkinos expatriados en una infructuosa búsqueda existencial que supuestamente mejoraría el matrimonio de la pareja.

Aparte de la muerte (por estupidez) de los protagonistas —valga el spoiler— no pasa mucho en la novela. The Sheltering Sky es más de ambientes, de texturas y colores; de irónicas descripciones que podemos o no tomar en serio... quizás haya que tomarlas en serio a pesar de la ironía, a pesar de los protagonistas.

En un párrafo a mitad del segundo capítulo el narrador describe a Port, quien más que como un turista estadounidense en el norte de Africa se piensa viajero:

He did not think of himself as a tourist; he was a traveler. The difference is partly one of time, he would explain. Whereas the tourist generally hurries back home at the end of a few weeks or months, the traveler, belonging no more to one place than to the next, moves slowly, over periods of years, from one part of the earth to another. Indeed, he would have found difficult to tell, among the many places he had lived, precisely where it was he had felt most at home.

De Londres, a Israel, a Egipto, a Chipre, a Rodas y a Turquía; de Ulanov a Praga, a Polonia, a Austria, a Eslovenia, la viajera, la chilena, la paseante no tiene prisa para regresar a casa. Como en el caso de Bowles, expatriado en Tánger, bien puede que se rezague, que tarde en marcharse definitivamente de algún sitio, convirtiéndose eventualmente quizás en una expatriada...

Pero pronto se le acaban ya los cheques de viajero y luego de resolver un último misterio — el significado de Plivitce in Jezersko / Rimski / Vrelec / Bled— (que desde su perspectiva resultará ser simplemente un malentendido: un álbum de fotos familiares en recuerdo de unas vacaciones en unos baños romanos; rimski en eslaveno) emprende el regreso.

El viaje ya estaba hecho. Era hora de regresar a Santiago (de Chile) y a su casa en la avenida Bilbao... la misma dirección que, según nos cuenta nuestra paseante viajera, no le llamó para nada la atención al inspector de inmigración en el Aeropuerto Heathrow Londres.

Además de Poste restante, Cynthia Rimsky ha publicado individualmente, entre otros textos y colaboraciones con mútiples autores, La revolución a dedo, Yomuri, Fui, Ramal, Los perplejos y, su más reciente La vuelta al perro.


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