Rumiaciones

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Saeta. Lorca
encuentra a Miles Davis

Portada de la primera edición (1931) de Poema de Cante Jondo de Ediciones Ulises (Madrid).
Ediciones Ulises (Madrid, 1929-1932) fue una de las editoriales que promovían lo que se denominó «literatura de avanzada», esto es, literatura que conjugaba los avances expresivos de la vanguardia con el compromiso político de izquierdas.

Javier Krauel
Universidad de Colorado Boulder

Lorca escribió “Poema del cante jondo” entre 1921 y 1922 mientras preparaba, junto a su maestro, mentor y amigo Manuel de Falla, el “Concurso de Cante Jondo” celebrado en Granada en 1922 durante la fiesta católica de Corpus Cristi.

Luego de un breve poema introductorio —Baladilla de los tres ríos— el primer poema de la sección siguiente —Poema de la siguiriya gitana— es “Paisaje” que dice así:

Olivar

Paisaje

A Carlos Morla Vicuña

El campo

de olivos

se abre y se cierra

como un abanico.

Sobre el olivar

hay un cielo hundido

y una lluvia oscura

de luceros fríos.

Tiembla junco y penumbra

a la orilla del río.

Se riza el aire gris.

Los olivos

están cargados

de gritos.

Una bandada

de pájaros cautivos,

que mueven sus larguísimas

colas en lo sombrío.

Federico García Lorca
Poema de la siguiriya gitana
Poema del Cante Jondo

...lluvia oscura de luceros fríos
...aire gris
...olivos cargados de gritos
...pájaros cautivos

El paisaje amable de los olivos se transforma aquí en uno oscuro y ominoso: hay gritos —hay dolor— que anuncian, evocan, transmiten, violencia y muerte sombría, muertes que arrastran luto de ropas negras.

Rama de aceitunas..., ¿o es de gritos, como escribe Federico?

Mientras leo, o más bien, releo y pondero, anticipo ya las escenas de violencia y de duelo con navajas o puñales que más tarde aparecerán en Bodas de Sangre. Pienso y recuerdo las películas El amor brujo de Carlos Saura o la terrible escena de sangre en medio del páramo en La novia de Paula Ortiz con la desgarradora voz de Carmen París cantando esa terrible “Nana del caballo grande” de Lorca. Ahí, en esa canción, está el llanto de la guitarra del poema siguiente.

Escuchemos.

🎵 YouTube: Carmen París, Nana del caballo grande .

Este sentimiento de angustia y de dolor que ya se asentaba en “Paisaje” continúa desde los primeros versos del poema siguiente, “La guitarra” y luego, entonces, “El grito” que quiebra la quietud de la noche:

La guitarra

Empieza el llanto

de la guitarra.

Se rompen las copas

de la madrugada.

Empieza el llanto

de la guitarra.

Es inútil callarla.

Es imposible callarla.

Tiembla junco y penumbra

Llora monótona

como llora el agua,

como llora el viento

sobre la nevada.

Es imposible

callarla.

Llora por cosas

lejanas.

Arena del Sur caliente

que pide camelias blancas.

Llora flecha sin blanco,

la tarde sin mañana,

y el primer pájaro muerto

sobre la rama.

¡Oh guitarra!

Corazón malherido

por cinco espadas.


El grito

La elipse de un grito,

va de monte

a monte.


Desde los olivos

será un arco iris negro

sobre la noche azul.


¡Ay!


Como un arco de viola

el grito ha hecho vibrar

largas cuerdas del viento.


¡Ay!


(Las gentes de la cuevas

asoman sus velones.)


¡Ay!

Recuerdo que a Dieter Oelker, mi profesor y luego mi colega, tutor y amigo, le fascinaba la concatenación de estos tres poemas: “El grito” seguido de “Puñal” y de “Ay”, incluidos en la sección siguiente.

Leamos “Puñal”.

Puñal

El puñal

entra en el corazón

como la reja del arado

en el yermo.


No

No me lo claves.

No.


El puñal

como un rayo de sol,

incendia las terribles

hondonadas.


No

No me lo claves.

No.

Antes de pasar a “Saeta” podemos oír de nuevo ambos —el rasgueo doloroso de la guitarra y el grito destemplado— en la siguirilla gitana; la canción de duelo, de dolor y de muerte.

¿Qué es la siguirilla?
¿Qué es el grito?
¿Qué es el cante?

El rango de la escala musical del Cante nunca pasa de una octava...
Las vocales alargadas lo alejan de la pura prosa...

La siguiriya.
La siguiriya o siguiriya o siguirilla o siguirilla... es uno de los principales, quizás el más antiguo, de los palos (así como los palos de la baraja: copas, oros, espadas, bastos) —tipo, clase— del baile y cante flamenco.
La siguiriya es un canto fúnebre, un canto de duelo, un canto doloroso.
Parece un rezo..., un lamento.
Muchas comienzan con un ¡Ay!!

Siguirilla.
El cantante, mejor, el cantaor de la siguiriya siguiente, “Gatanas de Silverio” es Diego Bermúdez, «El Tenazas», uno de los participantes en el Concurso de Jante Jondo, organizado por Lorca y Manuel de Falla, celebrado el día del Corpus del año 1922 en Granada.

La sección que sigue —El “Poema de la soleá”—consta de diez poemas breves y su subtítulo podría ser “vestida con mantos negros” tal como aparece en el poema “La soleá, musicalizado por Marta Gómez:

🎵 YouTube: Marta Gómez, Vestida con mantos negros.

La soleá

Vestida con mantos negros

piensa que el mundo es chiquito

y el corazón es inmenso.


Vestida con mantos negros


Piensa que el suspiro tierno,

el grito, desaparecen

en la corriente del viento.


Vestida con mantos negros


Se dejó el balcón abierto

y al alba por el balcón

desembocó todo el cielo


¡Ay yayayayay

que vestida con mantos negros!

Soledad, en verdad. Soledad de las viudas y de las madres que se quedan sin sus hijos.

Entonces...
¿De qué es el Cante jondo?
¿Cuál es su tema?

Como las canciones populares y floklóricas de las que se nutre, el Cante jondo es acerca de violencia, de la vida precaria de las gentes pobres que viven en las cuevas, de amores, de luchas, de penas o de penitas, de muertes: de orfandad y de viudedad... como la de la mujer vestida con mantos negros.

Tirando de la hebra, es sobre la soledad de las viudas y de las madres de los guetos; de los barrios, de las barriadas pobres de nuestras ciudades, en Sevilla, en Madrid, en Nueva York, en Santiago de Chile, en Minneapolis.

Tirando apenas un poco más, es sobre la soledad de los deudos de los desaparecidos y de las desaparecidas.

Y no tenemos en castellano —ni tampoco en inglés— una palabra que designe a la madre (o al padre) que ha perdido a su hijo o a su hija... o al hermano que ha perdido a su hermana.

Uno más, y completamos la tríada de Dieter:

¡Ay!

El grito deja en el viento

una sombra de ciprés


(Dejadme en este campo

llorando.)


Todo se ha roto en el mundo.

No queda más que el silencio.


(Dejadme en este campo

llorando.)


El horizonte sin luz

está mordido de hogueras.


(Ya os he dicho que me dejéis)

en este campo

llorando.)

¿No son éstas acaso las palabras de La Madre al final de Bodas de sangre?

El cuerpo de Cristo muerto en la tumba,
Hans Holbein, el joven (1522)

Ahora sí, la saeta

La saeta es la canción —el cante— del viernes de Semana Santa.

Al compás de los tambores y de las trompetas, la procesión de los penitentes avanza lentamente cargando o tirando una carroza con la estatua del Nazareno martirizado por una de las estrechas calles de Sevilla o de cualquier otra ciudad andaluza.

Cada cierto tiempo, desde uno de los balcones, una mujer o un hombre comienza improvisadamente su canto de loa y alabanza —tal es la saeta. La procesión se detiene hasta el término del canto y luego entonces comienza su lenta marcha de nuevo.

El acto, el espectáculo, esta colectiva representación teatral; la procesión, el rito, es una magnífica fusión del más antiguo, desgarrador, ritual pagano con un sincrético catolicismo.

No importa que no seamos cristianos o católicos, ni siquiera creyentes (yo no lo soy), para percibir allí la profunda identificación de ese humillado pueblo gitano con la figura martirizada del Cristo... que, según nos cuentan, habrá de resucitar en gloria y majestad tres días más tarde.

Esa es la esperanza que se repite cada año; ese el dolor y el desgarro repetido.

No importa el anual desengaño. Aunque la vida para el gitano, para el pobre, no cambia; el rito se repite tozudamente, empecinadamente, una y otra vez.

Primero..., el poema de Lorca:

Saeta

Cristo moreno

pasa

de lirio de Judea

a clavel de España.


¡Miradlo por dónde viene!


De España.

Cielo limpio y oscuro,

tierra tostada,

y cauces donde corre

muy lenta el agua.

Cristo moreno,

con las quedejas quemadas,

los pómulos salientes

y las pupilas blancas.


¡Miradlo por dónde va!

Saeta
Escuchemos primero una saeta recogida en el Concurso de Cante Jondo.

Miles Davis. Saeta
Es curioso cómo fue el mismo Fernando (Fernando Muñoz Porras) quien me introdujo a dos artistas tan disímiles... y en verdad tan parecidos, como Manuel Vázquez Montalbán y Miles Davis.

Fue en su casa en Avenida Estadio, a mediados o fines de los setenta, donde escuché por primera vez un disco de Miles Davis que resultó ser Sketches of Spain.

Mucho tiempo después aprendí que en un viaje de Davis a España un día escuchó por casualidad un cante flamenco y casi se volvió loco... Compró y escuchó cada cante que tuvo a su alcance.

No podía entender la letra, claro; casi nunca se entiende. Pero seguramente, como le ocurrió a Dizzy Gillespie con Chano Pozo décadas antes, Davis supo que allí había encontrado una afinidad como ninguna otra, esa hermandad meditarránea y africana.

La fuerza e inteligencia con las que Davis capta el ser de la saeta con su fiscorno me pone los pelos de punta. Estoy seguro de que si Lorca hubiese llegado a escuchar a Davis habría llorado de emoción y de felicidad.


Miles Davis, trompeta, fiscorno
Johnny Coles, Bernie Glow, Taft Jordan, Louis Mucci, Ernie Royal, trompeta
Elvin Jones, percusión

Guitarra, Federico García Lorca

El “Cristo muerto en la tumba” de Holbein.
Julia Kristeva en “Holbein's Dead Christ” (Fragments for a History of the Human Body) escribe que la representación del Cristo muerto hecha por Holbein es particularmente perturbadora...
A diferencia de muchas otras representaciones del mismo episodio (la muerte del Cristo); encerrado en esa tumba, sin espacio ni arriba ni abajo, sin ser sostenido (a la manera de una pietá) por su madre o por alguno de sus discípulos o por María Magdalena, la versión de Holbein no deja lugar a una esperanza de resurrección.

Kristeva añade que la pintura de Holbein causó una tremenda impresión en Dostoyevsky al punto que le hace decir al príncipe Myshkin de “El idiota” «...alguna gente puede perder su fe al ver esa pintura». Sin embargo, a pesar del tremendo realismo que caracteriza a las figuras del Cristo martirizado que se encuentran en numerosas iglesias españolas (y de otros sitios), al parecer en ellas hay espacio para esa esperanza de redención o al menos así lo entienden esos fieles que año tras año entonan sus saetas... tal como los que magníficamente inspiraron a Davis.

Saint Paul, 1 de abril de 2024


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