Pater Noster
Santiago, marzo de 1971.
Monche cena en casa de sus primos Mauro y Teresa por primera vez.
Conchi y Teresa hablan y recuerdan.
EF
Teresa Capellán se dio cuanta de cuánto se arrepentía de no haber nunca ejercido su profesión de médico/a cuando el sábado 28 de octubre de 1972 vio llegar a Monche con el Leeson and Leeson bajo el brazo.
Pero eso es inexacto.
El Leeson and Leeson es el texto de uno de esos cursos básicos que muy pronto quedan en el olvido. El arrepentimiento y desencanto le venía desde hacía mucho tiempo atrás aunque, por más que se esforzara, no podía recordar cuándo fue que sintió por primera vez ese vacío.
Vacío no, Conchi; eso es demasiado fuerte; Tengo a Pía, a Regina; estoy embarazada de nuevo.... Vacío no; más bien, una ausencia.
Mencionas a Pía, a Regina; pero no a Mauro. ¿Es esa la ausencia?
No, no creo. Mauro... ¿Qué me quieres decir?
Me pregunto qué tan presente está Mauro.
Por qué no va a estar presente...
¿Te acuerdas que la noche antes de tu boda entre un montón de otras cosas me confesaste que estuviste a punto de terminarlo todo, porque... cómo fue que lo pusiste Mauro te había faltado el respeto?
Sí, Mauro se sobrepasaba a veces...
Mmm..., pero me recuerdo bien que también me dijiste que ese día... ¿O fue esa noche? Sola, en tu cama aprendiste muchas otras cosas. ¿Mmm? Cosas de por ahí.
Conchi...
Oh, Tere, eres tan... Todavía te pones colorada. Déjame que te pregunte otra cosa entonces. ¿Desde cuando... ¿Cuánto tiempo hace que Mauro no te agarra por el culo?
Conchi... Yo no soy como tú.
Y mucha suerte que tienes con eso, hermanita. Pero a veces creo que te vendría bien si..., de vez en cuando, fueras un poco como yo.
¿Sí? ¿Cómo?
Tere... ¿Cuántas veces hemos ya hablado de esto? No te gusta reconocerlo, pero tú pagas por todo esto que tienes. Yo vivo en mi cuchitril; no necesito ser como otro, marido o amante... o padre, quiera que yo sea. ¿Quieres una palabra? Soy libre si te gusta decirlo así... La verdad es que a mí la palabra no me importa; emancipada, es otra.
Libre... ¿De qué te ha servido ser tan libre, Conchi? Siempre al salto de la mata. De una casa a la otra. ¿No te importa todo lo que la gente habla de ti?
Oh, Teresa, mi amor. Déjame darte un beso. Me encanta cuando mi hermana menor le habla con maternal voz severa a su hermana mayor, moi.
Esos sarcasmos ya no te sirven, Conchi. Están un poco añejos. ¿No te das cuenta?
Tere, de mí la gente ha hablado siempre.
¡Qué buena defensa! Tú... de un novio al otro, de un trabajo, trabajito, al otro; a tu gusto. Mírate; estás flaca como un esqueleto; tu ropa toda hilachenta... Siempre necesitada de ayuda. ¿Ese es tu punto, Conchi?
¡Vaya! Yo que creí que la dura era Carlota. Mi punto, Tere, es que la gente habla; a la gente le gusta hablar. Habla de mí; también habla de Mauro..., de Mauro y de su amiga... de Mari Carmen.
No te vayas por ahí, Conchi. No quiero hablar de eso; no de Mari Carmen. No ahora. Mauro tiene sus faltas, pero es mi marido.
Como quieras, hermana; no ahora. Pero quizás es también de por ahí que a ti te vienen las ausencias.
Desde siempre Conche y Teresa habían sido amigas. Haber compartido una de las habitaciones del fondo de la casa de Avenida Santa Rosa, justo antes del patio de la pileta y los limoneros, les había permitido aprender a ser compinches trasnochadoras y quedarse hasta que se morían de sueño contándose chismes e historias, leyendo cuentos y novelas, aprendiendo Teresa mil cosas de su hermana Conchi. Se hicieron aun más compinches en los años en los que Conchi comenzó a perder el favor de sus padres, desconcertados por esa hija con un carácter que percibían difícil, cambiante, impredecible y rebelde. Siempre respondona, por esos años comenzaron los castigos y las suspensiones por faltas que iban desde fumar a escondidas en el baño del Auxiliadora a escaparse al Teatro Matta en vez de ir a clases. Poco a poco, comenzaron a invertirse los papeles; la hermana menor cuidaba de la mayor. La menor parecía siempre saber qué es lo que quería y apuntaba a conseguirlo; la mayor no lograba hacerlo. Comenzaba muchas cosas y no terminaba ninguna. Sin embargo, como un cardenal mensajero que por casualidad aparecía en medio del patio, de vez en cuando Conchi se asomaba de improviso por la casa de Teresa en Matilde Salamanca y lúcida apuntaba exactamente a lo que su hermana menor, sin todavía darse cabal cuenta, estaba necesitando.
☞ Rizo. Conchi.
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En marzo del 71, año y medio antes de ese sábado 28 de octubre de 1972 en el que llegó con su Leeson and Leeson bajo el brazo, Monche cenó por primera vez con los Becerra Capellán en la casa de Matilde Salamanca.
Pater Noster,
qui es in caelis,
sanctificetur nomen tuum...
En esa primera cena de día viernes, no sé no está claro en las páginas de su diario que me facilitó si Monche se sorprendió más y supo que había entrado a un mundo tan diferente al suyo cuando, antes de iniciar la comida y luego de la bendición de agradecimiento, toda la familia de pie silenciosamente escuchó a Mauro Becerra recitar el Padre Nuestro en latín, uniéndose a él sólo con el Amén final.
O si fue por el gesto de Pía de llamar a la mucama con una campanita de plata que estaba sobre la mesa para pedirle que le trajera más sal para la sopa.
O si por el tono a la vez grave y neutro, sin ningún aspaviento, con el que Mauro Becerra se dirigió a Teresa luego de que la mucama, vestida toda de negro con una cofia blanca sobre la cabeza, hubo cumplido la orden.
Debes instruir a esta muchacha que nunca se olvide de poner un salero y un pimentero sobre la mesa.
Descuida, Mauro. Hilda es joven, pero está aprendiendo rápido le contestó Teresa antes de dirigirse a Monche como disculpándose: «Lleva sólo una semana con nosotros.»
O si fue cuando la misma mucama llevó los postres a la mesa: plátanos perfectamente cortados longitudinalmente en dos aderezados con miel de palma y servidos con cuchillo y tenedor.
Distraída durante el rezo, aunque se espabiló justo a tiempo para unírseles con el Amén, Monche recorrió con sus ojos la larga y amplia habitación, oscura a pesar de las dos arañas de luces colgando del cielo raso, que hacía de comedor. En la mesa, Mauro Becerra sentado a la cabecera; a su izquierda, Teresa, seguida por Margarita y por Soledad. A la derecha de Becerra, Monche, seguida por Pía y por Regina. Sobre la pared al frente suyo, dos grandes retratos al óleo con anchos marcos barrocos color oro viejo teñidos por el tiempo que Monche supuso serían los padres de Mauro Becerra. Un poco más abajo, sobre el aparador, resguardada por un fino marco plateado, reconoció la foto de matrimonio de sus tíos Alberto y Pilar.
Por la ventana al frente de la cabecera y que daba al jardín cercado por una tapia encalada y semi cubierta por buganvillas multicolores, enrojecidos por el sol poniente se alcanzaban a ver los picos de los cerros de la cordillera en medio de dos limoneros con las hojas amarillas ya caídas al suelo y otro árbol pequeño que le pareció ser un tunal. Las paredes a su espalda eran de adobe y pintadas de blanco marfil; las de enfrente y las de los costados, de encina. Olía a barniz y a las flores de lavanda puestas sobre el aparador de roble oscuro sobre el que también, encima de una bandeja, había cacharros de plata que parecía que los hubiesen bruñido esa misma mañana.
Mauro Becerra, aunque siempre cuidadosamente cortés, fue muy directo cuando se dirigió a ella:
¿Cómo es que elegiste matricularte en la Chile en lugar de hacerlo en la Pontificia? Puntaje tenías de sobra.
La verdad es que no lo sé. No se me ocurrió. Simplemente seguí lo que me aconsejó mi profesor en el colegio; en el liceo.
Ojalá que no tengas que arrepentirte, pero ya vas a ver; la Chile es un caos, un completo desorden.
Nosotros tenemos buenos amigos en la Sede Oriente; en el Hospital Salvador intervino Teresa.
Sí, pero ella va a la Norte. Ahí tienen a ese comunista Alfredo Jádresic de decano; con eso te lo digo todo.
Llevo sólo dos semanas, pero hasta ahora me gusta; me gustan las clases, los profesores, mis compañeras. Me he hecho muy amiga de una de ellas, se llama Aileen.
Los profesores, las compañeras... En mis tiempos se decía maestros y condiscípulos. No será, Monche, que tú eres comunista.
No, no soy. Me gusta Allende; me gusta el Presidente, pero no soy comunista.
Tu Presidente y digo tuyo, porque los que no somos sus partidarios, lo dijo él mismo, no tenemos Presidente* es un marxista, masón y ateo. Seguro que el profesor que te aconsejó la Chile era comunista.
Creo que es demócrata cristiano.
Peor aun... Una manga de descarriados ilusos. ¿Y ese era tu consejero? Como en el cuadro de Bruegel: El ciego guiando a los ciegos. ¿Conoces el cuadro de Bruegel?
No.
Claro, tú todavía eres muy joven. Tienes una linda mirada, Monche, parece sincera..., pero inexperta. Después te lo muestro; tengo una reproducción en mi despacho. Un verdadero signo de nuestros tiempos de los que, como hace tiempo que vengo diciéndolo, aunque tu prima piense otra cosa, tenemos que defendernos, porque de Silva Henríquez para abajo, en este país todo es un desastre. No se respeta ni la tradición ni la historia.
Mauro, córtala con eso. Despotricas contra el cardenal aunque no venga al caso. ¿Tú crees que a Monche le importa cómo se comulgue o si la misa sea en latín o en castellano?
Debe importarle porque ahora ella es una universitaria. Monche, es importante elegir, por ejemplo, entre la Chile y la Católica, porque la Universidad no es sólo aprender una técnica, no es sólo aprender cómo se hace algo; cómo operar a un niño de apendicitis o cómo tratarle la alfombrilla. La Universidad es por sobre todo vincularse a una tradición, a una búsqueda sagrada que es imperecedera y solemne. Por eso, Teresa, por eso es que eran, que son, importantes y relevantes las formas adecuadas en el vestir en las aulas y, sin ir más lejos, también el latín, el incienso y las mantillas, en la misa.
Amén.
Ríete. Ese es el mal ejemplo que le das a tus hijas. A propósito de misa, Monche. Tú estuviste en el colegio Santa Cruz, según me dijeron, pero no eres muy católica.
No... Yo en el Santa Cruz iba a misa por eso de la beca.
¿Y cómo conseguiste esa beca? No habrá sido por las virtudes de tu madre.
Fue gracias a una recomendación de don Ernesto Codulá, un amigo de mi padre. El Santa Cruz fue un muy buen colegio para mí, pero yo no soy muy católica. La verdad es que no soy católica para nada.
Sin contar que después te fuiste al liceo. Y a pesar de todo eso tu prima te ha abierto la puerta de nuestra casa.
Y yo se lo agradezco; de verdad que se lo agradezco mucho.
No es necesario que Monche sea católica para que sea buena persona, para que cuide a las niñas.
Ese es el relativismo fácil de tu Silva Henríquez.
No sé si fácil; quizás menos exclusivo o arrogante. De todas maneras, si eso es tan importante para ti, cuando Monche haya pasado los cursos básicos, tú puedes ayudarla para que se cambie a la Católica.
Eso depende mucho de cómo se porte.
No hay de qué preocuparse. Estoy segura que Monche sacará sobresalientes en todos sus cursos.
Yo no estaba pensando en eso.
¡Mauro! Quedamos que de eso otro ya no hablaríamos.
Y yo no hablo; pero lo tengo en cuenta. Monche, quiero que sepas que te doy mi más sincera y abierta bienvenida a mi casa; a nuestra casa. Ahora bien, también quiero que tengas mucho cuidado con lo que les enseñes a nuestras hijas, nada que se oponga a nuestros principios. ¿De acuerdo?
Sí señor. Tengo un cuaderno lleno de cuentos y de canciones que estoy segura que van a encantarles.
No tienes que decirle señor a Mauro. Es tu primo.
Déjala, hace bien. Así nos entendemos mejor.
Gilberto Trejo
☞ Rizo: Conchi.
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☞ El diario de Monche en Santiago: Palomas son tus ojos.
Última modificación: 8 de diciembre de 2025.