Grosellas

  Hebras narrativas

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Música mientras Elvira escribe y explora el barrio.



...no es que pretenda tocar con las manos el cielo.
Safo
Poemas

Pata coja...

Santiago, abril de 1971

En esos años Santiago era una fiesta.

Instalada en la pensión de Avenida Brasil, Elvira trabajaba en la biblioteca de la Escuela de Teatro situada a unas pocas manzanas de ahí, terminaba sus clases, escribía sus cuentos y poemas; leía y exploraba el barrio. A menudo, después de la cena, pasaba el tiempo con Ramiro.

Aníbal se aparecía de vez en cuando.

Elvira no subrayaba jamás sus libros los que conservaban por años un aire de recién salidos del horno. En cambio insertaba pequeñas hojas amarillas o de papel Kraft en las que escribía a mano sus notas y comentarios. A veces, después de un tiempo los sacudía con fuerza provocando la caída de sus hojas manuscritas las que flotaban por unos segundos en el aire como si fueran lluvias de mariposas torpes y distraídas.

Tenía el hábito de colocar en un lugar preferencial los que le daban vuelta en la cabeza en esos días: Altazor en la edición de la Compañía Ibero Americana de Publicaciones que había encontrado en una librería de viejo de la calle San Diego, un ejemplar de la segunda edición Espasa–Calpe de Poemas de Juana de Ibarbourou y, porque había descubierto la novela en esa película de Truffaut, un muy gastado ejemplar de la traducción hecha por Ramón María Tenreiro de Las afinidades electivas de Goethe que leía muy lentamente saboreando cada párrafo.

También, qué remedio, y mucho antes de que el Tzvetan se convirtiera en ícono progresista, los libros estructuralistas de moda como los Essais critiques y la Critique et vérité del Barthes... y los Cuadernos de la Realidad Nacional publicados por su universidad a los que, la verdad sea dicha, no les prestaba demasiada atención ni le generaban entusiasmo arrebatador.

Pasaba más tiempo con sus corridas de Vallejo, de Wilms Montt, de Plath... de Josefa Canela; de Tellier, porque el lautarino le recordaba a Temuco; con Pizarnik, porque la bonaerense la intrigaba, como la intrigaban Carolina Geel, Woolf y Djuna Barnes; con la Antígona de Lucille Molinari y con Muñecas de greda azul, la nueva novela de Sara Hidalgo: la Biblia como manantial interminable de historias fantásticas y de familias disfuncionales, estaba más que bien; con la Muerte en Venecia de Mann. Nunca le perdonaría su desprecio a Camus en Los mandarines y por eso, con algo de culpa, todavía no comenzaba El segundo sexo de la Beauvoir y la verdad es que no lo leyó nunca.

Abandonada en un rincón, cubierta por un paño de lino azul marino que le había bordado Engracia y sobre el que Elvira puso una maceta de Talavera con un pequeñísimo gomero, quedó sin abrir y atada con dos vueltas de sisal rojo la caja de los libros de Aníbal hasta que, luego que tres años más tarde Elvira se exiliara en Suecia, doña Josefina María hizo quemar su contenido en el patio de baldosas sin ni siquiera asegurarse primero que en verdad fueran libros de comunistas. La mancha negra continuaba en el piso de baldosas rojas cuando tras la muerte de doña Josefina María dieciséis años más tarde, su sobrino nieto Enrique Alfonso Pérez–Cotapos vendió la propiedad a una inmobiliaria.

Elvira escribía.
Escribía notas dispersas sobre Gertner y terminó un astuto y perspicaz paper para su clase de Literatura Chilena sobre Soñaba y amaba al adolescente Perces de María Carolina Geel.

Escribía sobre el pacífico anarquismo de Manuel Rojas y sobre la conmovedora religiosidad de su vaso de leche con vainillas.

Garabateaba más que escribía sobre el Conde de Goytisolo —«tierra ingrata, entre todas espuria y mezquina, jamás volveré a ti».

Sobre el Teorema de Pasolini: le fascinaba esa frase que decía «Nostalgia por algo que ha perdido sin haberlo poseído nunca» y la usó como epígrafe en más de uno de sus trabajos publicados.

Escribía sobre su cuerpo; sobre su piel, sobre su pelo; sobre su estómago y sobre la que llamaba con ironía y cariño (amaba a Madame Chauchat), su pequeña concha húmeda.

Escribía sobre sus reglas.

Escribía sobre sus ganas; sobre Temuco, sobre la Círculo; a veces, sonrojándose, sobre Ramiro.

Escribía sobre palabras; sobre sus usos y sus desusos:
golfo y golfa
zorro y zorra
pijo y pija
fulano y fulana
pollo y polla.

Elvira ensayaba líneas propias:

La serpiente se muerde su cola

y yo

danzo sobre el viento

como un niño.

...

Mientras caminaba

sobre las alcantarillas escondidas

alguien me miró a los ojos

y recordé que existía.

Exploraba el barrio.

Caminaba calle arriba por Maturana hasta pasar Santo Domingo y llegar hasta Rosas ya en el barrio Yungay.
Paredes agrietadas desde el último terremoto; cristales azulados de las ventanas de vidrios sucios.
Zumbido de abejas atraídas por los tomates, las manzanas y las uvas demasiado maduras de la verdulería en la esquina de Catedral.
Jubilados de camisa blanca y corbata, dobladillos de pantalones hilachentos; viejos con bastones de madera de luma y de puntas de goma derrengadas.
Mujeres cargando bolsas de malla con papas, verduras y paquetes envueltos en papel de diario.
Humo de autobuses, de aceite de pescado frito.
Olor a muebles recién barnizados, a pan caliente, a maní tostado.
Marcas a tiza del juego del luche en las aceras.

Una noche que regresaba de la biblioteca, Elvira descubrió en calle Rosas el restaurante “El Patio” de las hermanas catalanas Luisa y Bernarda Font Vidal. Se presentó con cierta aprehensión y timidez, pero ellas, después de dos o tres frases de desconfianza...

—¿Conque te has mudado hace poco al barrio, eh?

—Dos semanas.

—¿Y a tu padre que estés sola aquí en Santiago no le importa?

—No.

—Son unos bandidos esos de Lérida. Oye, chavala, ¿has comido? ¿Te quedas a cenar con nosotras?

...la recibieron con gusto.

Se hicieron amigas. Más bien Luisa, de pelo claro y enjuta, y Bernarda, de ojos marrones y de apariencia más vieja, la adoptaron; muy conscientes ellas que la provinciana tenía ahora casi la misma edad que tenían ellas cuando, hacía ya treinta años, salieron de Gerona. Así Elvira pudo escapar del exceso de carne dura y de verduras recocidas de la pensión de doña Josefina María y disfrutar las tortillas de patatas, los pimientos asados, el xató, los calamares en su tinta, las cocas y las escalivadas, junto al buen sentido del humor de las hermanas que todavía esperaban que «muriera pronto el hijo de puta de Franco» y les encantaba liar cigarrillos de picadura y compartir con Elvira un vasito de Anís del Mono con café de grano —nunca esa mierda de instantáneo— hasta pasadas las diez de la noche.

En el camino de vuelta a casa, Elvira sonreía al oír el ruido de las fichas y ya reconocía al viejo enjuto y de tez arrugada, al hombrazo de bigote espeso y al flaco de cara triste y de ojos hundidos, que esperaban el comienzo del turno de noche de la fundición “Deva” jugando al dominó en las mesas del bar “La Mina” que daban a Maturana y que casi al unísono levantaban la vista cuando la veían entrar a coger su ración diaria de cigarrillos con un gesto que era mucho más una protección que una amenaza.

Identificaba de lejos el Cuir de Russie de Yoli y de Camila quienes, a la vuelta de la esquina de su casa, más cerca de Catedral, hacían allí la calle y con las que Elvira compartía a veces un Monza mientras ellas se quejaban de los tacones altos que les daban dolor de pies, del frío que les helaba los muslos y de la temprana lluvia de abril que ahuyentaba a los clientes.

No había demasiados rincones oscuros peligrosos en las calles cercanas a la Plaza Brasil ni suciedad acumulándose en los bordillos. Sólo colillas de cigarrillos, cáscaras de maní del almacén del turco de la esquina, plumas de las palomas grises, negras y blancas que zureaban por las calles y anidaban en los aleros de las casas.

Elvira se preguntaba quiénes y dónde habrían escrito sobre el barrio... ¿Nicomedes Guzmán? ¿Alberto Romero? Si acaso su historia no estaría escrita entrelíneas dispersa entre varias novelas o cuentos o canciones. Si acaso Plaza Brasil no fuera sino el espacio de un magnífico cronotopo abandonado por esa clase que un buen día decidió mudarse hacia los cerros del oriente y repoblado por los migrantes que llegaban con sus sueños de los campos y de las afueras.

Pensaba que algún día tendría que escribir sobre eso.

Meses después de su llegada a la casa–pensión de doña Josefina María Muñoz Pérez–Cotapos, Elvira notó, también, que los rallados que cubrían la larga pared de la ferretería “El Manzano” en la Avenida Maturana cambiaban de Tomic a Allende y viceversa cada semana con más frecuencia. Pero nunca en todos esos meses hasta septiembre fue el turno de Alessandri.

Luego, desde comienzos del 71, con el acoso y embargo comercial orquestado por Kissinger y por tanto de escasa presencia hollywoodense en las pantallas santiaguinas, además de las ya acostumbradas películas francesas e italianas que todavía seguían llegando, había en compensación una gran cantidad de películas rusas, checoslovacas y húngaras a las que lentamente Ramiro y Elvira se asomaban con curiosidad de neófitos.

Una de las primeras que vieron juntos en el cine España fue Salmo rojo de Miklós Jancsó. A Elvira le encantó por su lentitud y constante movimiento coreográfico, y a Ramiro, después de pensarlo un poco y no sólo por sus desnudos de apariencia primigenia y edénica, también. A ambos les dejó sin embargo una profunda tristeza —esa noche, de vuelta del cine, Ramiro le habló a Elvira de uno de sus sueños recurrentes— que contrastaba con la belleza de la escenografía y el aparente optimismo de la música y de las canciones, junto a una sensación de pegajosa y escéptica incertidumbre acerca del futuro de los tiempos que ellos mismos vivían.

Meses antes de Salmo rojo, Elvira había comenzado a escribir su tesis de grado bajo la dirección de Begoña Blanco Busquets y cuando todo bullía de animación con la reciente inauguración del gobierno de Allende —pasadas las elecciones, un primer ¿o era ya un segundo? intento de golpe de Estado y el asesinato de Schneider— comenzó a tomar un último seminario ahora con el carismático y de fama contestataria Canales García. Conforme avanzaba semana a semana el seminario, a Elvira comenzó perversamente a atraerle mucho más la arrogancia y prepotencia de Canales García que su pinta. Admiraba y le divertían como a todos sus desplantes iconoclastas y hasta sus gritos de sargento falsamente carrasposo, pero sentía que ese miedo que Canales deseaba inspirar en todos con su histrionismo y exuberancia ocultaba algo indefiniblemente superficial y frívolo en sus comentarios a menudo, creía ella, armados sobre la marcha lo que a veces comprobaba al hacerlo trastabillar con preguntas inesperadas. Se daba cuenta también, con calentura, vanidad y orgullo, que el otro no dejaba de observarla con ojos interesados.

Por esos mismos días había caído en sus manos la controvertida novela Cuerpos tatuados la que Elvira leía lenta y cuidadosamente, inspirándose y deleitándose cada noche con la luminosa y voluptuosa prosa de esa visionaria y agudamente provocadora Inés Malverde, mientras Ramiro, recostado cual hermano a su lado sobre las colchas de la cama, continuaba leyendo lentamente a Wittgenstein y escuchando ambos —a Elvira no le quedaba otra— Pictures at an Exhibition de Emerson, Lake y Palmer y a otros por el estilo.

Luche, rayuela, pata coja... No importa cómo nombres al juego, al llegar al diez tocas el cielo.

Santiago, 1971

Caminando a saltos (o a saltitos), Santiago era una fiesta esos días.

Pero ya los ánimos comenzaban a crisparse y las furias a desencadenarse.

Begoña Blanco Busquets.


Última modificación: 17 de marzo de 2024.



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