Grosellas

  Hebras narrativas

Madrid
Monche camina por Madrid.

Navega velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío,
ni tormenta, ni bonanza,
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.

José de Espronceda
Canción del pirata

Monche en Lavapiés

Lavapiés, invierno de 1975.

Monche visita un piso en el barrio de Lavapiés de Madrid adonde llegó en enero del 75, luego del golpe de Estado y de la desaparición de Aníbal poco después.

Necesitaría mucho más que una rosa roja para sobrevivir en Madrid; mucho más que una rosa roja para sobrevivir en cualquier parte del mundo. Monche no dormía desde hacía meses y su memoria y atención apenas le permitían seguir el hilo de la conversación más trivial. Ya desde mucho antes del golpe, de hecho desde fines del primer año de Allende o, dicho de otra manera, desde fines de su primer año en la Escuela, había dejado de seguir regularmente sus clases y ahora en Madrid, en cuanto tuvo algo de espacio para pensar con alguna relativa claridad decidió que la Medicina no era lo suyo, al menos no por un tiempo bastante largo, y que mejor sería romper con esa parte de su pasado y comenzar de nuevo en otra orilla. Eliana Alonso, su terapeuta con quien se puso en contacto gracias a una amiga de Xavier Castelló, estuvo de acuerdo. Además, le dijo Alonso, tendrían mucho que hablar sobre Labarca y sobre Amparo los que juntos, y mucho más que Aníbal, al que muy consciente recordaba despierta, esas noches aparecían obsesivamente en sus sueños o, más bien, en sus pesadillas.

Monche había viajado a Madrid —y no a Estocolmo ni a Roma— luego de la fuerte insistencia de Rodrigo Llagostera quien, basado en su experiencia de sicólogo, hacía meses de antes del golpe, pensaba que ella estaba más que necesitada de un buen descanso y una buena terapia aunque, quizás por razones inconfesables, luego de un primer intento en ese sentido, se había limitado a ser su protector amante y guía platónico ya desde sus primeras reuniones gastro–literarias en el Bierstube y en las guardias nocturnas que más tarde compartían en los tejados del Canal Nueve. En España, que no en Suecia ni en Italia, pensaba Llagostera, Monche podría encontrar quien la escuchara en una lengua más parecida a la suya —más parecida que no idéntica, porque era consciente de las profundas diferencias entre el idioma temucano y el madrileño— y con un voluntarioso optimismo confiaba en que Xavier Castelló, el de pantalones negros, camisa blanca y rosa roja en la mano que recibió a Monche en Barajas, podría allí ampararla y endilgarla en un buen camino.

Rodrigo Llagostera tenía mucha razón. Xavier Castelló no era necesariamente de los trigos más limpios, pero aparte de varias acciones reprehensibles, había desempeñado sin costo varias otras muy buenas en favor de unos cuantos y así no tan sorpresivamente, tenía muy buenos y agradecidos amigos, entre ellos Eliana Alonso. Ya hacia mediados de agosto del 74, cuando iba siendo claro que no se tendrían noticias de Aníbal y que el régimen iba para peor y para largo, Llagostera redobló la presión sobre Monche para que aceptara el generoso ofrecimiento de Teresa y, dando la vuelta a lo que fue el viaje de sus padres, se fuera de Chile en la dirección opuesta, cuanto antes mejor.

—¿Y tú? ¿Por qué no te vas tú?

—Tengo cosas que hacer aquí.

—¿Como qué?

—Son cosas mías, Monche. No preguntes.

—Y a este Xavier tú lo conoces bien.

—No personalmente. Su madre es Adela Solá, la poeta de quien, acuérdate, ya te he hablado. Desgraciadamente, Adela murió hace un par de años, si no te irías donde ella. Escúchame, Monche. Por lo que me contaba Adela, entiendo que Xavier nunca ha sido el chico más listo o espabilado del barrio; pero estoy seguro de que puedes confiar en él y que te ayudará.

Los primeros meses de Monche en Madrid, adonde llegó una mañana de enero en la que caía una ligera nevada, fueron una mezcla de asombro, de gozo, de preocupación y de alivio. De asombro, cuando percibió que Madrid, aunque cierto que muy limpia, era en muchos sentidos, y no solo por esa inaudita cantidad de iglesias, una ciudad mucho más provinciana que Santiago o que Temuco; de gozo, cuando comprobó que las comidas que más le gustaban cuando ocasionalmente las preparaba Mercedes, estaban allí disponibles en cualquier tasca del barrio, aunque muy pronto aprendió también que a muchas de ellas no era para nada conveniente que entrara sola no importaba la hora; de preocupación, cuando se dio cuenta que el asunto del acento no era una cosa baladí, sintiéndose observada con desconfianza cuando no con desdén o, peor, con ojos libidinosos como si inevitablemente fuese ella una puta latina, y que, a pesar de los buenos contactos de Xavier, le fue difícil encontrar un trabajo fuera del que aceptó de mesera en la misma “Tía Dolores” de la calle de Cervantes en el barrio de las Letras donde de muy joven había trabajado Adela Solá; de alivio, cuando no había pasado aún una semana de su llegada a Madrid y pudo comenzar a dormir profundamente en las noches como hacía la mar de tiempo que no lo hacía. En Madrid, a pesar de Franco y del enjambre de policías que poblaban las calles, no había entonces toque de queda ni camiones grises patrullando las calles. Las pesadillas, sin embargo, y el despertarse sobresaltada y sudorosa en medio de la noche continuaban.

Una calle de Madrid.

En sus días buenos, a Monche le encantaba por sobre todo caminar por Madrid. Sin demasiado interés por los museos y ninguno por las iglesias, Monche prefería sumergirse por esas calles estrechas y con recovecos enmarañados que más de una vez la llevaban demasiado pronto de vuelta al punto de partida o, por el contrario, vuelta tras vuelta, la conducían sin que se diera cuenta a un lugar inesperado y tentador que bien terminaba en un gran y feliz descubrimiento, una tasca en la que rostros risueños le ofrecían un plato de calamares o de callos como la especialidad de la casa, como en una sorpresa desagradable, un bar de mala muerte, con seres de miradas torvas, sucio y maloliente. Había aprendido con algo de miedo que había que cuidarse de algunos de los hombres que sin ningún disimulo la miraban de arriba abajo al verla caminar sola, pero también de pronto aprendió a encontrarlo fascinante y, aunque a Xavier no le gustara para nada, ella pensaba que, a veces, era hasta divertido. Su pelo rojo resaltaba en la muchedumbre y ya algunos en el barrio comenzaban a llamarla “la Colorina Chilena”.

Una mañana, hacia fines de marzo, bajaba por la calle de Atocha y sin proponérselo llegó hasta la de los Tres Peces. Sus ojos se fijaron sobre la señal azul y grana sobre los azulejos blancos adosada a la pared. Se detuvo, se quitó los guantes de lana y extrajo de su bolso de lona uno de los Ducados a los que se había estado acostumbrando esas semanas y lo encendió. El humo espeso del cigarrillo se mezclaba con el del vaho que le salía de la boca esa mañana fría. Después de sólo tres o cuatro chupadas lo arrojó al suelo y lo apagó suavemente, casi con delicadeza, con la punta del zapato de su pie derecho. Pensó otra vez antes de girar a la izquierda y adentrarse paso a paso por esa callejuela estrecha y empinada. Llegó frente al portal señalado con el número tres.

Decidió entrar.

En el piso bajo había una hojalatería, luego en el fondo, una escalera oscura. Al subir, Monche se dio cuenta de que los escalones crujían a cada paso, se veían viejos, como de siglos, pero le parecieron escrupulosamente limpios y brillantes. Demorándose a propósito, como queriendo posponer el momento de su llegada, pasaron unos buenos cinco minutos antes de que llegara al piso de arriba y estuviera frente a una puerta de madera pintada marrón en la que, justo al medio, había una mirilla.

Golpeó.

Pasó cerca de un minuto antes de que Monche pudiera ver salir un rayo de luz por la mirilla, retrocedió un par de pasos de manera de situarse bajo la bombilla encendida que colgaba del cielo raso y así quien quiera que estuviera al otro lado de la puerta pudiera verla con claridad. Se quitó su gorro de lana, hizo señas con la mano y sonrió.

—¿A quién busca?

—Buenos días, mi nombre es Monche y quisiera hablar con usted.

—¿Monche? No conozco a ninguna Monche, ¿que desea?

—Sabe, señora, es que mi madre vivió hace mucho tiempo en su casa, antes de que yo naciera, y me gustaría visitar.

—¿Visitar?

—Sí, sólo por un momento, si usted me lo permite.

—¿Vienes sola?

—Sí, sola.

Pasó casi otro minuto antes de que la puerta se abriera unos pocos centímetros. Por esa estrecha hendidura, Monche pudo ver a una mujer que seguro que ya pasaba los setenta años, pelo canoso amarrado atrás en un moño, ropas y medias negras, alpargatas de lona azul con suela de yute. Monche sonrió de nuevo y abrió los brazos indicándole que no ocultaba nada en las manos. La mujer entornó la puerta dejándole a Monche espacio para entrar.

—Pasa.

—Gracias.

El sitio parecía mucho más pequeño de lo que imaginó. A la izquierda se veía una puerta cerrada que seguramente conducía a la alcoba, al frente había una mesa con dos sillas. Dos cuadros pequeños colgaban de la pared, en uno de ellos había la fotografía de una pareja joven seguramente tomada ya hacía muchos años. Hacia el fondo estaba la cocina en cuyo rincón más cercano a la ventana se alcanzaba a ver un inodoro detrás de un biombo improvisado con tubos de aluminio y una cortina de cretona estampada.

—Te darás cuenta que aquí no hay mucho que ver; antes era la mitad más grande, pero lo han dividido para poder poner a más inquilinos. En fin, otra estafa de las tantas. Puedes ver lo poco que hay, pero no tengo nada que pueda ofrecerte.

—No hace falta, señora. Sólo quería ver el sitio donde vivió mi madre.

—Pues ya lo has visto, chavala, ¿y cuándo dices que tu madre vivió aquí?

—Antes y durante la guerra; después ella se fue a Chile.

—¡A Chile...! Ya me parecía a mí que no eras de aquí, por tu acento, ¿sabes?

—Sí, yo nací allí... Mis padres eran exiliados.

—Claro..., ¿y cómo me dijiste que te llamabas?

—Monche..., Montserrat, Montserrat Mestre, para servirle.

—¿Montserrat? ¿No serás catalana tú?

—Mi padre, de Lérida.

—¿Y tu madre?

—Ella era de Madrid, de aquí, de Lavapiés. Su nombre es Mercedes, Mercedes Rodríguez.

—Mmm. ¿Rodríguez has dicho?

—Sí. Rodríguez. Mercedes Rodríguez.

—Mmm. Mercedes Rodríguez... Espera aquí, chavala, a ver si encuentro una cosa.

La mujer desapareció entonces tras la puerta de lo que parecía la alcoba y luego de no mucho tiempo regresó con un libro en la mano.

—Mercedes Rodríguez me dijiste que se llamaba tu madre, ¿verdad?

—Sí.

—Y su segundo apellido, ¿cuál es?

—Herrero. Mercedes Rodríguez Herrero.

—¡Válgame Dios, chavala! Pues que has resuelto un misterio. ¿Sabes lo que es esto?

—No..., ¿qué es?

—Pues ya está muy ajado de tantas veces que lo he leído... Yo no sé si ese Espronceda habrá sido de izquierdas, pero mira la dedicatoria:

A nuestra compañera de armas, Mercedes Rodríguez Herrero, en el día de su ascenso a sargento.
La Brigada,
Madrid, 22 de marzo de 1938

—Mi marido, que en paz descanse, y yo lo encontramos en la alacena cuando nos mudamos aquí. Seguro que con la prisa se lo dejó olvidado tu madre cuando salió huyendo de Madrid. Ahora te lo quedas tú y se lo devuelves a ella cuando regreses a tu país y la veas.

—Es un tesoro, señora; me hace muy feliz.

—No es nada, chavala, no es nada. Ahora vete, vete, que tengo cosas que hacer.

A comienzos y mediados de los setenta, Lavapiés no era ni de lejos el barrio multicultural que es hoy. Para empezar, menos de un 1% de la población del país había nacido en el extranjero; hoy ese porcentaje se acerca al 15%.

Lavapiés era un barrio de españoles de clase trabajadora, desatendido por las autoridades del franquismo. Se dice que como represalía por haber sido la mayoría de los habitantes de entonces defensores de la República.

En el mejor sentido de la palabra, Lavapiés era un barrio castizo —aparece así mencionado en el chotis famoso de Agustín Lara dedicado a Madrid.

Mi primo Valentín, quien creció en el barrio desde que nació allí a mediados de los cuarenta, me decía que en Lavapiés se hablaba el más auténtico acento madrileño... Nunca le pregunté que, exactamente, significaba eso, pero recordando su voz, puedo imaginármelo.
A Valentín lo echo mucho de menos.

🎵 YouTube: Madrid. (Un chotis con Sara Montiel).

Xavier Castelló.

Última modificación: 14 de marzo de 2024.



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