Grosellas

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el tío manuel mató a gente.
eso también lo recuerda el vecindario.¹

Susana Sánchez Arins
Dicen

¹Todo con minúsculas en el original.

A la postre, la indiferencia causó más víctimas que el odio o que el miedo.

Kurt Frenzel Gallardo
“Apostillas sobre los sucesos ocurridos en el Bajo Allipén, septiembre-diciembre, 1973”

Merlot amargo

Temuco, 28 de junio de 2008.
El sábado 28 de junio de 2008, muchos..., muchos años después del velatorio de Emilio Balsera, treinta y nueve años después para ser exactos, Elvira Codulá visitó a la que fue su amiga Maruja Balsera.
Pasada la sorpresa y curiosidad de Maruja, bebieron mucho vino y poco a poco se fueron calentando.
Hablaron de todo, casi de todo.
Algunas cosas Maruja se las tenía guardadas desde hacía mucho tiempo.
Otras, le habían vuelto a resurgir hacía poco, después de leer un cuento en el Austral.
Pero su rabia era la misma... o peor.

EF

Elvira y Maruja habían dejado de ser amigas mucho antes de que Emilio Balsera se cayera muerto en la esquina de Aldunate con Portales. Por años se habían entretenido juntas cada domingo en ese viejo caserón de Avenida Balmaceda, disfrutando la radio, comiendo mazapanes y turrones, probándose la ropa y los zapatos de la tía Regina o de la tía Engracia, y jugando a la escoba y al Metrópoli. Parecían gemelas, decían embobadas sus felices madres, siempre una completando, riéndose alborotada, la frase de la otra.

Ya para el otoño en que brevemente empezó a unírseles Aníbal algo había cambiado: una idea de juego quedaba colgada en el aire sin respuesta, una risa no era correspondida, inútilmente atravesaban todo el dial buscando una canción que a las dos les gustase. Comenzaron las excusas sin convicción, las promesas que se sabían mentiras y las sombras de una ausencia inesperada seguida por la otra. Aun así, hasta este invierno, treinta años más tarde, nunca había habido una ruptura explícita entre ellas, sino un lento deslizamiento que las había convertido morosamente en dos extrañas.

Esa otra noche de junio, dos días después del funeral de Ernesto Codulá, por no sé bien qué cosa o qué disparatada asociación de ideas o qué palabras incoherentes con las que estaban lidiando con esa incómoda situación que, aunque sin estar completamente segura ella con qué oculto propósito, había sido creada conscientemente por Elvira misma y gracias a la cual, gracias es un decir, se encontraban ahí ahora liadas frente a frente de nuevo después de tanto tantísimo tiempo, desde antes del golpe por seguro, sin haber tenido desde entonces ningún tipo de contacto, cuando como si fuese un inesperado pero oportuno escape caído del cielo, o quién sabe de dónde, como en un afortunado descuido, dejaron por fin las tres o cuatro trivialidades —la lluvia, los vestidos, el frío, el suéter nuevo de lana chilota— con las que habían estado intentando llenar los silencios de ese balbuciante encuentro y de improvisto, casi aliviadas, pasaron atropelladamente a hablar de Monche, para ambas ni muy cercana ni demasiado lejana, y ya a la segunda copa de Merlot Maruja le contó a Elvira que mi amiga había estado por aquí este verano “haciendo su triunfal entrada a la fiesta de la Sandra...”

—...súper delgada ella: atractiva, simpaticona, brillante en sus comentarios... Fresca como siempre.

—¿Fresca?

—La hubieras visto; con un vestido negro abierto al lado que se le veía todo. Se fue pronto; no sola, porque sé de buena fuente que esa noche terminó en su hotel con Gustavo Herrera.

—Puro cotilleo, Maruja. ¡Tanto que a la gente le gusta hablar de Monche!

—Eso es porque ella se lo busca desde chica. Cualquier cosa por un siete.* ¿O ya te olvidaste?

—¿Todavía se acuerdan de eso? ¿Hasta cuándo hablan así de ella? Por favor, Maruja, dame un poco más de ese vino.

—Todo el vino que quieras, Tesoro. Pero no te lo creas, Elvira. No hablamos para nada de ella. Monche no nos quita el sueño.

—¿No?

—No. Toma, tu copa.

—Gracias.



¿De veras los vio alguien entrando al hotel con Gustavo a esa hora? ¿O fue más tarde que los vieron comiéndose un lomito en el Rapa Nui? Monche me contó que aparte de ellos dos y una mesera somnolienta no había nadie más en la fuente de soda a esa hora y que no se veía un alma en la calle cuando volvió al Don Cristóbal cerca de las seis de la mañana. No quiso que Gustavo la acompañara y cuando se despidieron frente al Mercado en la esquina de Aldunate con Portales se dieron un solo beso en la mejilla. Él, sin saber qué hacer con sus brazos; y ella, con la certeza que nunca más volverían a verse.

Esa tarde nosotras dimos un paseo por Prieto. Hacía calor. Monche se veía radiante con su vestido de lino crudo blanco, pero yo hubiera preferido una tarde de otoño o de invierno. ¡Tantas veces nos hemos mojado Monche y yo dejando que el agua nos una! Nos empapamos tanto caminando por la orilla del lago, hablando a gritos a ratos, musitando las palabras en otros, corriendo como locas hasta mi cabaña la tarde del funeral de Mercedes en la que nos fuimos a Caburga en medio de ese terrible temporal de viento y de lluvia porque Monche necesitaba como nunca salir de Temuco; llorar y reír como niña confundida; asirse como náufraga a mis brazos; a mi pelo de muchacho y a mi boca con sabor a cereza.

Pero, para entonces, Monche ya se había ido. La ciudad había crecido y llenado de gente de otros lados. Todas nos poníamos más viejas, nos olvidábamos de algunas cosas, recordábamos o inventábamos otras.

Viviana Altman



—Salud, de nuevo... Por el reencuentro. ¡Qué sorpresa que hayas venido!

—Salud, Maruja. Está rico este vinito.

—Si quieres te llevas un par de botellas. Sergio las compra por jabas. No será californiano como los tuyos, pero a mí me gusta.

—A mí también me gusta, es suave.

Merlot: gusto de mujeres; para nosotras, las féminas, como dice el plomo de tu compinche.

—Bueno, deja a Óscar Humberto tranquilo; él se lo pierde.

—También te lo pierdes tú, por haberte ido tan lejos.

—Hay otras cosas que compensan.

—Eso no lo dudo; basta mirarte. ¿Sigues una dieta? Te ves regia, Elvira; estupenda. A mí no me vas a venir a llorar con ese cuento del dolor y de la pena de esos exilios lacrimosos de los que tanto se quejan tus... compañeros.

—Yo no soy de las que lloran, Maruja.

—No, tú no, claro que no. Tú escribes.

—Yo me fui por mi cuenta. Nunca he dicho que soy exiliada.

—Mentirías. Además, ni falta que te hacía.

—Ni falta, es verdad. Pero me fui. Y tú, Maruja, ¿a ti nunca te dieron ganas de irte? ¿Ni siquiera de Temuco?

—No, ¿para qué? Me carga Santiago.

—¿Nunca tuviste ganas de no sentirte tan amarrada?

Tesoro, gracias a Dios y a la Máter, yo nunca me he sentido amarrada.

—Me acuerdo que cuando éramos chicas hablábamos de viajar, tú y yo, juntas.

—Eso: cuando éramos chicas. Habrás crecido, ¿no?

—¿Me preguntas si me he puesto vieja?

—Se te ven las canas, ¿no?

—No tantas como para que se me hayan pasado las ganas.

—Las ganas, claro... Tus viajes, tu vida cosmopolita. Eso te lo envidio..., un poco. Aunque Sergio y yo también hemos viajado, no te vayas a creer tú otra cosa.

—No creas tú que yo viajo tanto, tampoco.

—Quizás. Pero, sin ánimo de ofenderte, Elvira, tú nunca te habrías metido así no más con Aníbal, si no te hubieras ido a Santiago.



¡Aníbal!

El silencio de Elvira duró unos cuatro segundos o cinco segundos (que en circunstancias como ésta es mucho más tiempo de lo que una pueda creer).

Callada, tal vez choqueada, sin saber qué contestar, qué decir, tal como le ocurría a menudo sobre todo cuando se debía hablar no de libros, pan comido, sino de sí misma o, peor aun, de política. En ese breve tiempo que iba pareciendo ya demasiado largo Elvira desvió la mirada ¿inquisitoria? ¿burlona? de Maruja y respirando profundo olfateó el aroma a eucalipto y a pino insigne de ese apartamento que sin ser ostentoso se veía amplio y cómodo; con buena luz, situado en esa última planta de ese edificio moderno de Avenida Bulnes a pocas manzanas de la Plaza de Armas, a salvo del ruido de la calle y de otras intrusiones molestas como quizás pensó Maruja, lo era Elvira.

Reconoció la vidriera de encina y de alerce traída, claro, desde el viejo caserón de Emilio Balsera en Avenida Balmaceda luego de la muerte de su mujer Regina Campos hacía ya, Elvira creía que por lo menos, cinco o seis años. Otros muebles, el sofá, los sillones tapizados con felpa color granate y la tupida y gruesa alfombra azul, todavía olían a nuevo; relucientes.

Sobre el aparador, la foto de matrimonio de Emilio Balsera y Regina Campos flanqueada por la más moderna de Maruja y Sergio; varias otras fotos de dos niñas, Almudena y Alejandra, según lo había aprendido en ese breve diálogo la noche del velatorio de Ernesto, progresivamente una tras otra a diferentes edades. Al parecer, ninguna de nietos todavía. ¿Cuántos años tenían ahora Almudena y Alejandra? No se lo había preguntado a Maruja ni ella se lo había dicho.

Conspicuamente, en la pared al lado opuesto de la ventana que daba al cerro, una reproducción de regular tamaño de la imagen de la Virgen María con su pelo y hombros cubiertos por una mantilla amarilla sobre su vestido celeste y con el niño Jesús en brazos, flanqueada a su vez por la fotografía del padre Joseph Kentenich visitando a Paulo VI luego del fin de su exilio en Milwaukee con el maletín resguardando el cáliz que había recibido de regalo celebrando ambos la reconcialiación, colgando de su mano derecha.

Salvo, quizás, lo de la Virgen y lo del Kentenich todo... normal, de lo más nítido.

Elvira se dio tiempo para saborear un trago largo de ese Merlot que ya no le estaba pareciendo tan suave como al principio, antes de contestar.

VA



—Ahora te acuerdas tú de Aníbal. Eso no te lo niego, Maruja. Fue así como Aníbal y yo volvimos a estar juntos.

—¿Viste? Te lo dije.

—Lo dijiste, lo dijiste... ¿No tienes más vino?

—Claro que hay más; abro otra.

—Gracias. A mí ya de antes me fascinaba todo lo de Santiago; abría puertas.

—Si sólo te hubiera abierto las puertas.

—¿De qué estás hablando, Maruja?

—De nada, de nada; no hablo de nada. Ahora está mucho peor. Por eso es que yo a todas mis niñitas las mandé a la universidad del Opus.

—¡La del Opus! No me hagas reír, Maruja. Pobrecitas; ni pintarse o ponerse faldas cortas las dejan.

—Nada de malo en eso.

—Ten cuidado; acuérdate que cuando yo me fui a Santiago, me fui a la Católica.

—Tremenda cosa. En esa época estaba llena de curas comunistas. Y de católica, Tesoro, ya no te queda nada.

—Gracias a Dios, en eso sí que podemos estar de acuerdo.

—Te ríes, pero te vas a acordar de mí cuando estés en el Infierno.

—Y cuando me acuerde, te rezo a ti para que seas mi santa intercesora.

—Me vas a tener que rezar mucho; no me voy a rendir tan fácilmente.

—Como en el colegio. ¿Crees que ahí también te pondrán a cargo de la puerta?

—Tú, Elvira, deberías agradecerme que nunca te delatara cuando te escapabas de la misa. ¿O ya no te acuerdas?

—Me acuerdo.

—¿Viste? Yo no era tan mala.

—No, supongo que no. Gracias.

—De nada.

—Elvira, hablando en serio; yo no soy tan momia como tú crees, pero lo de Aníbal siempre lo encontré un poco raro. ¿Nunca te molestó su olor a jabón “Gringuito”?

—Acuérdate que Aníbal era pobre... Más pobre que nosotras, al menos... Eso lo hacía a veces sentirse como en corral ajeno; pero era ingenioso y, a su manera, se plantaba siempre con suficiente aplomo.

—Sin olvidarnos que era un ladrón de caramelos.

—Que compartía conmigo; en eso yo también fui culpable. Travesuras de niños, Maruja.

—Más que travieso, era insolente.

—No lo recuerdo así. A mí siempre me gustó Aníbal. No fue sólo cosa de meterse con él, Maruja. Aníbal y yo nos queríamos.

—¿Desde siempre? ¿Era por eso que se encerraban en la pieza oscura cuando jugábamos a las escondidas?

—¡Maruja! ¿Qué es esta manía la tuya de querer sacar verdades con tus mentiras? Aníbal y yo nunca nos encerramos en la pieza oscura.

—¿Nunca?

—No. Nunca.

—Quizás yo lo recuerdo de otra manera. Los estoy viendo dándose miraditas en la cocina mientras jugábamos al Metrópoli.

—Pero, si ni siquiera jugábamos mucho en tu casa. Su papá y el tuyo no se llevaban bien.

—Se hablaban a gritos, es verdad. ¿No quieres un pucho?

—Gracias. Yo lo dejé.

—¿A Aníbal? Yo creía que él te había dejado a ti.

—No cambies mis palabras, Maruja. Aníbal no me dejó; que eso quede claro. Él se vino a trabajar en lo suyo aquí, al Sur; eso tú ya lo sabes de sobra.

—Pero tú anduviste mal cuando él se vino como tú dices.

—Me dolió. Una cosa era entenderlo y otra vivirlo.

—Yo sigo sin entenderlo. ¿Más vino?

—Un poco.

Cerca de las cinco y media de la tarde, ya casi no había luz en el cielo; la lluvia seguía cayendo con fuerza y se levantaba algo de viento; no mucho, pero suficiente como para notarlo. De nuevo, mientras Maruja encendía un súper delgado Virginia, Elvira se dio otro par de segundos antes de contestar.

VA

—¿Qué es lo que no entiendes, Maruja? ¿Que fuera upeliento? ¿Mirista? ¿Rojo?

—O asaltante de bancos y de supermercados.

—¡Cuánto drama! No seas exagerada, Maruja. Aníbal no estuvo en eso y además nunca nadie asaltó el tuyo.

—Gracias a Dios en ese tiempo era apenas un boliche. ¿Tú todavía aplaudes esas cosas?

—Aplaudí algunas; no todas.

—No eran almas gemelas entonces...

—Mi relación con Aníbal fue siempre complicada.

—Bien complicada parece. Pero tú nunca me contaste nada. ¿Más vino?

—Un poco.

No; con todo lo que se quisieron, con todo lo bien que disfrutaban el sexo, de vez en cuando un pito, más ella que él; en política, almas gemelas nunca lo fueron.

VA


—¿Y...? ¿Me vas a contar o no?

—No hay mucho que contar, Maruja. Vivíamos cerca del Parque Forestal; él caminaba hasta su escuela y yo tomaba la micro a la mía.*

—No me imagino a Aníbal estudiando; mi mamá con razón siempre decía que era un haragán insolente.

—Cuando llegué a Santiago, Aníbal todavía estudiaba y bien. Después... Aníbal nunca me dejó, Maruja. Simplemente comenzaron a pasar cosas, había cambios y él decidió que quería, que debía participar. Pertenecer...

—Claro: las colas, las tomas, las marchas. Todo ese maldito infierno de mierda.

—¿Vas a empezar de nuevo? Llámalo como quieras. Pero sabes de sobra que era mucho más que eso.

—¿Sí? ¿Como qué? ¿Huelgas todos los días?

—¿Por dónde empezar? Sobre todo, más esperanzas para más gente. Ya desde Frei, más niños en las escuelas; en todo, menos diferencias...

—Había menos de todo, Elvira. Empezando por el orden. ¡Pobre Sergio! Se salvó por un pelo que no le tomaran su agencia. Por molestar no más. ¿A quién le importaba la publicidad en ese tiempo si no se podía comprar nada?

—¿Nada?

—Las tiendas estaban vacías; nunca había nada; hasta la tienda de tu mamá estaba vacía.

—Exageras.

—Ni remedios para mi mamá había. Teníamos que andar mendigando.

—Había escasez y acaparamiento. Lo siento por tu mamá; pero no sigas.

—¿Y tú? ¿También de toma en toma?

—Yo nunca estuve en eso. Yo quería estar con Aníbal, pero quería estudiar también. Y ya te dije: me fascinaba Santiago.

—Yo odio Santiago.

—A mí me encanta. Con todo su ruido, suciedad y basura, todavía me encanta.

—¿Y que hiciste cuando él se fue?

—Aníbal nunca se fue realmente. Hasta el final siempre nos vimos; incluso después del golpe, cuando conocí un poco mejor a Monche y a Viviana.

—¡Viviana! Otra suelta como su amiga. Y tortillera más encima.

—¡Maruja! ¡Qué cotillera eres!

—Yo sólo te digo lo que salta a la vista.

—¿Y piensas que también yo soy una suelta? Yo me metí con Aníbal y antes hubo lo otro; te lo conté yo misma. ¿Eso también te ofende?

—¡Qué sabrás tú lo que a mí me ofende!

—Pero, Maruja, dime. ¿Qué fue lo terrible que hice yo o lo que hizo después Monche? ¿Tú nunca te enamoraste de un profe? Crías que éramos, Monche y yo dimos un paso más... Labarca era un fresco; pero...

—Ahí está; por fin ahora lo dices.

—¿Qué?

—Mira, Elvira, aunque a ti te parezca que yo soy cartuchona, te voy a decir que en mi opinión hay una diferencia bien grande entre enamorarse y ser una... golfa. ¿Te preocupa el no a las faldas cortas del Opus? Yo, a mis niñitas las cuido.

¡Golfa...! Ahora sí que estás hablando como una vieja.

—Y según tú yo debo ser una vieja idiota, entonces.

—No he dicho eso.

—Pero lo piensas; se te ve en la cara.

—Tú no tienes idea de lo que yo pienso.

—Te da risa que yo haya mandado a mis hijas a la universidad del Opus.

—Ahora hay tantas otras, Maruja. ¿Por qué a la del Opus?

—Por eso, Elvira; yo tengo hijas, tú no.

—¿Pero de qué mierda estamos hablando ahora?

—De todo. Yo defiendo lo mío; defiendo a mi marido. Yo defiendo mi casa. Yo he cuidado a mis hijas, Elvira. Tú no sabes nada de eso, porque no tienes ni marido ni hijas. Será por algo, ¿verdad?

—No he querido; eso es cosa mía. ¿Acaso eso te importa?

—Para nada; pero no te rías de mí, porque las eduqué como Dios manda.

—No me río de ti.

—¿No? Córtala con esa sonrisita burlona, entonces, como si lo supieras todo. Ustedes siempre creen que lo saben todo.

—Saberlo todo... A estas alturas, Maruja, lo único que quiero hacer es tratar de entender.

—¿Entender qué? ¿No está todo bien claro?

—Tantas cosas, Maruja. Te escucho en estos días en que me he estado acordando de las historias que me contaba mi padre, y quiero entender cómo es que hay tantas cosas que se repiten..., el golpe, la dictadura; todo eso.

—Bueno, Elvira, si tanto quieres volver a sacar eso del golpe; eso también está bien claro. Aquí también ustedes perdieron. Veamos, entonces, quiénes son más inteligentes.

—O quiénes tienen más fuerza bruta.

—Porque se lo buscaron. ¿Qué quería Aníbal que le hicieran, si era de los primeros en hablar de acabar con todos los momios?

Acabar..., acabar; palabras, palabras.

—«Momio ladrón, momio ladrón; al paredón, al paredón». Yo las escuché; aquí mismo, frente a mi casa, frente a mis hijas... Almudena, de tres añitos, aterrorizada de miedo.

—Palabras estúpidas; no lo niego..., pero eran sólo palabras, bravuconadas vacías... ¡Paja!

—Igual dolían... ¿Y los coligües? ¿No eran fusiles acaso? ¿No eran con esos con los que nos querían asustar? ¿Qué otra cosa querían? ¿Que nos metiéramos debajo de la cama sin... sin protestar, sin defendernos?

—Maruja... Los coligües... Los coligües eran sólo eso: coligües. Los que te gritaban esas consignas estúpidas nunca tuvieron más que coligües.

—Manga de ilusos desvariados, entonces.

—En eso casi que podemos estar de acuerdo. Pero Aníbal..., Aníbal. ¿No te importa que lo hayan matado? ¿De veras no te importa, Maruja!?

—¡Se lo buscó el desgraciado!

—¡Mierda, Maruja! Es a mí a quien le estás hablando. Aníbal era mi amigo, mi pareja... mi amor. ¡Yo lo quería! ¿A santo de qué te viene a ti tanta rabia?

—Ya te lo dije: soy una idiota y estoy borracha.

—Que estés borracha te lo creo. ¡Qué huevona soy! ¡Qué mierda todo eso!



—Ahora que estoy borracha... ¿Quieres saber la verdad, Elvira?

—Dime.

—La verdad, Elvira; es que lo de Aníbal me deja fría... toda esa habladuría de desaparecidos de mierda me deja fría.

—Ni falta que me lo digas. Eso se te nota.

—¿Y?

—Maruja, entiende. Yo voté por la UP, me gustaba su programa aunque nunca... ni de lejos, defendí todo lo de Allende ni estuve de acuerdo con Aníbal cuando hablaba de lucha armada o de ese... quimérico poder popular...

—¿Quieres que te felicite?

—Espérate.

Con la UP hubo tomas y expropiaciones indiscriminadas e injustas... Muchas, para bien; pero también muchas indiscriminadas e injustas.

—Nómbrame una para bien.

—Muchas, déjame seguir.

—Un despilfarro; una manga de holgazanes ineficientes.

—Maruja, escúchame. Hay otra cosa que también creo que es cierta: en la UP y en el MIR hubo ceguera, soberbia, una borrachera de lecturas trasnochadas...

Hubo...

una ingenua...

una ingenua, teórica..., apología de la violencia.

La boina y la mirada del Che por todas partes.

Mucha estupidez, mucha.

Demasiada, por seguro.

—Lo reconoces entonces.

—Eso, claro que lo reconozco. Pero espérate un poco; hay una segunda parte en este cuento. También es cierto, Maruja, que con Allende, con todo lo que faltaba, con todo ese desorden del que tú hablas, y aunque a ti te suene cursi o estúpido, había más gente con esperanza de una vida mejor. Sin niños desnutridos, sin enfermedades de pobreza. Ese era el sueño de Aníbal. Era por esa esperanza por la que él trabajaba.

—Trabajaba dónde. Aníbal no trabajó nunca.

—Tanto o más importante... con Allende no hubo ni desaparecidos, ni torturas, ni cárceles secretas, ni campos de prisioneros, ni exiliados a la fuerza, ni mujeres sistemáticamente violadas o quemadas... Esa es la diferencia entre lo que fue un sueño desaforado como el que tenía Aníbal y tu dictadura represora y asesina.

—Huevadas.

—No son huevadas, Maruja, y eso tú lo sabes de sobra. Defiendas lo que defiendas.

Silencio.

Dos botellas de Merlot vacías sobre la mesa de centro que las separaba; en una tercera quedaba poco menos de un cuarto. Un plato con restos de jamón serrano y algo del queso parmesano aderezado con aceite de oliva y orégano que ya casi que se lo habían comido todo. Migas de pan sobre la superficie de onix de la mesa. Un círculo granate sobre una servilleta de papel. Una escudilla azul paquete de velas colmada de huesos de aceitunas; en su compañera verde bosque quedaban tres o cuatro aceitunas amargas de Azapa abandonadas. Elvira cogió la botella y vertió casi la mitad del Merlot restante en su copa. Maruja vertió el resto en la suya. Ambas bebieron uno o dos sorbos y con un inmediato gesto de hastío dejaron sus copas sobre la mesa.

VA

—Leí tu cuento en El Austral.

—¿Sí? ¿También te deja fría?

—No sabes la cantidad de llamadas que recibí por tu famoso cuento. ¿De dónde mierda sacaste que mi papá era prestamista?

—Maruja, cambié los nombres. No es el tío Emilio.

—No me digas huevadas, Elvira. Las salidas al campo en el auto, lo del rifle, lo de las escopetas, todo eso lo copiaste.

—Como punto de partida; pero los detalles... Todo eso es puro cuento.

—No me gusta que hayas puesto eso. Mi papá tenía otros negocios además de la bodega, pero no era prestamista.

—¿De qué te avergüenzas tanto? En ese tiempo muchos lo eran; eran mejor que los bancos.

—Todo lo que tuvo mi papá fue gracias a su trabajo; se lo ganó a pulso. Nunca explotó a nadie.

—Pero igual echó al padre de Aníbal.

—Era un borracho, ¿vas a negarlo?

—No, eso no.

—¿Entonces?

—Borracho y todo, él hacía su trabajo.

—A regañadientes, siempre quejándose. Era un sinvergüenza, que nunca cumplía con los adelantos. Le debía un montón de plata a mi papá que nunca pagó.

—Oh, Maruja... Álvaro Mestre era un pobre diablo.

—Pobre diablo, pero igual voló trenes. ¿Ya se te olvidó?

—¡Eso fue en la guerra...! Y después que los falangistas salieran a matar maestros como su padre.

—En ese tren había mujeres; había niños.

—La guerra es cruel y despiadada; ciega.

—Sí; ciega. Muy conveniente decir que es ciega... ¿y el bueno del tío Ernesto? ¿A cuántos sacerdotes mató el bueno del tío Ernesto en esa iglesia de Lérida?

—¡Cállate Maruja...! En esa iglesia no había ningún cura escondiéndose dentro de un confesionario. Si mi padre mató alguna vez a alguien, fue siempre en el frente.

—Ya, capaz que haya sido un héroe. No tienes idea de lo que se decía del tío Ernesto. ¿Nunca le preguntaste al padre Sanjuán?

—Cállate, Maruja. Quizás no un héroe, pero siempre justo... Mucho más de lo que se puede decir de tus amigos... o de tu cuñadito.

—Ex-cuñado. Quizás adónde se ha ido ese adúltero mal nacido.

—Y asesino... y hasta de curas, fíjate tú; mientras más lejos mejor.

—Mentiras; más habladurías de resentidos. No me importa; di lo que quieras de Ricardo, Elvira, pero tú no tienes ningún derecho a insultarme a mí.

—¿Insultarte yo a ti? ¿Acaso no fuiste tú la que me llamaste golfa? ¿Por qué no me llamas puta mejor?

—¿Y acaso no es verdad? Labarca, Aníbal, el Turco, el Loquito y ¿quién sabe cuántos suecos?

—¿Suecos? Montones. Y suecas, también. Oh, se te olvida mencionar a Arno, por seis años mi casi siempre fiel y legítimo esposo.

—Me asqueas. Digamos que somos diferentes, Elvira. Nos criamos juntas, pero somos diferentes.

—No sabes cuánto me alegro.

—¿A qué viniste, Elvira? Anteayer fui al funeral de tu papá porque me acuerdo muy bien que tú estuviste toda esa noche en el velorio del mío... Esa parte sí que es verdad en tu cuento. Pero, ¿para qué viniste a mi casa ahora? ¿Qué haces aquí ahora?

—Porque quizás la verdadera idiota soy yo; no tú. Quería ver si podíamos ser amigas de nuevo. No; eso no; todo lo contrario. Quería asegurarme que nunca más podríamos volver a serlo.

—Es mejor que te vayas, Elvira.

—Me voy ahora.

—No me des un beso.

—No pensaba darte un beso.

—Una cosa más antes de que te vayas.

—¿Qué?

—Es pelambre. Aquí en Chile se dice pelambre, no cotilleo.

Pelambre. Es verdad. Se me había olvidado.

VA



Pocos días después Elvira regresó brevemente a Olympia.
Al final del verano boreal, decidió dejar su puesto en el College y vender todo lo que tenía allí. Descubrió que había conservados sus escudillas, una para el agua y la otra para la comida; pero desde la muerte de Sandy, hacía ya veintidós años, no había vuelto a tener otro perro. En seguida le escribió una nota a Ramiro y en octubre viajó a Umeå.

EF

Quién es quién.
Muy probablememnte ya conoces muy bien a la mayoría de estas personas, pero nunca está demás un breve recordatorio.

tía Regina
tía Engracia
Aníbal Mestre
Ernesto Codulá
Monche
Sandra García
Gustavo Herrera
Óscar Humberto
Álvaro Mestre
Padre Ambrosio Sanjuán
Ricardo Nuñez Grez

Regreso a Umeå.



Última modificación: 24 de julio de 2026.



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