dicha sacrificaba. De su descerebrada sensatez
cada ocasión perdida ahora se burla.
Constantino Cavafis
Un viejo
Claveles rojos
y helechos verdes
Temuco, junio de 2008.
Que la tierra le sea leve dijo Víctor Iligorri desde la puerta.
EF
Llovía a cántaros. En eso coinciden todos a los que les pude preguntar.
No todos recuerdan haber visto a Víctor Iligorri.
Es seguro que estuvo la mañana del velatorio, el 23 de junio, pero no asistió al funeral mismo, la mañana siguiente.
Los que le vieron afirman que se veía viejo más viejo que sus 72 años y cansado: encorvado como lo describiría Tomasa a Viviana Altman. Por otro lado, vestía impecablemente con su traje negro de tres piezas, zapatos negros relucientes y una formidable camisa de lino blanco sin cuello abrochada arriba con un botón morado.
Iligorri habló largo con Tomasa.
Con su voz entre cortada por sus balbuceos y vacilaciones de una disminuida memoria, José Antonio Borrajo me dijo recordar que, a ratos, hablaban de una manera agitada; Iligorri golpeaba el suelo con la punta de su bastón. «Se le veían las lágrimas» me dijo cuando hablé con él en marzo de 2010, 24 años después de los hechos.
En un momento, después de una larga pausa y quedarse Iligorri y Tomasa cabizbajos y en un silencio, Iligorri se levantó asombrosamente rápido, «como si de pronto hubiese recuperado todas sus fuerzas de antaño» (palabras de Borrajo), se dio media vuelta y salió.
«Que la tierra le sea leve gritó, volviendo la cara y exclamando rotundo desde la puerta.
A Mercedes la enterraron en el mausoleo de los españoles, porque Ernesto Codulá, como tesorero de la Sociedad de Socorros Mutuos, se había encargado año tras año de pagar sus cuotas por ella. No fue Mercedes la única beneficiaria de la generosidad de Ernesto me dicen. Hubo varios otros, entre ellos, claro, al parecer también Matías Sáez. Según José Antonio Borrajo, más que el recuerdo de ese primer encuentro en Quinto durante la guerra, lo que seguramente motivó a Ernesto Codulá fue algo mucho más simple: «¿Por qué no hacerlo, si se puede?» habría dicho.
Es verdad que muy poca gente asistió al funeral de Mercedes: Monche, claro; también Viviana. Ernesto, Engracia y Elvira; Tomasa y dos monjas del Asilo de Ancianos de Avenida Holandesa; José Antonio, el hijo de Nazario Borrajo y su mujer Sofía Marconi; varias vecinas de Tomasa, varios viejos jubilados y ex compañeras de Mercedes de cuando trabajaba en la Biblioteca. Además de la corona de flores que llevó Víctor Iligorri el día anterior, había una con el emblema de la hoz y el martillo del Partido Comunista y otra con una cinta del Sindicato de Industrias Krutz. Muchos todavía recordaban el sabroso pollo asado que en septiembre de 1969 les llevó Mercedes durante esos días de huelga, me dijo Jorge Jiménez Caro, un viejo obrero ya jubilado. Carreño cerró el nicho con un último ladrillo y entonces Monche se acercó y apoyó un ramo de claveles rojos sobre la tapia todavía con olor a cemento fresco.
Gilberto Trejo
GT
En julio de ese mismo año, pocas semanas después del funeral de Mercedes, Ernesto Codulá debió asistir al de su amigo Nazario Borrajo, quien hacía ya un par de años que, perdido en una espesa niebla, no se movía de su casa. Después de dos semanas visitando a su familia, Elvira había regresado a Olympia, y Monche no esperó a que estuviera lista la lápida de su madre en el mausoleo de los españoles para regresar a Madrid el lunes siguiente del funeral, dejándole la tarea de su cuidado a Alberto Carreño el sepulturero.
De regreso en Madrid, Monche dividió su vida en tres.
Por una parte, reanudó su trabajo de protección de la fauna silvestre en la Cordillera Cantábrica y continuó su trabajo de recepcionista en el salón que tenía con Dolores en Chueca, asumiendo poco a poco más y más tareas de administración y de esbozo de planes futuros, por la otra. El resto del tiempo, si es que le quedaba algo, lo dedicaba a Miguel y a Paz, quienes ya habían comenzado el colegio.
Dos años después, comenzó a tomar clases en la Complutense y, con mucha paciencia, paso a paso, al ritmo de tortuga vieja y sabia, se licenció en Administración de Empresas seis años más tarde, una disciplina que para ella incluía tanto las ONGs como la de los osos, lobos y rebecos, así como el creciente ya con dos locales en el mismo barrio de Chueca salón de belleza y tienda de artículos de cuidado personal fundados por Dolores y en el que ella controlaba un no tan modesto 25%.
Miguel y Paz fueron creciendo.
A comienzos de 2001, Miguel ya trabajaba como fotógrafo de prensa para El País y tuvo su primera misión destacada como reportero de guerra durante la invasión de Iraq del año 2003, adherido al contingente español. A su regreso de Iraq, Miguel se mudó a un piso en el barrio de Chueca con su pareja Alí, uno de los hijos de Adara con el que había sido compañero de juegos desde su más primera infancia en Lavapiés.
Desde el comienzo de su adolescencia, desde los trece o catorce años de edad, Paz comenzó a destacarse como artista callejera en la plaza de Lavapiés. Aunque es también la autora de agudos monólogos satíricos para adultos, Paz ha sido principalmente actriz y dramaturga de teatro infantil. En 2003 su texto más conocido, La noche en la que la luna iluminó al sol, recibió el galardón a la obra de teatro infantil del año otorgado por la Comunidad de Madrid.
Sin todavía haber aprendido completamente a abrazar su caos como tanto Aileen con Viviana tantas veces la han exhortado a hacerlo y con sus dos hijos ya medianamente independientes, Monche parece, sin embargo, disfrutar sus dos trabajos mientras continúa sus sesiones de terapia con Eliana Alonso luchando con sus demonios y fantasmas. La noche del 9 de diciembre de 2004, mientras caminaba por Malasaña pensando en su madre y en esa ya lejana tarde de diciembre de 1969, entró por casualidad al bar Goya donde conoció a Julio Muñoz.
EF
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Última modificación: 25 de octubre de 2025.
Otras cosas de la tangente
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