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Mauro Becerra Santa Cruz

Santiago, marzo — junio de 1971
Se iniciaban las clases para Monche en la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile y para Ramiro en la Escuela de Ciencias Físicas y Matemáticas.
En marzo Salvador Allende había comenzado su cuarto mes como Presidente de la República.

EF

Al presentarse por primera vez Mauro Becerra Santa Cruz Yáñez Risopatrón no perdía la ocasión de recitar de corrido sus cuatro apellidos de raigambre aristocrática. Nunca Mauro Becerra a secas; en ocasiones, como si estuviera escaso de tiempo, abreviaba su presentación a Mauro Becerra Santa Cruz. Profundamente católico conservador y devoto no dejaba jamás pasar un domingo sin asistir a misa y comulgar. Tampoco, para su disgusto y sincera vergüenza, junto a un creciente primitivo temor que un día de éstos Dios todopoderoso dejara de creer en su arrepentimiento, casi no había domingo en que antes de acudir a la Eucaristía no debiera confesar su sempiterno pecado de concupiscencia ya fuera ésta puramente mental y en su corazón o de hecho.

Aunque primo político de Monche, treinta años mayor que ella, y doce años mayor que Teresa, por edad Mauro Becerrra bien podría ser su tío y, sin embargo, debía luchar arduamente contra sí mismo para dominar esa pulsión escalofriante por la que no podía dejar de fijar sus ojos en sus piernas o en el escote de sus pechos. Desconcertante y perturbador sentimiento que entremezclaba por partes iguales el deseo y el asco: la atracción por una belleza que temía malévola y la repulsión por su imperdonable pecaminosa caída con Carlos Labarca.

Turbado e incómodo, Mauro Becerra pensaba, sentía, que la presencia de Monche merodeando al cuidado de sus cuatro hijas por las habitaciones de su casa, si bien no como la de un demonio maligno invasor, era como la de una intrusa irreverente e impúdica que perturbaba la mesurada compostura y recato que generaciones de la familia Santa Cruz la habían hecho un lugar virtuoso y sagrado. Una cosa es que él se hubiera casado enamorado de la hija de Pilar Rodríguez quien, aunque fuera una inmigrante llegada hacía poco al país, era una buena católica y madre de ocho hijos. Otra muy diferente era abrirle las puertas a la hija de su hermana Mercedes, una refugiada comunista y peor aun, una alcohólica empedernida y sin remedio.

Sin duda, pensaba, mientras sentado en su despacho acariciaba la copa de vino pajarete que le traían del Valle de Elqui, que su padre hubiera tomado ya cartas en el asunto y Monche, quien inconcebiblemente había preferido ingresar a la Chile y no a la Católica de la que tanto él como Teresa eran ex-alumnos, no estaría ni allí, en su casa, ni siquiera en el altillo de calle San Diego; pero él, dedicado a su oficio de muy reconocido pediatra y, más importante, de asesor consejero ex–oficio del decano de la Facultad de Medicina en la Universidad Católica, había cedido todo lo concerniente al gobierno de la casa a Teresa a quien, pensaba, con mucha frecuencia se le ablandaba demasiado pronto su buen corazón.

Pensaba de nuevo en el país y en cómo la presencia de Monche era un desafortunado signo paralelo de los tiempos que se vivían ahora en Chile ejemplificados entre tantas otras calamidades con ese advenedizo de Silva Henríquez quien por arte de birlibirloque se había hecho del capelo cardenalicio que en justicia y probidad le hubiera correspondido a Monseñor Pedro Santa Cruz Errázuriz, su tío obispo, quien nunca hubiera dado su bendición a esa vergonzante y siniestra colusión de políticos descarriados que abandonando la tradición católica del Partido Conservador habían primero fundado esa detestable Falange y luego esa mal llamada Democracia Cristiana à la Maritain que, para colmo de agravios, como si no hubiesen sido poco los desmanes provocados por su mal concebida Reforma Agraria, a la cuarta tentativa, le había permitido el paso a la Presidencia a Allende, ese marxista contumaz y masón, antes, gracias a Dios, tres veces derrotado.

¿Qué había pasado ahora?

¿Qué otros castigos se avecindaban?

Así continuaba pensando Mauro Becerra a mediados de ese otoño fatídico en el que por todas partes, en las calles y en los claustros, se cuestionaba con inaudito desparpajo la autoridad y el orden mientras en el que había sido el refugio de su casa la presencia incómoda de Monche se había hecho más y más rutinaria. Mauro Becerra se daba perfecta cuenta que mezclaba irracionalmente una cosa con la otra; que su razonamiento saltaba descontroladamente de un asunto al otro sin poder contenerse, que en su alma se entreveraban la desazón, el deseo, sí, el deseo por Monche, por su olor de muchacha, por sus pechos prietos; la frustración, el miedo y, abriéndose paso entre esos sentimientos, también el odio. Eso, ese odio que se iba anidando en su cuerpo enardeciéndole el pecho, pero que también lo asustaba como algo ajeno a sí mismo.

Mauro Becerra Santa Cruz añoraba el tiempo no tan lejano de una vida que recordaba tranquila y ordenada. Así pensaba habían sido sus primeros cuarenta años de existencia en un mundo que desde su infancia hasta sus años universitarios esencialmente le había sido plácido y sereno; así hasta su graduación con los máximos honores, así hasta su casamiento con Teresa, hasta el nacimiento de sus hijas Pía y Regina uno y tres años después, todo ello siempre bajo el manto protector y afable de una clara presencia divina. Pero algo había ya cambiado en los tiempos en que nacieron Margarita y Soledad; algo cambió con la culminación de ese aberrante Segundo Concilio que desterró la elegancia y solemnidad del latín; con la arrogancia desmesurada de esos ensoberbecidos seguidores de Frei sin darse por enterados que su victoria electoral se debió al apoyo conservador y que no le pertenecía sólo a ellos desconociendo un acuerdo tácito seis años más tarde; con esa espuria Reforma Universitaria iniciada en su propia alma mater cuando en el mismo momento en el que nacía su hija Soledad en la Clínica Santa Marta, su oficina en la Facultad de Medicina había sido asaltada por una horda de bárbaros insubordinados quebrando vidrios, forzando puertas y gavetas, destrozando apreciados objetos personales, desparramando papeles y libros.

¿Fue realmente así?

Quizás su memoria exageraba, concedía; pero era, pensaba, esencialmente cierto.

Él que nunca le había hecho daño a nadie, ni a sus pacientes, ni a sus colegas, ni a sus estudiantes, ni a ninguna de las secretarias de la Facultad, se sentía ahora acosado, no por todos no; había muchos en su Facultad que le mostraban su apoyo y que diariamente sufrían el mismo predicamento que él, atacados por ese cerril y minoritario grupo de fanáticos que se empeñaban en querer arrasar con todo, desde el curriculum hasta la legítima jerarquía docente y el respeto a la clara delimitación de los derechos y deberes de los diferentes estamentos, haciendo imposible una convivencia fraterna y una colegialidad respetuosa, injustamente acusados de reaccionarios retrógrados por el sólo hecho de defender una sagrada y ecuánime tradición; obligándolos, porque ya no les iba quedando la oportunidad de una solución equitativa, a responder, así lo temía, con fuerza a la fuerza. Sólo Dios sabía qué ocurriría en los meses, que no ya años, siguientes.

Gilberto Trejo

Teresa Capellán
Mari Carmen
La Escuela
y luego
Pater Noster

Última modificación: 16 de noviembre de 2025.



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