Grosellas

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I can't resist you,
What good is there in trying
What good is there denying
You're all that I desire
Since first I kissed you,
My heart was yours completely
If I'm a slave
Then it's a slave I want to be
Don't pity me,
Don't pity me

Georgia Gibbs
“Kiss of Fire” (1952)
Con la música de “El choclo” (1903) de Ángel Villoldo

Versión de Louis Armstrong
🎵 YouTube: Kiss of Fire.

Mari Carmen Torres Montt

Santiago – Futrono, 1948.
Mauro Becerra Santa Cruz y Mari Carmen Torres Montt llegan a conocerse muy bien.

EF

Como Mauro Becerra, Mari Carmen Torres Montt también podía reconocer parientes cercanos en los nombres de las calles de Santiago, pero salvo en el gusto compartido por un buen pajarete luego de hacer el amor antes o después de cenar según cómo estuviesen de ánimo, ahí terminaban las semejanzas. Para el constante desengaño y desilusión de ella, nunca pasaban la noche juntos como si secretamente Mauro Becerra temiese convertirse en calabaza después de la medianoche.

Por parte de madre Mauro Becerra venía de una familia afiliada desde el comienzo de la República al viejo Partido Conservador; una familia fervientemente católica y tradicionalista con una genuina veneración y apego a los ritos de canto gregoriano y misa en latín, mantillas, incienso, agua bendita, novenas y rosarios vespertinos con reclinatorios designados.

Aunque poco a poco, sobre todo con el surgimiento de otros partidos políticos que desafiaron su hegemonía y exclusividad, las diferencias desaparecieron del todo a mediados de los sesenta del siglo pasado (se unieron en un sólo partido al que llamaron Partido Nacional), la familia de Mari Carmen Torres Montt era de raigambre liberal. Con menos raíces en el campo y más en la incipiente industria urbana, la rama de las antiguas familias chilenas afiliada al Partido Liberal era igual de conservadora en lo económico, pero mucho menos religiosa que sus hermanos conservadores, acercándose peligrosamente en la percepción y en el decir de algunos miembros de la familia ancestral, entre los que se encontraba Mauro Becerra, a los seguidores incautos de decadentes costumbres europeas y al ateísmo masónico de sus primos del Partido Radical (laicos, masones, socialdemócratas) fundado en la segunda mitad del siglo XIX por Francisco Bilbao.

En la época en la que Mauro Becerra conoció por primera vez a Mari Carmen Torres Montt a mediados de los cuarenta del siglo pasado continuaban las diferencias, manifestadas por sutiles desconfianzas, algunas de ellas no completamente conscientes, pero que eran del tipo que hacían que Mauro Becerra temiese convertirse en calabaza. Desde el comienzo de sus estudios en la Escuela de Medicina de la Universidad Católica, Mauro se había hecho amigo íntimo de su condiscípulo Patricio Guillermo Torres Montt, un hermano dos años mayor que Mari Carmen. Se entendían muy bien; formaban una buena pareja jugando canasta o bridge y asistían regularmente juntos a la tertulia del conservador escritor costumbrista Enrique Ceballos Vial; pero mientras Mauro era además figura permanente en los ejercicios espirituales dirigidos por Monseñor Pedro Santos Molina, Patricio Guillermo allí brillaba por su repetida ausencia.

Aun así, por cerca de tres o cuatro años Mauro y Mari Carmen habían coincidido innumerables veces ya sea en animadas fiestas de cumpleaños, de santos y de aniversarios en Santiago, como también, cada vez en forma más asidua, en las estancias con paseos a caballo y excursiones al volcán y al lago que duraban toda una semana en la finca cercana a Futrono en la provincia de Ranco, propiedad del ministro de Obras Públicas del gobierno de Juan Antonio Ríos, Jorge Guillermo Montt Neumann, un tío materno de los hermanos Torres Montt.

Así Mauro y Mari Carmen habían caminado juntos, cabalgado juntos, bebido juntos, nadado juntos, bailado juntos; se habían reído juntos. Después de meses de escarceos y de palabras con dobles o triples sentidos, por fin en medio de la fiesta en la misma finca de don Jorge Guillermo con mucha champaña burbujeante, chicha de la casa y costillares de cordero, con la que el buen tío festejó la graduación de su sobrino que así se convertía en el primer médico de la familia, Mauro y Mari Carmen se escaparon a un prado cercano a la casa patronal donde bajo el huerto de manzanas se conocieron, esta vez ya bíblicamente, la noche del sábado 11 de diciembre de 1948.

Para ambos fue la perdición.

Para ella, no porque esa noche la luna estuviese ya casi a punto de llegar a su apogeo (lo hizo cinco noches más tarde, el jueves 16), sino porque Mauro Becerra Santa Cruz nunca haría la madre de sus hijos a la mujer con la que se acostó antes del matrimonio. Lo perverso del caso es que él ya lo sabía desde el principio, mientras ella, aunque debió sospecharlo, no estaba —o no quiso estar— segura. Para él, porque después de haber follado esa primera vez con Mari Carmen (me gusta más la palabra española que no la chilena o peruana) ya nunca pudo escapar a su encanto o hechizo.

Francisco Agustín —nombrado así en honor de dos importantes santos católicos— era sólo un año mayor que su prima Mari Carmen. En 1946 fue aprobada su solicitud de ingreso a la Escuela Militar iniciando así una carrera en la que antes de ser llamado a retiro llegó a ser Coronel y Comandante del Regimiento de Montaña “La Concepción” ubicado en la ciudad de Lautaro.

Bien entendido, dejemos claro que ni Mauro ni Mari Carmen era virgen. Recién cumplidos los dieciséis años, ella había perdido su virginidad con su primo Francisco Agustín Neumann García el torrido y lluvioso verano del 45 en el que junto a que todo parecía comenzar a irle mal al Dritte Reich la casi incesante lluvia obligaba a los acongojados primos a pasar la mayor parte del tiempo correteando por el piso superior de la casa solariega en la finca de Futrono de otra manera aburriéndose sin remedio.

En cuanto a Mauro, si bien su experiencia previa con criadas una vez acabado un rápido coito le había siempre dejado la incontrolable desagradable sensación de querer salir corriendo a perderse, esa primera vez con Mari Carmen la natural habilidad de ella, junto a su sudado olor moruno, junto a las palabras indecentes que le había enseñado decir su más aventajada prima Ana María Torres Cuadra y que ella oportunamente le susurró al oido, junto al movimiento acompasado de sus caderas y sus gemidos y, finalmente, junto al hecho que sabiamente Mari Carmen supo demorarle su orgasmo, le enseñó al sorprendido Mauro Becerra que hacer el amor era algo que se hacía entre dos (al menos dos), descubriendo así lo que era follar de de veras.

Por supuesto, Mauro Becerra nunca se convirtió en una calabaza; eso es una metáfora. Pero, católico devoto como era, toda su vida temió que algún día le llegaría una dolorosa retribución que castigaría sus pecados. Aunque no propiamente un castigo divino, Mauro Becerra sintió que algo estaba pagando cuando poco después de la salida de Monche al exilio en octubre del 74, Teresa le ordenó a Hilda, su criada, que preparase para Mauro una de las mejores habitaciones destinadas a los invitados situada al otro extremo de la casa en la calle Matilde Salamanca y le ordenó al jardinero Eladio Cruz —que ella supuso que también podía oficiar de carpintero— que pusiese un cerrojo en la puerta de la suya.

Mari Carmen no fue ni de cerca la única mujer con la que Mauro Becerra sació su desbordada concupiscencia después que inspirado por las prédicas que recibía en los ejercicios espirituales de don Pedro Santos Molina decidió que sexo y maternidad eran incompatibles, pero fue la única a la que volvió una y otra vez con irredimible constancia, sin que las penas del infierno con las que lo amenazaba el padre José Ramón Zuloaga, su confesor, hicieran mella en su insaciable deseo. Por su parte Mari Carmen al principio, porque no perdía una ilusoria esperanza; después, por resignación y costumbre, seguía recibiendo en su apartamento de Avenida Apoquindo a Mauro Becerra no porque siguiera enamorada de él, como por años se lo repitió a sí misma, sino porque, por un desajustado orgullo, envidia, rencor y amor propio herido, gozaba en su más íntimo fuero interno la humillación que adivinaba en Mauro Becerra cada vez que se asomaba por su casa, turbado y de antemano contrito, pero incapaz de evitarlo.

Segura de sí misma y dueña de más que abundantes medios económicos propios, Mari Carmen nunca le aceptó a Mauro Becerra sino pequeños regalos intrascendentes, como una bolsita de cien gramos de chocolates comprada en la confitería Hucke de calle Estado o dos pasteles de hojaldre rellenos con crema comprados en la confitería Paula de la galería España. Independiente, ella nunca sería una mantenida. Eso sí, le exigía, cada vez con más abundante frecuencia, salidas a cenar en restaurantes de moda donde —y eso sí que lo gozaba— provocaban comentarios ruines y cotilleos salaces. Eso y no otra cosa —la constante herida que mientras vivió ejercía en Teresa— fue por así llamarlo su más grave pecado.

De recién cumplidos 62 años, Mari Carmen Torres Montt murió temprano la noche del viernes 14 de junio de 1991 atropellada por un conductor ebrio que la embistió con su Citroën CX mientras cruzaba la Avenida Apoquindo dirigiéndose a un concierto en el Teatro de Las Condes donde se reuniría con Mauro Becerra antes de cenar en un afamado restaurante asturiano situado en la Avenida Vitacura propiedad de uno de mis primos. Sintió un profundo estupor y una perturbadora desazón y rabia al darse cuenta paralizada que un segundo antes de que fuera irrebatiblemente cierto que a toda velocidad el Citroën se le venía encima, no pensaba en otra cosa más trascendente, sino sólo si acaso había dejado encendida o no la estufa de la cocina.

Gilberto Trejo

Teresa Capellán
Mauro Becerra
La Escuela
y luego
Pater Noster

Última modificación: 15 de noviembre de 2025.



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