Grosellas

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[Adso de Melk:] Cuanto más releo esta lista, más me convenzo de que es producto del azar y no contiene mensaje alguno.

Umberto Eco
El nombre de la rosa
Último folio

Carlos Labarca Groessmann

Carlos Labarca Groessmann creció en su casa de Avenida Francia al cuidado de su madre Karin Groessmann, quien provenía de una venida a menos antes rica familia de criadores de ganado afincada en la provincia de Osorno desde la llegada en 1855 del primer contingente de inmigrantes alemanes, holandeses y suizos auspiciada por el “plan colonizador del Sur” ideado por Vicente Pérez Rosales.

Múltiples causas, principalmente las desavenencias entre los padres y los tíos de Karin por cuestiones de herencias, aparcerías y deudas de juego, podrían dar cuenta del deterioro económico de la familia a las que se sumaba, para ella, la reciente amarga y emocional ruptura con sus hermanos, fervientes partidarios del nuevo expansionista nacionalismo alemán que dominaba a una buena parte de la colonia alemana residente en la región.

Ávida aficionada a la música clásica Karin fue junto a Antoní Bosch fundadora del coro “Santa Cecilia” y amortiguaba su disminuida situación económica dando clases de piano. Uno de sus estudiantes más aventajados fue el propio Carlos quien, hasta ya de buena edad, pasaba por un muy buen talentoso pianista aficionado.

Fue esa profunda desavenencia política —y moral, afirmaba Karin— la que, tras la trágica muerte de su esposo, Estanislao Labarca Roig, la impulsó a matricular a su hijo Carlos en el Instituto San José ubicado en el centro de Temuco, en la esquina de las calles Claro Solar y General Mackenna, en lugar de hacerlo en la Deutsche Schule ubicado en la Avenida Holandesa a pocos pasos de su casa.

A Carlos le fastidiaba tener que coger el autobús mientras un buen número de sus amigos del barrio simplemente caminaba hasta el colegio, pero años más tarde percibía bien la ironía que hubiera sido precisamente su paso por el católico San José lo que le abrió las puertas del colegio de las monjas suizas.

Según consta en la escritura registrada en el Conservador de Bienes Raíces de Temuco el viernes 6 de agosto de 1940, la casa de Avenida Francia se la había comprado, muebles y libros incluidos, Estanislao Labarca Roig a su cuñado Oskar Groessmann quien la había recibido como parte de su herencia.

El tal Estanislao Labarca Roig, había llegado a Temuco desde Barcelona en enero de 1937 con documentos de identidad falsos y con un equipaje que incluía una pequeña maleta en cuyo doble fondo se encontraba una muy respetable cantidad de libras esterlinas y de marcos alemanes. A poco de llegar a la ciudad, Labarca Roig invirtió parte de ese dinero en establecer una ferretería en la esquina de las calles General Cruz con Diego Portales con la que, gracias a su genio comercial aprendido en su natal Oviedo cuando todavía se llamaba Andrés Lidueña, muy pronto alcanzó notoriedad y estima.

La compra de la casa de Avenida Francia debió haber sido emblema de su éxito de inmigrante llegado hacía menos de cuatro años a Temuco. Sin embargo, Estanislao Labarca Roig no alcanzó a gozar por mucho tiempo su recientemente adquirida propiedad económica y social dado que, en nunca bien explicadas o resueltas circunstancias, fue encontrado muerto a orillas del canal Gibbs con dos balas calibre 32 en medio del pecho el domingo 5 enero de 1941.

La muerte de Labarca Roig fue un suceso que, por lo inusual, conmovió a la ciudadanía temucana ocupando mucho tiempo en las tertulias de la Deutsche Verein y de otros clubes y bares de la ciudad, mucho espacio en las páginas del diario Austral y una pequeña nota en el boletín “El Mono Azul Temucano” editado por Ernesto Codulá y Álvaro Mestre, quienes, por prudencia y quizás por solidaridad con los posibles hechores del homicidio, no mencionaron nunca en público sus sospechas sobre las causas de tal suceso.

Afortunadamente para Karin y su hijo Carlos, la cuenta del banco dejada por —el así conocido— Estanislao Labarca resultó ser suficientemente sólida y la ferretería en calle Diego Portales gozaba de una muy buena clientela por lo que Oskar Groessmann, no sin antes prometerle solemnemente a su hermana Karin que nunca más en su vida dependería de tipos como Emilio Balsera para pagar sus deudas de juego, estuvo muy feliz de hacerse cargo de la ferretería compensando así la humillación que sufrió al haber vendido su casa a su difunto cuñado a precio de saldo.

Desafortunadamente, la ludopatía es cosa seria y, a juzgar por otros casos relevantes para las historias narradas en Grosellas, endémica en la región. No habían pasado cuatro años desde la muerte de su cuñado cuando Oskar Groessmann se vio obligado a honrar la docena y media de pagarés que esperanzadamente había estado firmando desde entonces. La ferretería, o más bien lo poco que quedaba de ella, volvió a cambiar de dueños en beneficio de cuatro acreedores que, a fines del 45, ya no se dejaban impresionar como antes por su camisa parda. Así, a pesar de las muchas promesas que Oskar Groessmann le hiciera a su hermana, una pequeña, pero no despreciable, parte de la fortuna originalmente birlada por el asturiano Andrés Lidueña fue a parar a las manos del también asturiano Emilio Balsera.

Evaristo Feliú


Carlos Labarca Groessmann comenzó a dar clases de matemáticas en el colegio de las monjas suizas al que asistieron Elvira, Monche y Viviana, en un hiato en su esfuerzo de recibirse de arquitecto, carrera que había dejado en suspenso —acumulaba ya tres excedencias— incapaz de darle forma definitiva a su proyecto de graduación. Había en Labarca una extraña mezcla de inseguridad por un lado y de soberbia por el otro. Soberbio, la forma que le había dado a su proyecto le parecía insuficiente para alguien de su valía. Creía saber, intuir más bien, que aunque estaba cerca de ese punto supremo al que aspiraba llegar, entendía —creía entender— que necesitaba una vuelta de tuerca adicional, un ángulo, un enfoque, cualitativamente superior, pero que no lograba definir.

Su proyecto de graduación se quedaba eternamente paralizado al tener él un nebuloso entendimiento sobre qué es lo que le faltaba, pero ser incapaz de materializarlo o de atreverse a intentarlo. Inseguro, sufría del temor paralizante a empujar su proyecto, su instinto, su empeño, más allá de su capacidad de controlarlos y que, sin haber logrado dar ese salto cualitativo con el que aspiraba alcanzar su genialidad, destruir lo hasta entonces alcanzado.

En cuanto a otros de sus demonios y fantasmas, no debe olvidarse la incertidumbre de su origen: si Estanislao Labarca había llegado a Temuco con documentos de identidad falsos... ¿no significaba eso que los suyos también eran cuestionables?

Labarca poseía ese precioso don, ya sea en música, en las letras o en la arquitectura, de reconocer los mecanismos ocultos, propios y singulares de cada disciplina por los que se expresa la genialidad, pero en última instancia, más un soñador que un realizador, carecía él mismo de la habilidad o del genio necesario para alcanzarla. Así la maqueta de su proyecto de graduación languideció por décadas acumulando polvo en el desván de la torrecilla de su casa de Avenida Francia. Siempre consciente de su presencia fantasmal, nunca fue capaz de destruirla, pero nunca tampoco tuvo el valor de volver a considerarla.

Después de su breve temporada en la cárcel y de perder su trabajo en el colegio Santa Cruz, Carlos Labarca se ganó la vida en diversos trabajos especialmente fungiendo como delineante y nunca terminó su carrera de arquitecto. Sin embargo, luego de varios años de relativo ostracismo y aislamiento, se hizo activo en el ambiente cultural de Temuco especialmente en actividades musicales de muy diferente tipo. Una cosa notable fueron sus actividades de pianista en las que destacó con moderado, pero seguro éxito, en sus actuaciones en tándem com el cantante de tangos Ismael González García en la boîte del Hotel Frontera frente a la Plaza de Armas y por sobre todo en el concierto en el que demostró sus incursiones en la fusión del jazz vanguardista de fines de los cincuenta y comienzos de los sesenta (Ornette Coleman, Cecil Taylor, Eric Dolphy y otros) con la música derivada del dodecafonismo de Arnold Schoenberg. Parecía que en esta última incursión había encontrado, por fin, un sentido a su intensa aunque desperdigada curiosidad intelectual y artística y el aprecio, distante pero real, del público que apareció en el salón de actos de la Biblioteca Municipal de Temuco ese lluvioso viernes 11 de julio de 1997.

Cuando el 28 de diciembre de 2007 murió en el cuarto que ocupaba en su pensión de calle Porvenir a la que cinco años antes se había mudado tras vender su casa de Avenida Francia, hacía 19 días que había cumplido 69 años de edad. El doctor Severino Emerano, patólogo jefe del Hospital Regional de Temuco dictaminó que la causa de muerte había sido un infarto agudo del miocardio, nada extraño en alguien que desde hacía tiempo había manifestado problemas cardiacos y que fumaba cajetilla y media de cigarrillos al día. Sin embargo, muchos de sus conocidos sospecharon un suicidio.

Carlos Labarca Groessmann dejó pocas cosas tras suyo en su habitación de calle Porvenir. Además de una poca ropa ordinaria, con la excepción de un impecable terno negro confeccionado con el mejor casimir inglés, y de utensilios de aseo personal, destacaban una clásica radio Grundig, un par de viejos binoculares del tipo usado por la Wehrmacht en la Segunda Guerra Mundial y una moderna brújula Cammenga M27. Adosado a una de las paredes había una copia auténtica del afiche “Divan japonaise” de Toulouse Lautrec. En la otra, un anaquel con algunos de los pocos libros (en alemán, castellano, francés e inglés) que rescató de la venta de su casa en Avenida Francia. Entre los que allí encontraron refugio estaban Doktor Faustus y Der Zauberberg de Thomas Mann, Rayuela de Julio Cortázar, El azar y la necesidad de Jacques Monod, The Nothing That Is. A Natural History of Zero de Robert Kaplan, Mademoiselle Agnes Lafond de Renée Barthes, Colmillo blanco de Jack London, Hiroshima mon amour (en castellano) de Marguerite Duras, Teorema de Pier Paolo Pasolini, Mishima o la visión del vacío de Marguerite Yourcenar, Frankenstein or the Modern Prometheus de Mary Wollstonecraft Shelley, La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria de José Donoso... y unos quince o veinte libros más.

Gilberto Trejo

Rizo. El vuelo de la gaviota.

🎧 Geri Allen, piano.

🎵 YouTube: Lonely Woman.

Gustavo Herrera.
Si ya has visitado Gustavo Herrera, continúa con:
La hebra de Monche en Temuco 1969: Monche.



Última modificación: 3 de diciembre de 2025.



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