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Gustavo Herrera Berkoff


Cuando lo visité el verano de 2010, Gustavo Herrera Berkoff todavía vivía en la que fuera la casa de sus padres en callejón Reusch casi al final (¿o es al principio?) de Avenida Alemania, aunque pasaba varios días de la semana en la casa de su ex pareja Nicole Gómez Vogel en Labranza, antes a pleno campo, pero ahora un barrio más de Temuco.

Desde que se conocieron por primera vez en el Kindergarten de la Deutsche Schule, Nicole y Gustavo han sido siempre mejores amigos, pero nunca, desde que Nicole regresó a Temuco en agosto de 1995, pudieron llegar a ser una buena pareja. «Desde que Nicole volvió, mejor nos hubiéramos quedado como los buenos amigos que éramos» me dijo Gustavo.

De cerca o a la distancia, podían gozar de una amistad profunda que comenzaba rápidamente a deteriorarse cada vez que intentaban vivir juntos de nuevo, no tanto por las desavenencias sobre de quién es el turno de lavar los platos o de limpiar el baño, como por la imposibilidad de vivir diariamente, día y noche, con los fantasmas y culpas del otro —Nicole por Guillermo Eaton; por Aníbal, Gustavo— sin ponerse a gritar como locos, exhaustos por absurdos celos recíprocos y por pesadillas forzadamente compartidas, o, por el contrario, caer en un prolongado, lejano, silencio, que los convirtía en dos extraños.

Así, de un modo o del otro, por los silencios o por los gritos, hasta que la convivencia se hacía insoportable y entonces se separaban una y otra vez por semanas, por meses o por años, viviendo cada uno por su cuenta.

Así hasta que, atraídos por una fuerza inescapable, intentaban de nuevo esa borrascosa relación «colmada de cimas exuberantes (nadie más podría nunca alcanzar a conocerse tan bien como ellos el uno a la otra) y de simas insondables (nadie podría llegar a sentir tanto rencor ni sufrir tanto desengaño el uno por el otro tampoco)» como, según Gustavo, “ingeniosamente” le gustaba a Nicole describirla.

También era una verdad absolutamente inobjetable que se querían y, atados por un secreto y un pacto sagrados establecidos pocos años después del kindergarten, por ahí por Cuarta o por Quinta Preparatoria, dijeran lo que se dijeran, nunca dejarían de hacerlo.

Inmersos desde temprana edad en un ambiente germano, ambos compartían esa especial condición híbrida o, si se quiere, mestiza; la de ostentar un apellido (en ambos casos, el paterno) castellano y otro alemán (el materno) que los impulsaba neurótica y obsesivamente a siempre enunciar de corrido sus dos apellidos, de manera que desde un principio quedara claramente establecida su, aunque ambivalente y ambigua, legítima pertenencia.

Precaria legitimidad, modulada por esa cortazariana frase de «no estar nunca ahí del todo» cualquiera que fuera ese ahí excepto, quizás, durante esos fugaces años de principio de los setenta en los que creyeron, como la Safo de Grecia, que tocarían el cielo con las manos, para terminar de golpe con un irreparable coitus interruptus que sumergió a Gustavo, luego de año y medio en un campo de prisioneros y a pesar de, una vez puesto en libertad, poder ejercer de nuevo su profesión de abogado, en la cautela de la forzada simulación y disimulo durante la dictadura; en el acomodo y la resignación, vuelta la democracia.

Por su parte, dejado atrás su exilio canadiense, Nicole había regresado a su Temuco (aunque no ya a su Deutsche Schule) el cual —se dio cuenta apenas puso pie en la estación de Barros Arana— y a pesar de lo mucho que permanecía idéntico e inalterable, ya no era el mismo de antes, aunque ahí, veintidós años más viejo, la esperaba Gustavo con su dicharachero ademán de siempre con el que intentaba obliterar su derrotada tristeza.


Gilberto Trejo

Rizo. El vuelo de la gaviota.

Carlos Labarca.
Si ya has visitado Carlos Labarca, continúa con:
La hebra de Monche en Temuco 1969: Monche.



Última modificación: 17 de octubre de 2025.



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