Grosellas

  Hebras narrativas

Engracia

Temuco, septiembre del 64 – marzo del 65

El beso al final de ese pasodoble la noche del cumpleaños de Regina Campos desató no pocos ajustes en la vida diaria de Ernesto y de Engracia.

Años después, en Umeå, Elvira le contaría a Ramiro que su madre se negaba a reconocer la verdad del afer de su padre con Tomasa. Como en otras cosas, también en eso Elvira se equivocaba. No era que Engracia cerrara sus ojos; muy al contrario. Aunque dolida y enrabiada, su buen instinto perspicaz y de luchadora le decía que tenía un buen arsenal de diferentes armas consigo. Desde esa primera fiesta en el Centro y desde primer paseo a Saavedra, habían sido para los dos muy buenos años. Engracia intuía, sin embargo, que Ernesto, con su tute, con sus jotas de letras jocosas o trocadas, con su escopeta, con Álvaro y con Matías..., vaya, antes con su Cazadora —buen nombre para una motocicleta—, añoraba algo que, bien entendido, nunca en realidad había tenido; pero que Tomasa se lo hacía recordar como un falso y mentiroso espejismo.

Sí, era un golpe de adrenalina lo que debía inyectar para recuperar su matrimonio... un golpe como ese instintivo ulular salvaje que camino a Saavedra lanzó montada en esa motocicleta; como ese golpe furioso de las olas en la playa que le mojó el vestido y las piernas insinuándole los muslos. Como ese beso largo, en el pórtico de su casa, de noche, de regreso del primer viaje a la playa, sintiendo las manos de Ernesto trepando bajo su blusa por la espalda. Necesitaba respirar otra vez ese olor de hombre —¿de macho?— que sintió abrazada a la espalda de Ernesto; hacerle respirar otra vez a él el —¿de hembra?— suyo. Escuchar más al ardor y a las ganas que, a pesar de disminuida fecundidad, todavía sentía en su cuerpo &aaacute;gil y todavía terso y menos a las lecturas piadosas y pacatas que le deslizaba el padre Sanjuán en el confesionario y la misma Eulalia después de misa.

¿Habían sido en verdad tan diferentes él y ella?

¿Cuánto se había amoldado él? ¿Cuánto ella?

—Pero Engracia, ¿qué pensarán Álvaro o Mercedes o Matías si nos casamos por la iglesia?

—¡Álvaro! ¿Qué me importa a mí o a ti Álvaro? ¿Qué pensará don Nazario si no lo hacemos?

—Pero mi familia nunca.... Ni siquiera estoy bautizado.

—Eso no importa. Ya hablé con el padre Sanjuán. No tienes ni que convertirte ni bautizarte ni nada. Lo único que tienes que hacer es prometer que nuestros hijos serán católicos.

—Eso, Engracia, lo decidirán ellos.

—Cuando sean mayores... Pero mientras estén bajo nuestra tutela, eso es lo que me dijo el padre Sanjuán, deben recibir una enseñanza católica. Eso es lo que tienes que prometer.

—Vale, Engracia. Eso te lo puedo prometer a ti cuando quieras; no necesitamos a un cura para eso.

—Pero yo siempre me he imaginado casarme por la iglesia, Ernesto. Siento que un matrimonio no vale de otra manera.

—Con una fiesta y todo.

—Sí claro, con una fiesta.

—Con una fiesta estoy de acuerdo..., con baile y con el mejor vino; pero lo de la iglesia. Eso a mí no me va, Engracia.

—Pero a mí sí. ¿Es tanto pedírtelo que lo hagas por mí? ¿Que lo hagas por nosotros?

—Pero tú realmente crees en Dios, Engracia?

—Te lo he dicho otras veces. Creo en el alma... y para eso, para pensar en ella, necesito a la Iglesia. Hazlo por mí, Ernesto. Ve y habla con el padre Sanjuán...

—Ese Sanjuán fue un falangista de tomo y lomo.

—Habla con él, Ernesto; verás que es buena gente. Falangista y todo, no es peor que tu amigo Emilio.

—Emilio y Regina... ¿Acaso no son amigos tuyos también?

—Regina está bien. Pero de tus amigos de caza y del tute, sabes bien que prefiero mil veces a don Nazario... Es más humano; más como tú.

El padre Ambrosio Sanjuán debía de tener cerca de sesenta años, pero aparentaba diez menos. Era alto y fornido, sin asomo de panza aunque era bien sabido que nunca le faltaba alguien que le invitase a un buen almuerzo los domingos. Ex combatiente, fumaba un cigarrillo tras otro y aunque tenía los dedos manchados de nicotina, su sotana, de buen paño y de ribete morado, siempre lucía impecable y su tonsura era perfecta. Con un gesto de su mano derecha invitó a Ernesto sentarse en la butaca al otro lado de su escritorio amplio como el de gerente de banco sobre el que se veía un cenicero de cristal lleno de colillas y un breviario con abundantes pliegues en las hojas y cintas de colores. Hizo una pausa antes de romper el silencio, toser y encender otro Cabañas con su zippo dorado.

—Así que eres amigo de Nazario y de Emilio.

—Desde ya hace varios años.

—Me han hablado bien de ti... aunque seas ateo y rojo.

—Tenemos nuestras diferencias, pero hemos aprendido a respetarnos.

—Mmm. Y salís a cazar juntos. ¿Cazáis mucho? A Emilio... sí. Pero no me imagino a Nazario cazando.

—Emilio es buen tirador; don Nazario no acierta mucho.

—Me lo imaginaba. A Emilio no lo veo mucho por aquí. A Nazario sí. Él es muy pechoño. ¿Me entiendes? Ese Nazario tiene el Cielo más asegurado que yo.

—Vaya, pensaba que con su oficio, eso era para usted pan comido.

—¡Quia! Eso es un misterio, Ernesto... ¿Entiendes?

—De las cosas del Cielo, se las dejo a usted, padre Sanjuán. Yo de eso, entiendo muy poco.

—Eso está claro. Pero vamos a lo nuestro; dime en... nuestra guerra, ¿dónde estuviste?

—En Aragón, Teruel.

—Teruel, vaya, si Dios lo hubiese querido, hace diez años nos hubiéramos visto frente a frente las caras.

—Y quizás uno de nosotros no estaría aquí.

—Quizás. Dime, Ernesto, es cosa bien conocida en la Colonia ese rumor que dice que antes de ingresar a ese... Ejército tuyo, donde llegaste a teniente según me han contado, participaste en la quema de la iglesia de tu pueblo, ¿es verdad?

—Sí.

—Gracias por tu honradez; yo fui capitán. Vamos bien, teniente; empezamos bien. ¿Te arrepientes de ese crimen?

—Crimen... Padre Sanjuán, usted sabe muy bien que si le contestara que sí, que estoy muy arrepentido... me estaría yendo por el camino fácil. Pero también creería que le estoy mintiendo... ¿No es verdad?

—De seguro te pediría me dieras más detalles de tu... arrepentimiento.

—Arrepentimiento, la condición para el perdón, ¿verdad? La condición para recibir su absolución, padre; la remisión de mis pecados.

—Si se cumplen otras condiciones, claro.

—No creo, padre Sanjuán, que arrepentimiento... sea la palabra correcta. Prefiero decirle, más cerca de la verdad, que preferiría no haberlo hecho; fue un acto inútil que no condujo a nada.

—Discrepo... Condujo a la destrucción de un tesoro valioso y dejó sin lugar de cobijo a un buen número de tus paisanos que eran fieles a Jesucristo, nuestro Señor, te guste o no te guste a ti. Lo mismo da. A ellos, tú les robaste su casa celestial; a ellos, tú les hiciste un daño irreparable; a ellos, tú les hiciste derramar lágrimas de dolor y desconsuelo. ¿Lo harías de nuevo?

—Hacerlo de nuevo, padre Sanjuán, significaría estar otra vez a las puertas de ese infierno que fue la guerra... Por nada del mundo me gustaría volver a cruzarla.

—Discrepo otra vez, para nada un infierno; fue una Cruzada; dura y dolorosa, pero justa, y en mi convicción necesaria... Pero ya sé, Ernesto, lo veo en tus ojos, que en eso no estaremos nunca de acuerdo.

—No.

—No importa, aquí no estamos para eso. En nuestra Patria no te sería tan fácil, Ernesto. Con suerte, estarías en la cárcel ¿Mmm?

—Pero estamos aquí. Usted y yo, los dos, estamos aquí.

—Es verdad, en fin, estamos aquí. En esa guerra, Ernesto, ¿has matado? ¿Has sido un asesino?

—Tal como usted, padre Sanjuán, he estado en batallas. Allí, como también muy bien lo sabe usted, el juego siempre consiste en matar o ser matado.

—¿A sangre fría? ¿A personas indefensas?

Se miraron fijamente a los ojos sin pestañar. Ernesto estuvo tentado de preguntarle si era verdad que él había usado su pistola en contra de prisioneros indefensos como también se decía de él. Pero sabía cuáles eran las circunstancias. Había venido a ponerse a su merced; sin entregarse demasiado, pero tampoco sin desafiarle. Después de un silencio que a los dos les pareció demasiado largo, contestó.

—No. Siempre que usé mi arma fue en combate... y en esas condiciones nunca se sabe a ciencia cierta si son tus balas las que matan o las de otro.

—Y en eso puedes ver la misericordia de Dios que te deja lugar para que tu conciencia esté tranquila. Te sonríes... ¿Es que no me lo crees?

—Como usted dijo al principio, padre Sanjuán, soy rojo... y ateo. A diferencia de usted, no tengo ese beneficio. Cargo con mi conciencia por mí mismo.

—Te compadezco. Bueno, vamos al grano, Ernesto. ¿Te parece?

—Me parece.

—El Obispo, y estoy de acuerdo con él, ya ha dado su dispensa. El matrimonio puede llevarse a cabo bajo tu promesa de jamás entorpecer la fe de Engracia y que vuestros hijos se eduquen en las leyes de nuestra Santa Madre Iglesia. ¿Lo prometes?

—Eso ya se lo he prometido a Engracia.

—Para que haya matrimonio, para que recibáis nuestra bendición... Para que haya una ceremonia y puedas levantarle el velo a Engracia y besarla frente al altar, tienes que prometérmelo a mí... Aquí, ahora.

—Levantarle el velo...

—Sí. Le levantas el velo y la besas. ¡Joder, Ernesto! Es parte de la ceremonia. ¿Me lo prometes?

—Se lo prometo.

—Vale. No se hable más. Felicitaciones.

—Gracias.

—A pesar de todo, me caes bien, Ernesto.

—Igualmente.

—Mmm.

El padre Ambrosio Sanjuán se inclinó hacia la izquierda y abrió entonces una gaveta de su escritorio de la que extrajo una botella a medio llenar de Fundador Solera y dos copitas.

—¿Un trago, Ernesto? Es del bueno.

—Por supuesto.

 

Schubert, Ave María. Andrea Codulá canta para Engracia y Ernesto.

Engracia y Ernesto se casaron el sábado 15 de mayo de 1948 en una ceremonia bendecida por el padre Sanjuán vistiendo, porque era verdad que le caía bien Ernesto, una de sus mejores y más hermosas casullas y les ordenó a los monaguillos que no escatimaran con el incienso. Matías se había esmerado en producir los más perfectos partes de matrimonio que nunca antes habían salido de su imprenta y decenas de amigos de la pareja, incluida media docena de los antiguos compañeros de baile de Engracia quienes viajaron desde Santiago, concurrieron a la ceremonia y luego a la fiesta en el Centro donde bailaron y cantaron jotas aunque ninguna de picadillo. Sentada en uno de los bancos de la iglesia, Mercedes cargaba en brazos a su recién nacido hijo Aníbal y desde el Coro, Andrea Codulá cantó el Ave María. Álvaro se contuvo y no bebió demasiado.

Ernesto parecía feliz y sonreía con ganas mientras levantaba su brazo derecho extendiendo los dedos de la mano que agitaba como si fuese un abanico y, sin embargo, no pudo apartar un leve pensamiento incómodo y algo de desasosiego cuando, mientras ya iba saliendo por la puerta principal de la antigua iglesia del Corazón de María con Engracia colgada de su brazo izquierdo, con puñados de arroz cayendo sobre sus cabezas entre gritos de parabienes y mientras todavía se oían las notas finales de la canción de Schubert, vio a su amigo Jesús Cárcamo montado en la que hasta hacia poco había sido su Cazadora Roja. Once meses más tarde, el lunes 4 de abril de 1949, nació Elvira y el sábado nueve fue debidamente bautizada por el mismo padre Sanjuán. Don Nazario Borrajo fue el padrino y doña Eulalia Asín, la madrina.

La ceremonia de bautismo de Elvira.

Sí. Habían sido dieciséis buenos años y pelearía con fuerza y astucia porque hubiera al menos otros dieciséis. Le dolía la torpeza de Ernesto, la enrabiaba que la hubiese humillado públicamente en esa fiesta chabacana, con chistes y poemas groseros y exuberancia de nuevo rico frente a los ojos de todos los demás. Además de la cara de bobo de Ernesto, como de niño de seis años que no sabe cómo agradecer un caramelo de regalo inesperado, no fue tanto la sonrisa de triunfo de Tomasa al final de ese pasodoble, como los ojos burlones de Regina Campos lo que odió más.

Pero sacaba sus cuentas y creyó, con razón, que tenía las de ganar. La humillaba el desparpajo de Tomasa y las habladurías que provocaba, pero también sabía muy bien por dónde cojeaba Ernesto, le veía sus ojos huidizos, e intuía que no estaría dispuesto a tirar sin más al canasto dieciséis años de matrimonio ni arriesgarse, por añadidura, a perder a Elvira ni, de una manera más prosaica, tampoco la charcutería. Tenían una buena hija. Elvira había recién cumplido hace poco los quince años y Ernesto la adoraba. Mira tú, el hecho de no haber podido concebir de nuevo después de ella, podía convertirse ahora en una ventaja.

Engracia tuvo paciencia y con cálculo, mordiéndose la lengua, esperó hasta el fin del verano antes de arrinconar a Ernesto demasiado pronto... No, no fue resignación cristiana como se lo aconsejaba Eulalia ni nada parecido; el infierno o el purgatorio para Tomasa o, si llegado el caso y perdía la batalla también para el mismo Ernesto, la tenían sin cuidado. Era simplemente cálculo; esperar a que se le pasara a Ernesto su calentura, ese primer entusiasmo casi infantil, pensaba ella, por lo transgresor y furtivo. Después regresaría a la seguridad de una cama nuevamente cálida, de eso, de la calidez, si no Ernesto, se encargaría ella.

La charcutería iba bien y les daba para un modesto pero holgado buen vivir. Ahora que debían enfrentar el desafío de la novedad del supermercado de Alfredo Altman necesitaban un frente común, sin fisuras ni golpes en los codos. Decidió que debían ampliarla, afortunadamente para eso el local de al lado estaba disponible y ya había hablado por su cuenta con el encargado municipal Iván Ramírez. Quería hacerla más moderna, más sofisticada y novedosa; sacar los fríos tubos fluorescentes y cambiarlos por cálidas lámparas de tungsteno; algo sobre eso había leído también en Paula; ofrecer con gracia y originalidad lo que el gringo, con su enorme pero rutinario tamaño, no podría ofrecer; pensaba en mermeladas y galletas caseras, en quesos y chocolates artesanales, en los chorizos de don Aparicio. Hacerse y asegurarse un público que los reconociera a ellos y que recordara sus nombres, aunque en precios no pudieran... ni quisieran, competir con Altman. Su instinto le decía que por ahí podía vencer al gringo... y de pasada, quién sabía si así no entusiasmaba de nuevo en el boliche a Ernesto que, bien se daba cuenta ella, pasaba las horas muertas de la tarde distraído pensando en las musarañas, soñando despierto sueños que nunca cumplió.

En esos meses, cerca a llegar a los cuarenta y un años, Engracia se dio cuenta también que todavía amaba y que todavía deseaba a Ernesto... y que sin advertirlo desde hacía un tiempo demasiado largo lo había estado echando de menos. Veía a Ernesto y pensó que quizás ella se había acostumbrado demasiado a la comodidad y alivio de su presencia de gato sumiso, somnoliento y sin otra explícita exigencia doméstica que una buena comida. En esos días, en esos meses, Engracia leía, aprendía nombres y sensaciones de partes de su cuerpo; pensaba y luchaba contra sí misma, contra tanta doctrina inculcada a macha martillo en su mente desde niña. Una mañana cualquiera, mirándose desnuda frente al espejo, por fin se dijo: «No, no es el demonio; es este cuerpo mío que está todavía joven, cálido y sano». Pensó que lo había descuidado, que había ignorado sus ganas, sus sudores y sus impulsos. ¿Debía buscarse ella otra ropa? ¿Echarse más perfume? ¿Irse a la cama más despierta y menos cansada? ¿Agarrar a Ernesto por los huevos?

¿Todo eso junto?

Al final de ese verano, hacia comienzos del nuevo otoño, se había dejado crecer el pelo que ya le llegaba bien más abajo de los hombros; con algunas canas, todavía fundamentalmente negro, todavía ensortijado. Era una tarde de domingo y estaban solos, Elvira había salido. Engracia se dio una ducha larga repasando cuidadosamente los pliegues de su cuerpo y comprobando con satisfacción su piel aceitunada aún suficientemente tersa. Prescindiendo del sujetador aunque, después de dos segundos de pensarlo, no de sus bragas, se puso el vestido de sarga negra, suave, amplio y abotonado al frente, lo necesitaría así, que sensual y vaporosamente le llegaba a la mitad de las canillas. Frente al espejo, resolvió no maquillarse, darse un aire cuidadosamente informal, pero sí se puso dos gotas de Chanel detrás de las orejas, sobre las clavículas y las muñecas. Con una coqueta sonrisa, celebrando la imagen que se reflejaba en el tocador, dio un suspiro antes de calzarse las sandalias verdes que hacía una semana había encontrado en una esquina del ropero. Satisfecha, salió de la habitación, bajó a la sala y se sentó con ambas piernas cruzadas sobre la butaca frente a la de Ernesto donde él leía en el Austral los comentarios de los partidos de fútbol jugados el día anterior, sábado. No, en ese tiempo en Temuco todavía no había televisión.

No había manera que Ernesto no notara su presencia frente a él y dejara de leer el diario. Había visto los mismos ojos que vio esa noche en el Centro, esa tarde en Saavedra.

—Engracia..., mi amor, te ves bien.

—¿Te gusta como me veo?

—Sí, mucho, ¿qué celebramos?

—Todavía nada, pero tú escúchame y veremos.

—Te escucho.

—Necesitamos hablar, Ernesto.

Es difícil precisar qué es lo que pensaba o qué es lo que sentía Ernesto esos días. Probablemente culpa, seguramente también vergüenza...

Pero, había un gran pero: experimentaba también esa intoxicante exaltación al haber alcanzado al fin ese deseo; ese deseo, digamos por falta de otra palabra, deseo prohibido; ese deseo que se arrastraba, no sabía muy bien por qué, no hubiese podido explicarlo, desde la primera vez que vio a Tomasa en el Mercado; ese deseo que se alimentaba cada vez que coincidían en casa de Emilio Balsera; que crecía con cada mirada sugerente, incuestionablemente premeditada y significante; con cada roce de los dedos al alcanzarse el salero durante la cena o ese toqueteo disimulado de las rodillas bajo la mesa; ese deseo que se hacía insoportable cada vez que Tomasa aparecía en sus sueños y esa mañana Ernesto despertaba con el piyama mojado.

Pero, otro pero, tras esa exaltación vigorizadora y renovante, mucho más pronto de lo que alguna vez lejanamente anticipó, había comenzado a sentir cansancio y hasta hastío y mucho más cuando comenzaron exigencias que al principio hubiesen parecido insólitas, incomprensibles. Ya no soportaba tampoco, le eran cada día, cada semana, más y más dolorosos los monosílabos y los silencios de Engracia para no hablar de la mirada reprobatoria de Elvira; la apenas disimulada de don Nazario.

De hecho, ¿cuántas? Dos, tres, cuatro veces había pensado, había intentado, terminar todo ese lío con Tomasa; pero ahí estaba de nuevo cada vez que subía hasta su casa, como un señuelo inescapable, ese olor... no fresco, sino arrebatador; ese abandono, ese abismo oscuro, adictivo y cautivante...

—Hablemos.

—Te quiero, Ernesto; te quiero... y sé que tú me quieres también a mí; de eso no tengo dudas.

—Tampoco yo, Engracia.

—Ernesto escúchame; a mí no me sorprende que te hayas encoñado con Tomasa...

Ernesto no imaginó cuando se dio cuenta que esa tarde por fin hablarían que su mujer, siempre comedida con el lenguaje, tendría tan a flor de labios tal palabra. Sin preámbulos, Engracia iba directo al hueso...

—Engracia, yo te aseguro...

—Chss, calla. No me digas nada ahora. Escucha; después hablarás tú.

Bien, esa pausa le daría tiempo para pensar. Respiró...

—Te escucho.

—No me sorprende, Ernesto, porque por años Tomasa te ha estado embrollando como a un colegial.

Un momento; pensó Ernesto: le está echando la culpa a Tomasa, pero también me está diciendo que soy, que he sido, un imbécil, un pelele...

—Engracia, lo que ha habido entre yo y Tomasa no es lo que te imaginas.

—Ernesto, ya te dije; no me digas nada más; tú ahora escucha.

—Te escucho.

—Vale. En estos tres, cuatro meses... lo has disfrutado... Al menos, espero que lo hayas disfrutado. Pero basta, como un juego de... mediana edad, de buscar emociones fuertes ya has tenido bastante...

—Un juego no, Engracia; tú tienes que entender....

—No he terminado, déjame hablar.

—Habla.

—Que hayas follado con Tomasa lo entiendo; lo entiendo muy bien.

—Lo entiendes... De veras lo entiendes, Engracia.

—Sí, sí no me mires con esa cara. De verdad que lo entiendo; no soy ingenua, Ernesto. De la vida sé tanto o más que tú. Pero ha sido una imbecilidad, una rotería, una falta de respeto, hacia mí y hacia tu hija que no hayas sido más discreto. Soy tu esposa, soy tu mujer, y eso, Ernesto, tú me lo debías.

Entiendo, concede por un lado y me aprieta las bolas por el otro. Concedo yo también y estaremos en paz...

—Tienes razón, Engracia. Lo siento, de verdad que lo siento. Nunca quise ofenderte.

—Bien, vamos en buen camino; escúchame un poco más.

—Te escucho... ¿qué más quieres decirme ahora?

—Ahora, Ernesto, ahora te pido. No, te pido no. Ahora te exijo que eso lo terminas hoy. Si quieres volver a dormir en mi cama; si quieres sentarte a la mesa con tu hija y conmigo esta noche, eso lo terminas hoy... o de lo contrario, coges tus cosas y te vas.

Eres astuta, Engracia; haces que me disculpe y luego me clavas el aguijón, pero el hecho es que no quiero irme y eso seguramente tú lo sabes...

—Engracia...

—Entiéndeme, Ernesto... no quiero que te vayas. No sabes cuánto te quiero.

—También yo te quiero, Engracia.

—No, no me toques; no todavía. No te hagas ilusiones, Ernesto. No voy a llorar. No me malinterpretes, no he terminado de decirte lo que tienes tú que saber.

Lo dices, pero veo esas lágrimas que se te asoman a los ojos. Me lo merezco por imbécil, necesitas castigarme otro poco. Dale, Engracia. Pareces tan pequeña a veces, pero eres tan fuerte...

—Dime.

—Tú decides..., Tomasa o yo. Pero hay dos cosas que tienes que tener en cuenta. Una. No te olvides que esta casa es mía... y que con tu linda Cazadora llegabas apenas a la mitad del traspaso...

O sea que me iría con una mano por detrás y otra por delante; convincente...

—Esa es una... ¿y la otra?

—La otra..., la otra es mucho más importante. Mírame, Ernesto; mírame. La otra, cabrón, es que te quiero. Más claro..., te deseo y quiero follar contigo. ¿Acaso no te gusta como me veo?

—Engracia... te ves preciosa.

—Espera. No me abraces todavía. ¡Mírame! ¡Míralos bien! ¿Los ves? Anda, siéntelos. Sí, siéntelos, todavía están prietos... aunque quepan demás en tus manos. Yo sé, Ernesto, que mis pechos son más pequeños que las tetas de Tomasa.

—Engracia... Eso, eso a mí no me importa.

—Espera. ¡Tócame aquí, Ernesto! Mis caderas, mis piernas... ¡Tócame! ¿Las sientes? Éstas son mucho más fuertes que las de ella... Espera. También mi culo... y yo sé, Ernesto, yo sé lo que te gusta.

—No hables más y déjame abrazarte, Engracia.

—Estamos, entonces. ¿Sí? Contéstame.



Tomasa.

Última modificación: 16 de marzo de 2024.



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