interviene en las historias,
nunca se mantiene al margen
las inventa las destruye
teje un laberinto como araña...
Cristina Peri Rossi
Hijos del Azar II
Estrategias del deseo
Lo de Ignacio...
Temuco, septiembre de 1974.
Alberto Carreño piensa, recuerda.
EF
De lo de Ignacio...
Lo de Ignacio, lo de Ignacio...
No podía pensarlo ni decirlo de otro modo.
De lo de Ignacio Alberto Carreño no podía dejar de pensar y se acordaba a cada momento todos los días.
A menudo pensaba también en eso que hacía la mar de tiempo le había escuchado decir a Jesús Cárcamo:
«Los dioses son unos crueles hijos de puta que se ríen de ti cuando te conceden tus deseos.»
Aunque vagamente católico, nunca había sido religioso y, cuando se lo preguntaban, no recordaba haber tenido ninguna razón particular en mente cuando se hizo sepulturero.
Simplemente ocurrió y era un oficio que hacía bien.
Le gustaba charlar con Ernesto Codulá y hacía años, hacía por lo menos unos veinticinco años, desde que Ernesto llegó a Temuco en septiembre del 39, que se habían hecho buenos amigos. Las cenas en El Paisano, algún que otro regalo proveniente del botín de caza, los paseos al casino del cerro los domingos, el gusto por un buen baño turco los sábados en la tarde, cimentaban su amistad y, cuando había muertos de socios de la Beneficencia discretamente Ernesto le hacía saber si sería bueno hacer una rebaja en el caso presente o, si por el contrario, era en justicia una buena oportunidad para hacer que la familia del fallecido subvencionara a otras menos pudientes. Justicia en la muerte, dado que desde los tiempos de Tomasito, la idea había sido siempre de socorro mutuo aunque, para disgusto de Ernesto, de eso de mutuo desde que ya no eran refugiados recién llegados o recién llegados inmigrantes, cada vez había menos de mutuo y cada vez más cada uno tendía a tirar por su cuenta.
A diferencia de la mayoría de los otros amigos de Ernesto Codulá, Alberto Carreño no era español. Su padre, un tal Eugenio Carreño Ruiz nacido en Molina y que llegó a la Araucanía como sargento del llamado Ejército Pacificador, había sido un criollo chileno vástago de una familia con ya quince o veinte generaciones en el país. Su madre, a quién Carreño le debía su particular catolicismo y sus ojos azules, fue una irlandesa pelirroja y con la cara llena de pecas de apellido Nolan llegada por casualidad a Temuco y nunca quedó muy claro (rumores abundaban) de qué había venido huyendo. Lo cierto es que enamorada de la lluvia temucana (y de Eugenio) Teagan Nolan nunca quiso volverse a su natal Belmullet en la costa irlandesa. Bien por ella; y bien por los tres hijos varones que crió con Eugenio en su casa en Avenida Prieto más allá de Avenida Balmaceda cuando todavía con vergüenza la llamaban la Calle Ancha; más hacia el cerro, más hacia la parte de la Avenida Prieto que siguió por décadas sin pavimentar.
El menor de los hijos fue Alberto quien, desde su ventana, siempre pudo ver el cementerio.
Alberto Carreño no era español, pero eso no importaba.
Dejando de lado el asunto de las nacionalidades, Carreño disfrutaba ser parte honoraria (pero con plenos derechos según los no escritos estatutos) de esa cofradía laica formada por el núcleo de Ernesto, Jesús, Matías y Álvaro, más cofrades ocasionales, como Gonzalo Arias o Enrique Serra y acudía con regularidad a las cenas quincenales de los jueves en El Paisano donde ya se había aficionado, más que acostumbrado, a los canelones de sesos, al xató, a las escalivadas y al sin fin de las otras comidas que allí les servía Estel Monet. Una cena que era una imitación, un remedo, de las peñas asturianas o vascas con mucha comida y canciones. Remedo a medias en verdad, porque doña Estel, y no sólo cuando se asomaba por allí también Antoní Bosch, bien sabía cuándo y cómo servirles un tercer o un cuarto abundante plato antes de los postres de flan o de cuajada.
Comer, en El Paisano comían de sobra.
El oficio de sepulturero viene con su peculiar bagaje mórbido e inevitablemente Carreño se había tenido que resignar, no le quedaba otra, a las trilladas bromas como las que le hacía César Ramos cada vez que el andaluz se asomaba por ahí bien pasadas las once de la noche de vuelta de El Molino, el cabaré en Avenida Basilio Urrutia, a manzana y media de El Paisano, donde noche por medio cantaba coplas y pasodobles.
¡Carreño! ¿A cuántos desafortunados mortales Yoricks has enterrado hoy?
Déjate de entierros y mejor cántanos una de la Piquer lo interrumpían a coro Jesús y Matías.
Eso es lo que había y eso era con lo que tenía que lidiar.
🎧 Miguel de Molina.
🎵 YouTube: La bien pagá.
Aunque Carreño lo agradecía, los auxilios de Matías o los de Jesús no le eran necesarios. Hacía mucho tiempo que había perdido la cuenta de cuántos muertos había sepultado en sus ya más de treinta años de oficio y la verdad es que ya no le hacían mella las bromas y pullas de César Ramos. Hacía tiempo también que había aprendido a no conmoverse, a no conmoverse tanto como al principio, con las lágrimas de los dolientes..., pero todavía, y no sólo por lo reciente de la pobre niña Amparo, a su manera rogaba no tener nunca que enterrar a un hijo.
No siempre era sólo una cosa de hombres de los jueves en El Paisano. Tanto o más apreciadas eran las fiestas, excusas no faltaban, en casa de Jesús Cárcamo y de su mujer Elsa Barrientos. Allí, además de la comida, también había baile, abundante bebida y siempre mucha conversación.
Conversar, conversar, conversaban los demás.
Algo taciturno, las más de las veces Carreño prefería escuchar; escuchar y observar.
Como esa noche del 29 de agosto del 64 celebraban el cumpleaños de Elsa en la que César Ramos recriminó a sus compatriotas que ninguno de ellos, con la excepción de Mercedes, hubiese obtenido la doble nacionalidad como él y así poder votar por Allende en las elecciones del próximo viernes.
¿De qué te va a servir a ti, César, votar por Allende, si a estas alturas los demócratacristianos tienen ya todo el pastel comido?
Cada voto cuenta y año a año van sumando, Matías.
Rosa, la roja. Quizás tengas razón, pero yo creo que esto no es más que un saludo a la bandera y no tiene vuelta.
Además que yo no me imagino a mi buena amiga Engracia votando por Allende.
Engracia y Ernesto se anularían el uno al otro, cierto; pero quedamos los demás.
Te olvidas de los curas y de toda esa propaganda en la radio y en los diarios.
A mí lo que me alegra es que ya falta poco; estoy hasta la tusa de tanta habladuría en la radio. Aquí ustedes han venido a comer y a celebrar. ¿Más vino?
Elsa tiene razón; Frei o Allende, nosotros seguimos igual de amigos. Paremos la política que ya vienen los postres.
Y de beber que no se nos olvide el licor de nuez... Tenéis que probarlo; me quedó de maravilla.
Mientras los demás (casi todos los demás) seguían hablando de Allende y de Frei nada del pobre Durán que a él, por ser Durán de la zona, no le caía tan mal Carreño se fijó en Engracia quien, como él se mantenía al margen del improvisado debate. Mientras desentendiéndose de los sesusos argumentos contradictorios débilmente oía el murmullo de las voces del gentío, ruborizado, de pronto se dio cuenta que llevaba minutos mirándola a ella, a la piel aceitunada de sus pómulos salientes, a sus ojos verdes; la miraba a ella, sentada de perfil al otro lado del cuarto jugueteando con su collar y con su pelo ensortijado y, mucho más bochornoso, se dio también cuenta que Engracia se había dado cuenta que él la miraba. Engracia se había dado cuenta y se había sonrojado a su vez, quizás pensó Carreño, porque ella también lo miraba a él por el rabillo del ojo, y tras darse cuenta de ello, Engracia había hecho un gesto que, así de lejos, le pareció que bien podía ser una leve, disimulada, contenida, sonrisa.
Carreño cogió su vaso del licor de nuez de Jesús y, tras vacilar dos o tres segundos, lo levantó haciendo un brindis cómplice con Engracia quien lo imitó desde el otro rincón del cuarto, ahora ya sonriendo de veras, conscientes los dos que no participaban del debate, burlándose un poco ellos de sus cónyuges y amigos que se tomaban sus opiniones sobre la política y las elecciones muy en serio. No fue más que ese gesto; aparte de ese ligero brindis con licor de nuez, nunca pasó nada más serio entre Alberto Carreño y Engracia; pero es seguro que de vez en cuando, de lejos o de cerca, en una o en otra fiesta, en una o en otra tarde (o mañana), el uno pensaba en la otra y viceversa.
Quizás como Engracia, Carreño pensaba que Jesús, que Elsa, sobre todo César, también Matías y Ernesto; el mismo Álvaro y también Mercedes, hablaban demasiado. En eso eran un poco como su mujer, Rosa, quien como poeta y más como profesora de castellano que era, se le encendía la mecha y podía quedarse disertando ¿por horas? sobre esto y sobre lo otro. Carreño la miraba también a ella embelesado, la admiraba, la quería, la adoraba; sin que le importara, sin que le importara demasiado, que a todas luces, tan a menudo, se hiciera tan evidente que él era mucho menos letrado que ella. Que ella en dos o tres líneas de uno de sus poemas expresaba hermosa y fuertemente lo que él podría haberse pasado semanas rumiando sin encontrar la palabra que buscaba o decir espontáneamente ella una frase ¿profunda? que a él no se le hubiera ocurrido pensar nunca.
Le pasó algo parecido cuatro, cinco años después, por ahí por el 68 o el 69, cuando comenzó a leer los artículos que Ignacio publicaba en Punto Final.
Le gustaban, claro que le gustaban.
Sentía un orgullo que no le cabía en el pecho por ese hijo graduado de la Universidad. Un hijo de él que iba en camino de llegar lejos; un hijo suyo, de Alberto Carreño Nolan. Él, que no había terminado ni siquiera la primaria, tenía un hijo que publicaba artículos en una revista que leían profesores de universidad, que leían los intelectuales, que leían los artistas, los escritores; que leían diputados y senadores; artículos que su mujer, Rosa, leía con fruición subrayando párrafos enteros.
Le gustaban, claro que le gustaban, pero...
¿Cómo decirlo?
Le hubiera gustado, hubiera preferido que los artículos fuesen más al grano...
Hubiera preferido que Ignacio no se diera tantas vueltas...
Hubiera preferido..., vaya, le daba un poco de vergüenza decirlo, pensarlo...
Hubiera preferido... que fueran más sencillos..., más a su alcance.
Muchas de sus palabras le pasaban de largo.
Pero orgulloso..., orgulloso estaba.
Eso aun después.
Después del setenta, cuando Allende ya era Presidente y Carreño no sabía cómo estar de acuerdo con esa prisa... con ese martilleo, compartido con Rosa, de decir que lo que se hacía, que lo que Allende lograba no era suficiente...
Que había que prepararse para una fase armada.
En una fase armada, como dice tu hijo, nos joden a todos. Yo sé de qué te hablo.
A Carreño le daba vueltas la frase de su amigo Ernesto Codulá, y en las noches, a medio dormir, comenzó a soñar con miles y miles de muertos. Más, muchos más, de los que nunca en su vida él había enterrado.
Temuco se llenaba de sombras como años más tarde escribía su mujer:
Tu sombra temucana,
Ignacio,
crece y se achica
según las horas de los días,
según los meses fríos o cálidos del año.
No importa qué te hayan hecho
los malditos,
tu sombra viva temucana,
Ignacio,
siempre presente, nunca desaparece.
De lo de Ignacio...
De lo de Ignacio...
De lo de Ignacio Alberto Carreño no podía dejar de pensar, pero no podía escribir.
Era su oficio y seguía enterrando muertos.
Años más tarde, viejo, sin ánimo de jubilarse, enterró incluso a Jesús Cárcamo y hasta a Ernesto Codulá.
Ahora, ese septiembre, se acordaba siempre de eso que hacía la mar de tiempo le había escuchado decir a Jesús Cárcamo.
Dioses, hijos de puta, pensaba.
Él, que daría cualquier cosa.
Todo lo que nunca tuvo en el mundo.
Él daría cualquier cosa.
Cualquier cosa por poder enterrar a su hijo.
Elvira Codulá
Umeå, noviembre de 2008
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Umeå 1975: Desde Umeå, Elvira le escribe una Carta a Begoña.
Última modificación: 9 de noviembre de 2025.