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Sobre Hijo de ladrón de Manuel Rojas

¿Cómo y por qué llegué hasta allí? Por los mismos motivos que he llegado a tantas partes. Es una historia larga y, lo que es peor, confusa. La culpa es mía: nunca he podido pensar como pudiera hacerlo un metro, línea tras línea, centímetro tras centímetro, hasta llegar a ciento o a mil; y mi memoria no es mucho mejor: salta de un hecho al otro y toma a veces los que aparecen primero, volviendo sobre sus pasos sólo cuando los otros, más perezosos o más densos, empiezan a surgir a su vez desde el fondo de la vida pasada.
Hijo de ladrón, apertura.

Hasta hace muy poco... —digamos hasta hasta poco después de la entrada de Coronación (1957) de José Donoso y de La casa de los espíritus (1982) de Isabel Allende al curriculum de la escuela secundaria— Martín Rivas (1862) de Alberto Blest Gana e Hijo de ladrón (1951) de Manuel Rojas eran aún dos de las novelas más conocidas en Chile. No tengo prueba de eso, pero lo intuyo. Ambas estaban firmemente establecidas en el curriculum de la escuela; ambas eran parte del canon literario. De ser así, esta situación cobraría mayor interés, si pensamos que la novela de Manuel Rojas se ubica, estética e ideológicamente, en una diametral oposición crítica con respecto de la de Alberto Blest Gana. Anticipémonos a decir, que responden a un proyecto literario y social —político— diametralmente opuesto.

La eventual salida de Martín Rivas del curriculum revierte —claro— esta situación... aunque quede la memoria de las múltiples teleseries basadas en la tal novela de Blest Gana.

Vamos por partes.

En el espacio de noventa años que las separa, Martín Rivas e Hijo de ladrón ocupan dos vértices destacados en el paralelógramo de relaciones diseñado por la intersección de las historias de sus protagonistas: Rivas y Aniceto. Este dinámico sistema de fuerzas incluye las historias en Casa Grande (1908) de Luis Orrego Luco, en Juana Lucero (1903) de Augusto D'Halmar, en El Roto (1920) de Joaquín Edwards Bello, en La sangre y la esperanza (1943) de Nicomedes Guzmán y en bastantes más.

Espacio excluido. Blest Gana —mejor, el narrador de Martín Rivas— explícitamente excluye el espacio más allá del medio pelo, al cual incluye, pero sólo para burlarse de él. Lo otro, es indescriptible:
“Dar una idea de aquella criada, tipo de la sirviente de casa pobre, con su traje sucio y raído y su fuerte olor a cocina, sería martirizar la atención del lector. Hay figuras que la pluma se resiste a pintar...”

Todas estas historias se alejan progresivamente del modelo postulado por Blest Gana: fracaso del héroe y del mundo burgués en Orrego Luco; aparición —con el Naturalismo de Juana Lucero— del espacio explícitamente excluido en Martín Rivas y, un aprendizaje militante y definitiva fractura de la unicidad del mundo en la novela proletaria de Guzmán. La singularidad de Hijo de ladrón (1951) radica en acelerar este desplazamiento estético e ideológico convirtiéndola —junto a Martín Rivas y El obsceno pájaro de la noche (1970) de José Donoso— en una de las novelas fundamentales de la literatura chilena... [Ahora hay más claro; pero escribí por primera vez esto a mediados de los noventa... del siglo pasado.]

Mientras Martín Rivas es la confiada afirmación de su título y de la conquista del espacio legitimado por la ley de una sociedad que se regocija en su pretendida unicidad, Hijo de ladrón busca afanosamente socavar tanto su título como la ley social que lo genera. Articulada como una polémica novela formativa, la novela de Rojas se desarrolla en función de una búsqueda que encuentra un éxito inestable y precario a través de un derrotero que es la imagen especular del alcanzado por Rivas.

La tertulia es aquí un cronotopo (Bakhtin); significa el espacio al que Rivas aspira a integrarse... y el espacio que —pasadas con éxito las pruebas— legitima —reconoce— su pertenencia al mismo.
En el primer capítulo de Continuidad y cambio (1992), desarrollé minuciosamente el proceso por el que Rivas se convierte en el héroe de la novela, es decir, en el mejor representante de la burguesía del país y guardiáan de ese espacio privilegiado de la tertulia santiaguina, separada del medio pelo y más aún de la periferia allende tales bordes.

Mientras el héroe de Blest Gana alcanza la heroicidad mediante un reconocimiento que, emanado de la autoridad y de la ley, lo integra al mundo como al feliz receptor del trofeo de los conquistadores situándolo en el centro de la tertulia, el de Rojas debe afirmar una marginalidad que, al dejarlo, voluntariamente y no ya por su filiación, fuera del circuito de la propiedad, lo libera de la arbitraria sanción impuesta por la autoridad y por la ley.

Reconocimiento y búsqueda son así los dos procesos antagónicos —pero correlatos necesarios— de las dos formas por la que Rivas y Aniceto se inscriben en el mundo de la novela: o bien de acuerdo con los valores naturalizados que conforman el imaginario de la tertulia o —por el contrario— en su crítica, desmitificación y rechazo.

Segura de la propiedad lingüística y social de su discurso, la novela de Blest Gana afirma lo dado y lo establece postulándose como un producto terminado que —desde la belleza perfecta de Leonor— ya esta listo para su consumo. Hijo de ladrón, en cambio, se postula como un proceso abierto que trabaja progresivamente para afirma la precaria legitimidad de su transgresivo discurso popular.

El paso de un sistema novelesco al otro se resuelve narratológicamente mediante la permutación desde el protagonista de una novela de pruebas (Rivas) que solitariamente debe superarlas con el fin de ocupar un único lugar de privilegio en el mundo, al protagonista de una anómala novela de formación (Aniceto) que lentamente alcanza una transgresiva heroicidad mediante la apertura solidaria hacia el otro, superando, mediante el mismo proceso, su incapacidad y confusión.

La ruptura del silencio en forma de pregunta y de duda es uno de los múltiples mecanismos por los que la novela de Manuel Rojas impulsa la transformación de las formas narrativas de la llamada novela moderna. Fiel a su vocación realista, el ordenado discurso blestganiano aspiraba a pasar desapercibido y postular así —transitivamente— la natural ejemplaridad de Rivas ya anunciada en la dedicatoria. En cambio, la novela de Manuel Rojas se propone como una escritura que, —mediante sus avances y sus retrocesos, sus vacilaciones y sus forcejeos— ostenta e impone su materialidad proyectándose como un trabajo cuyo producto inconcluso es el texto mismo.

Los distintos procedimientos retóricos que sintomatizan las pretendidas limitaciones del narrador básico como lo llama Cedomil Goic en La novela chilena (1976) tanto subrayan la materialidad de su discurso como hacen que la recuperación del pasado quede transida con la incertidumbre de una conversación que constantemente elude sancionar un saber que de antemano la verifique como verdadera y correcta.

En la novela de Blest Gana se trata de la afirmación de un saber que —en concordancia con el proyecto romántico–ilustrado de su autor— intenta inequívocamente afirmar el “encomio de las virtudes y la fustigación de los vicios” como lo repitiera Blest Gana en su “Discurso de incorporación a la Facultad de Humanidades de la Universidad de Chile” ya definitivamente determinados. En la de Manuel Rojas, en cambio, se trata de una búsqueda inconclusa que —a tientas— intenta desplazar el espacio del bien al situar en el centro del relato aquello que en la novela de Blest Gana queda suprimido y relegado a los márgenes anónimos del medio pelo.

No en vano Luis Alberto Sánchez en Proceso y contenido de la novela hispanoamericana (1968) describió a Hijo de ladrón como un conjunto de historias “de ladrones, de vagos y de vagabundos”, es decir, dicho de otra manera, del sector más exterior del impreciso, ambiguo y, por lo tanto, indescriptible mundo de la criada de las Molina y del anónimo —sin nombre— obrero con el que se casa la desafortunada Adelaida (MR, 124–125 y 445). Para Blest Gana, los obreros no tienen —no merecen tener— un nombre en el universo de la literatura.

Como narración de una narración y relato de ua serie de relatos, Hijo de ladrón se configura como el mosaico traslapado de diversas instancias espacio–temporales donde los personajes no sólo respiran, comen y duermen, sino que fundamentalmente conversan. Lo característico de estas conversaciones reside en sus efectos: a través del diálogo, el joven Aniceto conoce cada vez el mundo de nuevo al mismo tiempo en que se transforma con él. Su aprendizaje —que prefigura el del lector— se resuelve como el proceso que construye el repertorio (Iser 1980, 53–86) que le permite progresivamente entender las historias que le son narradas, accediendo, progresivamente también a un conocimiento nuevo que modifica su percepción de sí mismo y del mundo.

Al mismo tiempo, la novela de Rojas propone un progresivo ordenamiento discursivo. Significativamente, el progresivo conocimiento del mundo alcanzado por Aniceto —que corre a parejas con su mayor capacidad comunicativa— es correlativo también al paso desde la fragmentación del discurso a su progresiva linealidad: los tres procesos simultáneos son parte de un mismo proyecto que coincide con la alianza solidaria que le abre al héroe un camino hacia el futuro.

Hijo de ladrón duplica y amplia una serie de relatos anteriores. Duplicación de relatos en tanto reproduce instancias pasadas donde un personaje —transformado en narrador— se ha dirigido a otro para relatarle una historia: es el relato dentro del relato. Pero es también una relacion ampliada porque, además de comentar y de situar la instancia de producción de las historias anteriores, expande la información compartida por los personajes en el pasado. Aniceto Hevia —personaje— escamotea total o parcialmente segmentos de imformación que luego, en la narración y convertido en narrador, lentamente restaura. Vacíos, escamoteos y posteriores restauraciones que, en sí mismas, son significativas: vehiculan la serie de transformaciones que permiten la culminación de sus proyecto: Aniceto primero narra al Filósofo aquello que no fue capaz de narrar al “vagabundo de las tortuguitas” (HL, 423) para luego ser vcapaz de narrar al narratario aquello que nunca narró (en última instancia..., a nosotros) al Filósofo (HL, 597).

Como historia del joven Aniceto Hevia, Hijo de ladrón es la historia que culmina en la conquista de un habla reprimida que permite el posterior desdoblamiento en un narrador posibilitándose su propia escritura. Esta conquista del habla es también la conquista de un espacio literario. Como conquista del hijo de ladrón que encuentra su destino autético desde y en la marginalidad inscrita en el texto —pero desde el interior de la literatura— es el éxito del héroe en radical oposición a Martín Rivas. Así como la novela de Blest Gana es la historia de la construcción del héroe de la tertulia, en Hijo de ladrón encontramos su opuesto invertido: el que afirma una periferia más allá del medio pelo.

Este proceso, descrito en gran detalle por Berta López en Hijo de ladrón, novela de aprendizaje antiburguesa (1987) y abordado también por Mercedes Robles en “Thomas Mann' The Magic Mountain and Manuel Rojas' Born Guilty” (1983) comienza y culmina con la comunicación. A partir de su alianza con el Filósofo, Aniceto deja de ser el silencioso receptor de las historias de otros para transformarse él mismo en un narrador: transformación desde la pasividad a la acción que coincide con la culminación de un proceso de aprendizaje solidario. Las historias intercambiadas entre el Filósofo y Aniceto se distinguen de las anteriores por su carácter presente, inconcluso y abierto, donde los narradores y actores convergen porque sus historias han convergido.

Son las historias que no sólo hacen más cortas las horas de cárcel o más livianas las de la caminata, sino que junto a la comida y al vaso de vino, junto a la tacita de té ofrecida por doña Esperanza y junto al plato de atún ofrecido por “El Lobo”, crean un vínculo de solidaridad definitivo. Si en un primer momento Aniceto fracasa en su intento por comunicarse con el vagabundo de las tortuguitas y queda luego abandonado y solitario junto al puerto de Valparaíso (HL, 456), su historia junto Cristián y al Filósofo se en una única historia hacia el futuro.

El aprendizaje
Si bien la apertura de Hijo de ladrón introduce la incertidumbre, su conclusión afirma la promesa de un viaje fecundo aun cuando indeterminadamente apenas se anuncie su comienzo. Este carácter abierto de la conclusión de la novela de Rojas es uno de los rasgos que permite definirla como una variación —aun cuando anómala— del Bildungsroman: el tipo de novela en la que un héroe adolescente sólo está preparado para actuar auténticamente cuando, luego de haber sido formado a través de su experiencia en el mundo, la historia llega a su término como la definió François Jost en “La tradition du Bildungsroman (1969). A partir del trabajo de Jost y de la definición del contenido narrativo del Bildungsroman: propuesta por Georg Lukács en su Teoría de la novela, “[t]he way towards a man' recognition of himself,” Susan Suleiman en Authoritarian Fictions (1983) define el aprendizaje del héroe de una novela formativa como la doble transformación que va desde la ignorancia y la pasividad al conocimiento y la acción. Una acción auténtica y positiva que —de ordinario— tiene un carácter proyectivo ya que no ocurriráa sino en el futuro de la historia: después de que la novela se haya cerrado.

El héroe —centro organizador del relato— no es una figura más entre otras. Si bien su sintaxis narratológica depende de sus relaciones internas de autonomía, funcionalidad, cualificación y distribución diferenciales como lo señala Philippe Hamon en “Statut sémiologique du personnage” (1977), siempre funciona, además, como una “referencia y relación con el mundo exterior incrustado en el universo imaginario del texto lo había descrito un par de años antes Noe Jitrik en su El no existente caballero (1975).

Esta singular posición entre narratología e historia —poética y diacronía— es lo que le hace funcionar como una categoría mediacional que articula dos instancias de lectura: la primera atenta a los diversos procedimientos textuales que lo constituyen como un signo diferenciado y, la segunda, atenta a los significados que tal signo desea comunicar. La novela de aprendizaje —con mayor claridad aún que la novela de pruebas— evidencia este doble trabajo del texto sobre el héroe toda vez que el proceso de aprendizaje constituye, precisamente, la historia de las transformaciones tanto textuales como ideológicas que lo construyen como tal.

La transformación de Aniceto desde el aislamiento, el abandono y la mudez hasta la solidaridad, el compañerismo y la recuperación de un habla reprimida, que le permiten iniciar su marcha descansa en la solución central de la novela consistente en la oposición entre una inmemorial libertad del viaje, por una parte, y su represión mediante la legalidad anclada en la ciudadanía, por la otra, Sin embargo, aunque finalmente el conflicto se resuelve en favor del viaje, la novela de Rojas se ocupa más en subrayar la tensión al interior de este sistema de oposiciones que en rescatar uno de sus polos como un único valor absoluto.

La postura del Filósofo, por ejemplo, —tironeado entre su desapego por el fuego que demanda una vida sedentaria y su asco por los pescados crudos (HL, 551), entre una deseada autárquica marginalidad y una necesaria vinculación con un mercado que aunque periférico no queda menos inscrito en la legalidad— no otro de los procedimientos que contribuyen a la ambigüedad axiológica, inestabilidad, plurivalencia y dinamismo que tan magníficamente caracteriza a Hijo de ladrón.

El conflicto en la novela surge dado que aquella legalidad ciudadana —asentada en la doxa, la rutina y la impersonalidad de los códigos establecidos— de antemano sanciona negarivamente al héroe (a Aniceto). Por ello, su aprendizaje no puede culminar en la recepción pasiva de la imagen que el mundo se ha formado previamente de él puesto que dicha imagen es, precisamente el falso conocimiento que le impide el viaje sl carecer de un certificado de nacimiento. Por el contrario, Aniceto debe aprender a rechazar este saber paralizante distanciándose práctica, ética e ideoógicamente de esta legalidad documentaria.

Originado en el Emilio de Rousseau o en el Wilhelm Meister de Goethe, el Bildungsroman canónico descansa sobre un decidido optimismo acerca de la sociedad en la que se escribe y sobre la cual se escribe. Surge en contacto con el nuevo ideal de educación ilustrado y de este modo la novela sitúa al héroe en relación —en contacto— con las tres fuentes del saber roussonianas —la naturaleza, las cosas y la sociedad— las que, al actuar como un “mentor amigo,” le permiten un auténtico conocimiento de sí mismo y —como corolario— su feliz integración a la sociedad que ha contribuido a su formación como lo describió François Jost en “La tradition du Bildungsroman”.

Georg Lukács, en su Teoría de la novela había ya remarcado que este optimismo exige que el tipo de personalidad del héroe y la trama de este tipo de novela queden obligadamente determinados por la necesidad de una reconciliación entre la interioridad del héroe y la realidad con la que se enfrenta. Se trata entonces —en su versión canónica— de un tipo de novela confiada en una natural capacidad formativa de la sociedad, la cual —abierta y dinámica— constituiría el espacio donde el individuo se forma al mismo tiempo en que recíprocamente contribuye a modificarlo como se apresuró a añadir Mikhail Bakhtin en “The Bidungsroman and Its Significance in The History of Realism” (1986). Aquí reside el carácter anómalo de Hijo de ladrón: en relación al model canónico postulado por Goethe en su Wilhelm Meister: el espacio de la formación de Aniceto es un espacio otro, externo, marginal. No es en su integración a la sociedad como como Aniceto alcanza su heroicidad, sino al afirma su periferia, desplazando su centro, al negar su naturalidad.

Hijo de ladrón sería una insoportable novela sentimental, si Aniceto consiguiera finalmente un documento que certifique su integración en la sociedad. Por el contrario, en Hijo de ladrón la carencia inicial de un certificado —obstáculo insalvable al interior de la legalidad— no se resuelve como el premio por el éxito en una tarea difícil, sino que, dándosele la espalda, se lo ignora mediante la transgresión social propuesta por el anárquico Filósofo que propugna una periferia en la que es innecesario y superfluo. Sin embargo, el héroe en Hijo de ladrón sólo puede acceder victoriosamente a esta periferia después de un largo proceso: después de un aprendizaje que —en gran parte— consiste en desaprender lo anteriormente aprendido.

...tarea difícil, partida, expulsión, regreso.... Claro que sí. Estoy pensando en ese tipo de acciones, secuencias, identificadas primero por Vladimir Propp en el cuento maravilloso, pero que se encuentran también en numerosas otras formas narrativas en forma más o menos idéntica o —significativamente— de un modo u otro, como en Hijo de ladrón, claramente modificadas.

El viaje de Aniceto no es la historia del héroe en búsqueda de las aventuras que lo aliviarán del tedio o que saciarán su curiosidad: su viaje es un viaje sin posible regreso porque nada ha dejado tras de sí. Originada en la violencia, la partida —secuencia privativa del héroe— toma forma de la expulsión y del despojo, secuencia que son también las de la víctima. Como víctima, Aniceto no sólo sufre la agresión del despojo, la pérdida de su madre, la violencia de Isaías, y un arbitrario encarcelamiento, sino que también —y más importante— la experiencia de la cárcel en Buenos Aires conlleva la adquisición de un falso conocimiento: aquel que, proyectándose a través de la historia y alcanzando el nivel de la narración, hace de la violencia sufrida el mero pago de una cuota.

Este es el centro neurológico de toda la historia que, paradojalmente, es también su punto ciego. Aunque este concepto de cuota según el cual Aniceto y sus hermanos pagaban naturalmente “con lo único que, como hijos de ladrón [tenían:] libertad y lágrimas” (HL, 498), es activamente combatido por el texto, su erosión no se completa en Hijo de ladrón y el mismo narrador, afectado por los residuos de un sentimentalismo y de una auto compasión, no alcanza a liberarse totalmente de él. Durante su primera detención en Buenos Aires, Aniceto adquiere el falso conocimiento que hace de la violencia sufrida el mero pago de una cuota, aceptando acríticamente — sin reservas— el lugar que la sociedad le asigna: completada su filiación queda junto a su padre en el fichero de la policía mientras “aprende” que Aurelio, el oficial que arbitrariamente lo detuviera, cumplía apenas “un deber que no podía eludir sin dejar de ser lo que obligaroriamente era” (HL, 393).

Con el fin de reforzar su evidente propósito didáctico Hijo de ladrón desarrolla la versión fuerte de la transformación del héroe —la que transcurre desde la afirmación del error a la afirmación de la verdad (Suleiman)— que se traduce en un primer momento de la historia en la afirmación de la doxa y del orden: de un lado, los policías; del otro, los hijos de ladrones (HL, 393) para luego rechazar tal oposición. Sin embargo, aunque la historia de Victoriano, narrada inmediatamente después (HL, 398 -–407) socava la oposición construida por el héroe (por Aniceto) en una proporción transparente —Aurelio es a Victoriano así como Aniceto lo será su padre— su comprensión depende de una previa experiencia de lectores y su prueba, situada en el futuro de la historia, queda alejada del conocimiento actual del héroe. Al aceptar pasivamente su filiación, el joven Aniceto —desconocido su ser— aún se dejará definir no en tanto sujeto, sino por lo que es predicado de él: por el título de la novela. Sin la experiencia del narrador, el joven e inexperto Aniceto afirma lo que el texto —desde su verdad y en contra de su título— niega: el determinismo de la filiación y la imposibilidad de la libertad.

Aunque ya desde su onomástica se anuncia el éxito de su nuevo proyecto —“Quería elegir mi destino, no aceptar el que me dieran (HL, 457)— el deseo no es suficiente y Aniceto sufre una extrema posición degradada —enfermo, paralizado y hambriento— antes de su alianza solidaria con el Filósofo. Una vez más, la materialidad misma del texto reverbera y explaya esta carencia al tomarle a Aniceto las tres primeras partes de la novela en bajar desde las puertas de la cárcel de Valparaíso hasta la caleta “El Membrillo”. Sin embargo, —una vez allí— esta penosa y lenta salida se continúa prontamente con el encuentro que lo libera de la auto compasión que lo paralizaba y, de este modo, el guiño de inteligencia —invitación— que el Filósofo dirige a Aniceto invitándolo a unirse a la recolección del mineral depositado en la arena de la playa constituye la principal secuencia de toda la historia (HL, 547). La primera conversación entre Aniceto y el Filósofo es un diálogo mínimo: el relato no demanda pruebas calificantes para proveer la ayuda solidaria: al Filósofo le basta que Aniceto esté ahí, en la playa, para invitarlo a unirse a él. Sólo después de compartir el almuerzo, de haber formalizado la alianza y de haberle narrado su historia, este donante demandará que Aniceto narra a su vez la suya.

Aunque estaba satisfecho —era mi primera comida en libertad— no estaba tranquilo; sentía que no podía permanecer mucho más tiempo con aquellos hombres sin darles una explicación: se sabía qué hacían ellos, se sabía quiénes eran, no se sabía que hacía yo ni quién era, y un hombre de quien no se sabe qué hace, de dónde sale ni quién es, es un hombre de quien no se sabe nada y que debe decir algo. No me asustaba decirlo: lo que me preocupaba era la elección del momento. El Filósofo parecía pensar en lo mismo, pues dijo, instantes después de haber engullido el útimo bocado y bebido el último sorbo de vino:

—Bueno: el almuerzo no ha estado malo y podía haber sido peor o mejor, es cierto: no hay que ser exigente. Cuéntenos algo ahora. No me cabe duda de que usted, joven, que aparece en una caleta como la de El Membrillo y que acepta lo primero que se le ofrece o encuentra, como si no hubiera o no pudiera encontrar nada más en el mundo, flaco, además y con cara de enfermo y de hambriento, debe tener, tiene que tener algo que contar. Me miró y como viera que no sabía cómo empezar quiso ayudarme.

—No se asuste de mis palabras —dijo— y nosotros no nos asustaremos de las suyas; pero, si no quiere contar nada, no lo cuente.

Lo miré aceptándolo todo...
Y conté, primero atropelladamente, con más calma después, toda mi aventura (HL, 554).

Historias y conversaciones
Las llamadas “historias de segundo grado” en Hijo de ladrón han llamado la continua atención de los comentaristas de esta novela de Rojas. Para Cedomil Coic, “el hablar y narrar historias se convierte en un vehículo importante de comunicación o de simpatía ... [las historias] son un gesto en procura con el vínculo con el otro o una manifestación de simpatía y deseo verdadero de ese vínculo (1976). Cierto: es así como se entiende la locuacidad del Filósofo, el silencio autista de Cristián y, por sobre todo, la transformación de Aniceto. Mediante estas historias, Aniceto conoce el mundo, aprende su propia situación y encuentra la solidaridad que le permite convertirse en narrador y hablar desde el centro de un renovado mítico fogón.

Ross Chambers en Story and Situation (1984) estudia la función pragmática que vehiculan los relatos dentro del relato y señala cómo éstos “are not innocent and that story–telling not only derives significance from situation but also have the power to change human situations ... a transformation that itself has a narrative structure”. Estos cambios toman diversas formas: “a reinforcement ... or it can produce a reversal as when ... [en El beso de la mujer araña] Puig's queen becomes an activist while his macho learns to feel and to feel homosexually”. En un similar espíritu Berta López escribe refiriéndose a Hijo de ladrón: “las historias de segundo grado ... tienen no sólo una motivación sino también una finalidad común: persuadir a alguien de una verdad esencial y somo consecuencia de esto, modificar su comportamiento”.

Vale.

La insistencia de Chambers en el carácter narrativo de las transformaciones sufridas por los interlocutores de estos metarrelatos permiten un desplazamiento desde el nivel del discurso al de la historia que exige considerar la acción de narrar como una de las secuencias cardinales del relato. Desde esta perspectiva las historias de segundo grado exigen siempre al menos una doble lectura: una atenta a su función en el presente de la narración en tanto que la otra atenta a las acciones desencadenadas en el allí y entonces de la historia. Al comunicar una experiencia y ejercer una influencia, las historias y las conversaciones tanto conducen el aprendizaje de Aniceto como —dado que primordialmente exigen ser entendidas— también lo miden: son prueba y objeto mágico a la vez.

Aniceto aprende al escuchar las historias de sus compañeros y, al mismo tiempo, sus acciones siguientes demuestran cuánto ha aprendido: señalan el paso desde un falso a un verdadero conocimiento. Narrar y entender funcionan como secuencias axiales y la continuación de la historia depende de la la capacidad de interpretación progresivamente adquirida por Aniceto: depende del desarrollo de su aprendizaje.

Como en toda novela que toma la forma de la autobiografía, el antagonismo entre las interpretaciones del joven Aniceto y las del narrador esta regido por la distancia dinámica entre el yo del discurso y el yo de la historia cuya transformación no puede ser otra que la del aprendizaje. Al superar su pasividad, Aniceto comienza a narrar cuando alcanza el umbral de la vida auténtica señalado al final de la novela, se conoce así mismo, ordena sus recuerdos y los hace objeto de un discurso: el pasado encuentra un orden. Este aprendizaje se articula mediante el paso de la afirmación de la inalterabilidad de una filiación culpable hasta su negación; desde la incomprensión de la historia de Victoriano hasta la comprensión de la historia de Cristián; desde la parálisis a la salida de la cárcel hasta el proyecto de acción luego de su alianza con el Filósofo.

Inversamente, incapaz de acceder a un discurso, Cristián permanece cerrado y desconocido para sí mismo. Monosilábico, es incapaz de hablar porque no ha aprendido a hacerlo: su llanto como el maullido de un gato no alcanza a constituirse jamás como una voz narrativa. En Hijo de ladrón, el héroe (Aniceto) llega a serlo cuando es capaz de narrarse. Oír y entender se resuelven en entender y narrar: al aprehender su situación en el mundo, Aniceto supera su encierro, conquista un habla y se comunica con el otro liberándose de la desesperanza.



Esta es una versión modificada del segundo capítulo de mi libro Continuidad y cambio (1992), basado en mi artículo sobre Hijo de ladrón aparecido en Hispania en el mismo año (las revistas tardan en publicar los artículos que aceptan).

Recientemente me he enterado por casualidad que tal artículo ha sido reproducido —sin habérseme notificado— en una compilación de artículos acerca de Manuel Rojas... Bien por el compilador.

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