Rumiaciones

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Cien años de Veinte poemas...

Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos

te pareces al mundo en tu actitud de entrega.

En las últimas cuatro décadas, ha envejecido mal; impotente, incapaz de salir airoso del encuentro, avasallado por las certeras acometidas impetuosas de las lecturas feministas. Pero hace cien años Veinte poemas de amor y una canción desesperada marcó el comienzo de una época. Para empezar, la fama y dominancia de Neruda, quien se encargó, con la delicadeza de su voz de terciopelo o a sangre y fuego según el caso, de mantenerla incólume y no toleraría jamás a ningún otro poeta, ya sea Vallejo, Huidobro o de Rokha, que le hiciera la más mínima sombra; rivales entre otros que, poco a poco, por enfermedad o por suicidio, se fueron quedando en el camino.

A fines de los sesenta y comienzos de los setenta, cincuenta años después de su primera publicación, muchos y muchas de nosotros y de nosotras aprendíamos algunos de los versos de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, como también versos de otros de sus libros, de memoria y los recitábamos, a veces, si no a menudo, en joda; pero también, a veces, con un fervor rayano en lo religioso.

Como éstos del poema X, entonces mi favorito:

X

Hemos perdido aun este crepúsculo.

Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas

mientras la noche azul caía sobre el mundo.


He visto desde mi ventana

la fiesta del poniente en los cerros lejanos.


A veces como una moneda

se encendía un pedazo de sol entre mis manos.


Yo te recordaba con el alma apretada

de esa tristeza que tú me conoces.


Entonces, dónde estabas?

Entre qué gentes?

Diciendo qué palabras?

Por qué se me vendrá todo el amor de golpe

cuando me siento triste, y te siento lejana?


Cayó el libro que siempre se toma en el crepúsculo

y como un perro herido rodó a mis pies mi capa.


Siempre, siempre te alejas en las tardes

hacia donde el crepúsculo corre borrando estatuas.

Veinte poemas de amor...
Poema X

Portada de la primera edición de Veinte poemas de amor
y una canción desesperada
, (1924)

El libro se publicó en junio de 1924.

Era un libro transgresivo; cantaba no al amor, sino al sexo; no a las pupilas azules ni a las miradas angelicales de Bécquer ni a la palidez de princesas tristes de Darío, sino al pubis, a los senos y a los vientres. Un amor que de ninguna manera se quedaba en el boudoir:


Ah silenciosa!


Cierra tus ojos profundos. Allí aletea la noche.

Ah desnuda tu cuerpo de estatua temerosa.


Tienes ojos profundos donde la noche alea.

Frescos brazos de flor y regazo de rosa.


Se parecen tus senos a los caracoles blancos.

Ha venido a dormirse en tu vientre una mariposa de sombra.


Ah silenciosa!

Veinte poemas de amor...
Poema VIII (fragmento)

Después de varios intentos infructuosos, el temucano avecindado en Santiago encontró acogida favorable en la casa editorial de Carlos Nascimiento quien aceptó publicarlo anticipando, con muy buen ojo que, como ya sabemos, sería un libro que marcaría una época: con la liberación de los vestidos luego del fin de la Gran Guerra Europea, el amor, más bien, la sexualidad, estaba ad portas. La leyenda cuenta que el joven poeta —tenía recién 20 años— vendió allí mismo todos sus derechos de autor a Carlos Nascimiento y con el dinero ganado compartió un suculento y regado almuerzo con uno de sus amigos.

Eran tiempos agitados y de crisis social y política.

Con la invención por un tal Fritz Haber de los fertilizantes artificiales en Alemania durante la Primera Guerra Mundial, mientras el prusiano resultaba ganador del Premio Nobel de Química en 1918, el precio del salitre —entonces el principal producto de exportación chileno— había caído estrepitosamente poniendo fin a la Belle Époque chilena.

Los calicheros desplazados desde las salitreras norteñas junto a sus camaradas de las incipientes industrias del Valle Central protestaban por sus míseros salarios y por sus deficientes condiciones de trabajo con huelgas y demostraciones callejeras que los gobiernos, como ya lo habían hecho antes en 1907, con el apoyo y socorro del ejército, reprimían sin compasión ni recato. En mayo de ese 1924 hubo ruido de sables e intentonas golpistas en Santiago.

El resultado de todo ese tumulto fue la Constitución de 1925 la que, sin considerar si eran propietarios o no, otorgó el derecho a voto a todos los hombres mayores de veinticinco años que supieran leer y escribir —las mujeres tuvieron que esperar 30 años más— y reforzó el poder del Presidente el cual, desde entonces, se eligiría en forma directa. El primer beneficiario fue un general, un tal Carlos Ibañez del Campo, quien gobernó como un dictador, sin el apoyo de partidos políticos a los que detestaba.

Nascimiento tuvo razón.

Veinte poemas de amor y una canción desesperada marcó una época en la literatura mundial y el chileno no estaba solo. Ese mismo año Eugene O'Neil estrenaría Desire Under the Elms, Ramón del Valle Inclán, Luces de Bohemia y Thomas Mann publicaría La montaña mágica.

Dos años antes, James Joyce había publicado Ulysses, y T. S. Eliot, The Waste Land, mecanografiado por Virginia Woolf, quien publicó su propia Mrs Dalloway en 1925; el mismo año en que F. Scott Fitzgerald publicó The Great Gatsby y Ernest Hemingway In Our Time.

Con dinero de su propio bolsillo, César Vallejo había publicado su vanguardista y señero poemario Trilce en 1922, caído desafortunadamente en el vacío y sin ninguna o escasa repercusión sino hasta después de su muerte prematura en 1938. Por su parte, Vicente Huidobro publicaba en esos años sus poemas escritos en francés, luego de su El espejo de agua de 1916 y antes de Altazor de 1931, ambos en castellano.

Kafka moriría ese mismo junio de 1924 y, felizmente contrariando sus deseos, su amigo Max Brod se encargaría de la publicación póstuma de El proceso. Un año antes —en 1923— e.e. cummings publicó Tulips and Chimneys y nacieron Nadine Gordimer y Denise Levertov.

Luego, en febrero de 1925, apareció la primera edición del New Yorker y en Alemania el historiador, fotógrafo y crítico de arte Franz Roh acuñó el término realismo mágico para referirse a una nueva manera de representación del mundo en las artes compitiendo luego con el concepto de real maravilloso avanzado por el cubano Alejo Carpentier.

Como un ominoso signo del cambio en el transcurso de los tiempos, Adolf Hitler publicó Mein Kampf ese mismo año mientras el 27 de diciembre, el poeta ruso Sergei Esenin escribiría con su propia sangre su poema “Adiós, amigo, adiós” así despidiéndose del también poeta Volf Ehrlich antes de suicidarse en Leningrado.

El autor de Veinte poemas de amor... es sin duda el más famoso; posiblemente el más leído; seguramente uno de los más prolíficos poetas en castellano. En vida publicó más de cuarenta libros de poesía; cerca de una veintena más se han publicado póstumamente.

Eso no significa que todos sean magníficos, ni siquiera que todos sean buenos; pero los que lo son se leerán siempre con ese hipnotizante recogimiento, asombro y agrado con el que se leen las pocas obras que de verdad marcan y golpean profunda e indeleblemente los pechos y las mentes.

Fue un poeta que escribía constantemente.

Escribía en cuadernos, en el papel de carta suministrado por los hoteles en los que se hospedaba y sobre las servilletas de los restaurantes en los que cenaba. Muy probablemente, en los bordes de los periódicos y de las revistas.

Fue poeta, diplomático, político y senador de la República.

Comprometido y solidario, puso su carrera en juego al organizar una masiva evacuación de refugiados españoles rescatándolos del fascismo.

Buen cocinero y amante de la buena comida, no por casualidad algunos de sus poemas se leen como recetas.

Sensual y amante de las mujeres, no por casualidad algunos de sus poemas son de versos amorosos, cuando no derechamente eróticos.

Geógrafo, zoólogo y geólogo aficionado, cantó a los helechos de los bosques lluviosos del Sur de Chile y a los desiertos áridos del Norte.

Cantó a las rocas, cantó a los moluscos y cantó a los pájaros.

Cantó a las verduras, a las cebollas, a las alcachofas y a los tomates.

Cantó a las cosas simples, a los calcetines y a las tijeras; a los gatos y a los perros.


Oda a las cosas

Amo las cosas loca

locamente.

Me gustan las tenazas,

las tijeras,

adoro

las tazas,

las argollas,

las soperas,

sin hablar, por supuesto,

del sombrero.

Amo

todas las cosas,

no sólo

las supremas,

sino

las

infinita-

mente

chicas,

el dedal,

las espuelas,

los platos,

los floreros.

Libro de las odas (fragmento)

Bardo prodigioso, cantó a los pueblos y cantó a las muchedumbres.

Por sobre todo, después de repudiar sus dos primeras Residencias, las que a pesar del repudio postrero (repudiadas quizás porque su tono o su sentimiento le pareció después de 1938... Mmm, ¿cómo decirlo? Demasiado (pequeño) burgués), aun están entre sus más valiosas creaciones a la altura de lo mejor de Vallejo.

Dos ejemplos:

Sucede que me canso de ser hombre.

Sucede que entro en las sastrerías y en los cines

marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro

navegando en un agua de origen y ceniza.


El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.

Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,

sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,

ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.


Sucede que me canso de mis pies y mis uñas

y mi pelo y mi sombra.

Sucede que me canso de ser hombre.


Sin embargo sería delicioso

asustar a un notario con un lirio cortado

o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.

Sería bello

ir por las calles con un cuchillo verde

y dando gritos hasta morir de frío.


No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,

vacilante, extendido, tiritando de sueño,

hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra,

absorbiendo y pensando, comiendo cada día.


No quiero para mí tantas desgracias.

No quiero continuar de raíz y de tumba,

de subterráneo solo, de bodega con muertos

ateridos, muriéndome de pena.


Por eso el día lunes arde como el petróleo

cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,

y aúlla en su transcurso como una rueda herida,

y da pasos de sangre caliente hacia la noche.


Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,

a hospitales donde los huesos salen por la ventana,

a ciertas zapaterías con olor a vinagre,

a calles espantosas como grietas.


Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos

colgando de las puertas de las casas que odio,

hay dentaduras olvidadas en una cafetera,

hay espejos

que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,

hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.


Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,

con furia, con olvido,

paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,

y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:

calzoncillos, toallas y camisas que lloran

lentas lágrimas sucias.

Walking around
Segunda Residencia (1931–1935)

Agua sexual

Rodando a goterones solos,

a gotas como dientes,

a espesos goterones de mermelada y sangre,

rodando a goterones

cae el agua,

como una espada en gotas,

como un desgarrador río de vidrio,

cae mordiendo,

golpeando el eje de la simetría, pegando en las costuras del alma,

rompiendo cosas abandonadas, empapando lo oscuro.


Solamente es un soplo, más húmedo que el llanto,

un líquido, un sudor, un aceite sin nombre,

un movimiento agudo,

haciéndose, espesándose,

cae el agua,

a goterones lentos,

hacia su mar, hacia su seco océano,

hacia su ola sin agua.

“Agua sexual” (fragmento)
Segunda Residencia (1931–1935)

...en fin, repudiadas las dos primeras Residencias y a partir de la Tercera que incluye la sección España en el corazón con ese desgarrador poema “Explico algunas cosas” que comienza así:


Preguntaréis: ¿Y dónde están las lilas?

¿Y la metafísica cubierta de amapolas?

¿Y la lluvia que a menudo golpeaba

sus palabras llenándolas

de agujeros y pájaros?


Os voy a contar todo lo que me pasa.


Yo vivía en un barrio

de Madrid, con campanas,

con relojes, con árboles.


Desde allí se veía

el rostro seco de Castilla

como un océano de cuero.

Mi casa era llamada

la casa de las flores, porque por todas partes

estallaban geranios: era

una bella casa

con perros y chiquillos.

...

Y una mañana todo estaba ardiendo

y una mañana las hogueras

salían de la tierra

devorando seres,

y desde entonces fuego,

pólvora desde entonces,

y desde entonces sangre.

Bandidos con aviones y con moros,

bandidos con sortijas y duquesas,

bandidos con frailes negros bendiciendo

venían por el cielo a matar niños,

y por las calles la sangre de los niños

corría simplemente, como sangre de niños.

...

“Explico algunas cosas” (fragmento)
Tercera Residencia (1936)

...fue, por sobre todo, un poeta político, un testigo de la historia, un cantor épico, un bardo moderno, nuestro Homero, que hizo de su poesía una magnífica, admirable, arma de lucha y de conciencia social.

Me corrijo; casi siempre magnífica y admirable.

Su apasionada denuncia del fascismo asesino de Federico García Lorca y de la República Española, todavía hoy se lee con admiración y sobrecogimiento; el mismo sobrecogimiento con el que se lee su Alturas de Macchu Picchu, a pesar del tedioso realismo socialista soviético que puebla una buena parte del resto de su Canto general. Sus obstinadas alabanzas a Stalin, creadas las últimas ya llegados a los sesenta y a los setenta, tienen más de obcecación partidista que de magníficas y nada de admirables.

Mago de las palabras, del ritmo y de las cadencias, su vasta y envolvente imaginación; su portentosa capacidad para capturar y expresar lo cardinal y secreto de lo ínfimo y de lo sublime; hacen su mejor poesía cautivante y enriquecedora; impetuosa y sorprendente; fértil y vívida.

Luego de mudarse todavía un joven adolescente desde los lluviosos bosques del Sur de Chile, primero a Santiago y lanzarse después a recorrer el mundo, recibió por todo ello una enorme cantidad de honores, de premios y de reconocimientos; el más importante de todos el ser considerado por muchos y por muchas uno de los mayores poetas y bardos de la Tierra.

Sin embargo, sin embargo...

Juguetón, podía mostrar una sensibilidad de niño asombrado; siempre dispuesto a maravillarse con el mundo que le parecía estar hecho para su contento. La misma cualidad de niño caprichoso y malcriado, empero, por la que parecía insoportablemente vanidoso, egocéntrico y desconfiado; hostil con sus competidores e implacable con sus enemigos, imaginados o reales. En una extraña mezcla de inseguridad y de una autocomplacencia que bordeaba el narcisismo, era incapaz de elogiar a nadie sin elogiarse de paso a sí mismo.


Sufro de aquel amigo que murió

y que era como yo buen carpintero.

Íbamos juntos por mesas y calles

por guerras, por dolores y por piedras.

Cómo se le agrandaba la mirada

conmigo, era un fulgor aquel huesudo,

y su sonrisa me sirvió de pan,

nos dejamos de ver y V. se fue enterrando

hasta que lo obligaron a la tierra.

V. (fragmento)
Extravagario (1958)



Saint Paul, 21 de abril de 2024


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