Rumiaciones

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nothing is truly mine
except my name. I only
borrowed this dust.
Stanley Kunitz
“Passing through”
Next–to– Last Things

Sobre nombres,
identidades y otras herencias

Aparte de su originalidad, la novela Me llamaré Tadeusz Freyre (Anagrama, 1985) de Miguel Enesco es una reescritura, glosa y ampliación, de la película El reportero / The Passenger (1975) de Michelangelo Antonioni.

En la película de Antonioni, David Locke (Jack Nicholson) es un corresponsal de guerra decepcionado de sí mismo y de su profesión. Se encuentra en el norte de África —en el desierto— intentando hacer contacto con unos guerrilleros en lucha en contra de gobierno de Chad, pero no lo consigue. De regreso a su hotel, Locke descubre que un tal David Robertson (Charles Mulvehill), un hombre de negocios inglés al que ya ha conocido antes y admirado su desenvoltura, ha muerto en la habitación contigua a la suya. Locke se da cuenta de que son muy parecidos y, aparentemente sin pensarlo demasiado, asume su identidad intercambiando las fotografías en sus pasaportes —en los setenta ello era todavía verosímilmente posible— y fingiendo su propia muerte. En seguida, haciendo uso de la agenda de Robertson, intenta asumir también sus planes... Lo que Locke no sabía es que el tal Robertson era un traficante de armas y, por diversas razones, hay varios grupos de personas interesadas en pasarle la cuenta y eliminarlo.

Por ahora, dejémoslo hasta ahí.

La novela de Enesco se abre de una manera sorprendente:

«Me llamaré Tadeusz Freyre, o Freire. No lo sé aún. Cuando recoja mi pasaporte en el consulado sabré si Almeida ha optado, en esa cuarta letra, por la vocal o por la consonante».

No es mucho lo que he podido aprender sobre Miguel Enesco —leí por primera vez la novela en junio de 1987— aparte de lo que aparece en la solapa del libro y repetido verbatim en varios sitios del Internet: Enesco nació en 1952 en Buenos Aires, hijo de padre rumano y de madre nacida en Francia pero de origen peruano-boliviano, cursó estudios primarios en Lima y secundarios en Madrid y universitarios en Lausana... Desde 1980 vive —o vivía entonces— en Madrid.

Normalmente, nuestro pasaporte —sin duda una de nuestras más apreciadas posesiones— acredita nuestra identidad; en este caso más que acreditarla, parece que la creará de la nada, incluso con la incertidumbre aún —en el presente en el que se abre la historia— de la ortografía. El narrador y protagonista de Me llamaré Tadeusz Freyre es un tal Aurelio Valdic, un ciudadano yugoslavo (en 1985 todavía existía Yugoslavia) que ha perdido su ciudadanía por lo que ahora porta un pasaporte de apátrida que le ha sido otorgado por Naciones Unidas.

Vale, todo bien.

Sólo que su pasaporte de apátrida está a punto de expirar. Valdic —quien luego de haber vivido en muchos sitios, notablemente en Túnez, y vive ahora en Bogotá— ha enfrentado dificultades al intentar renovarlo en la oficina de Rick González, el funcionario local de las Naciones Unidas..., por lo que ha recurrido a ese Almeida, un funcionario del consulado de L., quien a cambio de una substancial cantidad de dinero le ha prometido conseguirle un pasaporte en regla... falso, pero en regla.

Un detalle no menor, es que Aurelio Valdic no es en verdad el nombre real de nuestro protagonista. Aurelio Valdic, un oscuro y oculto traficante de armas, fue su casi casual compañero de viaje en Libia quien murió agotado por las consecuencias de su alcoholismo en un hotel en Kabili. Nuestro protagonista, quien entonces portaba un pasaporte sueco robado con el nombre de Sven Ericsson, dándose cuenta del extraordinario parecido físico que tiene con el Valdic de la fotografía de su pasaporte yugoslavo, como el Locke de la película de Antonioni, decide hacerse pasar por él.

Nunca aprendemos cuál es el nombre real de Ericsson–Valdic–Freyre (si es que alguna vez lo tuvo, o si tal cosa existe) ni las causas originales de la pérdida de sus documentos de identidad. El cuento, con una prosa hipnotizante en la manera vertiginosa con la que Enesco nos conduce hasta la angustiada culminación de su relato, no va por ahí, pero démosle por ahora una vuelta a otra historia con nombres.

En una historia incluida en la multifacética novela —metanovela, más bien— 8.38 (Candaya, 2019) de Luis Rodríguez una abuela le cuenta esta historia a su nieta de cinco años:

«Quédate con estos dos nombres: Aníbal, tu abuelo, a quien no conociste, pero del que oirás hablar conforme te hagas mayor; y Godofredo. Aníbal y Godofredo eran hermanos gemelos, idénticos. Tú, que eres, de largo, la más espabilada de la familia, no habrías sabido distinguirlos. Imagínate. Ellos eran hijos de un hombre, entonces, muy rico. Aníbal y yo llevábamos un año de casados, todavía no teníamos hijos. Una mañana salieron los dos para Santander. No llegaron, fueron secuestrados a punta de pistola en el alto del Bielva. Querían el dinero de su padre. Estuvieron dos semanas metidos en un cuartucho bajo tierra. Tu bisabuelo pagó el rescate, un dineral. Al día siguiente encontraron a los dos hermanos en la cantera de Carmona: Aníbal, bien, delgado, pero bien; Godofredo... muerto, Aníbal dijo que había sido un accidente, que lo habían empujado y que se había dado un mal golpe. Nació tu padre y nacieron tus tíos; seguimos nuestra vida, pero tu bisabuelo, viendo que la Guardia Civil no avanzaba en la investigación, contrató a varios detectives de la capital e incluso a gente extraña para averiguar quién había matado a su hijo. Le costó quince años y más dinero del que había pagado al secuestrador, hasta que encontró al hombre. Lo encontró y pagó para que lo eliminaran. Dos años más tarde, la viuda del secuestrador llamó a la puerta de tu bisabuelo y le dijo que sí, que su marido había secuestrado a sus hijos, pero que él, se lo juró por Dios, no fue un asesino. Tu abuelo me pidió poco antes de morir que buscara a aquella mujer. Dile que tenía razón, me dijo. Yo supe por su mirada, le conocía muy bien, que él sabía que yo ya lo sabía, que lo supe desde el principio, que no me acostaba con Aníbal.»

Luis Rodríguez
3.38, p. 88.

Intrigante, ¿verdad?
Volvamos a los pasaportes y certificados...

Los que hayan leído la magnífica novela Hijo de ladrón (1951) de Manuel Rojas, seguramente recordarán el tema del certificado de nacimiento. Aniceto Hevia, el narrador protagonista carece de tal certificado lo que le impide acreditar su nombre y ni siquiera su mera existencia. Sin tal acreditación no puede conseguir un trabajo estable y así se ve obligado a vivir en una constante precariedad e incertidumbre vagando de un sitio al otro.

He escrito en otro lugar que Hijo de ladrón sería una insoportable historia sentimental, si Aniceto consiguiera finalmente el certificado que le permitiera su integración a la sociedad civil en la que le ha tocado en suerte vivir. Por el contrario, en Hijo de ladrón la carencia del certificado no se resuelve como el premio por el éxito en una tarea difícil —a diferencia de Valdic, Hevia no tiene ni un solo peso con que comenzar a pagar los servicios de un Almeida— sino que, dándosele la espalda, se lo ignora abrazando una periferia, fuera de la autoridad civil, en la que el certificado es innecesario y superfluo.

La solución narratológica del cuento de Rojas —anti–sistema y anarquista— no es posible para todos en el mundo real. Como personas —que no personajes— de carne y hueso vivimos aferrados a nuestros documentos: certificados de nacimiento, pasaportes, tarjetas de identificación o de la Seguridad Social... Los que los tienen en regla, con cierta seguridad y confianza; los que los tienen falsos, siempre al filo de la navaja.

En regla o falsos; en regla o problemáticos. ¿Cuál es la diferencia? No otra cosa que la autoridad legal o arbitraria de quienes los otorgan y de quienes los revisan al llegar a nuestro destino.

Mientras recoge sus cosas en su apartamento en Londres, Locke sostiene brevemente en sus manos el libro de ensayos What Tribe Do You Belong To (A quale tribu appartieni) de Alberto Moravia. Asentada en la ambigüedad, El reportero alienta varias otras lecturas: la de la identidad y pertenencia, entre otras.

La chica misteriosa y sin nombre (Schneider) —ángel o demonio, hechicera o bruja, guía protectora o mala compañera de viaje— aparece pronto en la película, siempre leyendo un libro, aunque Locke, quien intempestivamente le pide su ayuda en Barcelona, no se haya percatado de ella en Londres.

El reportero es el retrato de un fútil, neurótico y tanático (en posición a erótico) salto hacia la consecución del deseo de vivir como otro. «No tengo ni familia ni amigos» le había dicho Robertson a Locke un par de días antes. La nada, empezar de cero, se dice David Locke. Un nuevo nacimiento, una tábula rasa, de la manera como su tocayo John Locke (1632 – 1704) creía que nacemos.

Pero eso no vale a medio camino en la vida; Robertson cargaba demasiado equipaje a su espalda. Para cuando David se da cuenta de ello ya es demasiado tarde y ni siquiera la sombra ni las idas y venidas de la chica misteriosa (Maria Schneider) serán capaz de liberarlo del laberinto en el que se ha metido. Sin salida, Locke que deseaba vivir la vida de Robertson se resigna a tener que morir su muerte.

Desde el sin sentido de su título, Me llamaré Tadeusz Freyre es una alucinante metáfora e imagen de nuestra vida burocratizada y sancionada por la posesión o carencia de los papeles que nos definen y clasifican: ciudadan@s o no–ciudadan@s; ciudadan@s de primera o de segunda clase; documentad@s o indocumentad@s; sospechos@s o libres de toda sospecha; visitantes, viajer@s, refugiad@s, bienvenid@s o rechazad@s. Como en un thriller, en unas de las últimas páginas de Me llamaré Tadeusz Freyre asistimos a la lenta progresión —veinte metros, diez metros, cinco metros– de la fila en la que Ericsson–Valdic–Freyre se acerca al mesón de la aduana del país al que ha llegado luego de abandonar Bogotá. Tan cerca de haber llegado, pero todavía a una distancia infinita.


Fotorama de la película “La jaula de Oro” (2013), dirigida por Diego Quemada–Diez
Dos jóvenes guatemaltecos intentan cruzar la fontera mexicano–estadounidense sin papeles.


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