Rumiaciones

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El discurso
de la hermosa pastora Marcela

Miguel de Cervantes (1547 - 1616) es conocido por el idealismo fútil de su héroe —Alonso Quijano.

Lo que a veces se olvida al hablar de Cervantes y del Quijote es la simpatía con la que Cervantes retrata a las mujeres, especialmente a aquéllas de precaria condición social: tenderas, campesinas, pastoras, prostitutas.

Ésta es una actitud que Cervantes llevó a cabo también fuera de la ficción, protegiendo —cuando y cuanto pudo— a un buen número de sus parientas y conocidas. Esta defensa de las mujeres en contra de la agresión o el acoso no deseado por parte de los hombres la encontramos en varias de sus obras reunidas en el volumen Novelas ejemplares.

Claro está que Marcela no es realmente una pastora. Su “pastoreo” se da en la forma idealizada de las églogas (composiciones narrativas amorosas que retratan la vida pastoril lejos de las ciudades y del ruido del mundo) al estilo de las del poeta latino Virgilio (70 - 19 aEC), que estuvieron nuevamente de moda durante el Renacimiento (Siglo XVI).
Cervantes mismo escribió una égloga con el título La Galatea publicada en 1585.

También en el Quijote, particularermente en la historia de Grisóstomo y Marcela, desarrollada entre los capítulos XIII a XVI. El discurso de Marcela bien puede entenderse hoy como un primer manifiesto feminista avant la lettre. Marcela defiende su derecho —su libertad— de amar a quien ella quiera o, por el contrario, no amar a nadie, si tal es su deseo: «el amor verdadero debe ser libre» nos afirma.

El episodio comienza con don Quijote conversando con unos cabreros en la Sierra Morena. Allí, el hidalgo se entera que esa tarde se llevarán a cabo los funerales de Grisóstomo, un joven de la comarca, que ha muerto por la pena que le ha causado ser rechazado por Marcela. Marcela es una joven y hermosa mujer que, en posesión de bienes de fortuna, ha decidido retirarse al bosque y vivir en soledad como pastora.

Ambrosio y otros de los acongojados amigos de Grisóstomo preparan su fosa mortuoria en una peña cerca del arroyo donde él vio por primera vez a la que se convirtió en la mujer de sus sueños. Mientras preparan la fosa, no dejan de lamentar y condenar la “crueldad” de Marcela, que insensible al amor de Grisóstomo, insistió en su rechazo... Estaban en eso cuando hace su entrada Marcela.

Leamos lo que escribe Cervantes y nos dice Marcela:

La hermosa Marcela en el estanque.
Ilustración: Gustave Doré (1832 – 1883).

...apareció entonces la pastora Marcela, tan hermosa se veía que sobrepasaba la fama de su hermosura. Los que hasta entonces no la habían visto, la miraban con admiración y silencio; los que ya estaban acostumbrados a verla, no quedaron menos embobados que los que nunca la habían visto. Mas, apenas Ambrosio la vio le dijo:

—¿Vienes a ver, ¡oh basilisco fiero de estas montañas!, si con tu presencia vierten sangre las heridas de Grisóstomo a quien tu crueldad le quitó la vida? ¿O vienes a ufanarte de tus crueles hazañas? Dinos pronto a qué vienes.

—No vengo, ¡oh Ambrosio!, a ninguna de esas cosas que has dicho, sino a hacer entender cuán fuera de razón están todos aquéllos que me culpan de la muerte de Grisóstomo. Os ruego que me escuchéis atentos que no se necesitaré mucho tiempo ni tendré que gastar muchas palabras para persuadir de la verdad a los discretos.

Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa. Decís también que sin que podáis evitarlo, mi hermosura hace que me améis. Y por ese amor que me mostráis vosotros, decís, que yo también estoy obligada a amaros.

Gracias a la inteligencia que Dios me ha dado, yo entiendo que todo lo que es hermoso es digno de ser amado. Pero no veo cómo lo que es amado por hermoso esté obligado a amar a quien le ama...

...según yo he oído decir, el amor verdadero ha de ser voluntario y no forzoso. Siendo esto verdad, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por la fuerza, obligada sólo porque que decís que me queréis?

Si no, decidme: si así como el cielo me hizo hermosa, me hubiese hecho fea, ¿sería justo que yo me quejara que vosotros porque no me amáis?

Considerad que yo no escogí la hermosura que tengo; que el cielo me la dio, sin yo pedirla ni escogerla. Así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene por habérsela dado la naturaleza, tampoco yo merezco ser reprehendida por ser hermosa.

La hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda. Ni el fuego quema ni la espada corta a quien no se acerca.

Yo nací libre. Para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles de estas montañas son mi compañía, las aguas claras de estos arroyos son mis espejos.

...

Soy fuego apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con mi aspecto, los he desengañado con las palabras.

Es verdad que los deseos se sustentan con esperanzas. Pero no habiendo yo dado ninguna a Grisóstomo, bien puede decirse que a él lo mató su porfía y no mi crueldad.

Si me dicen que porque sus sentimientos eran honestos yo estaba obligada a corresponderlos, yo os digo que en ese mismo lugar donde ahora caváis su sepultura, él me comunicó su intención. Mas yo le dije allí mismo que la mía era vivir en perpetua soledad y que deseaba que sólo la tierra gozase del fruto de mi recogimiento y de los despojos de mi hermosura.

Si él después de ese desengaño quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué de raro tiene que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? ¿Es razonable que se me eche a mí la culpa de su pena?

Que se queje el engañado, que se desespere aquél a quien no le cumplieron las promesas. Que se confíe aquél a quien yo llame, que se ufane aquél a quien yo admita en mi seno. Pero que no me llame cruel ni homicida aquél a quien yo no prometo, ni engaño, ni llamo, ni admito.

El cielo no ha querido hasta ahora que yo ame. Que este desengaño sirva a cada uno de los que me socilitan para su provecho. Que de aquí en adelante se entienda que si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni de desdichado, porque quien a nadie quiere, a nadie da celos...

El que me llama fiera y basilisco, que me deje como cosa perjudicial y mala. El que me llama ingrata, que no me sirva; el que desconocida, que no me conozca; el que cruel, que no me siga.

Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas. Soy libre y no deseo estar sujeta: ni quiero ni aborrezco a nadie. No engaño a éste ni solicito a aquél; ni burlo con uno ni me entretengo con el otro.

La conversación honesta de las zagalas de estas aldeas y el cuidado de mis cabras son mi entretenimiento.

Mis deseos terminan en estas montañas y, si de ahí salen, es para contemplar la hermosura del cielo.

Y diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, Marcela volvió las espaldas y se adentró por lo más cerrado de un monte que estaba allí cerca, dejando admirados, tanto por su discreción como por su hermosura, a todos los que allí estaban.


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