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Sobre La desesperanza de José Donoso
Mieux est de ris que de larmes escripre pour ce que rire est le propre de
l'homme.
Rabelais, Gargantua
Je parvins ˆ faire s'évanouir dans mon esprit toute
l'espérance humaine.
Rimbaud, Une saison en enfer
Más que ninguna otra de las novelas de Donoso, La desesperanza
exige una lectura bizca: un ojo atento a lo que la novela parece ser y, el
otro, atento a lo que disimula y sólo entrega entre líneas,
remitiendo oblicuamente a una temática ya conocida. Inscrita en un
espacio históricamente marcado en torno al velorio de la
viuda de Pablo Neruda, cuya "muerte señalaba como pocas el fin de
un mundo" (26) y en la "hora recién estrangulada por el nuevo
estado de sitio" (11) La desesperanza invita engañosamente a
que, a horcajadas entre las noticias de prensa y lo novelesco, se la
quiera leer primordialmente como una novela en clave donde la fuerza del
referente se impondría sobre su ficcionalidad literaria.
Sin
embargo, la innegable preeminencia de tal ilusión referencial no
alcanza a obliterar el desarrollo de los proyectos de sus principales protagonistas el de
Mañungo Vera y el de Judit Torre cuyas culminaciones deben
tanto a las restricciones de la situación política y social
chilena del tiempo de la dictadura, incorporadas al universo novelesco,
como a las de la poética donosiana, inaugurada ya con
Coronación en 1958 y llevada a uno de sus puntos culminantes en El
obsceno pájaro de la noche en 1970.
Dicho de otra manera: si bien
La desesperanza puede ser leída como la respuesta donosiana frente
al horror dictatorial, no deja de ser, al mismo tiempo, una versión
más de su particular proposición literaria. Sin dejar de ser
quizás un documento social donde la vida
imitaría al arte, la novela de Donoso es también pura
literatura.
Aun así, La desesperanza es, en un doble sentido, una
novela dramáticamente realista.
Realista, primero, por su
familiaridad y su propensión por incorporar un universo
inmediatamente reconocible y, segundo, por su tendencia al adelgazamiento
de sus recursos discursivos: dos procedimientos narratológicos con
los que aspira una transparencia en el nivel de la historia que nos cuenta.
A
diferencia de Casa de campo (1978) que temática y
textualmente reconoce sin ambages su ficcionalidad: la de ser tanto la
historia de un sujeto que escribe como, en un variado juego de espejos, el
producto de tal escritura en La desesperanza sólo se
insinúa tal ficcionalidad por medios de sus referencias oblicuas a
los fantasmas y monstruos máscaras, perras, niños y
brujas que constituyen algunas de las constantes de la
poética donosiana (Magnarelli 1993, 176-77).
Quienes no han escrito
alguna vez en La desesperanza, viven rodeados de quienes lo hacen, lo han
hecho, o de quienes coleccionan obsesivamente documentos literarios, y
así no es extraño que, constante y apasionadamente, discutan
la función de la literatura y el arte. Sin embargo, la escritura
del texto mismo no se convierte en el elemento organizador de la novela, y
la literatura se mantiene como un objeto más del discurso autorial
el cual en fuerte contraste con lo que encontramos en las novelas
inmediatamente anteriores de Donoso disminuye ostensiblemente sus
marcas de metaficción esforzándose por no ser inmediatamente
percibido como tal.
Allí reside una primera tensión
narrativa que caracteriza a La desesperanza como a una novela y un relato
tironeados entre proyectos antagónicos e imposibles: la de querer
ser al mismo tiempo ficción e historia.
En La desesperanza, en cambio, se trata del
abandono de una pura aventura del lenguaje para intentar afirmarse en la
razón en el orden cuya tarea sería situar de
nuevo las cosas bajo control por medio de la coherencia de la trama
novelesca, eliminando la arbitrariedad y el azar: el triunfo de la
concordancia sobre la discordancia y la falta de articulación de
una experiencia vivida mediante un entramado textual, es decir, el
urdimiento lógico y acompasado de una historia que le otorgue
sentido a tal azar.
Esta es una segunda tensión narrativa tironeada
entre un anhelado, transparente y racional orden discursivo, por una
parte, y un universo fantasmal que le es siempre esquivo, por la otra. En
La desesperanza se asiste a la tensión entre un texto que aspira a
organizarse como una ordenada mathesis un orgánico cuerpo de
conocimiento y un universo horrorizado que constantemente escapa a
una categorización discursiva. Es una nostalgia por un orden
perdido que restauraría el de una ciudad, víctima del
"artificio del horario tiránicamente impuesto" (118) e invadida por
los recolectores de basura: "excrecencia[s] grotesca[s] de la noche urbana
mutilada por el toque de queda" (119) que "obedecen a leyes propias"
(117), arbitrarias y esperpénticas.
Como en un relato
clásico y de raigambre realista ya hacia la mitad de la primera
parte de la novela han sido ordenadamente puestas sobre la escena las
principales fuerzas dramáticas responsables de la tensión de
la historia: la nostalgia agridulce de don Celedonio Villanueva, atrapado
entre su galería de personajes famosos y su mediocridad (23-32); el
enorme tubo digestivo de Federico Fox y su avidez insaciable por la petite
histoire (49-57); el dogmatismo acartonado y la autocomplacencia arrogante
de Lisboa (61-67); el fracaso miserable de Lopito, fétido con sus
dientes verdosos e incapaz de escribir una sola línea (39-42); la
belleza extraña de Judit, cómplice humillada de un placer y
de un perdón bastardos (82-97); el tinnitus culpable de
Mañungo, escindido entre la parafernalia de una imagen del pasado,
su incomprensión del presente y los imbunches sin tiempo de
Chiloé (13-22).
En contrapunto con este ansiado y siempre evasivo
orden racional, se levanta "un paralelo desvarío del
tráfico, semáforos inútiles, calles de
dirección variable o en un solo sentido o cortadas, que
tenían perplejo al taxista incapaz de encontrar el callejón
de Neruda" (10). Desvarío del tráfico y pérdida de la
transparencia de los signos semáforos, calles y
letreros que hacen imposible la recuperación de un pasado, si
no es a través del azar y de la incertidumbre: el fugaz encuentro
con una "púber de minifalda que sorbía la anilina
venenosamente lila de un chupete de helado" (10) y que casualmente los
endilga por el camino.
Desde el antiguo barrio de la Chimba hasta la nueva
Avenida Providencia, Mañungo Vera y su guía Judit recorren
las calles de decaídos apellidos ilustres, protegidos y atacados
por acantos, ailantus, aromos, hortensias, madreselvas, parrones,
plátanos, pitas, prunas, teatinos, thuyas y tejos, mientras la
novela reconstruye un ordenado Jardín Botánico, es decir, un
tiempo y un espacio ya para siempre perdido. De pronto, en medio de este
deriorado invernadero, flora del barrio alto, aparece un "cuchepo," hombre
sin sexo, personaje de tira cómica, cortado de la cintura para
abajo y arrancado de una ya desaparecida revista semi-pornográfica.
Pero, si en el pasado este cuchepo de peluquerías aprovechaba la
movilidad de su patín prostituta y su reducido
tamaño para mejor atisbar la belleza de las mini-faldas, ahora este
César esperpéntico se arrastra, nocturno, por los intestinos
de la ciudad sitiada, reciclando los desperdicios orgiásticos de un
desvarío consumista monstruoso los envoltorios de los nuevos
artefactos electrónicos que adornan las casas del barrio alto
de la misma manera que Celedonio Villanueva atesora los ditritus
nerudianos (116) mientras se resigna a no ser más que una nota a
pie de página en los manuales de literatura.
Construida en
función de una serie de tensiones encontradas que jamás
logran resolverse, una figura retórica privilegiada en La
desesperanza es el oxímoron: palabra enmudecida, "la desesperanza,
por desgracia, no tiene música" (16).
Historia de salidas y de
regresos frustrados, donde se viaja no para conocer y ver, sino "para ser
visto y oído, lo que es idéntico a no ver ni oir" (14), la
novela intenta la unión imposible entre una realidad de apariencia
y una realidad de verdad, entre una perdida autenticidad añorada y
una impuesta máscara degradada, entre un feliz pasado soñado
y una pesadilla presente vivida.
Dividido simétricamente en tres
partes el crepúsculo, la noche y la mañana que
narran linealmente la historia del regreso de Mañungo Vera a
Santiago y sin abruptas fracturas temporales ni dislocamientos de los
niveles narrativos, el texto donosiano se despliega atirantado entre una
ambivalente y ambigua adhesión formal a un orden clásico y
racionalista que debiera servir de vehículo a una historia
inmediatamente inteligible (erosión de una estética
postmodernista quizás), por una parte, y el absurdo, el dolor, lo
grotesco, la locura y la carencia neobarrocas que constantemente lo
desbordan, por la otra.
En La desesperanza hay una tensión
narrativa irresoluble entre el trabajo obstinado de un narrador que
intermitentemente intenta imponer su preponderancia para orillar la
exuberancia cloacal de la historia para dirigir y señalar un
sentido, por una parte, y los proyectos imposibles de los protagonistas
que intentan la "ruta de la gratitud, de la admiración y del
recuerdo" (11), por la otra, cuando ya desde la portada se nos
anticipa que la ciudad se ha transformado en la isla de los muertos.
Novela de la nostalgia dolor del recuerdo, La desesperanza
opone dos nostalgias: la regocijada de Pablo Neruda y Celedonio
Villanueva, cómplices en un ya lejano París de fiesta donde
"se vivió el pasado en forma tan completa que nada quedó
afuera para deplorar" (13) y la macabra de un presente fascinado "con las
ideas peligrosas y con la muerte" (148) mientras añora un pasado
bruscamente arrebatado. La historia de Judit, Mañungo y Lopito es
la historia de la generación del coitus interruptus, despojada del
gozo, de la acción, y de sus efímeras Biblias literarias
mientras, a medida que avanza la calvicie en la efigie de póster de
Mañungo, se erosionan también las certezas de su juventud
(23). Desaparecidos los inventores de geografías que
señalaban un camino Matilde y Neruda ya no bastan los
crepúsculos morados de Maruri ni los aromos amarillos de Loncoche
ni la lluvia torrencial de Temuco (25) para disimular la fealdad o el
dolor de miserables quejidos de leones de peluche desdentados y de mal
aliento: Santiago es triste y feo, y Carlitos el león del
zoológico es un león de porquería, porque el
país nunca ha tenido dinero para comprarse otro mejor (9).
Por otra
parte, si bien se ha excluido el juego la autorreferencialidad y
autonomía del texto, no por ello se afirma la razón y
un pragmatismo ordenador: en el mundo esperpéntico de la novela
donosiana la función utilitaria de la literatura es necesariamente
azarosa. Judit Torre se salva de la muerte, para servir años
más tarde de imprescindible guía de Mañungo, no por
un eficaz alegato jurídico fundado en el orden emanado de los
códigos, sino por la casual intervención de un infiltrado y
porque un juez de panza dura recordaba haber leído alguna vez en el
liceo una novela costumbrista de Fausta Manquileo (158-63).
En una
oposición polémica con novelas como La casa de los
espíritus (1982) de Isabel Allende, Martes tristes (¿1984?)
de Francisco Simón, La mujer imaginaria (1985) de Jorge Edwards,
Cátedras paralelas (1985) de Andrés Gallardo y especialmente
La guerra interna (1979) de Volodia Teitelboim cuyo
alegórico personaje principal se llama precisamente Esperanza A
Pesar de Todo, en la novela de Donoso el viaje del héroe no
resulta en una purificación, sino en un espanto incurable donde ni
siquiera el imposible rescate del pasado bastaría para superar un
presente asfixiante, si no es para asumirlo como tal pero nunca para
intentar transformarlo. Así, al culminar su viaje de aprendizaje al
infierno de la noche santiaguina, Mañungo identifica como
Judit lo lúdico con el peligro y lo que era el recuerdo feliz
de una mitología chilota que le permitiría reencontrase con
su pasado, se transforma en el deseo macabro de ser engullido por un
Caleuche cruel y depredador transformado en un "autobús iluminado:
lento, vacío, majestuoso, abandonado por su tripulación
fantasma y su pasaje" (123).
Al desarrollar el proyecto de Mañungo
transformarse en otro La desesperanza opone la "esclavizante
manía [intelectual] para descomponer y componerlo todo y volver a
armar el mundo según esquemas diversos" (21) y "la extraña
equivalencia chilota entre ser brujo y ser artista, de la que
[Mañungo] quisiera [ahora] cantar" (128) "porque se trataba de no
actuar sino de ser, y lo que antes él podía ser ahora
sólo podía actuarlo" (15). Es la oposición entre la
razón y la magia, entre el orden y la entropía, entre el
dolor y el gozo, donde avasallados por el deterioro físico y
político el placer, lo lúdico y lo erótico,
devienen en temas espurios; y la censura dictatorial
paradójicamente sólo permite hablar con respeto
de aquello que explícitamente prohibe, desterrando cualquier otro
tema por reaccionario o por obsceno. Todos terminan por transformarse en
puritanos que "sólo valoraban las letanías del dolor
colectivo porque lo demás era débil" y despreciable (108 y
126). De este modo, la transformación de Mañungo es ambigua
y precaria posible apenas mediante la concurrencia de guías y
de aliados como Judit o como Lopito e imposible en el universo
infernal caleuchesco de La desesperanza sin el sacrificio de
aquellos compañeros del héroe.
Así, Judit Torre es
una versión más de la bruja donosiana: la mujer que es
vehículo de una múltiple unión de contrarios,
empeñada en conseguir y en propagar un conocimiento subversivo
(Magnarelli 1985, 164-65), por una parte, y en socorrer y vengar a la
mujer amenazada por la opresión encontrando su autonomía en
la marginalidad de una contracultura (Cixous and Clément, 4), por
la otra. De ahí viene el necesario rechazo de la ayuda de
"moderados" como Celedonio Villanueva y Fausta Manquileo, si no se los
golpea ritualmente primero, para escapar clandestinamente, después,
por una ventana: "como una ladrona, como una enemiga ... [porque] poco
femenina ... misteriosa de más ... agresiva, cruel [y] con un
perturbador desdoblamiento [en el que su] trato tenía una
superficie engañosa, ... [el destino de Judit] era otro, relacionado
con la interperie, la venganza y la justicia" (150, 83, 85, 150). De este
modo, La desesperanza reedita otro procedimiento artificio
privilegiado en la poética donosiana: la transgresión
perversa sostenida por la dualidad y la máscara el travesti.
No hay una novela de Donoso donde un grupo de mujeres no construya un coto
hermético, misterioso y segregado. Al mismo tiempo como la de
Humberto en El obsceno pájaro de la noche o como la de "la
Manuela" en El lugar sin límites (1966) la inclusión
de Judit en el grupo de mujeres violadas es espuria y "la intocada" espera
atraer a su víctima-victimario tanto para completar una venganza
colectiva como para alcanzar la satisfacción de un deseo perverso
que hiriéndola redima la culpa del perdón
bastardo que legítimamente la excluye: en un universo marcado por
la violación, la violencia y la muerte, Judit debe confesar que
ella no ha participado de esa fiesta y que, aviesamente privilegiada, no
ha tenido un torturador (129-131).
No es una casualidad que La
desesperanza remita a uno de los libros apócrifos de la Biblia y
que, como su contrapartida bíblica, Judit Torre se despoje de sus
ropas de viuda vistiéndose, seductora como una
prostituta, con sus vestidos de fiesta para enfrentarse con uno de
los esbirros del ejército que acosa a la ciudad sitiada. Ahí
termina, sin embargo, la reescritura del mito bíblico en La
desesperanza, y el torturador de manos húmedas un Holofernes
miserable conserva su vida. Más aún, al sacrificar su
venganza por la salvación del héroe, la salida de Judit
hacia la noche santiaguina (192-95) no se resuelve en su doble papel de
vengadora y de humillada hembra despojada de su derecho al odio, sino en
el de guía de la expiación romántica de
Mañungo mientras desplaza su autoinmolación al socorrer con
la muerte a la perra callejera en celo violada por los machos entre los
tarros de basura: venganza invertida como bien lo señala Magnarelli
(1993, 170), pero también desplazamiento, porque el proyecto de
Judit como la acción espontánea y alocada de
Lopito es suicida. Vértice del triángulo que une a
Mañungo con Lopito, Judit se sacrifica sacrificando su sacrificio
para facilitar el regreso del héroe permitiéndole, luego, la
precaria transformación completada con la muerte de
Lopito por la que aquél comprende que ha regresado para
quedarse, asumiendo, sin otro proyecto, el camino sin salida de la
desesperanza (323).
La novela de Donoso construye un universo infernal,
abigarrado y profundamente pesimista.
Azar, desvarío, fragmentación,
ironía, rencor, hechizo, travesti, polifonía y
fantasías de monstruo impotente son algunas de las rúbricas
heteróclitas que confluyen en La desesperanza para difuminar el
mundo alucinado al que regresa Mañungo Vera a recuperar una
experiencia y transformarse en otro. Myrna Solotorevsky y Ricardo
Gutiérrez Mouat correctamente han insistido en aprehender la
producción donosiana como un ejercicio lúdico y una
carnavalización. Sin embargo, si bien este concepto bakhtiniano se
define por la ironía, la fragmentación, la
desjerarquización de los cánones y la indeterminación
rasgos sin duda presentes en la obra de Donoso no se detiene
ahí, sino que continúa para abarcar, también, el
poder centrífugo del lenguaje, el salvaje desorden de la vida que
subyace en la inmanencia de la risa alegre, de la carcajada del
desaforado, pero también cómico carnaval: fiesta del cambio
y del renuevo.
Este último aspecto el cambio y el
renuevo esta indudablemente ausente en La desesperanza, si no
ausente en el conjunto de la obra donosiana.
Desde la miseria de Lopito,
quien aunque se ría a carcajadas de Federico Fox no
deja de recitar una y otra vez los versos de Rimbaud, hasta la miseria de
los recolectores de cartones entre los tarros de basura (117-20), no hay
una risa alegre en la novela de Donoso. Mucho menos la promesa o la
esperanza de un renuevo. Aunque ciertamente el concepto bakhtiniano del
grotesco rescata lo que había permanecido invisible para una
racionalidad clásica, la monstruosidad donosiana se deja describir
mucho mejor a la manera de Kayser quien a diferencia de
Bakhtin sólo percibe en el grotesco lo siniestro, lo
insondable, lo nocturno y lo ominoso (Harpham, 71). En la obra de Donoso
desde Coronación y Este domingo (1966), pero también
más tarde en Tres novelitas burguesas (1973) el contacto con
las fuerzas ajenas, extrañas y oscuras del mundo generalmente
representadas por las sirvientes y por los niños termina por
destruir y enloquecer a sus personajes quienes, en definitiva, siempre se
sentirán más en su casa arriba, en el orden: en Providencia.
El grotesco donosiano no encuentra su huella en la bulliciosa y
desenfadada plaza del mercado medieval, sino en un atormentado claroscuro
gótico romántico. Sin participar de la risa de la
galería, alejados de Rabelais y más bien cercanos a Walpole,
desde Purísima a Providencia, nocturnos, Mañungo y Judit
cruzan el límite de clase marcado por el río Mapocho sin
detenerse en la Pergola de la Vega (mercado), si no es camino del
cementerio para enterrar a sus muertos. La novela de Donoso entra
así en un acusado contrapunto con otros textos del período.
Mientras en Anteparaíso (1982) de Raúl Zurita, por ejemplo,
el dolor, la carencia y la locura iniciales, son trabajados hacia amor,
esperanza y fe, construyendo una imagen que es "una reafirmación
[futura] de la vida" (Cánovas, 59-60), en La desesperanza se
suprime toda espera, es decir, todo tiempo que no sea el del presente
tiránico del toque de queda o el de un pasado también
en contrapunto al propuesto por el ICTUS en Cuántos años
tiene un día (1978), por ejemplo, (Cánovas, 101-111)
progresivamente desvalorizado e incapaz de redimir la carencia presente.
El carnaval donosiano se resuelve en una ininterrumpida cuaresma
celebración de la muerte cuya única salida es el
desvarío de una violencia infructuosa. Los esperpénticos
personajes donosianos invaden la calle y al rebasar aquello que
Donoso nos confiesa en su Historia personal... haber estado viviendo como
una obsesión el discurso de la novela intenta obstinadamente
controlar un caos inaprehensible con el fin de proponer la tesis
fundamental que la fundamenta: la asunción de la desesperanza.
Más que ser meros artificios clasificatorios, la función
primordial de los géneros literarios es actuar como un protocolo de
lectura: orientar al lector permitiéndole entender el contexto en
el que debe situar el referente de un texto (Hutcheon, 4). En estrecha
relación con el travesti, otra característica de la obra
donosiana es que su "horizonte de espectativas" (Jauss) es invariablemente
transgredido abriéndose a la ambigüedad y a la pluralidad de
sentidos: novela galante / relato fantástico en La misteriosa
desaparición de la marquesita de Loria (1980), novela del exilio /
autorreferencialidad en El jardín de al lado (1981) y una
metamorfosis barroca de un relato "realista" en Coronación.
Precisamente, en esta transgresión y travesti puede encontrarse uno
de los parámetros que explica la obra donosiana siempre más
empeñada en no aclarar nada, sino en ser ella misma "pregunta y
respuesta, indagación y resultado, verdugo y víctima,
disfraz y disfrazado (Donoso 1983, 40).
¿Cómo leer entonces
La desesperanza? La novela de Donoso es el encuentro conflictivo entre una
anómala novela política y una también anómala
novela gótica. Novela-testimonio y grotesca historia de un
cantante-guerrillero imbunchado. La desesperanza es imagen del imbunche
secuestrado.
El imbunche es una de las figuras simultáneamente
más atractivas y repelentes en la obra de Donoso: la víctima
grotesca de los brujos de Chiloé a la que se le han cosido todos
los orificios del cuerpo. Rescatada de la mitología chilota
pero también de Don Guillermo (1860) de José Victorino
Lastarria en la novela donosiana el imbunche es imagen privilegiada
del horror y del abandono insuperables.
A diferencia del Guillermo
Livingston imaginado por Lastarria, los personajes donosianos no cuentan
con una efectiva guía como Lucero que los rescate de un mundo
subterráneo ominoso. Más aún, en toda la obra de
Donoso se encuentra la figura de la casa, espacio ambiguo protegido
y amenazador que lo mismo protege a los protagonistas de los
peligros del mundo de afuera como alberga al monstruo que los acosa desde
su interior. A diferencia de la novela gótica canónica
o de la novela lastarriana donde el subterráneo espacio
siniestro del mal queda claramente separado del mundo luminoso al que
volverán los protagonistas luego de la muerte del monstruo, en La
desesperanza no sólo ha sido imposible darle muerte al monstruo,
sino que tampoco hay un afuera protegido en este Santiago
subterráneo: el monstruo cubre toda la ciudad y está por
todas partes.
En "Sueños de mala muerte" (1982), Osvaldo
Bermúdez lleva al extremo su obsesión por ganarse el derecho
a ser enterrado en el aristocrático panteón familiar para
encontrarse finalmente con un mausoleo ya repleto de cadáveres. La
obra de Donoso se caracteriza, también, por su exceso: se trata
siempre de historias que se desbordan. Así, en La desesperanza la
muerte de Lopito, por ejemplo, es inverosímilmente absurda y
excesiva...
...pero también lo es la destrucción de los selknams,
de los alacalufes y de los yamanas narrada poéticamente pero
también a través de las fotografías, reproducciones
de otros textos y notas explicatorias que transforman al poema en
documento en De la tierra sin fuegos (1986) por Juan Pablo Riveros.
Del mismo modo, las últimas páginas de La casa de los
espíritus de Isabel Allende rompen el verosímil de lo real
maravilloso para transformarse en crónica periodística y
reportaje. Parece ser que para narrar el desvarío y la violencia,
los textos han de generar violencia sobre sí mismos y violarse: a
fuerza de querer ser realistas hacerse inverosímiles violando
las reglas del género y monstruosos. ¿Cómo, si
no, hablar de degollados y de quemados? Quizás la
literatura de la violencia no puede ser una pura mathesis: la
irracionalidad de la violencia escaparía siempre al orden
discursivo. De ahí, entonces, la irresoluble tensión que
define a La desesperanza.
Atirantada entre la razón y el
desvarío, La desesperanza intenta narrar lo indescriptible y hablar
de lo inexpresable. Para ello reedita una suerte de imaginario bestiario
urbano santiaguino que paradójicamente en virtud de su
fundamental otredad permitiría que la ciudad fuera de nuevo
comprensible. No obstante, tal monstruosidad resulta a la
postre perturbadoramente familiar y realista.
Doble familiaridad
con un referente y con una poética, toda vez que Donoso
no propone con La desesperanza una abrupta ruptura con su
producción anterior, sino que, muy por el contrario, y aunque quizás
resultaría excesivo afirmar que no necesitaba de la dictadura para
escribirla, "no pocas escenas delatan [su] poder de alucinación
obsesiva característico," como se nos advierte ya desde la solapa.
En la novela de Donoso se asiste a una tensión narrativa entre una
estética del exceso neobarroco característico de la
narrativa latinoamericana de los sesenta y una de las recientes
manifestaciones de una estética representada entre otros por
textos como Los parientes de Ester (Fayad 1978), Me llamaré Tadeusz
Freyre (Enesco 1985) y Cátedras paralelas de Gallardo que
hace de la linealidad, la ironía y la minimización de la
fábula sus procedimientos narratológicos más
destacados.
Esta minimización de la fábula se traduce en la
historia de un héroe que ha asumido como cosa normal su precaria
fragilidad y pequeñez en un mundo mucho más grande que
él, mientras el discurso que vehicula su historia trabaja
obstinadamente por recuperar un orden clásico, lineal y
racionalista. Lo perturbadoramente notable en La desesperanza es que en
ella confluyen una estética fantasmas y monstuos de un mundo
alucinado, indescriptible y deforme y una percepción de la
historia cotidiana que la remeda desbordándola.
Al afirmarse
aún una estética del exceso, por una parte, y un presente
grotesco e irremisiblemente ominoso, por la otra, en La desesperanza
poética e historia se confunden y, a horcajadas entre las noticias
de prensa, el rumor y lo novelesco, se nos invita a pensar a
temer que quizás existan realmente los imbunches.
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.
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cruce de caminos
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