Enredarse...
En medio de la conversación en el Lautrémont, Monche se queda en silencio...
Elvira divaga.
Cuando esa tarde Aníbal me tocó el hombro invitándome a seguirlo a la cafetería, no tuvimos que decirnos nada más. Salimos tomados de la mano de la asamblea y con toda la naturalidad del mundo entramos a la Capilla del Carmen. Nos dimos un beso e inmediatamente supimos cuánto habíamos crecido desde que de niños compartíamos mazapanes en el caserón de Maruja Balsera. Yo quise amarlo de una vez ya ahí mismo y quise que él me amara ahí mismo también.
Decidir irme con Aníbal a su cuchitril de Bustamante fue cosa de un segundo; subir mis cajas de libros por esa escalera estrecha y empinada, una hazaña de acróbatas; hablar con mi madre después de quién sabe cómo le llegaron las noticias, una pesadilla; hacer que Aníbal dejara a un lado sus resistencias y se dejara simplemente querer y amar, una tarea sin término.
¿Qué habrías hecho, si yo no me hubiera venido a vivir contigo?
Difícil imaginármelo, Flaquita. Hoy no puedo pensar en nada mejor que tenerte aquí conmigo.
¿Solo hoy piensas eso? Tan gentil y tierno cuando quieres, tonto lindo. Mírame, Aníbal. ¿Te gusta verme?
Sí, pero ven, cúbreme, tengo frío.
¿Viste? Te cubro, te tapo, te caliento, te doy otro beso.
No te bajes, caliéntame otro poco.
¿No te calenté ya lo suficiente?
Ahí sí, ahora ya me estoy calentando de nuevo.
Te calientas fácil.
Culpa tuya.
Me encanta que sea culpa mía.
Y a mí me gusta saber que no me haces trampa.
Sin embargo, esa tarde otra vez me preguntaste, si te había engañado
cuando te gané al cara o sello el lado derecho de la cama.
¿Por qué te importaba tanto eso, mi amor?
¿Te daba miedo dormir del lado de la pared?
¿Querías poder escaparte rápido?
¿No me creías?
Yo nunca te habría engañado, Aníbal. Nunca. Podría enloquecer, volverme mala y dejar de amarte, quizás, pero nunca engañarte.
Quería protegerte, mi amor; prometerte que sería valiente y que nunca más iba a permitir que tu papá o nadie te pegara de nuevo por mi culpa.
Quería respirar contigo, acercar mis pechos a tu espalda y abrazarte; apretar mis piernas contra las tuyas; dibujar tu cara, tu boca, tus ojos, con mis dedos; acariciar tu panza; compartir un mazapán, otro chocolate contigo; leerte una canción, un poema, todo un libro.
Quería que te quedaras quieto; que desenredaras con paciencia mi pelo; que me dejaras darte un beso en el parque y caminaras conmigo a pasos lentos.
Enredarse quizás sea, en verdad, la palabra más justa. Enredarse entre palabras amables, entre papeles de colores, entre olores de especias, entre canciones cálidas y entre gestos sutiles.
Distraído como siempre, Ramiro tenía una dirección equivocada cuando llegó a Santiago. Ahí estaba en la esquina de Catedral con Maturana con un inútil papel en la mano, una maleta en la otra y la inmensa mochila militar de su abuelo, coronada con su bolsón de cuero a la espalda.
Yo venía de vuelta de una de mis noches en casa de Begoña y me reí al verlo ahí, sudando, acalorado, con sus bototos y, como la primera vez que lo vi en la Círculo de Temuco, con su impermeable negro.
Fue una casualidad feliz. Un estudiante de veterinaria, frustrado porque su escuela continuaba tomada por los momios, se había vuelto a su casa en Osorno hacía un par de días, y Ramiro pudo instalarse esa misma tarde en un cuartucho a pocos pasos del mío. Compartíamos la misma mesa a la hora de la comida y casi todas las noches, pasadas las once, yo oía golpear la puerta, y antes de que alcanzara a contestarle, él entraba con ganas de charlar conmigo o de escuchar uno de los elepés de su colección de rock progresivo la que, sin un tocadiscos decente en su cuarto, poco a poco había ido depositando en el mío.
Fue allí, liándose un pito, recostado en mi cama o tendido de espaldas sobre la alfombra, que Aníbal lo veía, saludándolo a regañadientes, impaciente porque se fuera pronto, las veces que aparecía rápido, como una ráfaga brusca e inesperada, con el ánimo de pasar la noche conmigo o dejarme recados para Gustavo.
Con mucho tiempo libre para los estudios independientes que le asignaban en su escuela luego que descubrieran que era capaz de dominar por su cuenta en un par de semanas los cursos del semestre, Ramiro se pasaba horas sin fin escuchando a Mason y a Barrett; a Lake; a los Parra y al Gato Alquinta; a Sazo y a González.*
Luego garabateaba fórmulas en sus pequeñas hojas cuadriculadas que dejaba, transformadas en aviones, en tortugas o en garzas de picos torcidos, sobre mis libros, bajo mi almohada, entre las varillas de incienso o colgadas con hebras de lana celeste de las cortinas, de las repisas o del techo.
No había cambiado mucho en ese año y medio: todavía llevaba a todas partes su bolsón de cuero repleto de libros, pero se veía más fuerte que antes y le venía bien el bozo que se había dejado crecer sobre el labio. Recordó mi cumpleaños y cuando volví de la ducha esa mañana, encontré colgando del gancho de mi puerta un sobre rojo con veintidós guijarros color turquesa dentro.
Loco simpático Ramiro.
Todavía sin acabar de vestirme, busqué en mi cartera el poema que me había regalado en la Círculo y lo leí de nuevo pensando en sus manos torpes, apresuradas y, ciertamente, inexpertas; en su sonrisa de gato consentido, en sus irritantes malos modales y en sus gestos extemporáneos; pero también pensé en sus ojos transparentes, en su inteligencia ingenua, en sus oídos atentos y en sus dedos tiernos de uñas comidas.
Besé mis propios dedos imaginando que podrían ser los suyos, pensé en mi propio
musgo y en mi propia espuma.
¿Te parecían todavía inagotables, Ramiro?
¿Suaves?
¿Fragantes?
¿No querías que te los enseñara?
¿Qué dirigiera tus manos hacia mis cálices?
¡Qué locura más subyugante!
¡Qué delicia la mirada de tus ojos marrones!
Era verdad.
Yo dejaba que Ramiro me viera. Me deleitaba que escuchara mis cuentos, que me contara sus cosas, que me hablara de fórmulas y de ecuaciones aunque yo no las entendiese, que me describiera los ritmos secretos de una caracola, que buscara palabras en el diccionario para preguntarme por las mías. Me enternecía que quisiera seducirme con ellas, loco de ganas, aunque no se atreviera a mostrarlo, o no supiera cómo hacerlo.
El domingo después de la despedida de Gastón Carbonell, Begoña me dejó en la esquina de Bustamante con Bilbao. Yo seguía pensando en esas arrugas y bolsas cansadas alrededor de los ojos de Odilia, enmarcando su mirada lejana y perdida, embotada con el valium; en el gesto firme y suave de sus manos pequeñas, cortando despacio los trozos de torrijas; en la avidez serena con la que se fumó su Ducado. Me dolía el estómago su historia, sentía náuseas; vergüenza por mi resaca y rabia por mi noche con Marco Canales.
Qué cara tienes. ¿Seguro que estás bien? me había preguntado esa mañana Begoña, entrando a la cocina donde yo ya bebía mi segunda taza de café, sosteniéndome la cabeza entre mis manos.
Canales se quedó aquí conmigo anoche. Bueno, parte de la noche. Espero que no te moleste.
Cuídate de esos intelectuales de pacotilla, Elvira. Te van a querer mientras les mires con los ojos embobados, pero ¡ay de ti!, cuando les pises los callos.
Creo que ya se los pisé.
Pues entonces, cuídate.
¿Qué quieres que te diga, Begoña? Ya me las hizo pagar.
Jugaste tus cartas, Elvira. Pero él es más ducho que tú.
Tú lo sabías.
Conozco a los cabrones como Canales.
Y no me dijiste nada.
¿Es que me hubieras hecho caso anoche?
No.
Entonces, ¿para qué?
Ya no me importa, Begoña; pero Canales es peor de lo que te imaginas.
Me lo temía.
Pero no era verdad; me importaba. Al otro lado de Bustamante se veía la casa alta y estrecha con el patio lleno de madreselvas y rododendros al que Aníbal y yo nos asomábamos riéndonos desde su cuchitril.
¿Por qué nunca dije que
tu cuchitril era también el mío? Yo, allegada provisoria a tu vida de pájaro; a tu
vida liviana y breve.
¿Cuál fue nuestro trato, Aníbal?
¿Cuándo fue que comenzaste a irte?
¿O es que nunca, en
verdad, estuviste del todo conmigo?
¿Estuve yo contigo?
Me pesaba saberte lejos y me costaba aun más separarnos, poner distancia entre tú y yo,
sin que todo sonara a bolero o a tango.
Canales fue mi bravuconada, mi exorcismo, mi sahumerio con olor a canela, a naranjas y a clavos,
con el que me quemé los dedos.
Paréntesis pegajoso y estúpido que no lavó una ducha larga.
Había llegado ya a la Alameda y la Feria del Disco estaba abierta. Entré. No sabía mucho sobre Santana, pero vi en seguida el póster de Abraxas, el elepé del que Ramiro había estado hablando desde hacía semanas. ¿A quién podría no fascinarle esa carátula de virgen negra, desnuda, voluptuosa; esa Anunciación sacrílega, cósmica y pagana?
Decidí regalárselo.
Pero quise esperar hasta su cumpleaños en agosto y, mientras esperaba, pensé que sería divertido encontrar la cita original del Demián para incluirla en la dedicatoria sobre el papel de seda turquesa con el que envolví mi regalo que le entregué ceremoniosamente, imitando su gesto circense cuando él me dio a mí su poema:
Para el loco simpático, creador de metáforas, acróbata de números y de palabras, origamista consumado... ...ich nannte es Mutter, ich nannte es Geliebte, nannte es Hure und Dirne, nannte es Abraxas.
Se había sorprendido de veras esa noche cuando entró a mi cuarto iluminado por esos dieciocho velones amarillos, fucsia y verdes que distribuí sobre el suelo y las repisas; perfumado con el pachulí que derramé sobre la colcha, pachulí, siempre pachulí; con el humo del incienso quemándose lentamente junto a una de sus gaviotas cuadriculadas y, otra vez el aire, impregnado por el vapor del vino con clavos, ciruelas secas y naranjas, hirviendo a fuego lento sobre la anafe.
Se rio de mi terrible pronunciación y entonces yo le pedí que me enseñara.
Mutter, Hure, Dirne dijo lentamente Ramiro.
Gurre, gurre repetí yo.
Jurre repitió Ramiro acercando sus labios, para que yo se los viera mejor.
¿Jurra?
Eeh repitió Ramiro. Jurre, jurre.
¿Jurre?
Sí.
Jurre.
¡Bien! Jurre, dirne. Elvira: jurre, dirne, muta.
¿Me estás enseñando a pronunciar o me estás diciendo que soy una puta marrana?
Geleibte.
Geleibte. ¿Y eso, qué es lo que quiere decir?
Geleibte. Amada, amante.
Geleibte.
Me gusta tu collar de abalorios.
¿Todavía sueñas conmigo, Ramiro?
¿Qué crees?
Bésame..., bésame.
☜ Llegados a este punto es posible también, si quieres, volver a la continuación de esta escena de agosto de 1971: Anoche
☞ Sigue la hebra de Monche:
Kirschwasser.
Última modificación: 21 de noviembre de 2025.