Grosellas

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Conchi

Estaba cantado que Conchi terminaría perdida, consumida por el uso de sus drogas ilegales y clandestinas más el alcohol y la nicotina que podía comprar en cualquier boliche de la esquina.

Pero no.

Lo de drogas ilegales no era para muy dramático; un poco de cannabis que le estimulaba la imaginación y las fantasías, pero podía pasar semanas sin una chupada. Mucho más enganchada estaba al tabaco.
Esa sí que la mató, pero no antes de haber pasado de sobra los ochenta y más años.

A sus 41 años, Conchi vivía en uno de los más pequeños cuartos disponibles en esa pensión del barrio de Plaza Brasil; un cuarto sin embargo luminoso al que llegaba subiendo tres plantas hasta la buhardilla por una escalera estrecha, crujiente y alumbrada (es un decir) por una mísera bombilla de 20 watts.

El cuarto de paredes blancas donde no cubiertas por posters anunciando circos itinerantes y de actuaciones de su hermano Alfonso en el “Pigalle” y cielo raso azul se llenaba con su cama de una plaza, con su mesa de noche, con el estante con algunos libros y un tocadiscos dispuesto al lado de la puerta del closet en el que cabían sus tres vestidos, unas blusas con sus faldas y un abrigo.

Eso sí el cuarto tenía una gran ventana con buena vista a la plaza y, cuando abierta, se escuchaban bien los pregones de los comerciantes ambulantes y el zureo de las palomas que tenían sus nidos justo abajo del alero que protegía también a Conchi cuando se asomaba una tarde de lluvia a olfatear el barrio.

Todavía vivía allí mismo cuarenta años más tarde con la única diferencia —gran diferencia— que entonces le daba más trabajo y más tiempo subir las escaleras y que el barrio ahora era predominantemente de inmigrantes haitianos, venezolanos y colombianos con muchos que la conocían como “doña Conchi” y que la saludaban al pasar. Conchi visitaba a Teresa y pasaba el tiempo con ella dos o tres veces cada semana, pero siempre rehusó el periódico ofrecimiento de mudarse a Matilde Salamanca.

—Lo que tú no entiendes es que yo quiero que te vengas a mi casa por mí; soy yo la que te necesito; no es un favor ni caridad.

—Y lo que tú rehusas entender, Tere, es que yo necesito quedarme en mi cuartucho por mí.

En preparación

Gilberto Trejo

El diario de Monche. Palomas son tus ojos

Última modificación: 6 de diciembre de 2025.



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