Los lares de Jorge Teillier...
Al leer Follas novas Rosalía de Castro
me recuerdo del lautarino Jorge Teillier (1935 1996)
quien en un artículo aparecido en mayo de 1965 en el Boletín de la Universidad de Chile acuñó oficialmente la feliz frase
y categoría «los poetas de los lares,» un grupo o mejor, una sensibilidad, a la que él mismo,
con Para ángeles y gorriones (1956)
o Los trenes de la noche (1961) y varios poemarios más, también pertenecería.
1
El puente en medio de la noche
blanquea como la osamenta de un buey.
Entre la niebla desgarrada dc los sauces
debían aparecer fantasmas,
pero sólo pudimos ver
el fugaz reflejo de los vagones en el río
y las luces harapientas
de las chozas de los areneros.
Jorge Teillier
Los trenes de la noche (1961)
Sin ser una lista exhaustiva, además de sí mismo, entre los poetas que Teillier incluye como miembros de la poesía de los lares están Efraín Barquero, autor del bellísimo poema El Afilador; Alfonso Calderón, el puntarenense Rolando Cárdenas, Carlos de Rokha, Pablo Guiñez, Floridor Pérez y Alberto Rubio.
Retorno, continuidad, trabajo
Una descripción rápida del tipo de las que aparecía aparece en los manuales de literatura utilizados en la escuela secundaria y también desafortunadamente en otros sitios señalaría reductiva, condescendiente, si no peyorativamente, que la poesía de los lares es una poesía de la nostalgia.
Una nostalgia por la aldea, una nostalgia por la vida antes del progreso; más precisamente, antes del progreso de las ciudades. Algo de eso hay, sin duda; pero también como lo señala el subtítulo del texto de Teillier se trata fundamentalmente de una visión de la realidad.
En el decir de Jorge Teillier, la poesía de los lares es sí un retorno.
Un retorno desde la anónima, desarraigada y mecanizada vida de la sociedad de consumo de las grandes metrópolis, a la tierra y a la aldea ancestral. Allí donde el poeta el habitante no se siente solo, sino siempre rodeado de un mundo físico al cual pertenece y que le pertenece (mi énfasis). La doble relación de pertenencia, afín a la de mutua entrega y posesión amorosa, es crucial para obliterar toda posibilidad de desarraigo. El poeta el habitante es parte integral y orgánica del espacio en que vive y escribe; es del mismo material que su lar.
Se trata también de una continuidad; de ser un eslabón más, un vínculo, en una historia que de ningún modo comenzó con él o con ella y que de ningún modo terminará con él o con ella ahí tampoco. Se trata, dice Teillier, de un retorno a un espacio donde el poeta el habitante está rodeado de antepasados que lo acompañan en su tránsito terrestre, así como ... sabe que ... acompañará en venideros tránsitos a sus descendientes.
Así, en el decir de Jorge Teillier, la poesía la sensibilidad de los lares es garante de la supervivencia generación tras generación de una comunidad anclada en la segura e inequívoca continuidad de una pertenencia a la tierra, es decir, al lar.
Es también un trabajo.
No basta, no se trata de una descripción a la distancia con una foránea mirada a lo pintoresco de la aldea a la manera de un criollismo superficial y externo (de ese que desde la ciudad, se apeaba del tren para darse una vuelta de fin de semana por el campo), sino de interpretar y entrar profundamente en el significado de las costumbres y ritos nuestros: del mundo al que pertenecemos. De ese mundo donde siempre se produce la misma segura rotación de siembras y cosechas, de sepultación y resurrección, tan similares a la gestación de los dioses (recordemos a Dyonisos) y de los poemas.
Ajá. Siembras, cosechas y también, los poemas. Para Teillier, la poesía el trabajo poético es la creación de un orden de un cosmos hecho de palabras y la labor del poeta es crear en el poema dionisiácamente tal orden.
Nostalgia por el acompasado ir y venir de las estaciones, entonces; tan alejado de nuestros supermercados modernos donde podemos encontrar desabridos tomates y duraznos durante todo el año sin importar si afuera llueve o hace sol.
Quizás.
Pero no se trata de una nostalgia dulzona o de lloriquear por un pasado remoto, sino de una afirmación de un auténtico presente; se trata, dice Teillier, de transformar la vida cotidiana del prójimo gracias a una poesía que muestre el rostro verdadero de la realidad...
Aun la que reside en el campo, en los oficios menores del campo y de las aldeas abordados también por Rosario Castellanos en sus Oficios aldeanos y por Efraín Barquero en sus Los oficios.
El Afilador
Veréis un tronco viejo
una rueda partida.
Una piedra del mundo
con la cara vacía.
Veréis sólo mi banco
la luz de cielo fría:
me seguirán los niños
como a un ave caída.
Veréis un árbol seco
veréis la piedra encima,
la rueda de madera
polvorienta y perdida.
Veréis que yo he pasado
con mi pobre angarilla,
véreis sólo el acero
vencedor de los días.
Efraín Barquero
Los oficios (1962)
Afilador callejero
Archivo de la nación argentina, 1870
Quizás valga la pena recordar aquí que hasta bien entrados los setenta el tren nocturno era el principal medio de transporte entre Santiago y Puerto Montt.
A menudo en la estación de Renaico había una larga detención en espera del tren que venía del ramal de Concepción a acoplarse con el nocturno que corría por la vía central.
Volvamos a Teillier y a su poemario creado, según nos cuenta en otro lugar, en un viaje, en tren,
claro, desde Santiago hasta su natal Lautaro.
La aventura del viaje en tren atravesando pueblos, potreros, chacras y ríos a lo largo de los caminos.
Los caminos de tierra y de grava anegados por la lluvia del Sur.
De crepúsculo a madrugada; el tren nocturno.
2
Nos alejamos de la ciudad
balanceándonos junto al viento
en la plataforma del último carro
del tren nocturno.
Pronto amanecerá.
Los fríos chillidos de los queltehues
despiertan a los pueblos
donde sólo brilla la luz
de un prostíbulo de cara trasnochada.
Pronto amanecerá.
En las ciudades
miles de manos se alargan
para acallar furiosos despertadores.
Pronto amanecerá.
Las estrellas desaparecen
como semillas de girasol
en el buche de los gorriones.
Los tejados palpitan en carne viva
bajo las manos de la mañana.
Y el viento que nos siguió toda la noche
con cantos aprendidos
de torrentes donde no llega el sol,
ahora es ese niño desconocido
que se despierta para saludarnos
desde un cerezo resucitado.
4
En la estación de Renaico
un caballo blanco enganchado a un coche
espera sin impacientarse.
Espera bajo toda la lluvia
destilada por el mantel sucio del cielo,
rodeado de toda la soledad
de un mundo redondo e infinito.
5
Los pinos descortezados y nudosos
pasan interminablemente delante de nosotros,
y nos miran hasta que nos damos cuenta
de que su rostro es el rostro
de nuestros verdaderos antepasados.
13
El silbato del conductor
es un guijarro
cayendo al pozo gris de la tarde.
El tren parte con resoplidos.
de boxeador fatigado.
El tren parte en dos al pueblo
como cuchillo que rebana pan caliente.
Los vagabundos quedan mirando
a los niños andrajosos
que juegan entre castillos de madera.
De las chozas dispersas a lo largo de la vía
salen mujeres a recoger carboncillo entre los rieles,
otras reúnen la parchada ropa
crucificada en los alambres
tendidos en los patios llenos de humo,
y algunas inmóviles y serias como grandes sandías
recogen en los umbrales el lerdo sol de fines de otoño,
ese sol que apenas puede escurrirse entre los álamos.
Jorge Teillier
Los trenes de la noche (1961)
No es sólo el tren.
Ni es tampoco sólo el tren nocturno.
Es el olor al humo; el carboncillo que impregna el aire.
Son las ventanillas de los carros por las que pasan los pueblos
como páginas de un libro arrancadas por
una ventolera:
Renaico, Lolenco, Mininco, Las Viñas,
Púa, Perquenco, Quillén y Lautaro.
Son las idas y los regresos.
Las gentes que se ven desde el vidrio de la ventanilla que sirve de almohada.
Los pájaros, los caballos, los bueyes.
Las alamedas, los robledales, los pinares.
Los ríos.
Las gentes que viven, trabajan, aman y sufren en esos lares.
Las mañanas frías en las que el viajero después de tantas horas de viaje adormilado por el acompasado traqueteo del tren
y con las piernas entumecidas por fin llegaba a Lautaro.
Cierro los ojos
y afirmo mi frente enhollinada
en los vidrios de la ventanilla
mientras la noche hunde en los ríos
su frente arrugada por los peces.
Jorge Teillier
Los trenes de la noche (1961)
Tren con locomotora a vapor en algún lugar del mundo
Foto: Licencia Adobe.
El artículo de Teillier ha sido recopilado en el libro Prosas (1999), publicado por Editorial Sudamericana y editado por Ana Traverso.
Sus libros Los trenes de la noche y Para ángeles y gorriones, probablemente sólo disponibles en algunas bibliotecas
y quizás en alguna librería de viejo, pueden leerse o descargarse en formato PDF en el sitio memoriachilena.gob.cl.
Saint Paul, agosto de 2023
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