Grosellas

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Lobito bueno

Santiago, octubre de 2010.
Cuarenta años después Teresa Capellán recuerda la mañana del sábado 28 de octubre de 1972.

EF

Ese sábado 28 de octubre de 1972, de fresca brisa matutina y con un radiante sol primaveral, hubiese sido un día perfecto para celebrar el cumpleaños de Pía, si no fuese por el caos de calles cortadas, de patrullas militares, del ruido ensordecedor de sirenas, de cacerolas, de helicópteros sobrevolando sobre manifestaciones y contra manifestaciones en medio de esa huelga de transportistas y de autobuseros en contra del gobierno de Allende iniciada hacía ya tres semanas.

Cuatro décadas más tarde, en octubre de 2010, cuando por encargo de Evaristo Feliú entrevisté a Teresa Capellán, ella ya de 75 años, había enviudado hacía cinco y era la abuela de seis niños y de seis niñas, cuatro de ellas ya adolescentes. Aún vivía en su casa de Matilde Salamanca, acompañada por dos gatos que se sentaban alternadamente sobre su regazo y por Hilda su ahora ya vieja criada que le llevaba la casa ayudada por una joven mujer de nombre Ana María que ni con mucho llegaba a los veintiséis.

La casa mantenía ese aire característico de las casas patricias de principios del siglo pasado, dos o tres patios interiores embaldosados, jardines con surtidores, limoneros y macetas con geranios, gomeros y rododendros que adornaban los rincones; pero también era evidente que había sido recientemente remodelada con las paredes pintadas con una alternancia de complementarios colores terrosos. A través de la mampara de vidrio que daba hacia el comedor pude ver un gran cuadro sobre la pared de encina que parecía ser una reproducción —o acaso era un original— de una obra de Nemesio Antúnez o de alguien parecido, no estoy seguro.

El amueblado de inspiración escandinava sugería una modernidad que contrastaba con las rejas de hierro negro que protegían las ventanas que daban a la calle y al principal patio interior, las que sin embargo, sin un cortinaje pesado, sino discretamente cubiertas por sutiles cortinas de algodón crudo blanco dejaban entrar abundante luz. De un cuenco de onix puesto sobre la mesa de centro emanaba un aroma mezcla de canela, anís, naranja, romero y tomillo, entre las hierbas y olores que pude identificar.

Teresa llevaba un vestido azul marino adornado con un delgado festón de ganchillo del mismo color, zapatos bajos negros abrochados por una hebilla de plata y su pelo gris recogido en un pequeño moño y un collar de perlas que hacían juego con sus aretes. Un broche de oro con una finísima filigrana adornaba el lado izquierdo de su pecho. Al imaginármela todavía muy religiosa, me sorprendió lo deslenguada que era y ella, sin duda notando mi turbación, me dijo:

—Lo bueno de ponerse vieja y viuda, Gilberto, es que ya no vamos a misa ni nos ruborizamos.

Recordaba muy bien el Leeson and Leeson que Monche había llevado consigo esa mañana. Recordaba que cuando Monche dejó «ese bello libro de Histología» —sus palabras— encima de la mesa de la cocina mientras se preparaba el desayuno, ella lo había hojeado con reverencia y hasta con asombro.

—De la misma manera como cincuenta o sesenta años después, hojeas un libro de cuentos de tu infancia que has encontrado en el desván o en un baúl una mañana que por casualidad se te ha ocurrido hacer algo de limpieza. Una mezcla de nostalgia y de condescendencia; algo de tristeza y, para mí, ahí también, mucho de rencor y de rabia.

Esa mañana había cerrado el libro, acariciado sus tapas azules, y mirando fijamente a Monche le había dicho:

—Si empezara de nuevo, nunca hubiera aceptado esa injusta “sacrosanta” exigencia de Mauro.

—¿Qué te impide ejercer ahora? Todas tus niñas ya van a la escuela.

—No tienes idea, Monche, cuánto una se olvida, cuánto cambia la práctica en diez, en once años.

Sin embargo, el Leeson and Leeson no había sido lo más importante. Tampoco era que la presencia fresca de Monche le recordase lo que pudo haber sido su vida llevase ella a la casa libros de texto o no.

—Conchi tenía razón, Gilberto. A Mauro yo le importaba mucho más como madre de sus hijas que como su esposa, que como su pareja, que como su mujer. ¿Me entiendes? Te lo voy a decir como le gustaría a Conchi que te lo dijera para que así quede más claro. Hacía tiempo que Mauro no me agarraba por el culo. Se lo agarraba a otras. Esa era mi rabia, mi desengaño.

Hizo una pausa en la que con mucha delicadeza cogió su taza de té, sorbió lentamente y me miró a los ojos como queriendo aquilatar el efecto que habían tenido sus palabras. Yo aproveché la pausa para observarle detenidamente sus manos: largas, delgadas, huesudas, con el comienzo de una artritis; uñas largas pintadas de rojo oscuro, casi púrpura. Muy blancas, matizadas con unas pocas manchas marrones. No llevaba argolla matrimonial, pero sí un delgado anillo de plata adornado con una pequeña turquesa. Debió notar mi mirada, porque estirando el dedo anular de su mano izquierda, me dijo:

—Regalo de Conchi. Para agasajar mis manos desnudas y libres según ella.

Dejó la pequeña taza y platillo sobre la mesa de arrimo y prosiguió.

—Junto o más que ser un devoto católico, Mauro me salió como esos antiguos griegos. Es un cuento viejo y trillado, Gilberto. Yo era su santa esposa; no para el amor o el placer, sino para la reproducción de su casta. Pobre Mauro; le salieron todas mujeres. Para el placer, de él no del mío, tenía a Mari Carmen y luego, cuando ella envejeció, tuvo a otras como a sus... hetairas preferidas; esa es la palabra griega, aunque decir putas de mierda baste y sobre.

El tono de su voz era complejo; como lo eran el movimiento de sus manos y los gestos en sus ojos o en sus labios, cambiantes de una frase a la otra. A ratos su tono transmitía enojo, tristeza, sarcasmo; sus labios a veces se apretaban, mostrando rencor o disgusto; otras se abrían con una clara, me parecía sabia, sonrisa irónica. Le pregunté qué es lo que le hubiera gustado haber hecho de una manera diferente. Me dio una mirada incrédula como si pensara que yo no había entendido nada. Después de una larga pausa, sin alzar la voz, me contestó de una manera clara y rotunda.

—No haber dejado mi carrera, para empezar... De ahí en adelante, todo hubiera cambiado, ¿no te das cuenta?

—Le habría dado a usted cierta independencia.

—Total independencia. Sin nuestra propia actividad fuera de casa, las mujeres nos íbamos encogiendo hasta desaparecer. La rutina doméstica nos borraba. Con esa carta en mi mano, de tener mi carrera propia, no habría hecho la vista gorda a su puterío con Mari Carmen...

—¿Se habría planteado usted un divorcio?

—En ese tiempo en Chile no existía el divorcio. Además éramos católicos... La única alternativa posible era la nulidad.

—Un trámite engorroso y largo.

—Engorroso, sí... y los curas con la excusa de proteger a los hijos y a la familia, protegían a sus compinches, a los hombres. ¿Por qué crees que no admiten mujeres en el sacerdocio? ¿Hace falta que te lo repita? Nos enseñaban a que fuésemos dóciles, sumisas. Esa es otra área en la que yo podría haber actuado de manera diferente.

—¿Cómo?

—Piensa en la maldita tozudez conservadora de Mauro. No debí seguirle tanto; no debí aguantarle tanto su cantinela anti conciliar y tridentina; la tirria que le tenía al Silva Henríquez.

—Mauro era muy tradicionalista.

—Me tenía hasta más arriba de la coronilla con su latín y sus misas cantadas.

—¿Piensa usted mucho, a menudo, en todo ese tiempo?

—No, la verdad que no. Todo esto que estamos haciendo ahora es pura habladuría, Gilberto. Es como decir “Si mi abuelita no se hubiera muerto, estaría viva.” No sirve de nada: agua pasada no mueve molino.

—Aparte de todo lo que pudo haber sido diferente, su conciencia está tranquila.

—Tranquila... ¿De verdad, Gilberto, que crees que la conciencia de alguien como yo que ya ha vivido más de setenta años puede estar tranquila?

—¿No lo está?

—Debí haber evitado con más fuerza que Mauro acosara a Monche con su mirada.

—Cuénteme, ¿cómo era la presencia de Monche en esta casa?

—Yo quise mucho a Monche, todavía la quiero, aunque no siempre era fácil llevarse bien con ella. Monche podía ser muy hosca, malhumorada...

—Muy adolescente todavía quizás.

—Sí, yo diría que sí; curiosa, insumisa. En eso se parecía, se parece, mucho a Conchi... Las dos aborrecen las reglas. Las dos tienen un espíritu que de alguna manera quiere ser libre. Que no siempre les resulte es otra cosa. La gran contradicción que ambas han tenido en sus vidas es que a menudo se han liado con hombres dominantes mucho más mayores que ellas.

—Entiendo que las niñas adoraban a Monche.

—Absolutamente. Eso era lo extraordinario, lo maravilloso de Monche. Con las niñas se transformaba y se convertía en el ser más dulce imaginable.

—Evaristo Feliú me sugirió que le preguntara a usted acerca de la fiesta de cumpleaños de Pía ese 28 de octubre.

—Ese día...

—Ese día comenzó de una manera tan horrible...

Había manifestaciones en la calle, las marchas pasaban por aquí cerca; por ahí, a la vuelta de la esquina.

Un ruido espantoso de sirenas y de helicópteros, bombazos.

Soledad, la menor, tenía mucho miedo; lloraba.

Mauro había recogido a Monche temprano ese día; después se había ido. No sé, no me acuerdo qué reuniones de gremialistas tenía.

Conchi estaba con nosotras; se había quedado a dormir aquí desde la noche anterior en casa.

Monche había traído en su bolso un inmenso pañuelo blanco con un bordado azul con libélulas y mariposas que se lo había dado una mujer en el cementerio.

Una cosa de locos.

Conchi tuvo la idea de unir con alfileres de gancho el pañuelo con dos sábanas blancas y hacer una especie de gran carpa bajo las que nos pusimos todas, aquí mismo en la sala para escapar del ruido.

Una tontería, pero que a las niñas..., incluidas Conchi y Monche, les encantó.

Ahí estábamos estas siete mujeres —así lo dijo Conchi— protegidas del ruido y del miedo bajo esa cúpula blanca.

Teníamos cartulinas y lápices de colores. Monche sugirió que dibujáramos: un árbol con manzanas, una casita con el techo amarillo, una oruga rosada, una mariposa azul. Una manzana con un gusano verde y sombrero morado. Libélulas, como las del pañuelo.

Cosas que se le ocurrían a Monche para entretener a las niñas.

—¿De dónde sacaste ese pañuelo? —le preguntó Regina.

—Me lo dio una mujer muy vieja toda vestida de negro ayer en el cementerio.

—¡Una bruja! —gritó Margarita.

—Una bruja buena —dijo Pía.

—¿Qué es una bruja? —preguntó Susana.

—Una mujer con poderes mágicos —le contestó Conchi.

—Eso, eso es —añadió Monche. Dice “¡Puf!” y en tu mano aparece una flor. Dice “¡Puf!” y a la oruga le salen alas.

—Para que pueda volar —dijo Pía.

—¡Exacto! Así no tiene que esperar a ser mariposa.

—Puede volar cuando quiera —dijo Pía.

—Una bruja hermosa —dijo Margarita.

—Como en la canción —dijo Regina.

—¡La del lobito bueno!! —gritó Susana.

—Cantémosla —pidió Margarita.

—Veamos si nos acordamos... yo empiezo.

Érase una vez... Susana, sigue.

Un lobito bueno.

—Bien. Al que maltrataban... Sigue tú, Margarita.

Todos los corderos.

—Fantástico... ¿Cómo sigue, Regina?

Y había también

una bruja hermosa

—Falta lo del príncipe —interrumpió Susana.

—Es verdad: un príncipe malo. Pía, termina la estrofa.

Y un pirata honrado.

—¡Cantemos las siete juntas!

Érase una vez

un lobito bueno

al que maltrataban

todos los corderos.

Y había también

un príncipe malo

una bruja hermosa

y un pirata honrado.

—Fue realmente mágico. Por toda esa mañana las niñas se olvidaron del ruido, ya no sentían miedo y Pía tuvo un buen feliz cumpleaños. Por supuesto que a Mauro canciones como ésas no le hacían ninguna gracia.¹

Gilberto Trejo

🎧 Goytisolo / Ibañez.

🎵 YouTube: Lobito bueno.

Bratwursts en el Bierstube

¹La canción es un poema de José Agustín Goytisolo popularizada por Paco Ibañez.
EF

Última modificación: 14 de octubre de 2025.



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