Misa del domingo
Temuco, marzo de 1970.
Además de una esporádica escapada a la Calipso, durante todo ese año de 1970, la misa del domingo,
atrás en un rincón a la derecha, allí donde se juntaba menos gente,
fue el lugar privilegiado de los encuentros furtivos de Monche y Viviana.
EF
Monche la llamaba la vieja bruja y también yo por mucho tiempo la odié con toda mi alma, deseándole todas las penas del infierno cada vez que pensaba en ella. No solamente las monjas le habían dejado claro a Mercedes que «no era para nada apropiado ni para nadie conveniente» que su hija apenas se atrevían ellas a nombrarla volviera al colegio ese año, sino que Tomasa, una vez que con su mano de hierro tomó control de todo, ni siquiera permitía que nos viéramos después de clases.
Tampoco mi mamá; cuando le pedí permiso, a punto de darme un bofetón, me lo había terminantemente prohibido.
La verdad es que ella, ni de cornuda y vieja, nunca pudo entender nada.
¡Pobre Monche!
Y pobre de mí, también.
Recuerdo lo sola que estuve todo ese año, esperando ansiosa durante toda la semana la misa del domingo a la que Monche y yo asistíamos religiosamente, no porque sufriéramos un súbito ataque de devoción, sino porque era una de las pocas oportunidades seguras que teníamos de sentarnos muy cerca, casi dejando que nuestras rodillas se tocasen, cuchichear por lo bajo sin prestar ninguna atención a los rezos, intercambiando larguísimas cartas en las que detallábamos nuestras cuitas y penas; yo todavía con las monjas del Santa Cruz; Monche en el Liceo de Niñas.
Allí al menos, en la misa del domingo, Tomasa nos dejaba hacer tranquilas, sin duda sospechando la verdad, pero permitiéndonos a regañadientes ese respiro que en el fondo ella, conocedora también de censuras y de encuentros furtivos, bien sabía lo mucho que lo necesitábamos.
Viviana Altman
☞ Primavera de 1970: Suerte echada.
Última modificación: 28 de febrero de 2026.