Grosellas

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Mercedes en Quinto

—...y al boxeador flacuchento, ¿cómo le ponemos?

—Ángel. Su mamá, Eloísa, es costurera; su padre, Antón, es ferroviario.

—¿Maquinista?

—De un tren de carga.

—Traqueteante.

—Traqueteante, sí. Llega a Temuco pasada la medianoche y apenas cruza el puente de Padre de Las Casas toca el silbato; como todos los trenes, claro. Pero después agrega cuatro silbidos cortos, como los de un pájaro mañanero: es su contraseña.

—Viven en San Antonio.

—O en Santa Rosa o en Santa Elena; de todas maneras cerca del estadio del Bajo.

—Y entonces, ¿qué pasa?

—Se despiertan todos. Eloísa se levanta de la cama y comienza a prepararle una cazuela de ave.

—¿Quién le ayuda a pelar las papas?

—Carmen, la hija mayor.

—¿Por qué no Ángel?

—Porque él es hombre.

—¿Y los hombres no saben pelar papas?

—Estos todavía no.

—Y Eloísa ¿dónde trabaja?

—En su casa. Cose para una de las tiendas de calle Rodríguez. Cada semana le llega un paquete envuelto en papel color ocre lleno de piezas de batista, de organza, de percala y de popelina. Pero son todas piezas sueltas; ella entonces enhebra una aguja, pedalea su máquina, y en minutos las piezas se transforman en blusas, en faldas y en vestidos.

—Es casi mágico.

—Sí, pero entiende; ella no es feliz; coser de esa manera es un trabajo mecánico, repetitivo. Nadie le pregunta a ella nunca nada; solo le exigen que cosa bien las piezas.

—¿Nunca diseña ella un vestido?

—Solo una vez. Escucha: una mañana muy temprano, antes del desayuno, va a verla una mujer. Muy seria ella, ropa no muy cara, pero limpia; se ve que es educada. ¿La ves? ¿Te gusta? Pero mira: hay una tristeza infinita en su mirada.

—Hagamos que esté vestida de negro.

—¿Como de luto? Bueno.

—¿Qué más?

—Le han dicho que Eloísa cose muy bien y por eso quiere que le haga un vestido de fiesta a su hija. Hay una condición.

—¿Cuál?

—Que sea de colores brillantes: una falda verde y una blusa anaranjada, con muchos botones.

—De madreperla.

—De madreperla no; azules.

—Parece un vestido hermoso.

—Claro que sí, la hija estará dichosa en su fiesta.

—Y la mujer de negro, ¿por qué está triste?

—Recuerdos de una guerra.

—¿Perdió a su familia?

—Peor. Ella misma debió matar a otros.

—¿Para defenderse?

—O porque tuvo miedo. Una noche de invierno, estaba de guardia ella, disparó a algo que se movía entre los arrayanes y cuando se acercó a los cuerpos tendidos sobre la nieve se dio cuenta de que eran dos chiquillos que buscaban leña.

—Eso parece ser un cuento de otra historia.

—O una vuelta más de la misma de siempre...

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24 de diciembre de 2025.



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