Grosellas

  Hebras narrativas

Anoche, buscando una radiografía que evidentemente había extraviado, pasó más de media hora sumido en un cajón lleno de papeles rara vez aireados...
Edgardo Cozarinsky
“El viaje sentimental”

—¿Y por qué no me llevas ahora y así a los dos se nos cumplen las ganas?
—¿Hablas en serio?
—Yo siempre hablo en serio.
—¿Entonces?
—Vamos, vamos a mi hotel.

Hotel don Cristóbal

Temuco, sábado 19 de enero de 2008


El 29 de diciembre de 2007 apareció en el diario Austral de Temuco la esquela mortuoria de Carlos Labarca Groessmann.

Un par de semanas más tarde, el sábado 19 de enero, Monche y Gustavo se escaparon de la fiesta de Sandra y se marcharon juntos a la habitación del hotel Don Cristóbal donde se alojaba ella.

Allí Monche y Gustavo bebieron, sin duda, bebieron demasiado; vodka con hielo ella, más vino él. Recordaron, hablaron de la familia; de amor y de sexo; abordaron algunos de sus muchos asuntos pendientes.

Hablaron mucho, largo y bien; aunque en el fondo y a fin de cuentas, por miedo, por incapacidad, no llegaron a decirse completamente lo que se tenían que decir.

Sin despedirse de nadie, Monche y Gustavo se escabulleron de la fiesta de Sandra García Salazar y, tomados de la mano, caminaron hasta el “Don Cristóbal”.

Todavía sorprendidos por el vuelco en la tarde que sin anticiparlo se les había venido encima, caminaban despacio y Gustavo medía sus palabras no fuese cosa que en la puerta del horno se le quemase el pan. Se rieron, caminaron deteniéndose a mirar las casas de madera que aun quedaban en pie, reconocieron el quiosco descolorido en la esquina de Montt con Lagos en el que hacía tanto tiempo atrás Monche compraba Frescos a escondidas.

Gustavo encendió un Viceroy; Monche hizo un gesto de asco; Gustavo lo arrojó al suelo luego de una segunda larga chupada y lo aplastó con su zapato. Muy brevemente, casi arrepintiéndose enseguida, Gustavo mencionó a Mercedes: recordaba «lo mal que estaba ella».

—Sí, ella estaba mal —concedió Monche.

Llegados al “Cristóbal”, en un descuido y sin arrojarse ya sin más a la cama, mientras Monche buscaba un botellín de vodka en el minibar, comenzaron a hablar del pasado. Aludieron de nuevo a la fiesta de cumpleaños de Monche; Gustavo recordaba detalles de su vestido. De pasada, en el camino al hotel, Monche había mencionado a Xavier, también a Julio. Gustavo, a su separación de Nicole; la consultoría que hacía en esos días para Sergio Gajardo. Así, sin que alcanzaran a darse cuenta a tiempo, las confidencias se les fueron complicando y se les esfumó el polvo.

—Aunque no sea más que por eso, Monche... feliz de habernos escapado. Te confieso que a mí estas reuniones sociales como las llaman ahora, me aburren soberanamente.

—Mmm... Ya... buen vino y buena comida, pero aburridas... ¡Salud...!

—Salud, Monche... Ya, por la vida.

—¡Ya, por la vida...! Entonces, Gustavo, a propósito de vida... ¿cuánto tiempo hace que te separaste de Nicole? Lo siento, no lo sabía.

—Bueno. Entiéndeme lo que te dije... técnicamente, todavía no nos separamos, pero hace tres semanas Nicole se fue a vivir a su casa de Labranza.

—¿Tres semanas?

—Hoy, sábado, hace justo tres semanas... Pero, escúchame, Nicole y yo habíamos estado mal por mucho tiempo. Lo de Nicole y yo siempre ha sido una relación complicada; con fantasmas, culpas, a ella todavía le pesa el Eaton, uno que otro lío en Ottawa..., eso sin contar los demonios mutuos. Es largo de contar, no quisiera aburrirte.

—Oh, no. No me aburre para nada.

—Yo soy el primero en reconocer mis faltas, Monche; pero ella también tiene las suyas... más allá de... bueno, más allá de todo.

—Mm, mm.

—Yo, para decirte la verdad... Es demasiado, Monche; yo a la Nicole hace tiempo que dejé de quererla. Siento compasión, por ella.

—¿Compasión? ¿En serio, Gustavo?

—Mmm. Cariño, quiero decir cariño..., pero amor...

—No amor.

—No, amor no. ¿Más vodka?

—Dos dedos; gracias. Y eso, ¿ella lo sabe? ¿Se lo has dicho?

—No se lo he dicho así con todas sus letras. Pero, por supuesto que los dos lo sabemos. Hace tiempo que lo sabemos... Monche, ricura, ¿de qué te ríes?

—No, no te muevas, no sigas... No has cambiado, Gustavo. Chss, quieto, no hagas nada ahora. Quiero mirarte, Gustavo. ¿Quién iba a decir esta tarde que a la noche terminaría contigo en mi cuarto de hotel?

—Me acuerdo de esa otra noche... Tenías una falda verde, plisada, con vuelos... Una blusa anaranjada con un montón de botones azules; te quedaba tan ajustada esa blusa que se notaba a la legua que andabas sin el sostén... Se te veían los pezones. Te veías bien... te veías rica; con una cinta morada en el pelo...

—Chss, chss... Ahora me hablas, Gustavo. Tantas, tantas veces esperé que me hablaras o que hicieras algo por mí, pero nunca, nunca hiciste nada.

—¿De qué me estás hablando, Monche?

—Nunca me dijiste nada entonces. Apenas me saludaste la noche de mi cumpleaños. Y después... Después nunca apareciste.

—Monche, en esa época me acuerdo que estábamos en plena campaña del setenta y con la cosa de Labarca... con los tiras llegando a tu casa, pensé que preferirías estar sola. No quería avergonzarte.

La cosa de Labarca... No querías avergonzarme... con esa cosa sin nombre... ¿De verdad pensaste eso Gustavo?

—No te lo diría, si no hubiera sido así.

—¿No? ¿Seguro? ¿Cómo es que te acuerdas tan bien de mi ropa? ¿Sacaste una foto acaso? ¡Qué gilipollas!

—Monche, mira cómo me hablas... Estás... agresiva. ¿Enojada por algo? Mira, Monche; yo entiendo que estés molesta por lo de Nicole; debí decirlo de otra manera, pero...

—¿Pero qué?

—Monche, para. Por favor, para; no me hables con ese tono. ¿Estamos? Ya ni siquiera sé para qué vinimos a tu hotel y para serte franco, Monche, ya me está importando cada vez menos. Si quieres me voy a mi casita y tú y yo amigos como siempre.

—Vinimos a echarnos un polvo..., Gustavo. A sacarnos las ganas de encima. A eso vinimos. Aunque quizás ya no valga la pena. Quizás nunca valió la pena. Tú y yo, amigos como siempre. Sí, Gustavo... amigos como siempre. ¡Qué claro que está todo!

—Claro, claro, Monche, clarito. No vale la pena. ¿Y por qué no? ¿Por qué no vale la pena? A ver, Monche. Yo y Nicole; de acuerdo, no fui claro con lo de Nicole..., pero tú... A ver, dime, ese otro amigo que dices que tienes ahora... Monche, dime, a ver. ¿Qué tan amigo es?

—Vivimos juntos.

—¿Desde hace mucho tiempo?

—Tres años.

—Vaya... Tres años... Más de lo que yo nunca he estado con ninguna mina; con ninguna mujer. ¿Lo quieres? ¿Se quieren?

—Lo quiero y nos llevamos bien.

—Se llevan bien; me alegro. ¡Salud, Monche! O sea que es una relación... cómoda.

—Sí, es cómoda. Por fin me voy a la cama con alguien de casi mi misma edad; es menor que tú. ¿Te importa mucho que yo tenga una relación cómoda? Ya tuve mi buena parte de relaciones incómodas. ¿No crees?

—No te lo digo con ánimo de crítica. Fue simplemente una observación, un comentario de cómo nos cambia la vida.

—No digas huevadas; mírate a ti, Gustavo. ¿Amigos con Sergio Gajardo ahora? Tú no tienes ningún derecho a criticarme.

—Como tú con Sandra; igual te apareciste por su casa... Por su casa nueva. En cuanto a mis asuntos, Sergio es sólo un cliente, como cualquier otro. Y ya te lo dije. No te estoy criticando.

—Y ni te atrevas.

—Entiendo..., entiendo, Monche. Colijo, entonces, que esta noche no nos vamos a acostar. ¿Otro vodka?

—Tuviste tu oportunidad hace treinta y ocho años, pero no te atreviste. El vodka me lo sirvo yo misma, a mi gusto. No te molestes.

—¿Sabes amiga? Tú hablas mucho, pero estoy seguro de que si yo te hubiera propuesto llevarte a la cama hace treinta y ocho años, te habrías cagado de miedo.

—Así de buenas a primeras, quizás. Hubieras tenido que trabajarme... Como me trabajó Labarca.

—Monche, ¡por favor!

—Labarca no me violó. Yo quise.

—¡Por favor, Monche! En ese tiempo tú eras una mocosa.

—Todo comenzó semanas después de mi cumpleaños y tú también me encontrabas atractiva en ese tiempo. Ya entonces te gustaban mis tetas. Lo mismo que a Labarca.

—¿Me estás acusando a mí de ser un violador en potencia ahora?

—No. Lo que te estoy diciendo es que hombre o mujer, de dieciséis, treinta o cincuenta años, todas nos agarramos de dónde podemos y nos refugiamos donde haya una mano.

—Garra de lobo en algunos casos.

—Yo no era ninguna Caperucita. Tenía dieciséis años, pero sabía quién era Labarca. Todos lo sabían.

—Tú eras una niña.

—Pero sabía lo que quería Labarca.

—Pero, ¿por qué Labarca, Monche?

—Porque él me habló, me atendió, se fijó en mí, supo lo que me pasaba y me sedujo. Y ningún otro hijo de puta dijo ni hizo nada. Incluido tú.

— No sabes lo que dices, Monche. ¿Eso querías que hiciera? ¿Que te violara?

—¡No seas imbécil, Gustavo!

—No me insultes.

—No te insulto. Te estoy acusando de ni siquiera haberte interesado. Todavía me duele que ninguno de ustedes haya hecho nada, aunque sabían lo que me estaba pasando.

—Pero, Monche, ¿cómo íbamos a saber, si todo eso fue un secretito que te lo tuviste bien guardado? Ya quisiera tener yo esa habilidad... o una cómplice como tu amiguita Viviana.

—¡Y dale! Sigues sin entender ni un carajo. Sigues queriendo creer que el problema fue Labarca.

—¿Y qué otra cosa, Monche?

—Visitabas mi casa, Gustavo, ¿nunca sentiste olor a vómito en mi casa? ¿Nunca te imaginaste cómo era tener que limpiar día por medio a mi madre y arrastrarla hasta su cama? ¿No conversaste nunca de eso con Aníbal? ¿O es que también querías respetar su privacidad?

—Monche...

—Por años viví aterrorizada de llegar un día a la casa y encontrármela tendida en el suelo ahogada en esa mierda de vodka o en su propia mierda.

—¿Y eso justifica lo de Labarca, Monche? ¿Eso justifica que Labarca se haya acostado contigo?

—Pff, Gustavo. Me he gastado una fortuna tratando de contestar esa pregunta con Eliana, pobrecita ella. Tan amigos que éramos y pareciera que lo único que tú sabes acerca de Labarca y yo es lo que leíste en el diario.

—Eso y algo que me contó después, mucho después, Aníbal. Pensé que los detalles...

—Que los detalles eran privados. Sí, ya te entiendo.

—Monche, todavía no sé qué es lo que querías que yo hiciera.

—Hablarme, fijarte en mí. Seducirme si llegaba el caso. Te gustaban mis tetas, ¿no es cierto? Apuesto que también te gustaban mis piernas. ¿Nunca notaste verdugones en mis piernas?

—Monche, para un poco.

—Me encontrabas atractiva. Apuesto que te gustaba mi cara. ¿Nunca notaste marcas en mi cara?

—Sí. De acuerdo, Monche. Más de una vez noté los verdugones, noté las marcas.

—¿Y?

—Sentía mucha pena por ti...

—¿Pena? ¿De qué mierda le sirve a nadie que tú hayas sentido pena?

—Déjame terminar. Sí, sentía pena. Pero eran otros tiempos; las cosas se hacían de otra manera y era muy difícil tratar de intervenir.

—Porque eso es lo más cómodo. Saber lo menos posible de todo, ¿verdad? Para así tener la conciencia tranquila. Joder! Nada cambia en este puto pueblo de mierda.

—No mezcles las cosas. Era muy difícil tratar de intervenir, porque lo más probable es que a uno lo pararan en seco y que le dijeran que se estaba metiendo en lo que no le importaba.

—Porque se necesitaba estar dispuesta justamente a eso, Gustavo. Se necesitaba meterse en lo que a una no le importaba para cambiar lo que simplemente era horrible y estaba mal.

—Era difícil, Monche.

—Claro que era difícil, Gustavo; yo sé mejor que nadie que no era nada de fácil hablarle a mi padre.

—Eran otros tiempos, Monche. La manera como en ese tiempo los padres castigaban a sus hijos...

—¿Castigaban? ¿Tú crees que mi padre me castigaba porque me había portado mal? ¿Porque no había hecho mis tareas? ¿Porque había traído a alguien a mi puto cuarto de hotel?

—Yo me acuerdo que don Álvaro era muy estricto.

—¿Estricto? ¡Gustavo! Mi padre era un abusador. Abusaba de mí y abusaba de mi madre. Si hay alguien que me violó repetidas veces fue mi padre, no Labarca.

—¿Tu papá te violó?

—No de la manera en que estás pensando; pero sí, muchas veces.

—¿Y Labarca?

— Labarca...

Labarca, Gustavo...
Labarca me enseñó a resolver ecuaciones de segundo grado, me consoló un par de veces cuando me vio triste y después me invitó a visitarlo en su casa. Yo iba a verlo cada miércoles, justo a mitad de la semana. Tienes razón, Gustavo; yo tenía una buena cómplice: Viviana era mi tapadera, dispuesta a mentir por mí, si alguien preguntaba.

Era toda una aventura ir a la casa de Labarca. Para que no me vieran los vecinos yo entraba por una puerta que había en el patio trasero tapada por unos matorrales y que daba a un callejón estrecho lleno de trastos viejos. Cuando salía de noche me daba miedo, porque no había luz en el patio y tenía que caminar en puntillas para no tropezar con los trastos y luego correr hasta la calle.

Me encantaba esa casa enorme, con desvanes y torrecillas; fría, con goteras por todas partes y que crujía como un barco viejo. Estaba llena de libros que Labarca y yo hojeábamos juntos. él tenía montones de libros eróticos, el Kama Sutra, el Decamerón, Justine y varios otros que ya no me acuerdo.

Al principio yo me ponía roja cada vez que él insistía en mirar en detalle cada una de las ilustraciones, pero después lo fui encontrando divertido y hasta educativo. Según el ánimo en que andaba, leíamos cuentos de Las mil y una noches o párrafos del Collar de la paloma.

Una vez me leyó con todo misterio —sin dejarme ver el título— unos párrafos que años después me di cuenta que eran de Rayuela. Esa era otra de sus fantasías: soñaba con viajar. Hablaba de París, de Nueva York, de Estambul, de Praga, de todos esos sitios, como si hubiera estado ahí cien veces, aunque no hubiera viajado nunca, ni siquiera a Bariloche. El pobre quería ser como Horacio, pero le daba apenas para Traveler.

Tenía montones de discos, casi todo el jazz, Bartók, Bach, Schoenberg: todas esas cosas que había encontrado descritas en libros. Y me enseñaba sobre todas esas cosas y a mí me fascinaba aprender; soñar que yo también volaba, convertida en una bailarina o en un pájaro. ¿Violador? Sí, si consideras la diferencia de edad y el poder que él tenía.

Al principio, cuando me toqueteaba las rodillas cada vez que se acercaba a mi pupitre en el colegio, le tenía rabia; y una tarde en la que nos habíamos quedado solos en la sala de clases y metió su mano debajo de mi falda lo odié. Pero la verdad, Gustavo, es que lo odié más por lo torpe y apresurado que era y no porque me molestaran sus caricias.

Después cambió de táctica. Comenzó a mandarme mensajes en los exámenes corregidos alabando mis progresos y llamándome «su bella genio.» Se acercaba a mí y me hablaba cuando yo me quedaba sola llorando en la sala durante los recreos. Lo hacía gentilmente, con ternura casi, sin mirarme con esa lástima hipócrita, con la que me miraban los demás y que me avergonzaba. Me aseguró que podía hablarle de lo que yo quisiera, no solamente acerca de matemáticas.

Y un día me invitó a ir a su casa. Y fui. Yo era una adolescente curiosa, atrevida e insensata, y él tuvo la paciencia del buen cazador. Pasaron semanas antes de que hiciéramos el amor por primera vez. Estaba muerta de miedo el momento en que me di cuenta que ya no había manera de arrepentirme. Pero ya te lo dije: él era hábil, tenía la paciencia y también la fuerza para no permitirme echarme atrás cuando tuve un instante de duda. Sabía ser dulce y duro.

Esos miércoles, justo a la mitad de la semana, Gustavo, eran un respiro y un alivio para el caos, el desorden y el abuso sin mengua que sufría día a día en mi casa. Yo anhelaba que llegaran esos miércoles, soñaba estar con él, que me abrazara y que me besara minuciosamente haciendo despertar mi cuerpo milímetro a milímetro.

Esos miércoles eran mi droga, mil veces mejor que el vodka que tomaba mi madre. Esos miércoles eran simplemente deliciosos. Yo estaba fascinada con Labarca, sentía que con él podía interesarme en lo que yo quisiera, volar con mi imaginación y regocijarme en mis fantasías, manejar mi cuerpo liberándolo de culpas absurdas y aprender a hacer lo que yo quisiera.

Y es por eso que todavía, después de treinta y ocho años, no he resuelto mi ambivalencia, Gustavo. Salvo para decirte que Labarca estuvo ahí, conmigo, cuando otros —ni tú ni Aníbal— estuvieron.

—¡Deja a Aníbal afuera de toda esta mierda, Monche!

—¿Por qué? ¿Porque está muerto?

—Porque cualquier cosa que se te ocurra a ti decir acerca de él, ya no puede defenderse.

—Pero para eso estás tú, Gustavo; para defenderlo. ¿Verdad?

—Y contra ti y contra quién sea.

—Contra quién sea. Mmm. ¿De veras, Gustavo? ¿De veras? Contéstame. ¿Lo defiendes? ¿Lo defendiste?

—Mejor te callas, Monche. Mejor te callas; tú...

—Me callo. No hace falta que lo defiendas de mí, Gustavo. Tú sabes cuánto quería yo a mi hermano.

—Y él a ti.

—Lo sé. Todavía me quedan marcas. No solo en mis piernas. ¿No desearías poder verlas ahora?

—No sé qué quieres que te diga, Monche.

—No importa. Esas cicatrices son mías.

—Monche, tú no eres la única con cicatrices.

—Labarca las vio todas.

—Tiene que haber sido una muy buena vista.

—Y las besó una por una.

—Me alegro por ti.




♦ ♦ ♦ ♦ 

Dos días después Monche regresa a España y escribe en su diario:
Noches de cumpleaños.

Última modificación: 11 de enero de 2024.



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