Los helechos de Begoña
Umeå, marzo de 1975.
En Umeå, Elvira siente nostalgia, piensa en Begoña y escribe.
EF
Peñalolén, marzo de 1952.
No estoy segura si la pasión por los helechos ya la tenía en germen Begoña cuando todavía vivía en Cabra, o si la pilló ella allí en Chile después de dormir por primera vez en casa de Enrique, salir a la mañana siguiente al campo y asombrarse con la intensidad de ese verde que resaltaba entre la sequedad gris de los cerros.
Meticuloso y con la misma obsesión maniática por las tablas y por las cifras que había heredado de su padre, Enrique se pasaba horas, días y meses, midiendo las cantidades y las proporciones de cuanta substancia conocida y secreta contenían las hojas, las raíces, las frutas y los tallos de las plantas que llevaba a su laboratorio de agrónomo en la Quinta Normal.
De vuelta cada tarde a Peñalolén, y con una diligencia y parsimonia casi religiosa, Enrique acolchaba, alcorcaba, estajaba, injertaba, podaba y regaba allí con un amor bordeando lo infinito no sólo su macoña y el sauce llorón que le daba sombra y respiro cada verano, sino también sus bayas fragantes, sus matorrales de hojas espinosas y de plantas medicinales y aromáticas de las que no me acuerdo sus nombres, desplegando así la faceta campesina de su pasión botánica que de seguro le venía del recuerdo inconsciente de los shtetlos de su infancia más remota antes de que él y su familia llegaran a Iquique ese diciembre de 1907.
☞ Rizo. 20 de diciembre de 1907: Enrique en Iquique.
Enrique cultivaba también una cantidad increíble de variedades de helechos y ya antes de mudarse definitivamente a su casa ese primer septiembre, se le unió en su afán Begoña.
Begoña tuvo suerte.
La vertiente de agua fresca que manaba más abajo de la odiada madriguera de conejos le proporcionó la humedad necesaria para comenzar a criar no hay mejor palabra también sus culantrillos, quilquiles, palmillas, doradillas, limpiaplatas, hierbasbuenas y hasta berros. Luego fueron helechos, cientos de helechos.
De ahí y llevarlos en macetas de greda hasta la sala alrededor del fogón no hubo más que un paso.
Ahora sí que sé que mi casa es también tu casa le dijo Enrique alcanzándole un vaso de Don Matías chambreado cuando Begoña terminó de instalar su primera maceta al lado del sillón de cuero viejo y sentarse frente al fuego antes de la primera escarcha de abril.
¿Es que necesitabas más pruebas? le contestó ella.
☞ Rizo. 20 de diciembre de 1907: Enrique en Iquique.
Última modificación: 25 de octubre de 2025.