For New Beginnings
Ernesto re-comienza en Temuco.
Sol en los hombros, avanzan
unidos.
Hay. Siempre. Hay
caminos
Blas de Otero
Ahora
Pido la paz y la palabra
La almoneda
Temuco, septiembre de 1939 abril de 1965.
Mientras trabajaba en la almoneda de su tío Antoní poco a poco Ernesto se hizo de amigos, algunos
emigrados o refugiados como él, entre ellos el gallego Nazario Borrajo, el asturiano Emilio Balsera, el catalán Álvaro Mestre
y el riojano Matías Sáez. También llegó a ser muy amigo del liverpuliano Duncan Wright y del temucano Alberto Carreño.
En octubre del 47, en una fiesta del Centro,
conoció a la burgalesa Engracia Martínez.
EF
De pie sobre la calzada, el taxista le señaló la ruta con el dedo y Ernesto caminó entonces hasta la casa de su tío Antoní. Era una sólida casa de dos pisos de alto más una buhardilla con ojo de buey, tres ventanas en el piso superior, dos en la planta baja, con una fachada de estuco pintada de amarillo. Ernesto tocó el timbre de la puerta y no tuvo que esperar mucho antes de que apareciera por el umbral de la mampara un hombre casi calvo, más bien ancho que alto, vestido ya con traje y corbata, fumando un cigarrillo que le colgaba de los labios y cuya expresión altiva con cara de pocos amigos se correspondía, calculando el paso certero de a lo menos unos veinte o más años, a la imagen de la fotografía.
Vaya, por fin has llegado. Oímos hace un rato el silbato del tren y ya nos preguntábamos donde te habrías metido. Venga, hombre, un abrazo; encantado de conocerte, sobrino.
Igualmente, tío. Gracias.
¡Qué cara de truhán cansado tienes! Pero esos ojos... Esos ojos, majo... Esos ojos son los de tu madre. Bueno, Ernesto, pasa. ¿Tienes hambre?
No como desde ayer al mediodía.
Tú no te preocupes que Ema ya te ha preparado un buen desayuno. ¿Este es todo tu equipaje?
Sí. No tengo nada más.
Llegas con lo puesto... Como todos.
Cogiendo la maleta de Ernesto como quien coge un canasto lleno de esperanzas y de suspiros (y en realidad no era mucho más lo que Ernesto llevaba en su maleta), Antoní Bosch condujo entonces a su sobrino por la casa. Luego de caminar por un largo pasillo en cuyas paredes colgaban fotografías diversas, llegaron hasta la cocina en la que ya se encontraba Ema Puig, la mujer del tío Antoní, quien dejó por un momento sus bártulos culinarios sobre la encimera de madera de roble para saludar cortés pero reticentemente a Ernesto con dos rápidos besos en las mejillas.
Benvigut, Ernesto. Asseute.
Buen desayuno en verdad: café con leche, patatas salteadas aderezadas con aceite oliva, pimentón y ajo picado, dos huevos fritos, tres lonjas de tocino ahumado y una butifarra asada. Sin esperar a que Ernesto terminara de limpiar el plato con un trozo de pan fresco hasta dejarlo relucientemente limpio, Antoní Bosch asentó las cláusulas del contrato.
A partir de ese día y durante el primer año, mientras saldaba su deuda por el costo de su pasaje en el transatlántico Giulio Cesare, trabajaría por unas propinas ocasionales, «para que puedas cortarte el pelo de vez en cuando», por la comida, «aquí en familia con todos en casa», y el alojamiento en un rincón de la almoneda donde oficiaría también de vigilante nochero. De la ropa, para empezar un abrigo (se veía que había llegado medio muerto de frío), no tendría de qué preocuparse porque, sin abusar, aunque en rezago pero en buen estado, en la almoneda había de sobra.
Trasantlántico Giulio Cesare
El 1930 el pasaje desde Barcelona a Buenos Aires en tercera clase tenía un costo de 580 pesetas y cincuenta céntimos;
el equivalente a cerca de un año del jornal de un campesino. Con seguridad en 1939 este costo era sustancialmente mayor.
Dando por hecho el consentimiento de su sobrino, qué otra le quedaba, Antoní Bosch puso un Smith y Wesson del 32 sobre la mesa.
Supongo que como teniente a dedo en tu ejército de pacotilla habrás aprendido a usar uno de éstos.
Usar uno de ésos no tiene mucha ciencia, tío.
No te entusiasmes; es sólo para asustar. A lo más, al aire; pero, aunque nunca se sabe, dudo que alguna vez tengas que usarlo.
Revólver Smith and Wesson calibre 32.
El revólver Smith and Wesson del 32 era un arma escasa, codiciada y popular en esos años.
Ocasionalmente había algún usuario como Tomasito Pascual que podía hacerse del ligeramente más grande,
pero asáz más poderoso (y substancialmente más caro) calibre 38.
En una defectuosa pronunciación de los apellidos ingleses de sus fabricantes, el revólver frecuentemente era llamado
mitigüeso.
GT
Minutos después, Ernesto terminaba de afeitarse en el baño cuando oyó que su tío Antoní lo llamaba a gritos desde el comedor.
¡Se ha armado la grande Ernesto!! Ven, escucha lo que dice la radio.
El rincón para dormir en la almoneda resultó ser un sitio estrecho debajo del mostrador al lado de la caja sobre un colchón relleno de lana de oveja. Para nada muy cómodo y frecuentado por los ratones, era empero, sin aprensión alguna, vacío de todo recelo como ningún otro lugar en los que mal durmió esos dos y pico años de guerra, y también fue cierto que nunca en los dieciocho meses que ofició de nochero en la almoneda de su tío Antoní, tuvo que usar en serio su Smith y Wesson.
Esa primera noche en Temuco, Ernesto cerró los ojos aliviado después del interminable viaje en vapor desde Marsella a Buenos Aires y en tren desde allí hasta Santiago y a Temuco luego de pasar meses de incertidumbre oculto tras la pared falsa del cuarto de su madre en la casa de Castelló de Farfaña. Se estremeció antes de dormirse y cuando lo despertó el silbato del tren matutino al día siguiente, supo, creyó, que había soñado toda la noche que caminaba descalzo sobre un barbecho donde a lo lejos crecían los girasoles.
En su primera noche en Temuco, Ernesto soñó que caminaba descalzo sobre un barbecho mientras intentaba llegar a un campo cubierto de girasoles que se alejaba más y más al compás de sus pasos.
A pesar de dormir bien, le tomó tiempo a Ernesto acostumbrarse, eso es un decir porque nunca pudo, al bochorno y humillación que sufría bajo la mirada fría, ¿sardónica?, ¿auscultadora? de Franco que caía con presencia segura y, para él, aplastante desde el gran retrato del Caudillo que Antoní Bosch había situado sobre la pared del comedor, presidiendo la mesa, cada vez que debía entrar allí a cenar y almorzar... sin que cada vez el mascullar por lo bajo «Por la gracia de su putísima madre» cada santísima vez que lo hacía disminuyera su malestar y zozobra.
Me tratan bien y apenas hablan de Franco ni de nada..., pero el retrato me emputece y siento el desdén con el que ellos también me miran, ¿me entiendes?
Es la misma mirada burlona con la que nos miran a todos, Ernesto le contestaba, también una y otra vez, su amigo Jesús Cárcamo.
Lo saludan con el brazo en alto antes de cenar y después de rezar. Yo cada vez que puedo me demoro en el baño y llego atrasado a la mesa.
Una vez que caiga Hitler y los aliados se vuelvan contra Franco, en dos meses vas y cuelgas el retrato de Nin.
No te anticipes. Eso de los aliados está por verse y a Nin hace tiempo ya que lo asesinaron los grises. Retratos de muertos o de mártires no sirven para nada.
Era verdad que Antoní Bosch y Ema Puig buenos catalanes los dos abrigaban sentimientos contradictorios y, aunque contrarios al laicismo de la República y mucho más al socialismo de Largo Caballero, tenían a Franco sólo como a un mal menor..., mucho menor pero, devotos como eran, por seguro fuera de nuestro entendimiento entendían su presencia como un don misteriosamente otorgado por la misericordia y sabiduría de Dios.
De ahí, el retrato; pero no lo tenían como si fuera un Sagrado Corazón de Jesús. De ahí también entonces la parquedad y el poco entusiasmo con el que hablaban de Franco y el ser sinceramente reacios a comentar asuntos de la guerra. Sólo Andrea, la hija mayor, quien para entonces ya llegaba a los catorce años de edad, se aventuraba a veces a hacerle a Ernesto una u otra pregunta, más con asombrada curiosidad adolescente que, como le ocurría ocasionalmente en otros lugares, con mala intención...
Don Ernesto, ¿es verdad que usted incendió la iglesia de su pueblo?
...pero doña Ema rápidamente la hacía callar recordándole que «esas cosas de la guerra no convenía menearlas y mucho menos en la mesa».
Tú no repitas habladurías que ni a ti ni a nosotros nos consta.
Por lo demás, no le fue muy difícil a Ernesto aprender su nuevo oficio, relegando a la memoria ese de leñador y pastor. La casa de empeños de su tío Antoní no era ni tan grande ni tan famosa como la de los riojanos de La Bienhechora ubicada dos manzanas más abajo en la misma calle Portales hacia el Mercado, pero La Sin Igual se enorgullecía de tener una constante y regular clientela.
Su caja fuerte no guardaba tantas alhajas finas como la de su competidor, pero había una buena cantidad de relojes Omega de bolsillo, de argollas de matrimonio y abundante platería. Lo principal es que en La Sin Igual había una magnífica colección de escopetas la especialidad de la casa, le enseñó el tío Antoní hermosas y poderosas Sarasquetas y Saint Etiennes del doce y del dieciséis, y muy bien calibrados rifles Remington y Gecos del veintidós.
El resto, «salvo alguna mantelería bordada y en buen estado, era basura que no valía gran cosa, pero daba para comer» añadió el tío en su breve curso de capacitación profesional en el oficio. El truco era el buen tino y el buen olfato: ofrecer por todo ostensiblemente mucho menos que su valor real, no había lugar allí para su posible y siempre desbordado valor sentimental; pero no tanto menos remarcaba el tío Antoní que a sus dueños «les doliera demasiado el corazón».
Así volverían una y otra vez.
Antoní Bosch tenía mucha razón, sus clientes recuperaban sus prendas y al poco tiempo volvían a empeñarlas con pasmosa frecuencia. A Antoní Bosch, el 5 por ciento mensual le hacía prosperar, olvidar sus nostalgias de emigrante y le ayudaba a no hacer caso a los insultos xenófobos que más que unos pocos de sus clientes mascullaban entre dientes al salir. Si tuviera un peso por cada vez que me han llamado coño de mierda ya podría jubilarme solía decir sin faltar demasiado a la verdad.
Aunque bíblicamente trabajó por siete largos años en la almoneda, Ernesto nunca se llevó completamente bien, nunca pudo sentirse a gusto con su tío Antoní y doña Ema nunca pudo tragar del todo a su sobrino. Entre otras minucias, sin importar lo que repetidamente le aconsejara el padre Leonidas Chinchurreta en el confesionario, además de nunca haber podido dejar el insuperable rencor que tenía contra todos los de su especie le disgustaban sus manos que le parecían excesivamente grandes. «Manazas de gañán» decía de él sin imaginarse, entonces, que las de sus yernos, llegados a la familia seis y ocho años más tarde, de tamaño serían peores.
Dejó la almoneda poco antes de su boda el 15 de mayo de 1948 con la burgalesa Engracia Martínez con quien había abierto la charcutería El buen comer en el Mercado Municipal.
Tres recuerdos que se llevó de la almoneda (además de una nueva flamante fedora) fueron dos magníficos relojes Omega de bolsillo y el Smith y Wesson.
Al año y medio de llegar a Temuco, recibiendo un todavía mezquino salario, pero ya en dinero que no en prenda, Ernesto se mudó a la buhardilla estrecha pero asoleada ubicada en el segundo piso de la pequeña casa con fachada de tejuelas pintadas con aceite quemado de la calle Cruz casi al llegar a Miraflores propiedad del cenicerense Matías Sáez Moreno, quien de oficio regentaba su pequeña imprenta en la planta baja y, abandonando la comida de doña Ema, siempre buena pero siempre también ella de gesto adusto, tomó pensión de mesa en el restaurante El Paisano de los esposos Estel Monet y Quimet Vidal, republicanos como él.
Los Monet Vidal no hacían gran alarde de sus idearios políticos lo que les había permitido atraer a un buen número de sus paisanos españoles en el apoyo de una Sociedad de Socorros Mutuos que fundaron con otros interesados, incluidos algunos conservadores como el empresario maderero Tomasito Pascual Ordóñez, a comienzos de los veinte. Ernesto se les unió en sus tareas administrativas y con el paso de los años fue elegido tesorero.
La herida de metralla que le astilló la tibia en Teruel y que a fin de cuentas le dejó una ostensible cojera en la pierna derecha y una progresiva molesta complicada osteomielitis según pasaban los años y se hacía más viejo no le permitía ser un buen corredor, pero de portero Ernesto no lo hacía nada de mal; era seguro, ágil, de buenos reflejos y valiente. Así, pronto fichó en el club de fútbol aficionado Rayo Ibérico el que, tras la instauración del sábado inglés, tenía sus partidos locales a las cuatro de la tarde de ese día en el Estadio del Bajo.
Fue allí que Ernesto conoció al gallego Nazario Borrajo y al asturiano Emilio Balsera, quienes animaban al equipo rojinegro no se sabía si sus colores eran por la Falange o por los anarquistas desde la tribuna que miraba hacia el río con sus gritos, y con sus generosos donativos para la compra de camisetas y de botines en las asambleas de socios.
Frecuentándolos en el Centro después de los partidos, a Ernesto le entró un compartido gusto por el buen coñac, por el tute subastado hacían un buen trío luego que Ernesto ocupó el puesto dejado por Tomasito tras su muerte el 28 de diciembre de 1940 y por la caza de conejos, de perdices, de torcazas y de tórtolas. Para ello se había hecho de una muy buena Saint Etienne y había ayudado al recién llegado Álvaro Mestre a que se hiciera de la suya.
Aunque el creciente alcoholismo de Mestre les hizo con el tiempo hacer menos frecuente el trato, nunca dejaron de apreciarse y hasta principios de los cincuenta a pesar de las sarcásticas burlas de Emilio Balsera con la ayuda de Elsa Barrientos Álvaro y Ernesto publicaron mensualmente el boletín de cuatro hojas tamaño oficio El Mono Azul Temucano el que imprimían gratis con una tirada de trescientos ejemplares en la imprenta de Sáez y en el que denostaban contra Franco, anunciaban la victoria de los Aliados, la Unión Soviética incluida, vaticinaban huelgas generales en España en contra del régimen e incluían poemas de Lorca, de Neruda y de Alberti, hasta que poco a poco dejaron de hacerlo envueltos por sus obligaciones de la vida cotidiana, por el temor a la política represiva de González Videla y por el desánimo frente a la escasa recepción entre sus coterráneos, la mayoría de ellos más bien abierta y decididamente franquistas.
Recámara de una escopeta calibre dieciséis.
La caza menor conejos y liebres; perdices, tórtolas y torcazas era un deporte popular en el sur de Chile.
Para los inmigrantes recientes como lo eran Ernesto y Álvaro hacerse de una buena escopeta era un símbolo de progreso con el
que ganaban estatus social y eventual admiración por su destreza en el arte cinegético.
En cuanto a la ropa, fue cierto que en La Sin Igual había de sobra. Tanta que no habían pasado cuatro meses desde ese primer septiembre cuando Ernesto pidió prestado un terno casi nuevo que había allí en rezago con el que se hizo fotografiar acompañado de una elegante fedora sobre una balaustrada de madera en el popular y prestigioso estudio fotográfico de Oskar Weiss Casa Viena ubicado en la calle General Mackenna. Fotografía que envió a su madre en Castelló quien, según cuentan, la enmarcó en la pared de su casa y no perdía nunca la ocasión de hacerla notar a sus vecinas cuando la visitaban los domingos a la hora del vermut. Cuidadoso, sin embargo, de no excederse en su cuota de ropa Ernesto devolvió el terno el lunes siguiente, pero conservó la fedora.
Años después, veinte, veinticinco, años después, cuando ya Ernesto tenía cuatro o cinco ternos propios, como tantas otras veces, Nazario Borrajo no perdió la ocasión de recordarle que gracias a él había conocido a Engracia Martínez esa noche del once de octubre del 47 en el Centro.
No querías ir... «Estará lleno de franquiiiistas» decías y mira tú, ateo y todo, después de esa noche terminas casado con la sobrina de un cura; es buena mujer Engracia, Ernesto.
Muy cierto, pero aunque religiosa a su manera, Engracia nunca ha sido una franquista fanática y mucho menos falangista; para eso apuntó con el mentón hacia el otro lado de la mesa Emilio.
Es verdad respondió Nazario Borrajo.
Estaban en la cantina del hotel de las termas de Manzanar, Curacautín arriba. Emilio Balsera, el otro amigo, daba cabezadas somnoliento después de la partida de tute subastado que había estruendosamente perdido y después de tanto celebrar, eso sí, con muy buen vino y mejor coñac, la compra del station que recién esa mañana había finiquitado.
Vamos a ver si no se nos pone fanfarrón con su nuevo auto nuestro amigo... que ahí lo ves ya duerme... de seguro soñando con ganar más y más dinero... que para eso es bueno... Pero tú, Ernesto, perdona que me meta..., pero... ¿qué es esa bobada en la que andas tú con Tomasa?
Eso ya pasó, don Nazario.
¿Ya pasó? Vale, no se hable más. Me alegro, Ernesto. Me alegro por vosotros dos; por ti y por Engracia. Pidamos otra ronda. Tú pagas la cena, que tú ganaste.
Vale, pero que conste que yo puse el conejo.
¡Don Alfonso! dijo Ernesto dirigiéndose al cantinero detrás del mesón mientras hacía un círculo en el aire con su dedo índice apuntando a la mesa. Tráiganos otra.
EF
Antoní Bosch
Ema Puig
Jesús Cárcamo
Andrea Bosch Puig
Leonidas Chinchurreta
Matías Sáez Moreno
Estel Monet
Quimet Vidal
Tomasito Pascual
Nazario Borrajo
Emilio Balsera
Álvaro Mestre;
Elsa Barrientos
Oskar Weiss
Engracia Martínez
🎧 Siempre nostálgicos, sin nunca asimilarse del todo, tenían una especial predisposición a escuchar una y otra vez viejas canciones sentimentales y, por supuesto, muchos pasodobles.
🎵 YouTube: Bebo Valdés y Diego, el Cígala.
Suspiros de España.
🎵 YouTube: Cobla Millenaria Fidelissima vila de Perpinya.
En er mundo.
🎵 YouTube: Pasodoble: En er mundo. Versión en acordeón de la película El Sur de Víctor Érice.
En er mundo.
Última modificación: 3 de agosto de 2026.