Grosellas

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La confesión

Santiago, 27 de mayo de 1971
La tertulia de los jueves en el Bierstube habla de La Confesión de Costa–Gavras... y de otras confesiones en otras latitudes.

EF

—...la vi con mi amiga Viviana— y lo que nos impresionó a las dos fue el sentimiento de tristeza, de pesadumbre. Tengo que confesar que me sentí totalmente identificada con la admiración que Nadine siente por el personaje de Montand... Diego.

—La admiración ingenua de Nadine por Diego es uno de los asuntos que le interesaba recalcar a Semprún.

—El mismo Semprún.

—Que fue expulsado del PC; que no se te olvide.

—No sabía eso...

—Era igual de ingenua yo entonces. En “La confesión,” esa melodía monocorde, esas notas que se repiten una y otra vez me dan una sensación angustiosa, como de encierro.

—Eso es muy de Fusco. Tienes toda la razón; y eso del encierro es justamente lo que le interesa recalcar a Costa–Gavras. La música es perfecta.

—La gran diferencia con “Z” es que aquí los “malos” del cuento podrían ser algunos de nuestros amigos...

—No estoy tan segura con eso de “amigos”.

—Conozco algunos que me dan miedo.

—Serán amigos tuyos, no míos.

—O de Mirna.

—Tampoco son mis amigos; es importante entender que la película no es anti-comunista; es anti-estalinista... y yo creo que a Costa–Gavras a ratos se le pasa la mano.

—Se le pasa la mano... ¿Cómo? ¿Exagera? ¿Miente? ¿Que estás diciendo?

—Primero hay que decir que no es un documental; es una película.

—Pero basada en la realidad.

—De acuerdo, Ariel; pero lo que quiero decir es que al ser película..., y tiene todo el derecho a hacerlo, Costa–Gavras usa los recursos dramáticos que tiene a su disposición como cineasta: la iluminación, los ángulos de la cámara, los close–ups con Montand sudando... La música como decía antes Monche. Todo eso manipula... de una manera que no ocurriría en un documental.

—Manipula para generar un efecto catártico, para expurgar tus emociones, hacerte consciente de ellas.

—A mí la música me impactó muchísimo.

—La luz y la cámara también; te conmueve.

—¿Y qué de malo hay en todo eso?

—Nada de malo... sólo que no hay que olvidarse que es película, es como una novela; no es historia.

—Es arte, es literatura.

—Exacto. Piensa en otro caso... La historia de Jorge Valenzuela Torres... ¿No? El que llamaron el chacal de Nahueltoro. En cierto sentido es una historia ordinaria, un caso policial más; horrible, pero sólo uno más. Viene Littín y con su película crea una obra maestra. Lees la noticia en el diario y, para bien o para mal, se te olvida a los pocos días; ves a Nelson Villagra peinándose antes de que lo fusilen y la imagen no se te va a olvidar en toda la vida.

—Cierto y..., sabiendo que es arte, sabiendo que es una película, lo mismo con una novela o con un poema... con tal de no faltar a la verdad, es legítimo. ¿O no? Se puede exagerar, dramatizar, hacer que la gente, tal como nos pasó a nosotros con La confesión, se emocione.

—Se impacte...

—No me queda claro eso de faltar a la verdad si es película... Faltar a la verdad... ¿Cómo?

—Ahora estamos hablando de verdad... Buena pregunta, Monche. Escuchándoos, yo he estado pensando en otro caso. Ahora, si estamos en eso... Esta confesión... ¿En qué se diferencia de la de Padilla? ¿Qué de verdad hay en esta otra confesión?

—Eso es otra cosa muy diferente.

—Ya vamos con las diferencias otra vez. Tus amigos han aplaudido y justificado todo ese circo.

—No todos, profesor, y no oficialmente. No soy responsable de ninguno de ellos; no milito. Personalmente, yo creo que lo de Padilla ha sido un error. Táctico y estatégico.

—¿No un error moral?

—Aileen, tú ya sabes que hay un divorcio grande entre táctica y moralidad.

—De ser verdad la versión de Costa–Gavras es un horror; me da miedo y escalofríos.

—¿Te parece un horror lo de Padilla?

—Mirna ya dijo que era un error. Me parece un error horroroso, ¿o no?

—La intolerancia contra Padilla, es efecto de la inseguridad del régimen. Eso, tal como en el caso de London en Checoslovaquia, los vuelve paranoicos.

—Inseguridad y paranoia, quizás; pero seamos cuidadosos con las palabras. Al hablar de Cuba, yo no diría que su Gobierno es un régimen, una palabra que inmediatamente trae la connotación de dictadura.

—¿Y no lo es?

—No.

—¿Qué palabra usarías entonces? Todo depende de a quién le preguntes...

—Pregúntale a Vargas Llosa...

—¡Aileen! Por favor...!

—¿Por qué aplaudimos a Vargas Llosa cuando escribe la Conversación o cuando alaba a García Márquez, pero nos volvemos totalmente en contra cuando critica a Castro?

—Porque Castro es un símbolo; un referente mucho más importante y substancial que Vargas Llosa.

—¡Qué palabras! Símbolo, referente... lo que quieras, Mirna. Se pueden ser cosas peores. A mí me interesa más lo que dice Aileen... y sobre este asunto de Padilla, a mí me preocupan más los que callan que los que aplauden o critican.

—¿Y eso?

—Los que aplauden todo con entusiasmo son como los monos de feria; calientes y predecibles. Los que callan son fríos y calculadores. Actúan cuando están seguros de qué es lo que les conviene y van hueso.

—Padilla critica para dárselas de divo; lo hace por arrogancia, por soberbia.

—Mirna, escúchate: arrogante, soberbio, pomposo, ególatra... Todo eso podrá ser un pecado, si quieres; pero no es un delito.

—Bien dicho.

—Técnicamente no será un delito, pero hace daño; da un mal ejemplo.

—Es una cosa moral entonces...

—Es una cosa de ética y de solidaridad. Cuba es un país acosado por todas partes. Padilla es un privilegiado; por todos los beneficios que recibe, debe responder con responsabilidad.

—Y con eso tú justificas que lo censuren.

—Fue más que una simple censura; fue toda una humillación.

—No seamos ingenuos ni hipócritas. Censuras, de un lado o del otro, las ha habido siempre y siempre las habrá.

—En términos absolutos, lo que dices es cierto. Pero llévamos siglos luchando para que el espacio que abarquen sea cada vez más estrecho... hasta que, por fin desaparezcan.

—Yo quiero vivir en un país donde cualquiera pueda decir y publicar lo que le dé la gana.

—Tú también eres una privilegiada, Aileen. Yo quiero vivir en un país donde todos, más ricos o más pobres, tengan acceso a una vivienda, a salud y a educación dignas; sin diferencias.

—¿Es que hay que elegir?

—Date una vuelta por cualquier campamento a unas pocas cuadras de este Bierstube y pregunta qué es lo que eligiría la gente.

—Todos gozando del mismo bienestar... Vale. ¿Ahí, entonces, a ti no te importaría que te censuraran uno de tus artículos en Punto Final?

—No he dicho eso... Pero importaría mucho de dónde vendría esa censura y en qué forma. Lo que estoy diciendo es que debe haber prioridades y actuar —escribir— con un sentido de responsabilidad.

—Supeditas tu verdad a lo que te dicte la tribu.

—O la Santa Iglesia Católica... En eso de la ortodoxia son tan parecidos los dos.

—Cierto.

—Pero, ¿por qué habría de haber una separación entre yo y mi tribu? Ese tipo de escisión es propio de una sociedad como la que estamos viviendo aquí ahora; más o menos capitalista, ¿verdad? Pero podría haber otra completamente diferente donde nadie se sienta excluido, alienado, y cada individuo esté completamente inmerso en su comunidad.

—Yo creo...

—Eso no es mundo de felices; es una manga de borregos.

—Pero debe de haber un límite, ¿o no?

—Yo creo que el asunto no es de límites. Son cosas de distinta naturaleza; hechas con materiales diferentes... Lo de Mirna sería opinión, análisis... que esté correcto, acertado o equivocado; eso es otro problema. Lo de Padilla es literatura, arte; expresión de sentimientos íntimos... alusiones indirectas, juegos con las palabras: imaginación. Esa no debe censurarse nunca.

—Sí cuando atenta contra el bien común.

—¿Por ejemplo?

—La cohesión del grupo.

—Oh, Mirna, volvemos a lo mismo.

—Cierto. Rodrigo, somos muy amigos tú y yo, pero en esto no vamos a estar nunca de acuerdo.

—Y a mí me encanta que sea así; poder escucharlos a ustedes dos.

—Tú estás describiendo un falansterio, una comuna, un kibbutz; no un país.

—Un kibbutz bien puede que sea el germen de lo que puede ser un país.

—¿Qué pasa con el fulano que quiere salirse del kibbutz?

—¿Saben? Como Ariel yo creo que el problema es otro. Tú antes dijiste que Padilla quería ser un divo... Pues eso. No importa lo que escriba o no escriba... Lo censuran porque hay... no sé cómo decirlo. Hay un miedo, un temor, un rechazo a lo diferente... Es como el fulano que vive en una población, como la que hay cerca de mi casa en Avenida Grecia, donde, por diseño, todas las casa son blancas... pero él insiste en pintar la suya de otro color: amarilla, verde, azul...

—¿Es verdad eso?

—Casi..., parecido.

Así seguimos hablando de Costa–Gavras y de Heberto Padilla hasta que pasadas las doce amablemente nos echaron del local. Esta noche, El cantar... tuvo que esperar.

Última modificación: 29 de noviembre de 2025.



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