con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas de alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Antonio Machado
A un olmo seco
Un bar en Malasaña
Julio, encantado.
Monche, encantada.
¿Bebes para olvidar?
Todo lo contrario; para no olvidarme nunca.
Debes de tener una memoria muy larga.
Mucho más de lo que te imaginas. ¿Cómo dijiste que te llamabas?
Madrid, diciembre de 2004.
La noche del 9 de diciembre de 2004, mientras pensaba en su madre, Monche entró a un bar y allí conoció a Julio.
EF
No fue en Chueca como creí al principio, sino en un bar de Malasaña donde Julio y Monche se conocieron la noche del jueves 9 de diciembre de 2004. Monche deambulaba desde hacía horas por las calles del barrio pensando en su madre y en Víctor Illigorri cuando se le ocurrió entrar a ese bar lleno de gente y, sin todavía haberse sentado en la barra, pedir un Belvedere con mucho hielo, seguido enseguida por otro más. Fue Monche la primera en romper el silencio luego de notar que Julio, sentado a dos taburetes de distancia del suyo y mientras la observaba atentamente, había fracasado dos veces en captar la atención del cantinero, demasiado entretenido con un grupo de sus amigos apostados al extremo opuesto del mesón, y llamarlo ella misma con un grito destemplado que el otro no pudo ya pasar por alto.
Julio y Monche hablaron largo esa noche hasta que, ya tarde, les echaron casi a empujones.
Mmm. Mi madre también era bibliotecaria.
Seguramente de niña habrás leído mucho.
Cierto, pero no siempre gracias a ella.
¿Tuviste otras influencias?
Al menos dos. Una de ellas, un tal Molina, me enseñó a leer a Machado.
¿El de «Anoche soñé...»?
Más bien el de españolito y también el del olmo viejo y seco; esos dos se avienen mejor conmigo.
Eso de «... antes de que te derribe, olmo del Duero... con su hacha el leñador...
Sí, pero más bien la última parte: eso de... «... quiero anotar en mi memoria la gracia de tu rama verdecida.»
Cartera, no memoria.
Es lo mismo.
¿Y la otra?
Eso es otro cuento..., para otra noche. Y a ti. ¿Quién te influyó a ti?
Caminaron calle abajo hasta llegar a Callao y siguieron luego por la calle de los Bordadores, deteniéndose de tanto en tanto a mirar las estrellas y a un par de gatos callejeros como ellos. Era ya cerca del alba cuando llegaron al piso de Monche. Demasiado cansados para pensar hacer cualquier otra cosa, se durmieron sobre el sofá lleno de libros y de revistas que Julio apartó cuidadosamente antes de tumbarse y rechazar por quinta vez un Ducado.
Cuando Monche, todavía vestida, se despertó pasado el mediodía del viernes, Julio bebía ya un segundo café acomodado a su gusto sentado a la mesa de la cocina mientras hojeaba el libro con fotos y dibujos de osos, de lobos y de rebecos de la Cordillera Cantábrica. Dos de los catorce capítulos estaban firmados por ella.
El piso de Julio en Chueca era, si no mucho más pequeño, menos luminoso que el de Monche en Lavapiés, de modo que no les fue muy difícil decidir con cuál de los dos pisos se quedarían cuando dos meses más tarde comenzaron a vivir juntos en Madrid.
En diciembre de 2007, Monche viajó de vacaciones a Temuco. Allí, por casualidad, pero con toda la intención de hacerse ver por sus antiguas compañeras del Santa Cruz, asistió a la fiesta de cumpleaños de Sandra García Salazar donde, después de treinta y ocho años y también por casualidad, se reencontró con Gustavo. A la vuelta en Lavapiés, mientras esperaba a Julio en el Barbieri, escribió en su diario.
EF
☞ Madrid, 25 de enero de 2008.
De vuelta de sus vacaciones en Temuco, Monche escribe en su diario: Sobrevivientes.
Última modificación: 15 de noviembre de 2025.