Grosellas



Mi lugar en este cuento

Y
yo?

¿Qué termino yo de pintar en todo este cuento? Desde que regresé de Valdivia el 76 me he movido poco de Temuco. Mi falta de militancia, mi hermano militar y mi padre próspero empresario casi diputado del Partido Nacional en marzo del 73, fueron mis escudos y coartadas para socorrer por lo bajo a unos cuantos pobres diablos —y diablas— en apuros, después de que no muy lejos de mi cabaña los milicos asesinaran al que no pudo llegar a ser mi cuñado clandestino.

Aunque en contra de las inclinaciones de mi familia, he votado siempre por la izquierda, nunca he tenido las profundas convicciones de Monche. Estoy más cercana al escepticismo de Elvira o mejor quizás al pragmatismo de Marlene, otra cronopia a medias, quien, en su exilio en Vancouver se dedicaba menos a organizar protestas frente al Consulado chileno o a recaudar fondos con conciertos del Inti-Illimani —los que a la postre, en dinero constante y sonante, se quedaban, a lo más, mano a mano— que a la más prosaica tarea de enseñarles a refugiados afganos y somalíes cómo abrir una cuenta en el Banco o matricular a sus hijos e hijas en la escuela del barrio.

Me apresuro a decir, sin embargo, que la música es buena para el cuerpo; todavía recuerdo nuestros propios conciertos organizados en tiempos de la dictadura los que, aunque a veces por precaución con sus letras silenciadas, llenaban nuestros pechos y entrañas no solo con nostalgias, sino con las muy necesarias ganas de seguir viviendo hacia adelante. Por otro lado, quiero creer que mi libro de Viejas y mi libro de Manos, así como el de Charcos, han servido para algo: no solo para mostrar belleza en lo efímero y en lo que ya ha dejado de ser prístino y lozano, sino también porque en su transversalidad muestran tanto nuestro común origen de piel y de sangre hechas de los mismos átomos y de las mismas moléculas, como nuestro común único posible destino feliz de compañía y de soladaridad, antes de convertirnos todos en ceniza, para usar aquí la frase de un muy querido escritor judío guatemalteco.

En el otoño de 2009, poco después de decidirme a vender mi cabaña de Caburga —ya no soportaba la irritante invasión de turistas bulliciosos que se deja caer allí ahora cada verano en lo que hasta hace unos pocos años era un sitio prístino, aislado y remoto— comencé la ardua, triste y, a veces, dolorosa tarea, de remover las cosas que deseaba conservar, muchas de ellas preñadas de recuerdos y de nostalgias.

Mientras poco a poco los iba poniendo en cajas de cartón, escuché de nuevo muchos vinilos de los sesenta y de los setenta que ya había olvidado tenerlos y visité —no puedo decir que las leí completas— muchas de las novelas que no veía desde mis tiempos de la secundaria o de la universidad, a menudo gozando con ojos nuevos los mismos pasajes subrayados a lápiz en aquella época —es una lástima muy grande no decir nunca lo que una siente— y riéndome de mí misma por lo mucho que otros habían perdido tanto de su encanto y de su magia.

Me encontré con sorpresas: papeles con recetas, dibujos de mariposas, cuentos míos o de mis amigas jamás publicados, cédulas de identidad de mis abuelos, fotos en las que vagamente reconocí rostros y miradas que me observaban serenamente desde otro espacio y desde otro tiempo; insignias vergonzantes que me apresuré a tirar esa noche a la fogata, aunque sin poder dejar de sentir que me desprendía de algo que, de alguna manera, también había sido mío... de mis abuelos, también de mis padres e incluso, de mi hermano.

Descifré con gusto, entresacando palabras dulces de entre su trabajosa caligrafía, un atado de cartas que mi padre envió cada semana a mi madre desde Núremberg y en un costurero de mimbre, entre las agujas, los alfileres y los carretes de hilo de colores, había botones, monedas, llaves de quién sabe qué puertas y, escrito a mano en un papel azul doblado en dos, un poema de Delmira Agustini.

Una mañana, oculto detrás de un diccionario sin tapas, encontré el diario de Monche. Nunca he dejado de pensar en Bellojosfue el tiempo que pasé con ella lo que la hizo tan importante— y después de hojear su diario de nuevo —recuerdo la noche en que llegó ansiosa a mi casa pidiéndome que se lo guardara— pensé también en Aníbal, su hermano desaparecido, en sus ridículos anteojos de carey, en su cara llena de pecas, y en los días terribles que pasó allí —en esa misma cabaña— después del golpe de Estado.

Mientras paseaba esa tarde por la orilla del lago —ya bien entrado el otoño de modo que no había casi nadie— recordé también las tardes que pasé con Elvira, un encuentro atroz que tuve hace poco con Maruja Balsera, las peleas que tuve con mi madre reprochándome ya entonces que nunca le daría un nieto y, poco a poco, mientras más pensaba en esos años, una multitud de detalles contradictorios, ambiguos e incompletos, comenzó a formar una historia llena de cabos sueltos, de conversaciones olvidadas, de culpas, de pasiones secretas y escondidas.

Decidí escribirles a Monche, a Marlene y a Elvira —demos gracias a quién corresponda por habernos dado el Internet— y así recibí copias de sus cuentos y comentarios sobre mis recuerdos. En varias noches de insomnio comencé yo misma a escribir, a poner diferentes fragmentos de papel sobre la mesa, a organizarlos en cadencias y en contrastes. Inventé, quité redundancias y llené lagunas contando las cosas que ignoraba como creo que pudieron haber sido. Asumí voces ajenas e invente otras, algunas simplemente anónimas. En un momento pensé —temí— que todo resultase ser solo una pila de textos disímiles sin orden ni concierto.

Mientras releo los textos aquí recopilados y que, agregados al diario de Monche, nos hemos esforzado en escribir juntas, los pienso como no otra cosa sino como un esfuerzo por recuperar memorias quebradizas y mutantes desde el olvido y, también, como una ofrenda para celebrar lo que, para bien o para mal, fuimos.

Viviana Altman Kröel
Temuco, viernes 25 de marzo de 2011



🎵 Canción. Verano '78 de Yann Tiersen.

Última modificación: 20 de julio de 2022.



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