Grosellas

—¿Nunca tienes miedo, pregunta por fin, lentamente.
—Miedo de qué.
—De que uno pueda adaptarse, de que uno pueda asimilarse, integrarse y desaparecer...
José Leandro Urbina
Cobro revertido

Visitas nocturnas
tábula rasa

Tres intrusos en la casa de Begoña.

Santiago, jueves 27 de marzo de 1975

F
ueron tres: el bizco de la camiseta amarilla, el gordo del suéter negro y uno grande al que Begoña nunca pudo verle bien la cara oculta bajo el pasamontañas, pero cuya voz pastosa creía haberla oído antes, quizás en una de esas veladas de los sábados en su misma casa, o quizás en alguno de los pasillos del Campus. No estaba segura. El gordo y el grande se llevaron a Enrique al otro lado del fogón, mientras ella, vigilada por el bizco que hurgueteaba entre sus papeles, sus libros y sus ropas, entreoía la conversación a través de la cortina de arpillera que separaba la explanada principal de su cuarto.

–¿Y qué hace una coña metida con un judío? –le preguntó el matón de la camiseta amarilla y de los ojos bizcos, con una voz que, por un instante, pareció de veras más llena de auténtica curiosidad adolescente que de una amenaza velada y ominosa.

–A ninguno de nosotros nos importan las nacionalidades.

–Con tal de que te lo metan bien, no te importa cómo tengan el pico, ¿ah?

Begoña no le contestó.

–¿Y quién creí voh que era la pelirroja con la que andaba paseando ayer tu maridito? –insistió el bizco.

–Ni idea de lo que me habla.

–Te andaba poniendo el gorro tu judío, coña huevona. Y esta carta, ¿de dónde son las estampillas?

–De Suecia.

Esverige. Suena a tripas esa güevá.

–En eso estamos de acuerdo, chaval.

–Te reí, coña. Toma, llévatela.

Begoña tomó la carta de Elvira, mirando fijamente al bizco con sus ojos alertas, pero sin atreverse a preguntarle adónde debía llevársela.

–¿Y ese otro quién es? –le continuó preguntando el bizco, apuntando con su dedo a la foto en la pared y desviándole la mirada.

–Un primo –le mintió rápido Begoña.

El bizco se quedó callado un momento; después se dio media vuelta y sacó su encendedor del bolsillo de perro del pantalón.

–A ti no te vamoh a llevar, coña. Pero mejor te poní tu abrigo, porque vamoh a quemar toda esta güevá, así que saca la fotito de tu primo antes de que arda todo.

–¿Dónde está Enrique? –le preguntó Begoña alarmada.

–No te preocupí, coña. Ya lo subieron a la camioneta.

–¿Puedo verlo?

–Nop. Ya nos vamos, coña. Sale rápido al patio y de aquí en adelante a ver si te portai bien –le dijo el bizco antes de arrojar el trapo encendido sobre la cama.

Begoña se refugió primero en casa de su amigo Víctor Iligorri en Conchalí. Suspiró aliviada cuando pasadas tres semanas de carreras, de miedo, de horror y de angustia, los milicos por fin reconocieron que habían trasladado a Enrique al campo de prisioneros de Ritoque, donde pronto hasta podría recibir visitas, le dijeron. Sin embargo, después del suspiro, Begoña sintió que paradojalmente eso también le complicaba las cosas: de una manera ella también entonces quedaba doblemente prisionera.

De su casa de Peñalolén no había quedado nada después del incendio. Aunque la había hecho construir Enrique, fue Begoña quien la transformó en el sitio de reunión de ese grupo heterogéneo de amigos y de amigos de amigos que se turnaban espontáneamente para llegar una o dos veces al mes con una botella de vino, una media docena de empanadas o el último libro de Manuel Rojas o de Marianela Catalán bajo el brazo. A veces se encontraban con la Catalán misma o con Manuel leyendo párrafos todavía inéditos de sus cuentos o a Irene Porras y a su pareja improvisando contrapuntos con sus flautas y chelos.

A menudo, los visitantes se entramaban en acaloradas y sesudas discusiones políticas sobre todo cuando se acercaban las elecciones, más por diferencias tácticas que doctrinarias, aunque de éstas también las había. Pero la sangre raramente llegaba al río y todos volvían como si nada hubiera pasado un par de semanas más tarde, atraídos por el vino navegado con canela, clavos y naranjas preparado por Enrique o por la macoña que él cultivaba paciente, generosa y hábilmente, en la pequeña falda de terreno que, con suficiente sol y sombra, se encaramaba hacia los cerros.

La afición por su cultivo le había empezado mucho tiempo antes de haberse transformado en una moda de esos despistados pelilargos disfrazados de jipies. En uno de los anaqueles alrededor del fogón, perdida entre libros, cacharros y carteles de diversas convocatorias antifascistas viejas y nuevas, se alcanzaba a ver otra foto algo desenfocada y borrosa, con seguridad tomada por el hermano de Enrique, y que lo mostraba a él y a Begoña sentados juntos a un muy borracho y despeinado William Burroughs, quien se había escapado por una semana a Santiago desde la selva amazónica a visitar amigos comunes, comenzando lo que fue con ellos una breve pero fructífera correspondencia.

–Prueba un poco de ésta –le había dicho Enrique a Burroughs. No es ni de cerca ayahuasca, pero dentro de su clase no está nada de mal.

Fue el recuerdo de esa visita y la lectura de la novela de Burroughs lo que más tarde hizo que Begoña escribiera esa ponencia en la que abogaba por la lectura y construcción de un texto que pudiera comenzar a leerse por cualquier parte, como si fueran las hojas sueltas de una novela o de un poema dejadas caer libremente y sin ningún orden sobre una mesa. Cada lectura es única. Cada lectura corre el riesgo... o la buena / mala fortuna de omitir alguna página.

A fines de ese invierno, al contestar una de las preguntas del público en una charla que dio en la Universidad Austral de Valdivia, Begoña extendió el concepto hasta cualquier forma de disposición de arte, incluyendo la organización de cuadros o de fotografías en una exposición, provocando el interés de Viviana Altman quien se acercó a ella, y con la que Begoña conversó hasta bien tarde esa noche.

Almuerzo desnudo. ¿Es porque comen en pelota o porque es frugal, sin nada añadido? –le preguntó Viviana tendida en la cama bajo las sábanas mientras hojeaba el libro del gringo.

–¿Y por qué no pueden ser igual las dos opciones al mismo tiempo? –le contestó Begoña, metiéndose también desnuda ella a la cama.

De todo eso ya parecía que había pasado tantísimo tiempo. Luego de asegurarse por boca del cuñado de Carbonell que Enrique seguía, aunque choqueado y tenso, efectivamente sano, vivo y de buen ánimo, Begoña buscó otro lugar donde quedarse, decidiéndose rápidamente por ese cuarto pequeño, pero con suficiente luz natural y que daba al jardín y al sol de la mañana de la calle Amunátegui.

Odiaba vivir entre el hollín pegajoso y mugriento del centro, pero le agradó su precariedad y, sobre todo, su contraste minimalista con la abundancia de plantas, cuadros, mementos, cacharros, carteles, discos y libros, que habían atiborrado antes su casa.

«Una cama estrecha, un armario, un escritorio y una silla, era todo lo que ahora necesitaba» –se dijo. Aun así, antes de una semana de haberse instalado en Amunátegui, Begoña cargó por más de diez cuadras una inmensa maceta de greda roja con el rododendro que compró en la Vega y que puso muy satisfecha bajo los rayos de sol de la ventana, frotándose luego las manos contra su falda de pana negra.

Todavía le daba rabia haber perdido todos sus libros, sus cuadernos y sus papeles. Más rabia aun le daba haber perdido todos sus helechos. A veces, cuando se despertaba de mejor humor, el sentimiento de cólera se le mezclaba con ese otro más sutil, de liviandad y casi de alivio: «Ahora podré irme cuando quiera, sin preocuparme de bultos ni de maletas» –una tábula rasa pensaba.

Pero eso era solamente un instante. Estaba Enrique: vivo, es cierto; pero prisionero, lo que postergaba la ida quién sabe hasta cuándo. Nunca había terminado de comprender el arraigo que Enrique sentía por Chile. No era desamor lo que ella tenía por este país en el que llevaba viviendo ya casi treinta años. Sentía afición y hasta cariño por las personas que habían solido allegarse los fines de semana hasta su casa a conversar de todo, a beber el vino navegado que decantaba Enrique y a probar los arenques salados que ella preparaba siguiendo la receta que le había enseñado su madre en Cabra.

Begoña no se quejaba; estaba allí mejor que muchos.

No era eso: en uno de sus cuadernos recordaba haber alguna vez escrito que para ella el desarraigo le venía de algo más profundo, más visceral; de una desconfianza instintiva contra los himnos, contra las religiosidades laicas que impregnaban los ritos celebratorios; contra la obligación de encontrar algo bueno simplemente, porque era de allí, como si la geografía fuese el árbitro supremo.

Gracias al matón de la camiseta amarilla entonces, Begoña había conservado la foto de Durruti y la carta que Elvira le había enviado hacía una semana desde Umeå.

Nada quedó de lo demás.

Sentada frente a su escritorio, pensó que quizás aquello no era una tan mala cosa. Se sintió liviana, sin otra atadura que la de Enrique. Podía escribir, –se dijo; escribir lo que quisiera y de lo que se le antojara, sin tener que continuar nada, porque todo lo que escribiese ahora no sería sino un comienzo.

Se preguntó en qué se diferenciaba eso del olvido y se contestó enseguida diciéndose que sólo renunciaba a lo que había sido el registro de su memoria y de sus cavilaciones, pero que ellas podían seguir transformándose en su nueva escritura y quién le decía si no resultarían ahora más libres de temores y de aspiraciones estrafalarias.

Empezar de cero, tener todo por delante; escribir sólo por la necesidad de hacerlo, no para dárselo leer a nadie, ni siquiera a Enrique; escribir sólo para combatir el miedo, la rabia, el dolor, el odio, el desencanto.


Los helechos de Begoña.

Última modificación: 3 de mayo de 2022.



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