Grosellas


La torrecilla de Avenida Francia

Fragmentos de la educación sentimental de Elvira.

—¿De veras te parezco bonita?

—Así, desnuda, tendida... pura, claro.

Ángela adónica; poeta copión, pero lindo... ¿Y con ropa?

—También, pero aprovéchalo; los dieciséis pasan pronto.

—¿Y qué pasa después de los dieciséis?

—Comienzas a ponerte vieja.

—Búscalo.

—¿A quién?

—A Aníbal.

—¡Aníbal! Pobre Aníbal, su papá le pegó tan fuerte... Pero lo más que hicimos Aníbal y yo fue besarnos, ni siquiera nos tocamos.

—¡Qué importa! Seguro que como tú, él también habrá crecido.

—Era muy tímido.

—Entonces ahora tú vas, lo encuentras, lo coges lento y le enseñas.

—¿No te gustaría que yo solo soñara contigo?

—No.

—Eso es tan..., no sé... raro.

—Diferente, Elvira; diferente, pero no raro.

—Goza, goza tu cuerpo y deja al mío gozar con el tuyo.

—A veces siento que si no vengo a verte, me muero.

—Tú ya no te mueres por eso.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque ahora ya eres una mujer grande.

—Pero yo siento que te quiero.

—Y yo también te quiero a ti, pero no es por eso que me he acostado contigo.

—Mi mamá se moriría, si supiera que ya no soy virgen.

—Eso porque no tiene idea de lo libre que ahora eres.

Hoy, Elvira.

—Pero me dices que no para siempre...

—No para siempre; ahora.

—Quiero un ahora largo.

—Aprenderemos a hacerlo largo.

—Largo, laaaargo, Carlos... Lo quiero infinito.

—Infinito...; pero sin mañana.

—¿Porque todavía no existe?

—Porque el infinito es un segundo que no se acaba nunca.

—¿Por eso es que dicen que es como una muerte?

—Porque es ingrávido, sin peso, delicioso.

—Me reí como una loca.

—Bueno, goza infinitamente esa risa de loca.

—¿Tu crees que así es también la muerte?

—La muerte..., no lo sé. Pero sí es así cuando te gozo.

—¿Y el amor?

—Yo prefiero no hablar de amor, Elvira.

—Tu pelo.

—Mi pelo.

—Me encanta desenredar tu pelo.

—Qué bueno, porque se me enreda siempre.

—¿Qué es lo que más te gusta de mí?

—Puedo pensar en dos cosas..., en otras dos; en una..., en otra.

—Eso no me sirve.

—¿No? ¿Qué quieres, Elvira?

—Además de mis orejas, de mis ojos, de mi boca, o de mi ombligo, necesito que me digas una cosa de mí que me haga única.

—Dudas, pero no eres de las que se asustan.

—¿Y entonces ya no querrás que venga a tu torre?

—Tú querrás ir a otras.

—Siempre me gustará venir a tu torre... aunque tú ya me hayas dejado por otra.

—O tú a mí... por otro.

—Pero tú nunca querrás que viva contigo.

—Eso porque yo ya soy un viejo; y tú todavía tienes dieciséis años.

Temuco, mayo-junio de 1965


El viejo de la marraqueta.

Última modificación: 19 de junio de 2022.



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