Grosellas


¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!

Por tu amor me duele el aire
el corazón
y el sombrero.
¿Quién me compraría a mí,
este cintillo que tengo
y esta tristeza de hilo
para hacer pañuelos?

¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!
Federico García Lorca
Libro de poemas

Vestida de rojo

Esa mañana del jueves 10 de septiembre de 1964, caminando por Bulnes, esa mañana Tomasa levantaba miradas. Don Gonzalo, el afilador, le dedicó una canción con su flauta de Pan. Años después, la tarde del funeral de Nazario Borrajo, Ernesto Codulá todavía recordaba su expreso en la Calipso.

A Ann Fox
por los ajos de Chinchón y de Patzún

E
l día del funeral de Nazario Borrajo, Ernesto Codulá se dio cuenta que definitivamente ya no tenía amigos. Con el pretexto de tener que hablar con Carreño, se quedó rezagado en el mausoleo de los españoles después de que los demás dolientes salieran a paso lento hacia la puerta de Balmaceda. Observó cómo el sepulturero terminaba de tapiar el nicho del Viejo Borrajo, ubicado inmediatamente después del de Mercedes a la que habían sepultado hacía solo un par de semanas. «Si seguimos así, esto se nos llena en un par de años» —pensó esbozando una de sus espontáneas sonrisas irónicas de catalán inconformista, desconfiado y escéptico. Moviendo suavemente los labios, releyó la lápida de su amiga, prístina en su blancura de granito, sin otra inscripción o marca, sino el nombre y los dos apellidos de la mujer, Mercedes Rodríguez Cárdenas, esculpidos a cincel sobre la piedra.

—Doña Monche lo quiso así —le dijo Carreño cuando Ernesto le señaló la lápida con el mentón.

—Y quizás así sea mejor —le contestó Ernesto, hablándose más a sí mismo, que respondiendo al comentario del sepulturero quien se marchó pronto, empujando su carretilla con los restos de cemento fresco, un par de ladrillos y dos espátulas, luego de despedirse inclinando la cabeza. Ernesto se le quedó mirando mientras ya salía por la enrejada puerta de hierro y pensó que, como él, en cada funeral Carreño se veía un poco más cansado, más arrugado y más viejo.

Encendió un Belmont y, a pesar de los tosidos que lo encorvaban, le dio una larga chupada antes de tirarlo con desgano al suelo y apagarlo contra las baldosas blanquinegras con la punta de su zapato negro y brillante de recién lustrado. Enderezándose, se dio vuelta y recorrió con la mirada los nombres escritos en las otras lápidas, escrupulosamente dispuestas, fila tras fila, columna tras columna, en estricto orden cronológico, reconociéndolos a todos.

A Mercedes la había conocido lejos; hacía casi cincuenta años en Quinto, la noche que los dos habían pasado agotados y muertos de frío semi durmiendo sobre las mesas de una venta, con apenas un poco de vino, algo de sardinas saladas y nada de pan que ofrecer, situada al frente del establo que hacía de hospital provisorio.

—¿En qué andas tú por aquí? —le preguntó Mercedes, después de estirarse a la mañana siguiente y liarse un cigarrillo.

—Por uno al que ya han jodido. ¿Y tú?

—Dos chavales muertos.

—Ya.

—Maldita guerra.

Ninguno de los dos recordaba mucho más de ese primer encuentro, pero se reconocieron enseguida al verse por casualidad de nuevo cuatro años más tarde, entonces los dos ya exiliados, en “El Paisano” de Temuco. Mercedes traía de Santiago —adonde ella y Álvaro Mestre, su marido, habían llegado tras salir de milagro del campo de refugiados en Perpignan— una carta de recomendación de Ricardo Robles dirigida a don Galo Sanhueza, la que debía asegurarle un puesto en la Biblioteca Municipal, pero Mestre llegaba sin nada.

Ernesto le echó una mirada inquisitiva a Mestre, a su suéter de lana azul raído y a sus pantalones de color y textura diferentes de las de su chaqueta. A pesar de una repentina oleada de celos, le dijo que hablaría con Emilio Balsera, un paisano asturiano conocido suyo que, aunque simpatizaba con los falangistas, quizás podría ofrecerle un puesto como asistente en su emporio de frutos secos y de legumbres.

—Pues asistente seremos —le contestó Mestre con un gruñido y vertiéndose un segundo vaso de tinto.

Mercedes miró a Ernesto con una sonrisa de agradecimiento y levantó, a su vez, el suyo.

—Salud, que no será por mucho tiempo. Ya veréis cómo en dos años caen los dos, Hitler y Franco.

—Salud.

Por esos días se vieron a menudo, cuando no en “El Paisano”, sí en la casa que Álvaro y Mercedes comenzaron a alquilar en la Avenida Prieto. Después Hitler cayó y celebraron cantando esas mismas coplas madrileñas del tiempo de la Guerra de Independencia con letras otra vez adaptadas, pero Franco seguía empecinadamente vivo. El exilio comenzó a hacérseles más largo y fueron haciéndose a la idea de convertirse poco a poco en temucanos. Se les empezaron a mezclar los sabores, a borrárseles las fechas, a cambiárseles los proyectos; conservaban sus acentos, todavía decían melocotones, que no duraznos; pero ya habían aprendido a comer pebre y empanadas de pino al horno, aunque nunca llegó a gustarles el pastel de choclo.

Cuando llegaban los inviernos y mientras Mercedes se quedaba durmiendo en casa, los hombres salían los sábados a cazar conejos con sus escopetas nuevas. Pero una tarde de mucha lluvia, en la que ni por casualidad habían visto una tórtola o un conejo, Álvaro le reprochó a Ernesto no haber pasado la noche de San Juan con ellos y que parecía que ahora él prefería pasar más tiempo con Nazario Borrajo y Emilio Balsera.

—Parece que el progreso te hace olvidar que esos todavía son fascistas.

—Pues para mí todo sería muy distinto, si vosotros no siempre bebieseis tanto.

Álvaro lo miró con sorpresa y dolido; escupió al suelo y, sin despedirse, ese día se volvieron cada uno por su cuenta a Temuco. Siguieron siendo amigos y sin duda se apreciaban, pero era claro que se veían cada vez menos. Dos años después, cuando Ernesto y Engracia ya habían comprado su charcutería, Mercedes pasó un día por el Mercado, saludó alegre a Ernesto, compró medio kilo de chorizos y le presentó a Tomasa Gutiérrez Rueda, quien hacía menos de una semana había llegado a Temuco.

Jugueteando y poniéndosela con un tenedor en la boca, Ernesto le dio a probar una loncha recién cortada de serrano, preguntándole, si en su opinión era tan bueno como el de Rioja.

—No lo sé. Allá estamos tan como las ratas que hace mucho tiempo que no lo pruebo.

La última vez que Tomasa cruzó el puente de la Madre de Dios desde Mediavilla hasta su casa en el barrio de Cuevas de Anguiano, se prometió a sí misma que nunca más en su vida sería sirvienta de nadie y que nunca un hombre le pondría otra vez la mano encima. Se refrescó la cara en la fuente ubicada pasado el puente a la orilla del camino de piedra bajando en cascada entre las rocas del cerro y dejó que el agua helada le quitara el sabor a sangre en la boca; suspiró y escupió. Cruzó la calle y se apoyó en el pretil de piedra frente al Najerilla. Pensó un largo rato viendo pasar el río, más de lo que nunca había pensado antes en toda su vida, y al volverse a mirar atrás, vio que la puerta de la iglesia de San Pedro estaba abierta. Volvió a cruzar la calle, subió las escaleras de la pequeña colina empinada y entró. Había dos velas encendidas cerca del altar de la virgen arropada con el manto rosa; se arrodilló frente a ella, esperando por fin sentir algo que la reconfortara, pero como tantas otras veces, no sintió nada. Apretó los labios frustrada, se levantó, se vio sus manos largas, sus uñas rotas, y se enderezó la blusa y la falda.

Entonces se decidió. Temprano a la mañana siguiente, cogió un atado de ropa y montó en el camión de su primo Casimiro que ese mismo día llevaba unos quesos de cabra frescos y seis costales de caparrones a Logroño. Nada podría ser peor que lo que ya tenía le dijo y, predicara lo que predicara don Fermín, el párroco, a ella eso de la República y el desorden madrileño no la asustaba. El primo asintió con la cabeza, la miró fijamente a la cara por unos segundos, corrió a la casa a buscar algo y regresó. «Bien hecho» —le dijo. No hablaron mucho más durante el trayecto, pero al llegar al Puente de Piedra sobre el Ebro, el mismo río que en Teruel dos años más tarde le serviría a él de tumba, se desearon buena suerte y se despidieron con un dubitativo, pero sincero abrazo. Luego Casimiro sacó un saquito de cuero del bolsillo de su chaleco y se lo dio a su prima.

—Toma. Son casi cinco duros. Cuando vuelvas de Madrid me traes tabaco del fino.

—Trato hecho.

Tenía quince años cuando llegó a Madrid la tarde del 17 de julio del 36. Primitiva Herrero, la mujer que le abrió la puerta en la dirección de Lavapiés que le había dado su primo Casimiro, no había oído nunca hablar de una Ximena Sepúlveda; pero compadeciéndose de ella, igual le permitió pasar la noche en su casa. Dormida sobre el suelo de la cocina, la despertaron los tiros que se oían a lo lejos y los gritos de los que bajaban corriendo por la calle del Ave María.

Salió afuera y corrió también ella hasta llegar hasta la plaza. Entre el gentío, distinguió a un hombre vestido con mono azul, flaquísimo, pelirrojo y alto como una torre que ya se bajaba de un estrado improvisado sobre los bancos de madera, y a una mujer, apenas mayor que ella, repartiendo volantes y dando órdenes apuntando con su dedo. Boquiabierta, se la quedó mirando y la mujer, notándola, le preguntó:

—Y tú, ¿quién eres?

—Soy Tomasa.

—¿Y de dónde sales tú, Tomasa?

—Acabo de llegar de la Rioja.

—Bienvenida, riojana. ¿Quieres ayudar? ¿Sabes hacer algo?

—Coso.

—¿Costurera? Magnífico, necesitaremos mucha ropa. Coge esa bocina y ven conmigo.

—¿Y quién eres tú?

—Yo soy Mercedes. ¿Tienes familia en Madrid?

—No.

—Pues lo dicho: te vienes conmigo.

Pocos años después, Tomasa la seguiría aun más lejos: hasta Temuco.

La escalera que allí llevaba al taller y apartamento de Tomasa en el altillo de la tienda de artículos araucanos de Simón Levi no era lo suficientemente ancha para que dos personas pudieran bajar o subir cómodas al mismo tiempo, pero estaba generosamente iluminada por el tragaluz que corría a todo su largo.

—Es lo único que vale —le dijo Tomasa a Ernesto la mañana que él, habiéndosela encontrado por casualidad en la esquina de Zenteno con Portales, insistió en ayudarla a cargar el maniquí de costura que ella recién había comprado de segunda mano en una de las pocas almonedas que todavía quedaban en calle Barros Arana.

—No es un mal sitio, ¿cómo lo conseguiste? —le preguntó Ernesto mientras acomodaba el maniquí bajo la luz de la ventana que daba a la calle.

—Álvaro le hace trabajos a Levi; él me lo presentó ¿Te quedas a almorzar? Hice alubias con chorizo.

—Otro día; hoy tengo que volver a la tienda.

—Pues ahora ya sabes dónde estoy; cuando quieras.

—Vale. Pero tú no te olvides tampoco de pasar a recoger unas morcillas; las alubias te quedarán de rechupete.

Acostumbrada a las nieves secas y ligeras de Anguiano, Tomasa detestaba la lluvia helada de los inviernos en Temuco con esa humedad espesa y afilada que le penetraba la piel, la ropa y las sábanas, pero allí se iba haciendo de una buena clientela. Más bien que mal, podía parar la olla y, gracias a las tiendas como las de Ernesto, disfrutar un puchero a su gusto después de la misa del domingo.

Mercedes era la única amiga en quien confiaba; la única, sabía ella, que nunca le reprocharía nada. Pero de tanto querer mostrarse en la misa de once, terminó haciéndose amiga también de Eulalia Asín, quien la invitaba a sus fiestas. Aunque le fastidiaban las fanfarronerías de Emilio Balsera y el talante altivo de su mujer gaditana Regina Campos, disfrutaba esas veladas con conversación más que pasable, buena comida, buen baile y mejor vino.

También, allí siempre estaba Ernesto.

—Ten cuidado —le dijo Mercedes. Ese catalán nunca va a dejar a Engracia o ¿es que no te das cuenta de cuánto la quiere?

—Quizás; pero eso no quita que él nunca aparte la vista de mis tetas.

—Eso, porque tú se las enseñas, pero no te fíes —le replicó con razón Mercedes; mientras pasaba el tiempo y Tomasa seguía las noches pensando sola.

El recuerdo fresco del triunfo de Frei la noche anterior no competía con el entusiasmo de la docena de invitados ese sábado cinco de septiembre del 64 a la fiesta del santo y cumpleaños de Regina. Emilio Balsera y Nazario Borrajo, aliviados que hubiera pasado el peligro de Allende, sonreían por lo bajo mirando de soslayo a Ernesto y a Tomasa, pero de otra manera poco interesados en política. Preferían no menear demasiado el asunto y no les decían nada; precaución inútil puesto que, salvo César Ramos quien recién en mayo había obtenido su doble ciudadanía precisamente para poder votar por Allende, ninguno de los demás, todavía extranjeros, votaba.

César Ramos, el vocalista de la orquesta que contrató Emilio Balsera, no era ni de lejos un Pepe Blanco; pero, sin haber perdido para nada su profundo acento andaluz, si no se dejaba llevar muy seguido por su afición por los falsetes, bien podía interpretar con maña y gracia las habaneras, chotis y pasodobles que eran del gusto de sus paisanos. Sabedor de dónde soplaban los vientos en la casa de Emilio Balsera, Ramos cantaba, pero de otra manera, salvo un comentario rápido al saludar a Ernesto, callaba.

Regina lucía bien el vestido de organza celeste y orlas de encaje blanco de seis centímetros de ancho que había comprado hacía dos semanas en la boutique “María Luisa” frente a la Plaza de Armas, y Emilio Balsera se paseaba fanfarrón y amable repartiendo los Romeo y Julieta, todavía embutidos en sus envases de aluminio, que Pascual Hurtado le había traído de contrabando. Sabía que nadie tendría de qué quejarse. El champán, la sidra, y el vino eran tan abundantes como los trozos de cordero al horno y las porciones de fabada con chorizo y morcilla burgalesa.

Había en verdad improvisado con éxito una de esas verbenas de pueblo asturiano con serpertinas, papel picado y matracas que, a veces, añoraba. Hasta narices y bigotes falsos había, y las niñas se asomaban revoloteando atraídas por los conchos de vino, por las risas estridentes y por el ruido. Emilio Balsera había pedido que cada uno de sus invitados contribuyera con una ocurrencia. Ernesto y Engracia cantaron a dúo la jota de las rosas y los claveles, Evaristo Soto cantó “El emigrante” de Juanito Valderrama, Nazario improvisó una pieza original con su bandurria, Enrique Serra leyó el soneto chusco “La voz del ojo que llamamos pedo” de Quevedo y Tomasa, animada por la ocurrencia de Serra, contó un chiste que, aunque más subido de tono, casi todos celebraron.

«Querido» —le dice la mujer al marido una noche después de cenar. «Hace tiempo que quiero decirte algo que te pondrá muy contento, pero quizás te ponga también un poco triste».

«Vamos, cariño, dímelo».

«Pues de todos tus amigos, tú tienes la polla más larga».

Solo faltaban las gaitas, pero en Temuco de esas no había.

Después empezó el baile. Tomasa dejó pasar el chotis madrileño de Agustín Lara y se excusó con Serra cuando la invitó a bailar un bolero cubano. Pero cuando César Ramos se caló cruzado su sombrero negro, adivinó en seguida lo que venía y, abrillantándose los labios con la lengua, dejó su copa de vino sobre la mesa y se levantó de su asiento.

Cinta negra, pelo negro

como el de aquella morena

que con achares y celos

dejó sin sangre mis venas.

En sus alas hay temblores

de mocitas sin fortuna

que lloran penas de amores,

que lloran penas de amores

bajo la luz de la luna.

La orquesta no pasaba de los primeros cuatro o cinco compases ni Ramos comenzaba ya a cantar cuando Ernesto se había aprontado a sacar otra vez a bailar a Engracia que lo esperaba sonriendo al otro extremo del salón, pero Tomasa salió a su encuentro y, tomándolo del brazo, le dijo:

—Este lo bailas conmigo.

—No faltaba más.

Cualquiera puede bailar un pasodoble; es lo más fácil del mundo. Pero cuando dos se empeñan en bailarlo como seguramente lo hicieron esa noche Tomasa y Ernesto, azuzándose el uno al otro y apropiándose del espacio con sus piernas, caderas, brazos y cuerpos, pronto a los demás no les queda más remedio que admirarlos desde lejos, dándoles espacio y haciéndoles un ruedo como en una corrida de toros.

—¿Y a ti? ¿Te queda sangre en las venas? —le preguntó al oído al fin de una segunda vuelta Tomasa.

—Toda la que necesites. ¿Es que tú tienes penas?

Se dieron otra vuelta; después ella le respondió.

—Ninguna. No te engañes, Ernesto, sin fortuna no estoy.

—¿Y no lloras?

Se detuvieron un segundo con sus brazos extendidos y cogidos de la mano, marcando la pausa de Ramos entre el octavo y el noveno verso. Entonces ella le contestó:

—Esta noche no hay luz, que es luna nueva.

Sombrero, ay, mi sombrero:

eres de gracia, un tesoro.

Y tienes rumbo torero

cuando te llevo a los toros.

Te quiero, porque tus alas,

sombrero, de mi querer,

conservan, bordado con gracia,

el beso de una mujer.

—Que no haya mucha luz no es un inconveniente.

—¿Te gusta estar a oscuras?

—Depende de lo que quieras hacer.

—Darte un beso —le contestó ella, el instante en que César Ramos terminaba su canción.

Todos aplaudieron a rabiar hasta que, sorprendidos por ese largo beso en la boca, se fue haciendo ese silencio incómodo mencionado más arriba por Viviana Altman y que Eulalia quebró nerviosa, batiendo sus palmas y llamando a pasar a la mesa, donde —les dijo— estaban ya servidos los postres de chocolate caliente y churros frescos espolvoreados con azúcar flor. Ernesto buscó los ojos de Engracia, pero ella mordió con fuerza un churro crujiente y le desvió la mirada.

Ese domingo Tomasa se juntó con Eulalia en la misa de once como si nada hubiera pasado. Tenía mucho de razón, porque lo mejor estaba todavía por verse. Pero a la salida de la iglesia, luego de regañarla, Eulalia la dejó parada sola en la esquina de Portales con Zenteno.

—Es un pecado —le dijo Eulalia.

—Ya me arrepentiré cuando me haga falta —le contestó Tomasa.

—¿Y tú te crees que te bastará con eso?

—Y si no me basta, pues me condeno. Me llevaré el gusto al Purgatorio.

—O al Infierno —remachó Eulalia, dándose media vuelta y marcharse a paso rápido a su casa.

Tomasa no se inmutó y sacó sus cuentas. Intuía que difícilmente Ernesto dejaría a Engracia, pero eso no era lo importante. La agitación y el hormigueo que sentía en su cuerpo lo eran mucho más. Vale; era lo suficientemente vieja como para saber que aquello no era amor; simplemente eran ganas, sin excusas. Cerró los ojos y humedeció otra vez sus labios. En el fondo eso era lo que le gustaba y excitaba más.

Al cuerno con la virgen del manto rosa: después de todos estos años bien valía la pena atreverse a pecar de una vez por todas. Terminó de almorzar, escribió una nota sobre un papel de cuaderno y la leyó; descontenta, la tiró a la papelera; escribió otra aun más breve, sin ni siquiera su firma; sonrió, la metió en un sobre blanco y ese mismo lunes en la mañana la puso en el correo.

El jueves en la Calipso; a mediodía. No faltes.

Ernesto llegó el primero. Sin duda porque Tomasa se aseguró de llegar no antes de quince minutos pasadas las doce. Él había ya encendido su segundo Hilton y se le había acabado su expreso. Respiró hondo, se secó las cejas con su mano izquierda y se puso de pie cuando la vio entrar sorteando segura y rápido las mesas del frente. Llevaba su pelo castaño recogido en un moño, medias negras, zapatos de tacones altos, aretes de esmeralda, un collar de perlas y un vestido rojo. Se dieron dos besos breves en las mejillas, se sentaron e inmediatamente Ernesto sintió las piernas de Tomasa frotando las suyas bajo el mantel de la mesa.

—Un café con leche —le dijo ella a la camarera que se acercó a tomar su pedido.

—Y para mí otro expreso.

Se miraron.

—No llevas sombrero.

—Lo dejé en casa.

—¿Hace mucho que me esperabas?

—Eso no importa. ¿Cómo estás, Tomasa?

—Yo estoy bien, Ernesto. Pero, ¿dónde dejaste tu galantería? No querrás fumar tú solo, ¿verdad?

Ernesto cogió la cajetilla que había dejado sobre la mesa, golpeó la punta contra su índice izquierdo y le ofreció los cigarrillos a Tomasa. Ella enarcó las cejas, vaciló un momento fingiendo desencanto con sus ojos, pero sonrió. Cogió un Hilton con su mano derecha y lo colgó de sus labios, esperando ahora a que él se lo encendiese. Ernesto hizo chasquear su mechero de yesca y le acercó la brasa. Tomasa le cogió la mano, aspiró y, mirándolo a los ojos de nuevo, frunció la boca y le lanzó larga, suavemente, cuidadosamente estudiada, una primera bocanada de humo.

La camarera les trajo sus cafés.

Ernesto retiró su mano, Tomasa endulzó su café con leche, revolviéndolo con ensayada calma antes de probarlo, pero Ernesto prefirió apurar su expreso solo.

—Te viene bien el rojo.

—Me alegra que hayas venido.

—¿Te sorprende?

—No. Supe que vendrías desde el día que me pusiste ese jamón en la boca.

—Entonces te gustó.

—Claro, ¿o no lo sabes?

—¿Qué es lo que quieres, Tomasa?

—¿No es acaso lo mismo que quieres tú?

—Si después hemos de vernos en un sitio como este a mí no me bastará con un beso.

—Y tú muy bien sabes que a mí tampoco.

—Bien; y entonces, ahora, ¿qué?

—Sube el sábado a mediodía a mi casa.

Ernesto se quedó callado un momento mientras le daba otra chupada a su cigarro.

—El sábado...

—¿Irás?

—Sí.

—Te estaré esperando.

—Y después, ¿qué quieres que haga?

—Por ahora, basta que seas gentil y que te hagas cargo de mi café con leche.


♦ ♦ ♦ ♦ ♦ ♦

Fin de Ariel Red Hunter.

🎵 Canción: el pasodoble Sombrero.
🎵 YouTube: Carlos Saura, Bodas de sangre: escena del pasodoble.

Schwarz.

Última modificación: 1 de julio de 2022.



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