Grosellas

Me mandaron una carta,
por el correo temprano.
En esa carta me dicen,
que cayó preso mi hermano.
Violeta Parra
“La carta”

Santiago era una fiesta

En Santiago, Monche descubre un mundo nuevo..., para ella.

Santiago, sábado 13 de marzo de 1971

D
espués de haber sido aceptada en la Escuela de Medicina, Monche llegó a Santiago en marzo de 1971. Se instaló en el pequeño apartamento del altillo de la tienda de telas y de lencería que sus tíos Alberto y Pilar tenían en la calle San Diego al llegar a Avenida Matta con la sola obligación nominal de oficiar de canguro semana por medio para los tres hijos de su prima Teresa.

—Eso ya pasó, Monche, no tienes que explicarnos nada.

—No, tía.

—No volveremos a hablar sobre eso.

—Gracias, Teresa.

Monche compartía el lugar con Alicia Mardones Riquelme, una mujer que casi llegaba a los treinta, viuda, y que hacía catorce que trabajaba en la tienda de los tíos de Monche y ya ocho que ocupaba, gratis, la habitación que daba a la calle. Monche ocupó la habitación que daba a un patio de luz, considerablemente más pequeña, pero con la inmensa ventaja de recibir el sol de la mañana.

Las reglas eran bastante simples. Aunque podrían de vez en cuando compartir la cena si se daba el caso, dados sus diferentes horarios, cada una se prepararía su propia comida, debían esmerarse por siempre dejar la cocina y el baño rigurosamente limpios; ambas podrían recibir visitas en sus cuartos “del sexo que quieras” —le había dicho Alicia; pero ninguna de esas visitas podría quedarse a dormir por más de dos veces en una semana.

Monche había notado con gusto que no se veía ningún símbolo religioso en el dormitorio de Alicia y se alegró aun más cuando descubrió una pequeña foto clavada en la pared en la que se veía a Alicia y a otras dos mujeres junto a una tercera joven que reconoció como Gladys Marín.

Un poco para entender qué piso pisaba en casa de sus tíos, Monche le preguntó a Alicia qué le había dicho la familia sobre ella.

—Tu prima Teresa te defiende algo; pero recuerda que ella también es muy pechoña. Tu tía Pilar parece tenerte lástima, pero aprieta los dientes cuando habla de ti o de tu mamá; ten cuidado con ella. Para tu tío Alberto, nunca dejarás de ser una puta o, como él dice, una zorra. Para mí, eres una mujer como cualquier otra.

Con sus más de diez años de diferencia en edad, Alicia y Monche comenzaron a llevarse bien. Una noche, alrededor de un café y después de que ambas habían ido juntas a una marcha de la Unidad Popular, Monche le preguntó:

—¿Cómo es que eres viuda tan joven?

—Me lo mataron el 62 en lo de la José María Caro.

A poco de comenzar sus clases, Eyleen Lunt se convirtió en la guía, compañera y amiga de Monche. Ñuñoína de nacimiento, Eyleen se manejaba por las calles de Santiago como pez en el agua y así guiaba a su nueva amiga que se deslumbraba y perdía a cada momento sin haberse aun desprendido de sus modos provincianos para no decir nada de sus traumas muy propios.

Aunque tenían casi la misma edad, a ratos Eyleen se le antojaba a Monche como imaginaba cómo podría haber sido Amparo para ella por más que, por otra parte, su nueva amiga tuviera un profundo y fuertemente asentado sentido práctico, sin que ello le impediera tener también una profunda confianza en los cambios políticos y sociales que se desarrollaban a paso rápido en esos días y de los que se había, desde ya hacía unos años, convertido en ferviente propulsora.

Fue así que Monche se encontró un día —o quizás fue una noche— escribiendo con Eyleen volantes y panfletos, reproducidos la mañana siguiente por varios cientos aprovechando la complicidad del encargado de publicaciones de la Escuela, don Santiago Fuentes García, que luego distribuían con entusiasmo por los pasillos y auditorios, ganándose la aprobación y apoyo de muchos, pero también el rencor y resentimiento de otros que, poco a poco, iban haciendo registros mentales en sus memorias, listos a actuar decididamente con rabia, saña y furia cuando las cosas cambiasen, cuando tuviese éxito el golpe de Estado que alentaban, y tuvieran de nuevo, como desde hacía siglos, otra vez la sartén por el mango...tal como así ocurrió no mucho más tarde.

Pero para eso faltaba aun algún tiempo; no mucho, pero suficiente para que Monche y Eyleen pudieran, además de atender decentemente sus estudios y hacer trabajo político, también soñar, compartir sopas de lentejas, de guisantes y de champiñones —como Amparo, Eyleen era vegetariana— y hablar juntas de la vida; de esa que ya les había tocado vivir y de la que creían que las esperaba ahí mismo, a la vuelta de la esquina.


El Bierstube de calle Merced.

Canción que escuchaba Monche a su llegada a Santiago ese verano del 71.
Otra canción de la misma época.

Última modificación: 3 de mayo de 2022.



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