Grosellas

En todas las esquinas se deslizan por los cuerpos
los gritos de los despojados de su propio
abandono.
Carmen Soto Feliú
“Buenos Aires 1990”

Elvira Codulá Martínez

Dos notas breves sobre Elvira

E
lvira Codulá Martínez —curioso cómo en las Américas (o en las Indias como todavía llaman algunos al continente) se mezclaban con más facilidad apellidos catalanes y castellanos que en la Península habrían tendido a permanecer más separados— era la hija única del catalán Ernesto Codulá Bosch y de la burgalesa Engracia Martínez Osorio. Como los Mestre, los Codulá vivían también en Temuco, en una casa de estuco blanco ubicada a un costado de la Avenida Caupolicán entre Miraflores y Balmaceda en esa época en el que el tráfico por la que en realidad era un tramo más de la principal carretera longitudinal que corría desde Santiago hasta Puerto Montt era tan escaso que los niños y niñas del barrio montaban despreocupadamente sus bicicletas o rodaban sus patines de ruedas de acero sin que sus madres ni siquiera se preocuparan de levantar la vista cuando oían a un esporádico y solitario camión transporte compitiendo en la no muy ancha calle con el coche tirado por el caballo palomino en el que don Ismael González García repartía la leche anunciándose con un silbato que a Elvira le parecía idéntico al que usaba sor Leocadia para llamar a las filas al término de cada recreo en el patio del colegio, desafortunada asociación que la hacía encoger los hombros y detestar la leche.

Cerca de medio siglo más tarde, Elvira recordaría en Umeå la tarde de mayo de 1964 en la que, gracias a la complicidad del taquillero que accedía a pasar por alto sus apenas quince años de edad, mientras asistía a la proyección de la allí novísima y controvertida “Jules y Jim” de François Traffaut tuvo en forma instantánea en su mente lo que un par de días más tarde se convirtió en el germen del primer poema que publicó en su vida de apreciada poeta menor y reconocida académica perspicaz y concienzuda.

Ese día Elvira aprendió tres cosas que marcaron definitivamente su camino. Aprendió que amaba la lentitud, que querría ser siempre libre de dogmas y de opiniones definitivas o absolutas y que querría dedicarse por sobre todo a sumergirse en las palabras y en las frases, párrafo a párrafo, capítulo a capítulo, libro a libro. Fue así que luego de aprobar sobradamente su examen de bachillerato dos años más tarde y tras muchos ruegos y muchas promesas que nunca pensó cumplir, convenció a Engracia, su madre, que le permitiera matricularse en la Escuela de Letras de la Universidad Católica en Santiago donde tuvo sus primeras clases sobre la Poética de Aristóteles y sobre El libro de buen amor del Arcipreste de Hita un lunes 14 de marzo de 1966 en el que ya tímidamente se anunciaban, con agitadas conversaciones en los pasillos y una inaudita profusión de carteles multicolores en las paredes, los turbulentos cambios que se aproximaban a los añosos claustros universitarios de antes de la Reforma.

Poco más de un año después, el miércoles 10 de mayo de 1967, en una asamblea de estudiantes en el auditorio de la Escuela de Letras, se reencontró con Aníbal Mestre, a quien había conocido mientras jugaban de niños en el viejo caserón de Emilio Balsera en Avenida Balmaceda.


El cuchitril de Bustamante.

Última modificación: 9 de noviembre de 2022.



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