El entramado asegura que la historia sea coherente, pero los sentidos del texto sólo se van a completar con las lecturas: alguien tiene que entenderlo.

Es preciso estar familiarizado con su verosímil.

El verosímil determina el modo como el texto organiza un conjunto de inclusiones y de exclusiones —tipos de acciones, personajes, espacios, temporalidad, lenguaje, funciones del narrador— definiendo su relación con uno o varios géneros los que actúan como protocolos de lectura (Hutcheon 1987, Scholes 1989).

Los procesos de verosimilización —la inscripción de los diversos procedimientos textuales en un sistema ordenado de convenciones genéricas— no sólo embeben a todos los demás modulándolos y otorgándoles características específicas, sino que además los trascienden ligando al texto con diversas series genéricas.

Estas diversas uniones —con seguridad, unas más fuertes que otras; unas más prestigiosas que otras— actúan como un gozne entre el texto y su lectura, por una parte; y entre ambos y con el conjunto de otros materiales históricos y estético-sociales disponibles, por la otra.

Todo texto narrativo queda modulado por su particular verosímil y —a la inversa— tal modulación determina la situación comunicativa en la que se deja leer cada vez de nuevo de manera diferente. De este entendimiento, producto de una particular relación entre el texto, su verosímil y el lector, dependen, también las respuestas que el texto suscita.



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