Las transformaciones del plurisistema ocurren en esta incesante interacción entre centros y periferias y entre periferias y franca marginalidad (Even Zohar, 1990a). Toda vez que esta dinámica es modulada, dirigida, prescrita y observada por una serie de instituciones sociales —la escuela, la prensa, la iglesia, la policía, diversas comunidades agrupadas por no importa cuál principio de organización— la condición de heteroglosia —de esta multitud de lenguajes en contacto— necesariamente es una lucha por un poder, por más que este poder no sea ya concebido como un poder único, sino disperso, multideterminado y pluridireccional.

Un aspecto clave en la teoría de Even-Zohar para entender el funcionamiento de los distintos componentes al interior de estos sistemas heterogéneos es la noción tomada de Shklovsky que enfatiza su estratificación: un cierto número de rasgos discursivos —por extensión, un cierto número de formas narrativas o literarias— llegan a ser canonizadas mientras otras permanecen no-canonizadas.

Lo canonizado, escribe Even-Zohar, se refiere a esas normas literarias y obras que son legitimatizadas por los círculos dominantes al interior de una cultura y cuyos productos más "conspicuos son preservados por la comunidad para llegar a formar parte de su herencia cultural" (15). Inversamente, lo no-canonizado son aquellas obras y normas percibidas como ilegítimas por tales círculos y, rechazadas, a menudo olvidadas por la comunidad a menos que cambien de estatus, ya sea por variaciones de los gustos y aspiraciones al interior de estas comunidades o por virajes más o menos abruptos o más o menos cadenciosos de las relaciones de fuerza sociales, políticas y económicas, en grupos encontrados en la comunidad.

En esta dinámica lucha por alcanzar reconocimiento y canonización, "el centro del polisistema coincide con el repertorio canonizado más prestigioso" (Even-Zohar, 17), el cual de ordinario encuentra las avenidas para su implementación y dominio a través de la centralización de la difusión y normalización de la cultura mediante censuras y selecciones diversas que encuentran su lugar en la programación de los canales de televisión, en los suplementos literarios de los periódicos, en los discursos y arengas políticas y —más importante porque afecta programáticamente a un mayor número de miembros de la comunidad— en los programas compulsorios de educación general y secundaria, y en los cursos de instrucción en la universidad: en el syllabus.

Canon y canonicidad no son, en sí mismas, una función de "buena" o "mala" literatura —o narrativa— sino un síntoma de lo que los grupos dominantes de una comunidad entiende por tal.

Esta estratificación —que descansa en el mayor o menor prestigio gozado por géneros y textos de diversa índole— no sólo marca las fronteras entre cultura popular y "cultura elevada," sino también las tensiones dinámicas entre y al interior de éstas y otras múltiples otras subdivisiones posibles.

No sólo la división —e implícita evaluación diferencial— entre ficción y testimonio, por ejemplo, sino también la división al interior de distintas expresiones —formas y contenidos— de ficciones y de testimonios cualquiera que sea el principio que se invoque como fundamento de tales percepciones diferenciales: tipo de lenguaje, extensión del mundo representado, presencia y papel del narrador, presencia o ausencia de rasgos de ficcionalidad, realismo o estilización o función social y estética.



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