...cuando uno de los personajes secundarios descubrió su homosexualidad más de cincuenta periódicos en USA se apresuraron a discontinuar For Better of for Worse de Lynn Johnston, o a pedir material alternativo: menos polémico.
Al comienzo de Historia de Mayta, el narrador-personaje afirma que no hay mejor manera de comenzar el día que correr por la mañanas por el Malecón del Barranco. En cualquier lugar, la carrera matinal nos reasegura que tenemos la misma fuerza que el día anterior y que durante la noche nuestro barrio —cualquiera que éste sea— apenas sí ha cambiado. Del mismo modo, los que prefieren correr por las tardes —o no correr del todo— pueden comenzar su día amenizando el desayuno con las tiras cómicas del periódico.

Donde sea que las leamos —en Washington, en Minneapolis, en Santiago, o en Temuco— Calvin and Hobbes, Lorenzo y Pepita (Blondie), Curtis, Doonesbury, Mafalda o Condorito estarán siempre disponibles y, lo que es mejor, siempre inalterables. Las tiras cómicas —cuando no polémicas— nos reconfortan porque nos confirman que mientras dormíamos nada ha cambiado: todo sigue igual que antes y así podemos comenzar el día tranquilos...

Si es que nuestros días eran ya tranquilos —claro.

De cualquier modo, las tiras cómicas, como la telenovela o la serial de televisión, están allí ofrecidas —ofreciéndose— para nuestro consumo: asegurándonos que lo que ya habíamos aprendido sobre sus personajes estará —como el café— siempre de vuelta sobre la mesa: Lorenzo siempre será Lorenzo y Pepita será siempre Pepita. En sus versiones clásicas —sin envejecer, sin poder crecer, sin que sus rasgos cambien— los personajes de las tiras cómicas repiten una y otra vez las mismas acciones: las mismas historias. No tienen futuro, aunque sí posean un enorme e inagotable pasado (Eco 1990a). Sus historias son enormes espirales que —contándonos siempre lo mismo— cada vez los profundizan y enriquecen a través de pequeños matices y de detalles, de tal modo que luego de un par de años sabemos más sobre sus vidas que lo que nunca sabremos acerca de algunos de nuestros colegas y conocidos. Así, las tiras cómicas son un medio barato —aunque efímero— para curarnos nuestra soledad y abandono.

La mayoría de las tiras cómicas del periódico están fuertemente delimitadas y anquilosadas sin que les sea posible crear un espacio narratológico en el que sus personajes puedan experimentar cambios significativos. De hecho, la inalterabilidad de los atributos básicos de los personajes y de sus relaciones de subordinación, solidaridad, competencia y/o antagonismo con los demás, es uno de sus rasgos formales indispensables, aun cuando, recientemente, algunas de las más dinámicas permitan un desarrollo tan novelesco de sus personajes que, permitiéndoles transformarse, arriesgan que se hagan irreconocibles y —quizás— inmanejables.

Como ejemplo de las primeras, no otra cosa se observa en los eternamente niños de Carlitos (Peanuts) de Schulz o en los de Mafalda de Quino, en la cual Felipe jamás superará su timidez ni Susanita su egoísmo, del mismo modo como en Blondie Dagwood (Lorenzo) siempre será un dormilón más aficionado a la carpintería que a redactar un buen contrato, nunca estará a dieta y jamás le pedirá el divorcio a Pepita.

Sin embargo, a pesar de su obstinada insistencia por traernos siempre lo mismo, algunas tiras cómicas —como otras formas narrativas similares— son también diferentes porque sus personajes —aunque desde siempre ya predeterminados— admiten ciertas variaciones. Aunque inmediatamente reconocibles en sus rasgos de consistencia e imperturabilidad, no todas las tiras cómicas están construidas de la misma manera y se observa un continuum entre las formas más anquilosadas que siguen un desarrollo en espiral que mantiene inalterable los rasgos fundamentales de los personajes y de sus relaciones básicas con los demás y las formas que se desarrollan en cadeneta —con avances y retrocesos— con lo cual los personajes no sólo adquieren nuevos aunque siempre predecibles atributos, sino que también muestran transformaciones más o menos profundas, por la otra. Unas se acercan a lo mítico, las otras, a lo novelesco.

En un extremo se ubican las tiras cómicas —y seriales— cuyos personajes constantemente se repiten a sí mismos. Imperturbables en sus características físicas, ni envejecen ni cambian sus relaciones con los demás. Felipe es siempre Felipe: nunca pasará de curso. Tampoco Carlitos. En el otro extremo del continuum se ubican aquellas tiras cuyos personajes se transforman: se enamoran, tienen hijos, sufren crisis emocionales y políticas que —y esto es lo importante— una vez resueltas no los hacen volver al lugar en que se hallaban antes.

El tiempo histórico. Un elemento clave para distinguir entre unas y otras es la presencia o ausencia del tiempo: el de la ficción, pero también el tiempo histórico. Mientras en unas —a pesar de la incorporación de estaciones— es puramente cíclico o anecdótico, en las otras es parte constitutiva del siempre cambiante ser de los personajes. Sus historias discurren casi sin solución de continuidad entre la página editorial y el cuerpo (sección) en el que están insertas. Esta cercanía con lo real las hace fuertemente peligrosas: cuando Doonesbury de G.B. Trudeau incrementó su nivel de contingencia política en los no muy receptivos años de las dministraciones de Reagan y de Bush, muchos periódicos dejaron de publicarla o —como el Washington Post— la incluyeron en una sección diferente —en el interregno de la Style Section: a caballo entre las columnas de opiniones y la chismografía social y política. La politicidad de Doonesbury, la hacía inverosímil, inaceptable para las convenciones tan fuertemente asentadas de la tira cómica clásica: su insistencia en utilizar las noticias —el tiempo— como elemento constitutivo central de sus historias hacía imposible su permanencia en el canon, aunque una prueba adicional de la politicidad variable de tal canon es que aquel destierro no ocurrió ni ocurre en un periódico como el Star Tribune de Minneapolis.

La presión de la actualidad —de lo cotidiano— impulsa otras transformaciones. Así, aunque esencialmente la misma tira desde hace décadas, Blondie (Pepita) deja de ser sólo una ama de casa para iniciar su propio negocio. Restringida a lo aceptable, sin embargo, y a lo que su autor dice ser sólo nuevas situaciones narratológicas sin ningún feminismo de por medio, Blondie continúa dentro del canon vigente repitiéndose —sin variación— de periódico en periódico. No goza la misma suerte For Better of for Worse de Lynn Johnston: buen ejemplo de la tira cómica novelesca (los personajes lentamente crecen, envejecen, hay embarazos y nuevas adiciones a la familia), pero cuando uno de los personajes secundarios descubrió su homosexualidad más de cincuenta periódicos en USA se apresuraron a discontinuarla o a pedir material alternativo, menos polémico.

Apartada de las noticias, la historia de la tira cómica clásica es fundamentalmente intemporal: podría ocurrir hoy o en cualquier otro momento: una entrega de El recluta (Beetle Bailey) de Mort Walker puede repetirse hoy o mañana y, si se desliza en el ejemplar del Post que leeré mañana una tira publicada hace veinte años, apenas sí me daré cuenta, porque en ellas la temporalidad no es ni semántica ni pragmáticamente pertinente.

Sin embargo, no todas las tiras cómicas están construidas de la misma manera y se observa un continuum entre las formas más anquilosadas que siguen un desarrollo en espiral que mantiene inalterable los rasgos fundamentales de los personajes y de sus relaciones básicas con los demás y las formas que se desarrollan en cadeneta —con avances y retrocesos— con lo cual los personajes no sólo adquieren nuevos aunque siempre predecibles atributos, sino que también muestran transformaciones más o menos profundas, por la otra.

Unas se acercan a lo mítico, las otras, a lo novelesco.

Unas son atemporales, las otras se nutren del tiempo histórico.



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