Una teoría de polisistemas permite la percepción y construcción de un campo de estudio —de una realidad— compuesto no por un único centro —tendencia dominante— rodeado por una única periferia, sino como un complejo conglomerado de varios centros conectados a una pluralidad de periferias, centros a su vez de una multiplicidad de otras periferias: un campo de estudios que incluye una heterogénea variedad de prácticas narrativas con distintas formas y estatus social y académico: desde Mafalda a Condorito y también Don Quijote y Rayuela, Cine-Amor y De amor y de sombra.

Esta red de conexiones heterogéneas entre textos y modelos, programas y cursos de instrucción; estatus social y propósitos estéticos, éticos o políticos, es —de esa manera— incomprensible. Por eso es que se busca un orden de lectura: períodos, generaciones, modas, autores, prestigios, géneros. Una lectura exitosa establece lazos relativamente más perdurables que otras dándoles sentidos al texto que lo hagan comprensible. No importa cuál sea el sostén cultural de esta lectura, así se le puede responder a tal texto. Los géneros son uno de estos artefactos culturales que actúan como una fuerza modulante y orientadora sobre las conexiones entre los elementos del sistema.

Una lectura desde los géneros conecta textos en función de sus estructuras, funcionamientos, propósitos, y sus variaciones. En esta dinámica entre lo similar y lo diferente, a una lectura desde los géneros la atraen los contrastes, repeticiones, exclusiones, inclusiones, desplazamientos, oposiciones, paralelismos e inversiones, de no importa cuál componente del sistema del texto narrativo: las clases de mundos creados en las historias, sus órdenes sintagmáticos o sus relaciones pragmáticas.



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