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Actuar como una caja de resonancia no es la única función de una narración "visible." El énfasis en los procedimientos puede también hacer desaparecer la historia, haciéndola irrelevante como en Pulp Fiction de Tarantino. Parafraseando el comentario de Ariel Dorfman (1970) sobre Borges, bien puede decirse que en Pulp Fiction, luego de todo el magistral malabarismo con el que se nos fascina con una serie de procedimientos fílmicos, al final a nadie parece interesarle la suerte del conejo. En el filme de Tarantino asistimos a una extraordinaria exhibición del pastiche con el que se alude a numerosos objetos culturales reciclando materiales ya reciclados (Hurley 199?): la nostalgia por los diners de los 60s, la conversación trivial sobre una hamburguesa, la producción en serie de Marilyn Monroes, ¡Vincent parodiando a Travolta!

En Pulp Fiction el deseo, la posesión y el conocimiento, son constantemente aludidos, pero siempre, también, constantemente evadidos. No solamente sus personajes son ambiguos, sus deseos contradictorios, sino que en definitiva, nunca aprendemos qué es lo que hay en el maletín que ha causado tanto lío y tanto trabajo. Aunque sin duda fascinante —todos lo desean, todos se ensimisman al atisbarlo— es una figura más del caleidoscopio. Lo más perturbador en Pulp Fiction es que al terminar el filme vemos a Travolta salir feliz y campante del restaurante con el maletín en la mano y su pistola debajo de una camiseta que le queda chica. El verdadero chiste, sin embargo, es que reordenando la estructura temporal de la historia hace tiempo que Vincent está muerto; pero para entonces es bien poco lo que nos importa: la historia estaba ahí sólo para exhibir un estilo: no es nada más que pulp, desechos.

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